La imagen muestra a Rafael Gumucio frente a la exdirectiva de la Convención y la actual

Agencia Uno

Columna de Rafael Gumucio: Memento mori

La Convención nos recuerda que da lo mismo quien juegue el juego, los chilenos obedecemos siempre a más o menos las mismas tácticas que están escrita en algo así como nuestro ADN.

Mi tía Clara tenía la idea que era mejor decir lo bueno de una persona primero. Después se lanzaba con soberano placer a explicarnos todo lo malo. Trataré de seguir su método al hablar del supuesto “papelón” de la Convención de esta semana. Primero, no sé si hay tal “papelón”. La política chilena ha sido siempre de largos cabildeos que parecen naufragar y finalmente resultan mejor de lo que se esperaba. No sé casi nada de la convencional Quintero, pero lo poco que sé me parece auspicioso. Por lo demás, que no sepa casi nada de ella entiendo que es parte del objetivo.

No me resulta terrible ni raro que una Convención que revindica a los pueblos originarios haya vuelto exitosa la institución del “cahuín”, la asamblea que se dedica a destrozar el ego de los Toqui que se creen indispensables.

“Ningún convencional es mejor que el otro”, dijo la Convención. O más bien todos somos mortales, que era lo que se les decía a los generales vencedores en la vieja Roma. “Memento mori”, “recuerda que vas a morir”, es decir en este caso, “recuerda que eres chileno”, católicos después, o antes de todo. Es decir, artistas de la palabra y renuentes a los hechos, campeones de la intenciones y de los arrepentimientos. La Convención nos recuerda que da lo mismo quién juegue el juego, los chilenos obedecemos siempre a más o menos las mismas tácticas que están escritas en algo así como nuestro ADN.

La política chilena ha sido siempre de largos cabildeos que parecen naufragar y finalmente resultan mejor de lo que se esperaba.

Bueno es recordar que no tenemos nada que ver ni con Finlandia ni con Nueva Zelandia. Personalmente, si hay que elegir entre un documental de Patricio Guzmán o alguna de las películas chilenas de Raúl Ruiz, yo me quedo con esas últimas. No puedo pensar en cómo habría disfrutado el mismo Ruiz, y Parra y Matta, esta deliberación circular, tan universalmente chilena.

Este es un baño de humildad que definitivamente esta asamblea. llena de santones demasiado buenos para este mundo, de paranoicos acríticos, de desesperantes esperanzadores, o de Maquiavelos de patios universitarios, necesitaba desesperadamente.

Aunque justo esa mezcla contradictoria de pragmáticos nimios e idealistas irrecuperables es lo que importa de la Convención. Porque la razón de ser de la Convención no es la redacción de un texto constitucional, algo que cualquiera que se dedique a escribir sabe que no se hace de a 150 cabezas a la vez.

La razón de ser de esta asamblea es responder a una crisis de legitimidad política que se hizo visible para todos en octubre del 2019. Una crisis, que como las que sacudieron al mundo en 1848, en 1933 y 1968, tiene que ver con un cuestionamiento profundo a la ilustración como sistema de pensamiento. Esa ilustración que fue justo la que escribió todas las constituciones que importan.

No me resulta terrible ni raro que una Convención que revindica a los pueblos originarios haya vuelto a exitosa institución del “cahuín”, la asamblea que se dedica a destrozar el ego de los Toqui que se creen indispensables.

Ese cuestionamiento, descrito por Adorno y Horkheimer en “Dialéctica de la ilustración”, tiene que ver con una intuición básica, la que la razón, la igualdad y la libertad son una farsa inventada por una elite ilustrada para mantenernos más presos y desiguales que nunca.

Así los obreros de Paris de 1848, como los estudiantes del mismo París de 1968 encontraron que la República y sus instituciones no daban cuenta del ritmo, del color, del olor, del sabor de sus verdaderas vidas.

La radio, el cine, la televisión y ahora las redes sociales le parecían más democráticas que el Parlamento. Más democrática, pero ingobernable. Twitter no es la realidad, dicen los que no entienden que los hombres vivimos en el relato siempre más real que la realidad misma. Sin Twitter no se puede elegir a nadie. Lo peor es que con él, tampoco se puede elegir a nadie. Porque eso es Twitter: todo el mundo convertido en nadie, pero también nadie convertido en alguien. ¿En quién? No se sabe.

No pedía la calle del 2019 mejor política, sino otra política, como otro amor, como otra piel, otra belleza y otra fealdad también. ¿Pero era realmente otra? Eso es lo que está en debate en la Convención en estos días. No es poca cosa.

Los estudiante de mayo del 68 apostaban por Mao sólo porque estaba muy lejos. En 1933, Mussolini y Hitler volvieron al pasado glorioso de sus propios pueblos originarios. Todas estas aventuras terminaron siempre por concluir que no hay otra política que la vieja política. La vieja política que es la política clásica, clásica en el sentido que tienen los clásicos según Ítalo Calvino, es decir, los libros que nunca dejamos de leer, porque en parte son ellos los que nos leen a nosotros.

Este es un baño de humildad que definitivamente esta asamblea llena de santones demasiado buenos para este mundo

Cualquier intento de hacernos mejor olvida que nuestros defectos son la única manera de reconocernos en el espejo. La democracia representativa a la antigua les gana a todas las otras formas de democracia en las que no se nos pide más de lo que somos. Es lo que esta semana nos ha enseñado. Tu teléfono puede ser 4 o 5G, tú sigues siendo el mismo ser humano que esa extraña generación de genios despeinados del siglo XVIII, los Rouseau, los Diderot, los Kant, los Jefferson, y los Robespierre, comprendieron de una vez para siempre.

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