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Columna de Francisco Aguayo: Cuidar también es tarea de hombres

El cuidado tiene que considerarse como una responsabilidad de la sociedad, el Estado, los lugares de trabajo, las mujeres y los hombres. Sin una clara política de género, de masculinidades, de infancia, de diversidad familiar y de cuidados en esta línea no se logrará que los hombres sean parte activa del cuidado compartido.

Hace pocos días Matías Reeves compartía una columna acerca del día del cuidado. Señalaba que cuando acompaña a su madre a las consultas médicas suele ser el único hombre acompañante en la sala de espera. Su testimonio nos recuerda la escasa participación que tradicionalmente han tenido los varones en materia de cuidado, con la consecuente sobrecarga de las mujeres.

El problema de los hombres y el cuidado de los hijos/as tiene varias aristas importantes. Una de ellas es la paternidad ausente, es decir hombres que siendo padres se desvinculan completa o casi completamente del cuidado de sus hijos/as. Otro asunto de gravedad es el bajo cumplimiento del pago de pensiones alimenticias, cuestión por fin abordada con una ley promulgada en Chile esta semana.

Otro aspecto es la baja participación de los hombres en el cuidado en comparación con las mujeres. En América Latina los varones con hijos dedican de dos a seis veces menos tiempo al cuidado según el país (Rico y Robles, 2016). En Chile se estima que ellos realizan el 30% de las tareas de cuidado y domésticas en el hogar (Domínguez , Muñiz & Rubilar, 2018). Adicionalmente la pandemia reveló datos dramáticos. 4 de cada 10 hombres con hijos/as a mediados del 2020 no realizaba ninguna tarea doméstica y 6 de cada 10 ninguna tarea de cuidado (Centro UC Encuestas y Estudios Longitudinales, 2020). Es llamativo que las parejas jóvenes sin hijos/as son las más igualitarias en repartirse las tareas sin embargo cuando llega un hijo/a la brecha de cuidado es la más alta (Comunidad Mujer, 2018). El orden de género tradicional se reproduce de manera implacable.

Esta realidad en los hogares es parte de la división sexual del trabajo, uno de los ejes de las desigualdades de género en el campo del cuidado como han señalado autoras como Connell (2003). Las políticas descansan en que las mujeres absorben la mayor parte de las tareas sin definir a los hombres como cuidadores (Blofield y Martínez, 2014). Este asunto es preocupante también si se considera que en toda la región la carga de cuidado se está incrementado sobre todo de la mano de las necesidades de cuidado de las personas mayores. La otra cara de la moneda es que la mayoría de los hombres que son padres se encuentran trabajando remuneradamente.

La pandemia reveló datos dramáticos. 4 de cada 10 hombres con hijos/as a mediados del 2020 no realizaba ninguna tarea doméstica y 6 de cada 10 ninguna tarea de cuidado.

Estas desigualdades se relacionan también con la llamada masculinidad hegemónica, un conjunto de valores y atributos que sostienen -subjetiva y socialmente- las prácticas y actitudes masculinas. El modelo de padre hegemónico está siendo cuestionado sin embargo aun está muy presente. Todavía se encuentran padres con discursos y prácticas hegemónicas o machistas, que consideran que su rol principal es el de proveedores económicos y se definen como ayudantes en el hogar. Otros padres, han hecho avances en términos de vincularse con sus hijos/as aunque aun apegados al modelo hegemónico de proveeduría y autoridad, y haciendo tareas esporádicas más que habituales (Wainerman, 2007). Otros, están involucrados activamente en tareas de cuidado pero escasamente en tareas domésticas. Están también los que quieren pasar más tiempo con sus hijos pero encuentran en su trabajo la mayor barrera para ello. Cabe destacar que un grupo cada vez más creciente de padres, especialmente jóvenes donde el y la madre trabajan remuneradamente, están involucrados en una manera más compartida abordando las tensiones y dilemas de trabajar y cuidar.

Acorde con ello, es creciente la experiencia de hombres que desarrollan masculinidades cuidadoras (Elliott, 2015) como aquellos que ya no viven con la madre y que acuerdan hacerse cargo del 50% del cuidado. Así también algunos hombres resuelven la mayor parte del cuidado como es el caso de algunos viudos, separados, familias monoparentales a cargo del padre o cuando la madre es la proveedora principal. Otros están reclamando en sus lugares de trabajo mejores condiciones para hacer el balance trabajo familia. Hay quienes están haciendo de la paternidad un espacio político de transformación con presencia de calidad, compartiendo las tareas y apoyando el desarrollo profesional de las madres. Estas realidades emergentes son esperanzadoras. También es importante señalar que hay abuelos, padrastros y padres sociales muy involucrados en tareas de cuidado.

Todavía se encuentran padres con discursos y prácticas hegemónicas o machistas, que consideran que su rol principal es el de proveedores económicos y se definen como ayudantes en el hogar.

En ese sentido, cada vez más hombres, especialmente los más jóvenes, están reflexionando sobre su machismo y sus privilegios, asumiendo sus responsabilidades pero también entendiendo los múltiples beneficios de involucrarse en la paternidad y en el cuidado para los hijos/as, la pareja y ellos mismos. Todo esto en el contexto de una clara interpelación a la masculinidad hegemónica de parte del movimiento feminista.

A pesar de los avances, igualmente, es preocupante la emergencia de movimientos de resistencia -como fuerzas políticas neoconservadoras– a estos cambios hacia la igualdad de género. Son muy peligrosos los discursos antiderechos, sexistas y misóginos que refuerzan el supuesto papel tradicional del hombre e incluso los victimizan. Esto es especialmente de cuidado cuando estos discursos se asocian a fuerzas políticas.

El momento feminista, social y constituyente de Chile requiere abordar el problema de la participación de los hombres en el cuidado de manera seria. Está en juego la posibilidad de disminuir las brechas de género, avanzar en corresponsabilidad y que los hombres sean parte de la ecuación del cuidado.

Son muy peligrosos los discursos antiderechos, sexistas y misóginos que refuerzan el supuesto papel tradicional del hombre e incluso los victimizan. Esto es especialmente de cuidado cuando estos discursos se asocian a fuerzas políticas.

Sabemos por la experiencia de varios países -como los nórdicos- que es posible avanzar hacia la democratización de las relaciones de género y hacia la corresponsabilidad con políticas públicas adecuadas a ese objetivo, como igualdad de salarios, amplia cobertura de jardines, políticas de conciliación, postnatales masculinos largos y exclusivos, y educación no sexista. El cuidado tiene que considerarse como una responsabilidad de la sociedad, el Estado, los lugares de trabajo, las mujeres y los hombres. Sin una clara política de género, de masculinidades, de infancia, de diversidad familiar y de cuidados en esta línea no se logrará que los hombres sean parte activa del cuidado compartido.

*Francisco Aguayo F. es Doctor en Psicología de la PUCV y Director de EME – Masculinidades y Equidad de Género.


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