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Entrevista Canalla

29 de abril de 2022

Arturo Guerrero, El Padrino de La Vega: «¡Es una mariconada que se hable de tomates en invierno!»

El padrino de la Vega

Es un mito. Le llaman el Padrino de La Vega. Aprendió de economía en la calle. Grita para vender y grita para defender a las verduras de los reclamos por los altos precios. Habla de comida, de amor, de tristezas y, por supuesto, de finanzas.

Por

«¿Qué? ¿Los precios están altos? Ja…», es la voz indignada del señor Arturo Guerrero, un pequeño hombre de negocios que lidera La Vega. Y agrega: «Uf, puras tonteras». Tiene 66 años, es diminuto de huesos, coquetamente expandido de estómago, posee una casa en Colina, un puesto de verduras en Recoleta, cinco hijos, un conjunto gigantesco de animales que pasta en su living, un conjunto reputado de animales que pasta en su cama, gasta 65 mil pesos semanales en comida para mascotas, le apodan el Padrino de La Vega, ha lucido su picardía en televisión, ha generado en horario prime atmósferas de confianza mediática con Martín Cárcamo, lleva una vida sonriente y, por ejemplo, según relata, ayer mismo, cerca de la medianoche, tuvo relaciones sexuales creativas con Clarisa Sepúlveda, 78 años, apodada La Joyita, su respetada esposa. «La amo, mijo», enfatiza y revela que, tras cuarenta y ocho años de unión marital, han alargado la química y la sintonía carnal y así son felices. A los besos. «Jajaja…nosotros lo pasamos bien. Así se sostiene un matrimonio, mijo».

Parece un hombre feliz, un señor simpático con empuje comercial y empuje lascivo. Le brillan los ojos si le preguntan por el amor, el amor es la clave, el amor es la piedra angular de la carcajada. Si tienes amor, repartes amor.  

-¿Qué es el amor, Arturo?

-Puta, todo- responde a prisa, brillando.

Y detalla su historia de amor, su historia global, La Joyita y el Padrino, los hijos, el puesto de verduras, el apio, los zapallos, madrugar, el plato de lentejas, el liderazgo, la gestación de su jefatura, la luz, la victoria, hasta la entereza con que en la familia sortearon una infidelidad, una calentura atolondrada del señor Guerrero que concluyó en un hijo con otra mujer. La Joyita le dijo: «Te perdono. Pero seré la madrina». Y el niño nació y fue querido por todos, el padre, la madre, La Joyita, tuvo un hogar doble. Pero un día…

-Ya partió mi niño…

Qué…

-Tenía doce años… un accidente… y ahora es mi ángel.

Cayó de un columpio.

Al Padrino se le partió la vida.

Reflexiona por un instante con un hilo de voz: murmura un mensaje dirigido al cielo

-Está allá arriba desde hace más de veinte años. Nos protege. Protege a Los Guerrero. Él era un Guerrero legítimo, con mayúscula y con minúscula. Y la vida es tan frágil, por la cresta, en cualquier momento nos puede pasar. Vivamos el ahora, digamos Te Quiero en este preciso momento.

Y le aflora una sonrisa a la fuerza, la del hombre que no encuentra explicación.

-Y aquí estoy- resume.

Está, en metáforas, de pie. 

Y detalla su historia de amor, su historia global, La Joyita y el Padrino, los hijos, el puesto de verduras, el apio, los zapallos, madrugar, el plato de lentejas, el liderazgo, la gestación de su jefatura, la luz, la victoria, hasta la entereza con que en la familia sortearon una infidelidad, una calentura atolondrada del señor Guerrero que concluyó en un hijo con otra mujer.

En cosa de minutos, Arturo Guerrero encarnó dos estados de ánimos: habló de amor y de muerte. Tuvo una risa de verdad y luego, tristemente, tuvo una risa sin querer. 

Principios de economía básica

-Pero tú- y cambia de tema con los ojos brillantes- me preguntas por el costo de la vida…

Y da la impresión que Arturo guarda otra vez en un cajón privado a su hijo. Lo cierra, lo deja fuera del alcance de los demás, en la pieza celestial. Le sonríe. Y luego da la impresión que Arturo Guerrero se arremanga la camisa y, estimulado por la actualidad, se transforma en el líder de la Vega. El Padrino se pone a hablar de precios.

-¿Las cosas están caras? ¿Carestía? Mmm…- se autopregunta para darle un matiz dramático a su respuesta.

-¿Pero las cosas están caras?

