Voluspa Jarpa

Zoológicos humanos o cuando vergonzosas prácticas del pasado se niegan a morir

Entre los siglos XIX y XX, más de 400 millones de personas asistieron a exhibiciones de indígenas en distintas ciudades de Europa, motivados por conocer el lado más “salvaje” de la humanidad. La muestra “Zoo” de Voluspa Jarpa reúne archivos de la época e invita a reflexionar sobre la psiquis de aquellos públicos. La artista visual e investigadores se refieren aquí a estos espectáculos, que a veces no están lejos del presente.

Año 1830. En una época marcada por las expediciones científicas en Europa, el comandante Robert Fitz-Roy, en compañía de Charles Darwin, emprende un viaje hacia Sudamérica con el objetivo de explorar la zona. El destino: Tierra del Fuego. Tras cuatro años investigando y recorriendo la Patagonia, deciden regresar a Inglaterra. No iban solos: se llevaron a cuatro fueguinos para “civilizarlos”. Una niña, perteneciente al pueblo yagán, era parte del grupo, a quien los europeos llamaron Fuegia Basket. Después de años de enseñanza, decidieron regresar a los indígenas a su tierra de origen: todos abandonaron rápido las costumbres aprendidas en Europa y retomaron su vida en la comunidad a la que pertenecían.

Cincuenta años después, el empresario y director de circo Carl Hagenbeck viajó a la zona austral de Chile con un objetivo diferente: secuestrar un grupo de fueguinos para hacerlos parte del espectáculo. Es así como se llevó a 11 kawésqar, entre los que había tres niños. Todos fueron exhibidos en el Jardín de Aclimatación de París, lugar que albergaba un zoológico en aquella época. Es así como pueblos originarios se sumaron a los animales enjaulados. En medio del hacinamiento y las malas condiciones de vida, la hija menor de una de las mujeres falleció después de tres meses.

Historias como ésta se repitieron una y otra vez en más de un siglo a través de secuestros, engaños y falsas promesas.

En el marco del trágico destino que involucró a esos pueblos originarios, Voluspa Jarpa y su estudio exhiben en la Galería de Arte Patricia Ready la exposición “Zoo”, muestra que estará abierta al público hasta el 20 de enero de 2022. Luego de tres años investigando los zoológicos humanos y después de una participación previa en la Bienal de Venecia de 2019 con el proyecto Altered Views, en la muestra hay dibujos, pinturas, fotografías, impresiones, videos y objetos. La exposición da cuenta del emplazamiento de los zoológicos humanos, haciendo un llamado a la reflexión en torno a sus públicos, el discurso y las motivaciones detrás de estos espectáculos.

“Sin duda, esto sirvió para popularizar el racismo, para transformarlo en algo que no solamente se puede encontrar en el discurso científico, donde también lo está, sino que también se puede encontrar en ese discurso evolucionista en el que habían culturas civilizadas y otras no civilizadas. Todo esto, con el objeto de construir una extinción programada que tuvo que ver con el desarrollo industrial”, dice la artista nacional Voluspa Jarpa a The Clinic con respecto al trasfondo que envolvía a estas exhibiciones humanas.

Con un interés por la memoria y temáticas con una fuerte carga histórica, Voluspa Jarpa se dedica al estudio de los archivos para crear obras de arte en base a ellos. “Tiene que ver con una investigación histórica, documental, de archivo y de transformación de todo ese material en obra de este fenómeno geopolítico. Todos esos elementos están cruzados, pero una de las cosas más impresionantes es la cantidad de público. El número de gente que durante 115 años acudía a esos espectáculos. Sin duda, creo que fue el sostener ese modo y ese discurso racial a través de esta construcción de exhibición del otro, exotizarlo, construir escenografías, signos”, dice la artista.

“Sin duda, esto sirvió para popularizar el racismo, para transformarlo en algo que no solamente se puede encontrar en el discurso científico, donde también lo está, sino que también se puede encontrar en ese discurso evolucionista en el que habían culturas civilizadas y otras no civilizadas. Todo esto, con el objeto de construir una extinción programada que tuvo que ver con el desarrollo industrial.

La exposición alberga siete cuerpos diferentes de obra, compuestos por múltiples piezas. Entre ellas se encuentran afiches de los zoológicos, las entradas que pagaba el público, caricaturas que salían en los diarios y fotografías científicas. “Tenemos un pequeño documental donde, a través de fragmentos, mostramos cómo actuaba el público. Lo que hicimos fue borrar a las personas que eran exhibidas y mostrar solamente a las personas que estaban mirando. Cómo eran esos públicos, pensando un poco en la pregunta de cuál será la psiquis de esos públicos. Ir a mirar personas, niños, mujeres que están muchas veces detrás de una jaula, en condiciones bastante adversas. Qué es lo que vas a mirar cuando vas a observar eso”, añade.

