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Opinión

11 de marzo de 2022

Columna de Rafael Gumucio: Piñera, Presidente a palo

La imagen muestra a Gumucio frente a La Moneda y Piñera Agencia Uno

Estoy convencido de que quiere lo mejor para Chile, pero no sabe que es Chile o lo confunde con él mismo y sus más cercanos. Cuando se necesita impulsividad y matemáticas, como con las vacunas y los 33, logra sus objetivos. Pero todo lo que necesite sutileza, sensibilidad, todo lo que no sea resultados, todo lo que pide algo de profundidad, es siempre en él un fracaso.

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Se tiende a pensar en Piñera como un hombre extremadamente astuto, que siempre piensa en trucos y engaños con el único objetivo de hacerse siempre más rico. Un genio del mal, que usa su inteligencia sólo para su propio interés. Yo pienso justo lo contrario. Creo que Piñera es una persona más o menos bien intencionada, pero de pocas luces.

Estoy convencido de que quiere lo mejor para Chile, pero no sabe que es Chile o lo confunde con él mismo y sus más cercanos. Cuando se necesita impulsividad y matemáticas, como con las vacunas y los 33, logra sus objetivos. Pero todo lo que necesite sutileza, sensibilidad, todo lo que no sea resultados, todo lo que pide algo de profundidad, es siempre en él un fracaso.

Yo pienso justo lo contrario. Creo que Piñera es una persona más o menos bien intencionada, pero de pocas luces.

Mi teoría que Piñera no es un perverso sino un tonto, es algo que todo parece contradecir. Es doctor en economía en Harvard y uno de los hombres más ricos de Chile. Pero si algo hemos aprendido en estos años es que la capacidad para acumular dinero nada tiene que ver con la inteligencia. Es quizás la gran lección del doble reinado de Piñera y el de Trump y toda suerte de oligarcas a través del mundo. El país no es una empresa y las empresas quizás tampoco son empresas, en el sentido ideal que tiene la palabra empresa en los manuales de economía. Ser perfectamente insensible, totalmente impulsivo, incapaz de descifrar a los demás, debería prometerte la ruina en los negocios. Pero la economía en el poscapitalismo está construida de tal forma que para ganar mucho dinero no se necesita de alguna forma de inteligencia, sino que se requiere hasta algún tipo de brutalidad.

Inteligente quizás no es, me concederán, pero astuto es sin duda. Pero no hay un pillo la que se le haya pillado más veces en medio de sus pillería. Ningún plan le sale bien, todos lo trucos se los descubre hasta el más tonto de los periodistas de investigación. Roberto Ampuero lo estafó prometiéndole prestigio internacional y relumbre intelectual. Agitando el fantasma de Vargas Llosa ante sus ojos lo hizo perder el norte en viajes a Cúcuta y cumbres internacionales que no tuvieron lugar porque el país que gobernaba empezó a pensar que sólo conseguirían que el presidente Piñata diera plata si se lo apaleaba lo suficiente.

Roberto Ampuero lo estafó prometiéndole prestigio internacional y relumbre intelectual. Agitando el fantasma de Vargas Llosa ante sus ojos lo hizo perder el norte en viajes a Cúcuta y cumbres internacionales que no tuvieron lugar.

Tenían razón, Piñera a palo dio como nadie dinero a las cuentas personales de los chilenos. Como nadie hizo universales las políticas sociales. A palo reventó el sistema de AFP que quería defender. A palo en su gobierno se logró en paz empezar un proceso constituyente en el que concedió más de lo que la izquierda más lucida hubiese querido conseguir. Llegó a su segundo gobierno decidido a ser más conservador y defender la familia, aunque a palo, nuevamente, o más bien desesperado por algo de aprobación, firmó la ley de matrimonio homosexual. A palo hizo un gobierno más progresista que el de la Michelle Bachelet II, cumpliendo las promesas de ella, esas promesas contra la cual llego al poder.

Nunca dejó, hasta en los peores momentos, de despertarse temprano, inaugurar cosas más o menos inútiles, y sonreír como si alguien todavía lo quisiera. Desesperado por jugar a todos los juegos, por ganar en todas las competencias, por pertenecer a todos los círculos, juró haber ido a la marcha gigante del 21 de octubre donde más de un millón de chileno lo odiaba coordinadamente. No trepidó en plena pandemia en sacarse una foto frente a la estatua del general Baquedano cuando nadie podía salir de sus casas. ¿Por qué lo hizo? Porque podía. Esa es la mayoría de las explicaciones detrás de sus actos.

No trepidó en plena pandemia en sacarse una foto frente a la estatua del general Baquedano cuando nadie podía salir de sus casas. ¿Por qué lo hizo? Porque podía. Esa es la mayoría de las explicaciones detrás de sus actos.

La estatua del general Baquedano, pintada, manchada, tatuada, adorada, olvidada, luego desplazada de ahí y remplazada por unos muros que cubren su plinto es el símbolo mismo de lo que gobierno de Piñera significó para la República y sus símbolos. No se ha escrito aún suficiente sobre la continuidad de espíritu entre el anarquismo y el neoliberalismo: Sebastián Piñera encarnó la autoridad sin creer en ella, ni entender sus reglas ni sacrificar en ella nada de la libertad con la que dice siempre lo primero que se le pasa por la cabeza, que es casi siempre lo único que le pasa por la cabeza. En ese sentido los “octubristas”, que crecieron con él, son su perfecto espejo. Por eso su odio tiene algo de amor, algo de reconocimiento.

Impulsivo, adolescente, ingenuo, como los que lo odian más, Piñera nos dejó como nadie se lo peor de nosotros mismo. Es quizás la razón porque, a pesar de que su primer gobierno fue también un fracaso, lo reelegimos. Es quizás por eso mismo que no podemos reconocerle ningún mérito. No es a Piñera, el hombre, el presidente, al que despreciamos, sino a la parte de nosotros mismo que se reconoce en él.

Piñera deja por fin La Moneda, pero nuestro Piñera interior tengo la impresión que está más fuerte que nunca.

No es a Piñera, el hombre, el presidente, al que despreciamos, sino a la parte de nosotros mismo que se reconoce en él.

*Rafael Gumucio es escritor.

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