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Entrevista Canalla

6 de mayo de 2022

Carlos Gajardo, ex fiscal: «Muchas veces sentía empatía por el Choclo Délano, porque me recordaba a mi padre»

La imagen muestra a Carlos Gajardo frente a un fondo canalla

Ya no ejerce en el Ministerio Público, pero sigue reflexionando sobre los temas judiciales. Acaba de publicar un libro titulado "Se hará justicia". Aquí habla de su vida actual, de su vida como fiscal, de la desigualdad judicial, del poder, de Abbott, de su familia y la libertad.

Por

«Han pasado cuatro años…», desliza Carlos Gajardo, el ex fiscal, el atrevido que obstaculizó la vida de los corruptos. Han pasado cuatro años desde que abandonó el Ministerio Público, la Fiscalía de Alta Complejidad, las investigaciones, los insomnios, las luces, los micrófonos encima de la mandíbula. Hace cuatro años protagonizaba las noticias. Fue el justiciero de la corbata roja, el curicano de ojos bien abiertos que denunció las estafas de los intocables. Por algunos de sus rasgos físicos parecía un Mr. Bean con brotes de coraje. Fue un Robin Hood ajustado a derecho. El pequeño que tumbó a los Golliat. 

-Y hace cuatro años que estoy fuera…

-¿Está mejor?

El justiciero piensa. Atrás quedan esos diecisiete años. Atrás queda ese living con sangre, su primer caso horroroso, el caso de María del Pilar Pérez, la Quintrala despiadada, el choque frontal con la maldad. Atrás quedan los casos Fragatas. Los juicios, las presiones, la desigualdad de la justicia, una enorme cantidad de adrenalina, el estrés. Y atrás queda Penta, SQM, el Choclo Délano, la mirada helada del Choclo, el declive del Choclo y su socio, los ricos acongojados.  

-Sí, estoy bien. Fue una decisión acertada- dice.

-¿Qué ha ganado estando fuera?

-Libertad.

Y, como si el Ministerio Público fuese una celda, o bien, la metáfora de una condena, añade:

-He gozado los beneficios de la libertad.

Fue el justiciero de la corbata roja, el curicano de ojos bien abiertos que denunció las estafas de los intocables. Por algunos de sus rasgos físicos parecía un Mr. Bean con brotes de coraje. Fue un Robin Hood ajustado a derecho. El pequeño que tumbó a los Golliat. 

Y la libertad es jugar más fútbol y revisar menos informes. La libertad es transpirar por el paddle y no por tener que dar una conferencia de prensa. En cuatro años de libertad incondicional Carlos se tornó un mejor marido. La libertad lo hizo un abogado que se asoció a otro ex fiscal, a Norambuena, y forjaron un estudio de ex fiscales: Gajardo & Norambuena, los Starsky y Hutch del derecho penal. En cuatro años de libertad Carlos Gajardo se tornó un abogado con menos primicias, pero con más conversaciones con sus tres hijos.

-¿Cuál es la frase más importante que le dice a sus hijos?

-«No crezcan, es un engaño»- dice sin titubear.

La vida adulta es una jaula, parece comunicar en subtexto. La vida infantil es la verdad, el resto, las etapas siguientes, son etapas corruptas. 

-He estado más tiempo con la familia. Esa es una buena cosa.

Carlos Gajardo, entonces, hoy es un ex fiscal común y corriente de 49 años y una oficina de abogados en Las Condes. Es el líder de una familia y ama a una fiscal llamada Teresa Muñoz, pues es evidente que su entorno está plagado de fiscales. A la vez, está enamorado de Marcelo Salas, el goleador de alta complejidad. Y en sus ratos desocupados, cuando ejerce de chileno con ritmo, tararea a Jorge González, el que musicaliza las injusticias, el prisionero que pide en todos los tonos que los ricos se vayan del país.

Y, bueno, en medio de todos sus pensamientos, Carlos Gajardo acaba de publicar un libro. El libro, por supuesto, se llama «Se Hará Justicia». Y ahí reflexiona sobre las flaquezas de la justicia. 

-Así es- reafirma.

-¿Y se hará justicia? Jajaja- el reportero tomó una copa de vino durante el almuerzo.

-Bueno, es lo que uno siempre espera.

Y Gajardo sonríe, teatralmente esperanzado.

Justicia injusta

El reportero leyó el libro y dedujo, tras la lectura, que la justicia es una utopía. Carlos, por su lado, piensa, paradojalmente, que en Chile la justicia es injusta.

-¿Usted cree la justicia no es igual para todos?

-No.

-¿A qué se refiere?

