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Opinión

6 de abril de 2022

Haciendo tiempo

Agencia Uno

¿Cómo se hace tiempo en el debate constituyente? No a través de filibusterismo alguno: cada intervención tiene aquí tiempos claros y límites definidos, por lo que un convencional no puede tomar la palabra e intentar superar el récord del diputado Naranjo. Sin embargo, sí es posible dilatar el proceso a través de las indicaciones.

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Cuando niño no era bueno para el fútbol. Como tal, la única forma de sobrevivir a los mandatos masculinos de los noventa, fue aprender sus malas prácticas. Esas como la del lauchero –el jugador que se queda todo el partido junto al arco, esperando el momento exacto para mover un poco el pie y marcar un gol– o del chicle –que tiene como única misión entorpecer el juego del goleador del equipo contrario. Pero de todas, la más vil sin duda, era la de hacer tiempo: ir ganando y no soltar la pelota, con el fin de que el reloj corriera y el partido terminara sin que el contrario pudiera intentar meter un gol.

Con el paso de los años aprendí que no tenía que jugar fútbol si no me gustaba (¡gracias dioses de la deconstrucción!), pero esas malas prácticas quedaron en mis recuerdos como células durmientes, listas para despertar en caso de ser necesitadas. Quizás eso es lo que les ha pasado a varios convencionales de las Derechas, que han vuelto del hacer tiempo casi una costumbre en estas últimas semanas. El problema es que, a diferencia de lo que ocurre en el fútbol, hacer tiempo en la Convención no va a permitirle ganar a nadie. Todo lo contrario, puede llevarnos a perder a todos.

Pero ¿cómo se hace tiempo en el debate constituyente? No a través de filibusterismo alguno: cada intervención tiene aquí tiempos claros y límites definidos, por lo que un convencional no puede tomar la palabra e intentar superar el récord del diputado Naranjo. Sin embargo, sí es posible dilatar el proceso a través de las indicaciones. Estas son propuestas que hacen los y las convencionales para modificar normas que están siendo discutidas y se trata de un mecanismo esencial para poder garantizar la deliberación democrática, la búsqueda de acuerdos y la mejora de las normas. El problema, sin embargo, ocurre cuando se presentan indicaciones que no tienen apoyo para ser aprobadas, cuando esto se hace en exceso y, además, de manera repetitiva.

Quizás eso es lo que les ha pasado a varios convencionales de las Derechas, que han vuelto del hacer tiempo casi una costumbre en estas últimas semanas. El problema es que, a diferencia de lo que ocurre en el fútbol, hacer tiempo en la Convención no va a permitirle ganar a nadie. Todo lo contrario, puede llevarnos a perder a todos.

Así ocurrió la semana pasada en el pleno, al votarse las normas de la Comisión de Derechos Fundamentales. Las convencionales Rocío Cantuarias y Bárbara Rebolledo presentaron un total de 149 indicaciones, varias de ellas sobre un mismo artículo –obligando a repetir su votación– y algunas incluso referidas a incisos de normas que no estaban en la propuesta. ¿El resultado? Una votación que incluía 19 artículos y que debió haber tomado sólo algunas horas, se extendió hasta la madrugada y debió ser suspendida y continuada al día siguiente. Días después, fue el convencional Eduardo Cretton el que innovó respecto a esta estrategia, proponiendo indicaciones hasta para reemplazar un artículo sobre plebiscitos regionales por otro de condena al terrorismo.

Las acciones de Cantuarias, Rebolledo o Cretton son legales y no incumplen el reglamento de la misma Convención. Pero eso no significa que sus consecuencias sean positivas o siquiera deseables. Es que a menos que conservemos aún la inocencia infantil de cuando le creíamos a nuestros padres que si nos metíamos al agua después de almuerzo nos daría un calambre (lejos la mejor técnica para dormir siesta inventada por el ser humano), concordaremos en que sus proponentes saben tan bien como nosotros que esta estrategia no les permitirá aprobar sus indicaciones. Su efecto, finalmente, no es otro más que hacer tiempo. Uno quizás lo hagan para obstruir el proceso de redacción, otras por un convencimiento real de estar respondiendo a sus electores, alguna por considerar que levantar carteles con “Vistipuntos” no es ya una forma de ser suficientemente desagradable con los adversarios; lo cierto es que no podemos saberlo. Lo que sí sabemos es el efecto concreto que este hacer tiempo posee: con una fecha límite de entrega fijada para el 5 de julio de este año, cada hora perdida es una hora de trabajo que no puede dedicarse a la propuesta de nueva Constitución.

Su efecto, finalmente, no es otro más que hacer tiempo. Uno quizás lo hagan para obstruir el proceso de redacción, otras por un convencimiento real de estar respondiendo a sus electores, alguna por considerar que levantar carteles con “Vistipuntos” no es ya una forma de ser suficientemente desagradable con los adversarios; lo cierto es que no podemos saberlo.

Cuando la estrategia de dilatación además sirve para generar conmoción en la opinión pública –como la del convencional Cretton, que terminó twitteando a los cuatro vientos que la Convención defendía el “pluriterrorismo”– a esas horas perdidas se suman otras tantas más, dedicadas a desmentir información falsa y acusaciones sin sustento, generando en la Convención y el país un ambiente más enrarecido que trabajo en grupo entre Will Smith, Chris Rock, Renato Garín y Antonia Atria.

El problema es que la Convención no es un partido fútbol y con este hacer tiempo nadie gana. Más bien, pierde la calidad del nuevo texto constitucional, pues es menor el tiempo y las energías que se le dedican. Con este hacer tiempo, somos todos quienes perdemos. Probablemente vaya siendo hora ya de entender que este ejercicio no se trata de quien le hace más goles al otro sino de redactar una Constitución que refleje fielmente quienes somos como comunidad política. Ello implica que las Derechas entiendan que un 20% no puede imponerle sus ideas al resto por la fuerza o el cansancio, pero también que las Izquierdas se pregunten seriamente como incluir ideas de este 20% en la justa medida que este número le otorga (sin sobre-representarlos, pero sin sub-representarlos tampoco).

Ello implica que las Derechas entiendan que un 20% no puede imponerle sus ideas al resto por la fuerza o el cansancio, pero también que las Izquierdas se pregunten seriamente como incluir ideas de este 20% en la justa medida que este número le otorga (sin sobre-representarlos, pero sin sub-representarlos tampoco).

No se trata de una tarea fácil, pero sí necesaria en un país donde el proceso constituyente ha sido la única salida política propuesta ante la crisis vivida desde 2019. No vaya a ser que, por perder esto de vista, aparezca algún lauchero populista y autoritario que se aproveche y, con un simple movimiento de piernas, le meta un gol a nuestra democracia cuando menos lo estemos esperando.

*Rodrigo Mayorga es profesor, historiador, antropólogo educacional, autor de “Relatos de un chileno en Nueva York” (con el seudónimo de Roberto Romero) y director de la fundación Momento Constituyente (http://www.momentoconstituyente.cl)

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