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Opinión

10 de mayo de 2022

¿Es Putin un loco? Sobre opinología y teorías conspirativas

La imagen muestra a Pablo Álvarez frente a Putin

Putin no es un loco, es un político con una determinación de hierro. Sus biógrafos coinciden en que su objetivo es una Rusia imperial, su modelo no es ni Stalin, ni Lenin, su modelo a seguir es Pedro el Grande y Catalina la Grande, los zares del siglo XVIII que engrandecieron Rusia y la llevaron a rivalizar con las potencias europeas.

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Desde que a finales de febrero de este año Vladimir Putin decidiera comenzar lo que ha llamado “operación militar especial” en territorio ucraniano, hemos visto desfilar por televisión y medios escritos a una retahíla de supuestos(as) expertos(as) y opinólogos(as) publicitando las más diversas teorías sobre el comportamiento del presidente ruso. Sobra decir que el eufemismo para referirse a la guerra no ayuda, pero los(as) analistas deberían aportar profundizando y poniendo a su servicio el pensamiento crítico, ese que pone en tensión el sentido común, no confirmando teorías conspirativas.

La idea de que el mundo está a merced de un loco no es tan extraña, ya la hemos visto desde la era de las guerras mundiales, cuando en Estados Unidos se referían al Imperio Alemán como un “loco bruto”, pero es en plena Guerra Fría cuando esta tendencia a denostar al rival a través de muy básicas teorías psicológicas toma más espesor. Stalin, Mao, Fidel Castro, Salvador Allende, Ho Chi Minh, Gadafi y un largo etc., fueron ridiculizados, tratados como locos, irresponsables y más.

Lo cierto es que esta operación es parte de una estrategia de guerra, en el campo de lo que se ha dado en llamar “guerra híbrida” es decir, el campo de batalla está en diversas partes, incluyendo los medios de comunicación masivos y las redes sociales. La idea es infundir temor y aversión en la población para que sea más fácil la movilización contra el enemigo. Evidentemente Putin lo está haciendo también, su idea de la “desnazificación” de Ucrania es parte de esa lógica, pero también lo hace occidente con la idea de que Putin es simplemente un loco que no mide las consecuencias de sus acciones. Incluso he leído algunos señalar que la apuesta del presidente ruso se debe a que padece una enfermedad mortal, y pretende dejar un legado magnánimo a toda costa antes de su muerte. 

Sobra decir que el eufemismo para referirse a la guerra no ayuda, pero los(as) analistas deberían aportar profundizando y poniendo a su servicio el pensamiento crítico, ese que pone en tensión el sentido común, no confirmando teorías conspirativas.

Todas estas opiniones calzan bien con la estrategia de propaganda en medio de una guerra híbrida, pero los(as) analistas deben tratar de ir un poco más allá y dejar de lado las respuestas simples. No se trata de justificar, pero tampoco de obliterar las fuerzas históricas que llevan a los países a las guerras. 

Paul D’Anieri, uno de los más importantes expertos en Ucrania, profesor de la Universidad de California, explica que el conflicto entre Ucrania y Rusia se explica por una compleja red de procesos históricos que se remontan al fin de la guerra fría, en esta red de sucesos la ampliación de la OTAN y de la Unión Europea hacia el este europeo fue un catalizador de desconfianza en Rusia. Por otra parte, Rusia nunca pretendió que la caída de la URSS significara que este enorme país euroasiático perdiera prestigio y relevancia internacional, pero los socios occidentales animados por el entusiasmo del “Fin de la Historia” que proponía Francis Fukuyama decidieron amilanar y cercar a Rusia. 

Putin no es un loco, es un político con una determinación de hierro. Sus biógrafos coinciden en que su objetivo es una Rusia imperial, su modelo no es ni Stalin, ni Lenin, su modelo a seguir es Pedro el Grande y Catalina la Grande, los zares del siglo XVIII que engrandecieron Rusia y la llevaron a rivalizar con las potencias europeas. Su estandarte es el escudo imperial de los zares y su alianza con el patriarcado lo atestigua. No es un aliado de los oligarcas, de hecho, para robustecer el poder del estado persiguió con mano dura a los millonarios que se saltaban las leyes. Su pretensión es establecer una dictadura de la ley, si bien puede parecer que desprecie la democracia, eso no es correcto. Putin pretende una democracia restringida, en donde el poder del Estado sea incontestable, el orden sea inquebrantable y la ley impere a toda costa. Si desprecia lo que él concibe como decadencia moral de occidente, no le interesa el individualismo occidental. Para él, Rusia es una cultura y una gran potencia, que comprenden regiones y países que hoy están acercándose a occidente, peligrosa tendencia para las pretensiones de una Rusia imperial. 

Putin no ha ido a la guerra por simple megalomanía, ni por capricho personal. Hemos llegado a este punto por el impulso de fuerzas que han arrastrado a los diversos actores hasta la guerra. Ucrania ha sido un país con un Estado débil y jalonado por las pretensiones occidentales a debilitar a Rusia. También es un país que es considerado por los rusos como parte de su territorio histórico, la idea de una Ucrania alejada de Rusia es impensable. Rusia, por su parte, es un país que, desde la debacle y humillación del fin de la guerra fría, ha ido profundizando el poder de su Estado, en eso Putin ha tenido mucho que ver, cercando a los oligarcas, mejorando la imagen del país en el escenario internacional y garantizando orden bajo el imperio de la ley. 

Putin pretende una democracia restringida, en donde el poder del Estado sea incontestable, el orden sea inquebrantable y la ley impere a toda costa. Si desprecia lo que él concibe como decadencia moral de occidente, no le interesa el individualismo occidental. Para él, Rusia es una cultura y una gran potencia, que comprenden regiones y países que hoy están acercándose a occidente, peligrosa tendencia para las pretensiones de una Rusia imperial. 

Tanto Occidente, como los rusos y ucranianos están involucrados en esta cruenta guerra, señalar a un actor como el solo responsable bajo teorías conspirativas simplificadoras o haciendo alusión a desvaríos de Putin no esclarece. En nuestro país tenemos una tendencia a ver provincianamente el mundo, nuestros noticiarios y periódicos dedican muy poco espacio a las noticias internacionales. Le ponemos atención a los sucesos internacionales solo cuando se cree que en algo involucran a Chile. Es de esperar que los(as) analistas internacionales no caigan en el embrujo del simplismo y desafíen el sentido común y las teorías conspirativas, por el bien del público general. 

*Pablo Alvarez C. es Secretario de Estudios Escuela de Historia Universidad Diego Portales.

También puedes leer: Cinco preguntas para entender cómo la crisis en Ucrania se convirtió en una guerra


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