-La ley no trata a todos por igual. 

-Discúlpeme, pero…- el reportero, un producto de la clase media con instrucción, frunce el ceño- ¿Los millonarios tienen mejor justicia?

-Tal cual. Los niveles de desigualdad se manifiestan en una serie de sistemas: educación, salud, pensiones. Y también en un sistema de justicia desigual. Y cuando se trata de justicia es particularmente grave.

La justicia, según parece, tiene precio. Con plata se adquiere una mejor sentencia, la inmunidad se asocia a la cuenta corriente. Y Carlos explica que eso se debe a varios factores: a la manera en que se construyen las leyes, declara; a la forma en que se nombran a las autoridades judiciales, agrega. A la influencia de los poderosos. 

«Los niveles de desigualdad se manifiestan en una serie de sistemas: educación, salud, pensiones. Y también en un sistema de justicia desigual. Y cuando se trata de justicia es particularmente grave».

-¿Los millonarios son los que ganan?

-Sí, tenemos un sistema que trata muy bien al que tiene.

El dinero permite un mejor abogado. El dinero permite poder sugerir, con tono tajante, una determinada ley a los parlamentarios. El dinero encumbra autoridades y apaga a los que reclaman.

El reportero pone aquí una voz distinta, una voz Matamala, un tono Paulsen:

-¿El nombramiento del Fiscal Nacional, el señor Jorge Abbott, fue transparente?

-No.

-¿Qué?- el reportero no esperaba esa franqueza.

-Se ha sabido que tuvo reuniones secretas con distintos parlamentarios, lo cual está prohibido por la Constitución. Con Girardi, con Zaldívar, con Larraín, con Pizarro, entre otros.

-¿De qué se habla en esas reuniones?

-No lo sabemos. 

Eso sí, Carlos dice que, alguna vez, se difundió el testimonio de un testigo, de alguien que estuvo allí, un ser misterioso apodado El Pingüino, y, por lo que se ha podido inferir, lo que parecen hacer en esas citas es acomodar sus respectivos futuros mientras contemplan el jardín. O tal vez lo que hacen es acomodar el whisky mientras contemplan el próximo ascenso.

Y ante la consulta frontal:

-¿Y el señor Abbott, en su conducta profesional, es un tipo transparente?

Carlos opina secamente:

-No lo conozco…

Y da la sensación de que está expresando un mensaje entre líneas.

-¿Se puso turbio el Poder Judicial?

El justiciero resopla.

-Lo que está claro es que tiene falta de credibilidad en la ciudadanía.

Y da un dato: Ucrania y Chile son los países en que hay menor confianza en la justicia. Y entonces preguntamos: ¿Pero qué es lo que está pasando? Y Carlos, buscando soluciones, dice que, en primer lugar, hay que mirar el problema, porque a veces esta fisura se ignora. Pero, preguntamos, ¿acaso no se mira la fisura?. No, acota sin demora Carlos, no, no, es un elefante que parece invisible.  

-Hay que buscar mecanismos- asegura Carlos Gajardo.

Y el justiciero, inspirado, cita a Milton Juica. Y luego se refiere a las llamadas «leyes a pedido», esos artículos que son forzados por el interés de un millonario. La ley a la carta, sintetiza Carlos. Y el reportero otra vez pregunta, con un evidente bajón legislativo:

-¿Y qué se puede hacer? 

Carlos toma aire y aclara:

-La Convención Constituyente va por el camino correcto. Hay que crear un órgano que esté a cargo de los nombramientos en el Poder Judicial. Un Consejo de Justicia que nombre en base a los méritos.

Y en este instante se produce un microscópico silencio. Y lo que vemos es a un Gajardo otra vez en acción: el fiscal ha vuelto por unos segundos. Está aquí el justiciero, el idealista que persigue poner a los malos en su lugar.

Y el justiciero, inspirado, cita a Milton Juica. Y luego se refiere a las llamadas «leyes a pedido», esos artículos que son forzados por el interés de un millonario. La ley a la carta, sintetiza Carlos.

-Una pregunta, Carlos…

-Dime…

-¿Cómo es mirar a los ojos a un poderoso? Cuando cruzan la mirada…¿qué le pasa por la mente?

-¿En qué sentido?

-¿Qué sentía cuando el Choclo Délano y usted se miraban a los ojos en mitad del juicio?  

Carlos queda sumido en una reflexión.

Luego Carlos, por alguna razón, suelta una carcajada.

El héroe normal

-Debo confesar algo- anuncia Carlos.

