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Opinión

7 de febrero de 2022

Columna de Patricia Politzer: Ni oasis ni maximalismos

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Este momento histórico incomoda, irrita, angustia a muchos. Porque lo cierto es que estábamos acostumbrados a escuchar voces levemente discrepantes. Por largo tiempo, el debate fue entre iguales, o casi iguales, en un marco estrecho del que salirse era mal visto, era fumar opio.

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Estamos viviendo un momento histórico. He escuchado y pronunciado esta frase una y otra vez desde que se inició el proceso constitucional. ¿Qué tiene de histórico este período? Sin duda mucho más que el hecho de escribir una nueva Constitución. Y eso es lo que nos tiene preocupados, ansiosos, expectantes. Estamos en medio de un ejercicio democrático que no conocíamos.

En mayo pasado, nos sorprendimos con la elección de constituyentes. La integración de la Convención resultó radicalmente distinta a lo que la elite imaginaba. La mayoría, personas desconocidas para los medios de comunicación y la opinión pública, pero con raíces profundas en movimientos sociales y territoriales. Eran aquellos que tantas veces habían marchado y protestado por diversas causas sin ser escuchados. Otros, eran representantes de los Primeros Pueblos, que habíamos menospreciado e invisibilizado, y cuya presencia obligó a reconocer la fuerza de su cultura, su historia, sus necesidades e intereses. Una ciudadanía ansiosa de participar en las decisiones del país.

Los últimos días fueron especialmente agitados. Precisamente porque vivimos un ejercicio democrático inédito que está removiendo nuestros cimientos. Un millón de personas participó en la presentación de iniciativas populares para incluir en la nueva Constitución. Fueron casi 2.500 las propuestas, de las cuales 78 -que obtuvieron más de 15 mil patrocinios– pasarán directamente a una comisión con la obligación de ser discutidas.

La ciudadanía se movilizó con ideas tan disímiles como la herencia de los fondos previsionales, la legalización y la prohibición del aborto, el derecho a una vida libre de delincuencia, el bienestar de los animales o la obligación del Estado de financiar y respetar la dignidad de los bomberos. Todas éstas con más de 20 mil patrocinios.

Al mismo tiempo, dentro de la Convención Constitucional, se presentaron cientos de iniciativas, y algunas ya fueron aprobadas en un primer trámite. Aunque falta mucho para que se conviertan en norma constitucional, provocaron escándalo. Entre ellas, la que busca nacionalizar la actividad minera, aquella que propone el retiro de tratados internacionales o la que caducaría los derechos de agua otorgados por el  Código de 1981, que el Congreso acaba de reformar.

Hay sin duda propuestas complejas, algunas esperpénticas. Y eso es lo que convierte a este momento en histórico. Porque no son ideas de algún insensato con megáfono sino iniciativas planteadas por constituyentes con poder de decisión, elegidos por la ciudadanía. Son aspiraciones que, por más descabelladas que parezcan, tendrán que ser discutidas, con argumentos a favor y en contra, para luego votarlas. De esto se trata la democracia. De escucharnos, respetarnos y tomar acuerdos entre personas diferentes, muchas de las cuáles jamás habían tenido la oportunidad de decirle al país cómo se vive en el entorno de la minería, con las consecuencias de algunas exportaciones o cómo se subsiste en medio de la escasez de agua.

Este momento histórico incomoda, irrita, angustia a muchos. Porque lo cierto es que estábamos acostumbrados a escuchar voces levemente discrepantes. Por largo tiempo, el debate fue entre iguales, o casi iguales, en un marco estrecho del que salirse era mal visto, era fumar opio.

En la Convención Constitucional, el debate se amplió, la deliberación no tiene límites, no hay temas tabú ni visiones prohibidas. Esto no significa que las ideas más extremas y excéntricas que se escuchan o se aprueban en una primera votación, lleguen al texto constitucional. También hay muchas iniciativas -probablemente la mayoría- que merecen aplauso cerrado, como la libertad de expresión o el exigencia de probidad, fundamentales para fortalecer la democracia.

El debate recién comienza, habrá que escuchar los argumentos y datos a favor y en contra de cada propuesta, habrá que discutir y discutir para acercar posiciones y ceder. Esto se prolongará hasta fines de abril cuando tengamos el primer borrador de normas.

Desde ahora, los distintos partidos y colectivos tendrán que asumir que más importante que la disciplina interna -para votar todas y todos al unísono- es la calidad del proyecto y sus consecuencias para el país. Porque, de lo contrario, las iniciativas no lograrán los dos tercios de los votos que se requieren para convertirse en norma constitucional. O, lo que es peor, se cumplirá el deseo de algunos de que la nueva constitución sea rechazada.

Después de estas semanas agotadoras, de trabajo hasta la madrugada, de recibir críticas bien intencionadas, junto a tergiversaciones y estridencias frente a una primera votación o la aprobación de una idea por un solo voto, es hora de  sacudirnos los prejuicios, las rabias y los miedos. De lo contrario, no podremos construir el nuevo pacto social que el país reclama. El único camino es el diálogo.  

Es urgente un debate serio y honesto, que permita cambiar de opinión porque el otro tiene una propuesta mejor, con los pies bien puestos en la tierra. Es imprescindible dejar fuera las fantasías de quienes sueñan con volver al oasis en que vivían algunos, y también las quimeras maximalistas.

La ciudadanía espera ansiosa la Constitución que promete cambiar el rumbo del país, es decir, fijar los principios y normas de un nuevo pacto social que asegure una mejor calidad de vida a todos los y las habitantes de esta tierra. Para eso se eligió una Convención Constitucional. No podemos fallar.   


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