¿Cuántos países albergaron zoológicos humanos? ¿Cuál fue el impacto que tuvieron? ¿Qué motivaba a las personas a asistir a estos espectáculos? ¿Cómo lo vivieron quienes estaban siendo observados tras las rejas? Aunque algunas de estas preguntas son difíciles de responder en la actualidad, la exposición pretende plantear este tipo de interrogantes en quienes la visitan. A través de distintos cuestionamientos, no sólo se abordan las responsabilidades y errores del pasado, sino que también los discursos existentes en la actualidad y su relación con el racismo, lo salvaje y lo exótico.

“Yo siempre tengo la intención, y creo que el arte tiene ese lugar, de tener la libertad de poder generar nuevos conocimientos y, a partir de eso, generar nuevas reflexiones de los tiempos que vivimos. Hay todo un estudio cartográfico de los zoológicos en relación con la migración, por ejemplo. Yo espero que sirva para pensar cómo nosotros todavía estamos insertos en esos discursos donde si uno piensa qué es el racismo, se llega a la conclusión de que es un prejuicio construido a partir de algo muy frágil, que es la apariencia física de las personas”, cuenta Jarpa.

Los “curiosos” y los “salvajes”

De acuerdo a la información recopilada por estudiosos del tema, se estima que fueron más de 400 millones los espectadores que asistieron, en distintas ciudades del continente europeo, a los zoológicos humanos entre el siglo XIX y XX. El público era variado: familias de todas las clases sociales, investigadores, científicos, empresarios y cineastas. Incluso, en 1986, los hermanos Lumière filmaron a las personas que estaban siendo exhibidas en el Jardín de Aclimatación de París. Aunque el público era diverso, su interés era compartido: observar a estos “seres extraños”, lo más cercano al hombre primitivo del que venían leyendo hace varias décadas.

“Yo siempre tengo la intención, y creo que el arte tiene ese lugar, de tener la libertad de poder generar nuevos conocimientos y, a partir de eso, generar nuevas reflexiones de los tiempos que vivimos. Hay todo un estudio cartográfico de los zoológicos en relación con la migración, por ejemplo. Yo espero que sirva para pensar cómo nosotros todavía estamos insertos en esos discursos donde si uno piensa qué es el racismo, se llega a la conclusión de que es un prejuicio construido a partir de algo muy frágil, que es la apariencia física de las personas”.

Christian Báez es historiador y, en los últimos veinte años, se ha dedicado a estudiar los zoológicos humanos. Es autor del libro “Cautivos. Fueguinos y patagones en zoológicos humanos” (2019) y co-autor del documental chileno “Calafate, zoológicos humanos” (2009). Con respecto al interés del público por estas exhibiciones, señala que “hay de todo. Está el interés científico, el interés comercial, también el interés de la Iglesia Católica por tratar de promover la evangelización. En 1892, llegan patagones y fueguinos a Génova para promocionar lo que eran las misiones salesianas, para decir ‘estas personas que entraron así, ahora las tenemos así’. Los vestían, hacían oficios, entonces era toda una promoción publicitaria, un marketing de lo que era el poder de la evangelización”.

“Hay un término que se ocupa mucho en el mundo de la antropología, que es lo exótico. Siempre es lo que no soy yo. En ese sentido, lo muy distinto a mí y cuán distante es el otro respecto a mí, producía curiosidad. Conocer lo distinto, lo diferente, lo distante y, especialmente, lo extraordinariamente distante en el sentido de que, en el siglo XIX, estaba la dicotomía entre la barbarie y la civilización. Por lo tanto, en este mundo europeo, civilizado, blanco, existían estos seres que todavía eran de la edad de piedra, de una edad que había quedado en la antigüedad: los primitivos. Por lo tanto, querían ir a ver a esos primitivos, cuán distintos eran a ellos”, agrega Báez.

A través de su libro “Huesos sin descanso. Fueguinos en Londres” (2016), el académico Cristóbal Marín recorre el destino de diferentes grupos de fueguinos llevados a Europa contra su voluntad. En ese camino, se encontró con el caso de los zoológicos humanos, la versión más extrema de estos secuestros. Marín comenta que “hubo al menos tres formas de traslado de pueblos originarios a Europa. Una, la que hizo Fitz-Roy, que era llevar a fueguinos, selknam o yaganes a educarlos a Europa, supuestamente a civilizarlos. Otra forma fue la de los zoológicos humanos; y la tercera fue el saqueo de cementerios de pueblos originarios junto con el envío de los huesos y cuerpos a Europa”. Cabe destacar que, en el caso chileno, grupos del pueblo mapuche también fueron llevados al continente engañados con estos fines.