-Huevadas- murmura fijando la vista en el suelo, enfurecido.

A mediados del 2021 se dijo lo mismo, las cosas están caras, y él zanjó el debate con una rabieta: «¿El tomate está caro? ¡Pero si no es época de tomates! ¡Cómo mierda va a estar barato el tomate!». Ocho meses después el Padrino, que desde hace cuarenta años regenta el puesto de verduras llamado Ah Chucha Me Pasé, retorna a una encrucijada similar. El Presidente Boric anuncia medidas, un impulso para enfrentar las alzas. Equilibrar la canasta básica.

-La gente nunca está conforme con nada- rezonga Arturo.

-¿A qué apunta?

-Los chilenos somos malagradecidos. Ahora resulta que los alimentos están a precios inalcanzables. Claro- alega- la palta es la culpable de todo ¡Claro, y ahora resulta que la palta es la culpable de la sequía!

-La palta está cara, señor.

-¡Porque no es época de palta! La gente debe comprar lo que corresponde a la estación del año. Si compras uva en invierno, primero, no tendrá sabor y, segundo, será cara. 

-Pero, señor Arturo Guerrero- arremetemos, buscando alterar la compostura de Arturo Guerrero-, me va a disculpar, los precios están mucho más allá de nuestras billeteras…

El padrino de la Vega

-Qué…

-No alcanza, señor Guerrero, no alcanza…

-¡Y qué culpa tiene la verdura!

-¡Bueno, señor, la verdura se tornó un lujo!

-¿Un lujo? ¡El problema es que la gente está comprando más de lo que necesita! Es la demanda. Y además los cabros ganan sus lucas y en lugar de comprar verduras, se van a un McDonald y se echan la plata con una hamburguesa, unas papas fritas que le dañan el corazón. La gente no compra con sabiduría.

-¿Qué es comprar con sabiduría?

-Calcular, mijo. Calcular para cuánto me alcanza. Comprar lo que puedo comprar. Y listo.

«¡El problema es que la gente está comprando más de lo que necesita! Es la demanda. Y además los cabros ganan sus lucas y en lugar de comprar verduras, se van a un McDonald y se echan la plata con una hamburguesa, unas papas fritas que le dañan el corazón».

El señor Guerrero respira, regula sus exclamaciones: este tema, el de los precios y las verduras, lo descompone. Ha sido criado gritando precios, Tomates a Luca, Tomates a Luca, Llegó el Apio, LLegó el Apio, Se Van Las Paltas, Se Van Las Paltas. A Arturo Guerrero no le venden la perdiz con el asunto de los precios, a lo largo de cincuenta y ocho años él los ha gritado en la calle. Es un economista intuitivo con los pies en el barro: sabe al dedillo las fluctuaciones de la esquina. 

Este hombre, han dicho algunos, parece el Mario Marcel de la cuneta.

-Mire, amigo- relata- ¿sabe lo que pasa? Esto se debe al mercado especulador…¿sabe lo que es el mercado especulador?

-Por quién me toma, Arturo. De todos modos me gustaría que lo dijera a la gente…- transpira el reportero.

-El mercado especulador sirve para que todos se pongan nerviosos. Tomemos el caso del aceite. Todos dicen que ya no hay aceite, que se fue a las nubes el aceite. Entonces el otro día me ofrecieron un container de aceite boliviano. 

-¿Es bueno el aceite boliviano, señor?

-¡No tengo la más puta idea de cómo es el aceite boliviano! ¡Eso es porque el mercado está nervioso y así sale cualquiera a ofrecer cosas!

-¿Y no lo compró? Parecía exótico…

-Puta, mi hermano, que pide hora para tratar de ser más huevón, compró cuatro cajas de aceite boliviano. Para tener, dijo. Por si las moscas…¡Eso logra el mercado especulador! ¡Que se hagan huevadas!

-Usted mencionó que la gente compra de forma torpe, ¿a qué se debe eso?

-El problema es que se nos levantó el chasis. 

-¿A qué se refiere?

-Nos agrandamos, mijo, nos agrandamos. Creemos que lo podemos comprar todo ahora. Creemos que la verdura que queremos tiene que estar en cualquier momento del año. Si yo quiero palta en junio, tiene que haber palta en junio. Si quiero que haya tomate, tiene que haber tomate. Y te voy a decir algo en buen chileno…

-Diga…

-¡Es una mariconada que se hable de tomates en invierno!

-Es cierto- razonamos.

-No corresponde, mijo.

