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Opinión

17 de diciembre de 2021

Columna de Rafael Gumucio: Lucía en el infierno

La imagen muestra a Rafael Gumucio frente a una foto de Lucía Hiriart Agencia Uno

No sé si Lucia irá directo al infierno, sólo sé que dejó tras de ella un purgatorio infinito.

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Pinochet se mantuvo silencioso mientras la policía inglesa le mostraba la casa en Virginia Water en que pasaría su cautiverio. Living, jardín, cocina. Hasta que de pronto los policías abrieron la puerta del dormitorio y la cama de dos plazas en que dormiría con su esposa. Recién entonces el dictador entro en cólera. Indignado porque hacía cincuenta años que no dormía con su esposa, y prefería que lo encerraran en una celda antes de volver a hacerlo.

Muchos somos lo que no podemos evitar desear que Lucía Hiriart de Pinochet vaya directo al infierno, pero todo lleva a pensar que ya pasó por ahí en su interminable vida. Como magistralmente ha relatado Alejandra Matus en “Doña Lucia”, en el centro de la dictadura chilena hay una pareja rota. Casada con el militar equivocado, hundida en las labores domésticas que detestaba, despreciada por su familia de origen, esa mujer radicalmente insatisfecha pasó lo mejor de su tiempo despreciando a su marido por vago, pobre, y tonto. La recompensa por esa juventud más bien miserable fue sorpresiva e inesperada. A esa mujer sin estudios le cupo un lugar central en la historia reciente de Chile.

Fue ella, cuenta Pinochet, la que, mostrándoles sus hijos, lo convenció de meterse en el golpe. Una vez instalado entre los otros generales golpistas se dio cuenta que carecía de una ideología propia que le permitiera liderar la junta. Nunca lo convenció el nacionalismo tipo Patria y Libertad, demasiado mesiánico para su alma profundamente descreída. Jaime Guzmán no había llegado a su vida y la revolución neoliberal no existía todavía más que en algunas mentes afiebradas. Como bien observó el poeta Armando Uribe Arce, Pinochet adoptó la ideología de la “dueña de casa”. No le pedía a los chilenos heroísmo, sacrificio, no diseñaba un país soñado, sino que te mandaba a dormir temprano castigado por juntarte con los niños malos del barrio.

Muchos somos lo que no podemos evitar desear que Lucía Hiriart de Pinochet vaya directo al infierno, pero todo lleva a pensar que ya pasó por ahí en su interminable vida.

La dictadura era una dueña de casa impaciente, una suegra malvada, una tía de mierda que te esconde los juguetes y te da correazos cuando pierde la paciencia. Madres castigadoras, esposas vengativas, abuelas descariñadas, “come y calla”, “en bocas cerradas no entran moscas”, “Santo remedio”, “si no te gustas te vas”, eran en resumen el tipo de discurso que desde el poder dictatorial nos recordaban que se puede escapar de todo menos de una infancia infeliz.

Lucía y sus sombreros, Lucía, su cara, su cuerpo y su voz de gallina en celos, representaba a la perfección el papel que la dictadura le asignó. O el que naturalmente se asignó ella en esa dictadura en que por fin encontró un destino a su altura. A pesar de todo su intento de ser algo así como Evita Perón, chocaron con la ramplonería perfecta de su ignorancia en varios idiomas. No conocía más lógica que la del castigo y se puso a perseguir a todos los oficiales infieles para devolverlos con sus esposas. Ese era su programa de gobierno para Chile, que los maridos volvieran a la dictadura de sus casas, una dictadura que era también para las mujeres una tiranía infinita. Da lo mismo cuánto sufra esa familia chilena que ella defendía, lo importante en que con el toque de queda todos llegaran temprano a su casa y con la tortura y la censura ya nadie tuviera ideas raras en la cabeza para soñar con volver a escapar.

La dictadura era una dueña de casa impaciente, una suegra malvada, una tía de mierda que te esconde los juguetes y te da correazos cuando pierde la paciencia.

No se comprende la dictadura chilena si no se entiende que, dirigida sólo por hombres, la dictadura también fue mujer. Tampoco se entiende hasta qué punto el feminismo de los ochenta y noventa tuvo que luchar con esa sombra terrible, la mujer del dictador que era sobre todo y ante todo el dictador en mujer.

Lo cierto que la señora Lucía, sus centros de madres, sus frases siempre vengativas, su actitud de chillona, su pésimo gusto vestimentario, se imprimieron en el centro mismo de nuestro subconsciente. Algo anterior a 1973 se encarnó en ella. Algo que sigue vivo en la ciudad clausurada a las once de la noche después de dos años de toque de queda de los que apenas se quejo nadie. Un país de hombres que le tienen miedo a sus mujeres y de mujeres maltratadas por sus maridos, donde la idea misma de colaborar juntos como iguales choca con una realidad que hace todo lo posible para negar ese encuentro.

No se comprende la dictadura chilena si no se entiende que, dirigida sólo por hombres, la dictadura también fue mujer.

Castigados, lastimados, frustrados, los chilenos por esa dictadura que confirmó nuestros peores instintos, no sé si Lucia irá directo al infierno, sólo sé que dejó tras de ella un purgatorio infinito. Me imagino que San Pedro le perdonará en razón de todo el dolor que sufrió, todo el dolor que hizo sufrir. Me imagino, sin embargo, que perdonada y todo, la señora Lucía va a empezar a chillar órdenes en el cielo con que va a conseguir ser expulsada a los propios minutos. Me temo que en el infierno tampoco la acepten, con que creo sinceramente que sólo le queda ser lo que ha sido todos estos años: el fantasma de nuestros sueños rotos y nuestras pesadillas perfectas.

*Rafael Gumucio es escritor.

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