Qué…

-Mira, emocionalmente no me pasaba nada al cruzar una mirada con el Choclo Délano. Ya venía de otros casos muy intensos como el de María del Pilar Pérez… pero…

-…

El ex fiscal hace una corta pausa.

-… pero… muchas veces sentía cierta empatía por el Choclo Délano… porque me recordaba a mi padre…

José Manuel Gajardo, el padre, fue un prestigioso democratacristiano de Curicó. 

-… Lo que pasa- continúa Carlos- es que mi padre era muy de familia. Y yo sentía, al ver al Choclo Délano, lo duro que era ese momento para toda una familia.

-¿Eso lo ablandó?

-De ninguna manera.

«Lo que pasa- continúa Carlos- es que mi padre era muy de familia. Y yo sentía, al ver al Choclo Délano, lo duro que era ese momento para toda una familia».

Recuerda, con exactitud, que un día de agosto del 2014, encontró el primer indicio de esa hecatombe: tuvo acceso a un mail de Iván Moreira. Y en el mail Moreira hablaba del legendario «raspado de la olla». Había allí una prueba de las llamadas «platas truchas», como dice Carlos. Y ahí él corrió por un pasillo. Mostró el hallazgo a otros fiscales. «Todos quedaron helados», recuerda. Fue el inicio de todo: la prensa, los empresarios, el impacto ciudadano. La enigmática fama.

-¿Usted nunca ha tenido miedo?

-Nunca he tenido miedo.

-¿Nunca recibió una amenaza?

-Jamás. Yo creo que esas aguas se movían más arriba…

-¿Nunca recibió un llamado a su teléfono fijo en horas de la madrugada?

-Jamás.

-¿Lo han seguido?

-Nunca.

Y agrega: «Jamás he tenido que utilizar guardaespaldas o esas cosas». 

Una vez explotó una bomba de ruido en la esquina de su casa y Carlos Gajardo pensó que iba destinada a otra persona. A veces, dice, se ha topado con personajes en cuyas vidas ha estado hurgando y se producen conversaciones naturales. 

-Una vez me topé con Javier Macaya y estuvo todo bien- recuerda.

-Otra vez me encontré en la playa con Laurence Golborne– recuerda.

Eran los días en que Golborne figuraba involucrado en el caso Penta. Y, en ese momento, se toparon en Maitencillo, «toalla con toalla», detalla. Ambos lucían sus elegantes trajes de baño.

-Hola Carlos…

-Hola Laurence…

-Está fuerte el sol…

-Uf. Muy fuerte.

Y nada más.

Siempre, afirma, las relaciones se han llevado con alta civilidad. Aunque, admite, «para algunas de esas personas el recuerdo de mi persona no debe ser grato».

-¿Y usted es transparente?

-Eso lo debe juzgar la gente.

-¿Usted es un héroe?

-No lo soy. Quizás para algunas personas lo fui. Pero yo simplemente fui un funcionario público haciendo su pega.

-¿Le sacan fotos en el supermercado?

-Noo…

-¿Echa de menos su presencia mediática?

-Es que igual sigo vinculado a los medios. Soy panelista en radio y televisión.

-¿Le gustan los focos?

-No. Los usé en su momento para comunicar lo que debía comunicar.

«¿Usted es un héroe?«, pregunta el reportero. «No lo soy. Quizás para algunas personas lo fui. Pero yo simplemente fui un funcionario público haciendo su pega», responde el ex fiscal.

Y en un momento define conceptos:

-Justicia es darle a cada cual lo suyo- dice.

-Corrupción es el gran mal de las democracias contemporáneas- dice.

-¿Y qué es el poder?- preguntamos.

-El poder es una droga.

Opina que Girardi, en su momento, fue un poderoso. Andrónico Luksic es un poderoso. Michelle Bachelet es poderosa. Y él, el ex fiscal, desde hace cuatro años es solamente un abogado que practica el paddle. O un futbolista de domingo. El hombre que a las ocho y media de la mañana abre la oficina de Gajardo & Norambuena.

-¿Qué prefiere ser: mejor abogado, un mítico fiscal o ser mejor papá?

Mira fijamente.

-Ser mejor papá.

Y así el hombre que sonó para ministro, el que votó libremente a Boric, vuelve a ser un ciudadano. Publica un libro y comanda los almuerzos familiares. 

-Y no sé lo que puede venir… con suerte me programo para dos semanas más…- y se despide con serenidad. Y su mirada ahora es la de un hombre perdido entre la multitud. Un hombre que no pudo encarcelar a los poderosos, pero que, de todos modos, refugiado en su casa, sigue escuchando lealmente a Los Prisioneros.

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