«Nos agrandamos, mijo, nos agrandamos. Creemos que lo podemos comprar todo ahora. Creemos que la verdura que queremos tiene que estar en cualquier momento del año. Si yo quiero palta en junio, tiene que haber palta en junio. Si quiero que haya tomate, tiene que haber tomate».

-Se daña su imagen… ¿acaso el tomate le hizo algo a la sociedad?

-Puras cosas buenas nos ha dado..

Un corto silencio reflexivo y, al rato, el Padrino, nuestro Al Capone verde y bondadoso, de quien La Joyita ha dicho que «pasa por huevón de lo bueno que es», lanza otro alarido de comerciante impotente:

-¡En invierno se comía charquicán! Eso se come cuando hace frío…¡Dejen tranquilo al tomate y a la palta!.

Es que los jóvenes, admite con decepción, son cómodos. El esfuerzo es una virtud en decadencia. Ellos no se dan cuenta, afirma, pero lo tienen todo. Abren un ojo en la mitad del día, la gloria no está en los que madrugan. Levantan un dedo y les cae encima una pizza.

Y grita otra vez:

-Y están esos cabros que se compran un celular a un millón y medio de pesos, y no alegan. Pero, claro, la papa sube cien pesos y todos ponen el grito en el cielo.

Y parafrasea a la multitud:

-Uy, qué cara la papa, qué cara, subió cien pesos, uy…

Y se cruza de brazos, molesto.

-¿Entonces la palta está cara?- resumimos.

-No, huevón, la palta está regalada- y un mechón de pelo le cae sobre la frente.

«Y están esos cabros que se compran un celular a un millón y medio de pesos, y no alegan. Pero, claro, la papa sube cien pesos y todos ponen el grito en el cielo».

El Padrino sigue gritando

El Padrino Arturo Guerrero retrocede a su propio pasado. Dice que hasta el año 1990 él, digamos, «defecaba en una zanja». Parecía una metáfora, pero es un acto literal al que debió incurrir: de alguna manera la llegada de la democracia lo pilló con los pantalones abajo. A él, a Guerrero, un joven pobre que ejerció el comunismo y fue revolucionario. «Fui parte de la Brigada Ramona Parra», ha dicho. 

-Mijo, antes no había nada.

-Defina nada.

-No había comida.

Fue criado sin lujos, sin carne, sin palta reina. Vendía a gritos la verdura durante el día. Durante la noche se ponía la boina del Che Guevara, un Che aficionado al apio, un Che que amplificó su espalda por cargas zapallos y que, de pronto, maquinaba una revolución.

-Nunca se ha analizado en profundidad lo que pasó el 73. 

-¿Y qué ve ahora?

-Veo que el problema es que nos falta educación. Nos falta respetarnos. 

-¿No le gusta que el Gobierno apoye con incentivos económicos?

-Mire, está bien, qué sé yo. Pero no está ahí el problema, no se trata de criar flojera. Yo le pido al Gobierno que no siga hablando huevadas. Hay que educar, educar.

-¿Usted es de la clase media en la actualidad?

-Yo soy clase emergente. Todos los días trato de ir para arriba.

«Yo le pido al Gobierno que no siga hablando huevadas. Hay que educar, educar».

Y se pone tenso al opinar de la juventud.

Dice esto:

-Es muy malo cuando los jóvenes se creen los dueños del mundo.

O dice esto:

-Hay un capitalismo enfermizo. Consumir, consumir, consumir.

O, en torno al alza del sueldo mínimo, señala:

-Todo bien, mijo, pero la gente hace rato que gana 400 lucas.

Es un justiciero a solas, arrinconado en el puesto de verduras. Lidera La Vega y el Centro de Padres del colegio de su hija. Un líder bien casado, un ministro sin hacienda. Come a gusto los porotos con rienda. Mira de reojo el sushi y a los veganos. Ha tenido una vida con carencias y con aciertos. Estudió hasta primero medio, fue revolucionario, comunista, pobre, menos pobre, clase media, tuvo hijos, perdió otro, ha estado en la sombra, en la luz, y, finalmente, quiere el bien para los chilenos.

Y emite su sentencia:

-No se puede tirar mierda a la gente toda la vida- confiesa con voz desilusionada.

Ya es de noche y a este economista de La Vega se le ve cansado. Podemos especular que hoy no tendrá intimidad con La Joyita. El león se apresta a roncar.

-Me dormiré junto a ella…- desliza, enamorado. 

Esta noche sólo dormirán abrazados. 

Y, señoras y señores, eso sí que no tiene precio. 

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