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Opinión

21 de febrero de 2022

Columna de Luis Eugenio García-Huidobro: Constituyentes, academia y el pedigrí de las ideas

La imagen muestra al autor de la columna frente a varios convencionales constituyentes Agencia Uno

Desde los inicios de la Convención Constitucional muchos constituyentes han manifestado una profunda desconfianza en el aporte de la técnica y los expertos. Sin embargo, al desautorizar el saber técnico y procurar callarlo, esos convencionales no parecen comprender algo fundamental para el éxito de su trabajo: toda Constitución supone un delicado equilibro entre símbolos y el diseño de un complejo entramado institucional.

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Por semanas hemos sido testigos de las recriminaciones cruzadas entre la academia y algunos convencionales constituyentes. Unos acusan que una multiplicidad de propuestas constitucionales son conceptualmente descabelladas, desconocen la evidencia comparada o están mal diseñadas. Otros replican sugiriendo la existencia de un esfuerzo concertado que busca desprestigiar el trabajo de los convencionales.

Ciertamente hay quienes de mala fe critican y aprovechan su púlpito académico para invitarnos a peregrinar hacia el rechazo constitucional. Pero difícilmente se trata de esto: reducir esta cacofonía de críticas a sectores conservadores o históricamente sobrerrepresentados –como hace algunos días lo hicieron tres convencionales– es caricaturesco y deshonesto. De lo que realmente se trata es de una multiplicidad de académicos bienintencionados, representativos de diversas disciplinas y sensibilidades políticas, que procuran el éxito de nuestro proceso constituyente. Es un grupo heterogéneo, pero con algo en común: son conscientes que los errores en diseño constitucional son muy costosos y se pagan por varias generaciones. De ahí el ahínco en sus reproches.

Desde los inicios de la Convención Constitucional muchos constituyentes han manifestado una profunda desconfianza en el aporte de la técnica y los expertos. Sin embargo, al desautorizar el saber técnico y procurar callarlo, esos convencionales no parecen comprender algo fundamental para el éxito de su trabajo: toda Constitución supone un delicado equilibro entre símbolos y el diseño de un complejo entramado institucional.

De lo que realmente se trata es de una multiplicidad de académicos bienintencionados, representativos de diversas disciplinas y sensibilidades políticas, que procuran el éxito de nuestro proceso constituyente. Es un grupo heterogéneo, pero con algo en común: son conscientes que los errores en diseño constitucional son muy costosos y se pagan por varias generaciones. De ahí el ahínco en sus reproches.

He aquí uno de los mayores desafíos de nuestro proceso: un número considerable de constituyentes parecieran interesarse primariamente en la dimensión simbólica o narrativa, aún a costa de esta segunda dimensión técnica. Los riesgos de esta subordinación son evidentes y deberían saberlo quienes redactan una Constitución, sobre todo luego de tantas advertencias: una Constitución cuya arquitectura constitucional es disfuncional o deficiente, arriesga a ser vista como una carga pesadísima para la ciudadanía antes que como un símbolo que proporciona legitimidad.   

Los constituyentes ciertamente son quienes deben tener un rol protagónico en bosquejar la simbología y narrativa que debe impregnar nuestra futura Constitución y su proceso de escrituración. Pero en cuanto a la dimensión arquitectónica, su trabajo no tiene idéntica libertad. Por supuesto que seguirán siendo ellos quienes deban tomar las decisiones, pero teniendo presente el saber acumulado que la academia puede ofrecer en una temática altamente compleja y con muchísimas variables difíciles de ponderar prospectivamente. Puede que ellos no lo hayan sabido al ser electos, pero esa es la limitación que supone haber elegido un proceso constituyente para canalizar el estallido social.

Una Constitución cuya arquitectura constitucional es disfuncional o deficiente, arriesga a ser vista como una carga pesadísima para la ciudadanía antes que como un símbolo que proporciona legitimidad.  

Debe reconocerse que este cambio de actitud requerirá mucha humildad y valentía de parte de estos constituyentes más combativos, sobre sobre todo en una etapa tan avanzada del proceso y luego de una relación tan accidentada con esa academia y tecnocracia a la que tanto han denostado. Como bien se ha dicho, hay pocos descubrimientos que son más irritantes que aquellos que exponen el pedigrí de las ideas. Pero este es un costo que deberían estar dispuestos a pagar: ellos pueden tener sus símbolos e impregnar la discusión constitucional con su narrativa, pero deberían a lo menos considerar y ponderar el consejo de quienes de buena fe quieren que la nueva Constitución cumpla adecuadamente una función que le es consustancial. No se trata si ésta será más de izquierda o de derecha, si será más o menos refundacional. Se trata simplemente de procurar una Constitución que sea institucionalmente funcional. De lo contrario, no será sólo la academia quien sufra las consecuencias de ser ignorada, sino toda la ciudadanía. ¿Están dispuestos las y los convencionales a pagar ese costo?

*Luis Eugenio García-Huidobro es investigador del Centro de Estudios Públicos (CEP).

También puedes leer: Lo bueno, lo malo y lo feo: Crónica de la primera jornada de votación de normas en el pleno de la Convención


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