Comunidad Selknam Río Grande

“Las personas creían que visitaban al ser humano prehistórico, poco menos que muestras vivas de una suerte de ‘eslabón perdido’ entre los humanos y el mono. Mientras más salvajes parecieran más interés despertaban, a tal punto que los empresarios de estos espectáculos los mostraban lo más primitivos posibles. Incluso, les tiraban carne cruda e insinuaban que eran caníbales. Los fueguinos no sólo eran exhibidos en zoológicos, sino también en ferias y teatros de variedades como ‘rarezas’, junto a personas con malformaciones anatómicas”, agrega Marín sobre la fascinación que causaban estos espectáculos.

“Hay un término que se ocupa mucho en el mundo de la antropología, que es lo exótico. Siempre es lo que no soy yo. En ese sentido, lo muy distinto a mí y cuán distante es el otro respecto a mí, producía curiosidad. Conocer lo distinto, lo diferente, lo distante y, especialmente, lo extraordinariamente distante en el sentido de que, en el siglo XIX, estaba la dicotomía entre la barbarie y la civilización“.

Las consecuencias de estos hechos perduran hasta hoy. Son varios los museos y universidades en Europa que todavía poseen restos de los indígenas que fallecieron estando en el continente. “En esas tres formas, quedaron restos allá y han sido exhibidos durante mucho tiempo sin ningún contexto, sin ningún cuidado de que son restos humanos. Y, hoy en día, son las comunidades las que tienen que decidir respecto a los restos de la gente que pertenecía a sus comunidades. Quieren que sean devueltos, pero muchos museos todavía no han comprendido la naturaleza de este fenómeno y se han resistido a devolver sus cuerpos, salvo algunas excepciones”, dice Cristóbal Marín.

Pese a ello, el historiador Christian Báez destaca la discusión que se ha dado en Chile y Europa en el último tiempo en relación con lo ocurrido. “A partir de los 90, en el mundo europeo especialmente, hubo una revisión colonial en Alemania, Bélgica y España, de lo que era ese pasado y comienza un cuestionamiento. Gracias a ese cuestionamiento, estas investigaciones se acercan un poco a ese revisionismo. En parte, creo que somos parte de una remirada del pasado colonial a todo nivel. Esto mismo, se repite en Chile”, declara. Ello, porque en 1873 se realizó una muestra de tres selknam en el actual edificio de Correos de Santiago de Chile.

Añade que “en ese sentido, he sido testigo afortunado de los debates que hay dentro de algunos museos en Europa, especialmente. De los académicos, del mundo de las sociedades científicas, del mundo del espectador común y corriente. Hay corrientes distintas de pensamiento, algunos piensan que esto es parte de lo que es la tradición académica, museográfica y que los objetos están mejor cuidados ahí. En parte, yo creo que sí, pero cuando hablamos de restos humanos, por ejemplo, no sé si es tan certero. Gracias a eso hemos tenido avances en el conocimiento del pasado de la humanidad, eso no lo podemos negar. Aquí no hay verdades blancas y negras, sino que hay una cantidad de grises entre medio”.

Alerta: ¿Y qué pasa hoy?

Aunque los zoológicos humanos dejaron de existir poco después de la Segunda Guerra Mundial, las ideas que estos promovían en cuanto a hegemonía o discurso racial no resultan tan lejanas. Para la artista Voluspa Jarpa, estos “son aparatos psíquicos, están mucho más metidos en la subjetividad de las personas, más de lo que queremos asumir. Entonces, si se instaló todo esto durante 500 años y tuvo un último momento fuerte de construcción simbólica con todo el discurso positivista científico, que es parte de una de las piezas de la exposición, como la revisión de ese discurso, el cómo la ciencia colaboró a la construcción de estas ideas racistas, no creo que estemos en el momento de salida de nada de eso”.

“Estamos en un momento de pensarlos, de empezar a hacerlos conscientes, pero en ningún caso todavía hemos construido otro paradigma que nos diga ‘estamos seguros de que no van a haber zoológicos humanos nunca más’. Yo tengo mis dudas, porque miro los campamentos de migrantes, las realidades de esos niños y de esas mujeres, y aunque no son espectáculos,  son cárceles geográfico-racistas. Tenemos otros fenómenos que recuerdan las consecuencias de esa racialización del mundo. En un sentido geopolítico, económico, de construcción de subalternidades a través de la idea de la raza. La persecución de pueblos, en Chile tenemos eso enquistado en nuestra propia nación”, agrega Jarpa.

El académico Cristóbal Marín coincide con que el trasfondo de los zoológicos humanos sigue más presente que nunca, con fenómenos como el de la migración y la situación actual de los pueblos originarios en Chile. “La actitud más profunda que está detrás de los zoológicos humanos, como la falta de respeto y desprecio por el ‘otro’ y su incapacidad de reconocerlo como un igual, sí continúa en Europa y en Chile y se refleja de alguna manera en el trato que se les da a los pueblos originarios y también se puede reflejar en el caso de los migrantes, que son vistos como ‘inferiores’, ‘primitivos’, y tratados indignamente”.

“Estamos en un momento de pensarlos, de empezar a hacerlos conscientes, pero en ningún caso todavía hemos construido otro paradigma que nos diga ‘estamos seguros de que no van a haber zoológicos humanos nunca más’. Yo tengo mis dudas, porque miro los campamentos de migrantes, las realidades de esos niños y de esas mujeres, y aunque no son espectáculos,  son cárceles geográfico-racistas.

Para Christian Báez, este tipo de humillaciones continúan presentes, aunque adaptadas a las plataformas actuales. En ese sentido, “las redes sociales son formas de exponer al otro de manera cruel, denigrante. Son una fábrica de estereotipos, de caricaturas y es aberrante”, dice. Por otra parte, mientras filmaban el documental diez años atrás, pudo reflexionar en torno al presente. “En Bélgica existían muestras en vitrinas de mujeres de diferentes partes del mundo. Si no es un zoológico humano, ¿entonces qué es? La clasificación decimonónica que existía en Bruselas hacia 2008 se repetía en lo que era la distribución del comercio sexual. Por último, los programas de televisión donde lo freak es lo protagonista. El enano, el distinto, la distinta, lo chistoso. También es parte de este mundo de lo distinto que me hace reír. Ahí hay algo de eso también, algo de morbo”.

“Estos espectáculos masivos, y estas investigaciones ‘científicas’, contribuían a reafirmar la idea de una superioridad de los europeos por sobre el resto. Por ejemplo, el mismo Darwin creía que estas culturas eran inferiores y que su lenguaje era muy primitivo, con no más de cien palabras, hecho que desmintió luego el misionero Thomas Bridges con su monumental diccionario inglés-yagán de 32 mil palabras. Pensaba que la extinción de estos ‘salvajes’ era un oscuro pero inevitable producto de la selección natural y el progreso de la civilización”, destaca el filósofo Cristóbal Marín con respecto al impacto del colonialismo europeo en su visión sobre la raza.

Earle, Augusto, Cove in Beagle Channel (port trait cove), 1831 Memoria Chilena

El impacto de esta visión no sólo llegaría al continente europeo, sino que también en los grupos más privilegiados de Sudamérica. “Si bien el fenómeno de los ‘zoológicos humanos’ es algo propio de la cultura del siglo XIX e inicios del XX, se podría decir que refleja algo más profundo de la cultura europea, que es ver al ‘otro’ como inferior y tratarlo como tal. Sin embargo, este rasgo no sólo está en los europeos, sino también en las élites latinoamericanas, que construyeron nuestras repúblicas con la brutal exclusión y maltrato de los pueblos originarios y sus culturas, a quienes se les consideró como inferiores y salvajes, como residuos prehistóricos”, añade Marín.

“Los procesos, las construcciones de poder, son tan fuertes que nosotros vivimos sus coletazos hasta el día de hoy. No tenemos zoológicos humanos, pero tenemos otras formas de racialización. El mismo conflicto que arrastramos, el conflicto mapuche, es un conflicto racista. Se ha ido complicando, porque ha tenido resistencia, pero básicamente es un conflicto racista”, dice Voluspa Jarpa.

Los entrevistados coinciden en señalar que los zoológicos humanos son una realidad del pasado que difícilmente volvería a repetirse. Aún así, el ideario que estaba detrás de esta iniciativa es parte del subconsciente que presenta desafíos tanto para la actualidad como para el futuro. “Creo que es mucho más cercano de lo que pensábamos -sostiene el académico Christian Báez-. Desgraciadamente, tenemos una memoria muy frágil. Y empezamos a repetir discursos que poco tiempo atrás eran discursos normales y hoy son discursos políticos. Se han convertido en banderas de lucha. Está tan presente, que no sé cuánto hemos aprendido en realidad, si es que hemos aprendido y si es que queremos aprender”.

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