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16 de mayo de 2022

Daniel Muñoz se confiesa: «El escenario ya no es tan atractivo ni una experiencia imprescindible para mí»

Crédito: Jano Combativo

A tres semanas de su regreso a las tablas en el musical El violinista en el tejado, el actor reafirma su distancia del teatro y anuncia su alejamiento al término de la temporada. Privilegiará su familia, la música y el trabajo en cine y series: por estos días reaparece en 42 días en la oscuridad y acaba de lanzar un nuevo disco junto a Los Marujos. En esta entrevista también habla de política y desclasifica la oferta de la Lista del Pueblo que rechazó: “Me ofrecieron ser candidato a la presidencia. Pensé que me estaban agarrando pal’ leseo y les dije: muchas gracias, pero no”.

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No es primera vez que Daniel Muñoz se embarca en un musical: invitado por Ana González, la Desideria, estuvo en La pérgola de las flores (1988) y, treinta años después, en Un cuento de Navidad (2018), donde además hizo su última aparición en tablas. Se declara un fan del género desde que era joven, razón más que suficiente, dice ahora, a sus 56 años, para decidir que su resistido regreso a los escenarios como actor fuese en El violinista en el tejado, la nueva versión del clásico de Broadway ganadora de diez premios Tony que, bajo la dirección de Ramón Gutiérrez, debutó a fines de abril en el Municipal de Las Condes, donde se mantendrá en cartelera hasta el próximo 5 de junio.

“Siempre me han gustado los musicales, más chilensis eso sí. No sé si era un sueño estar en uno desde joven, pero al menos tenía la curiosidad y me hice cargo de ella”, dice el actor y músico en un café en pleno barrio Italia, donde vive hace algunos años.

Con una trayectoria de más de 30 años en el teatro, la televisión y el cine, en películas como El chacotero sentimental y Taxi para tres, Daniel Muñoz es el primer actor chileno en encarnar a Tevye, o Tobías en la versión local, el lechero que busca casar a sus tres hijas mayores con personas adineradas y así salir de la pobreza, además de mantener las tradiciones culturales y religiosas en momentos de cambio y persecución. Tras los recordados montajes de 1978, 1981 y 1986, todos protagonizados por el argentino Marcos Zucker, esta versión del musical es la primera con un elenco cien por ciento local y compuesto por 25 actores y 19 músicos.

Daniel Muñoz en «El violinista en el tejado». Crédito: Teatro Municipal de Las Condes.

Ambientada 1905, en la Rusia zarista y particularmente en Anatevka, un poblado judío ortodoxo cerca de Kiev, la historia de El violinista en el tejado tomó nuevos vuelos y resonancias con la invasión de Rusia a Ucrania. Y el peso de sus líneas, dice el actor, es otro.

“La obra transcurre en años en que ya había pueblos desplazados que se tenían que ir por orden del zarismo. Hoy no existe el zar, pero están los rusos y el fin es el mismo. Los emigrantes de esa época ya tenían que salir de su pueblo, de su terruño, e irse por razones que no controlan, que es lo que también está pasando ahora con la invasión en Ucrania. Cuando empezamos a ensayar la obra no había guerra, y hoy desde luego y con todo lo que está pasando, todo el texto adquiere otro sentido de época. Y no sólo en relación a la guerra: no es casual, por ejemplo, que quienes logran cambiar las tradiciones y dejan la escoba en la estructura social, son las mujeres. Los textos que yo más subrayé, por lo potentes que son, son los de Perchik, el joven comunista que plantea la importancia del amor como clave en la lucha en contra de la institucionalidad. En Chile se censuró toda la parte del comunismo en los montajes que se hicieron y la película estuvo prohibida. Esta vez es la primera que se muestra el texto completo, hoy que vemos que la institución está puesta en duda casi toda. El amor es el motor de toda transformación, y eso es algo que la obra plantea aquí y ahora mismo, en un momento muy oportuno”, comenta.

«La obra transcurre en años en que ya había pueblos desplazados que se tenían que ir por orden del zarismo. Hoy no existe el zar, pero están los rusos y el fin es el mismo. Los emigrantes de esa época ya tenían que salir de su pueblo, de su terruño, e irse por razones que no controlan, que es lo que también está pasando ahora con la invasión en Ucrania. Cuando empezamos a ensayar la obra no había guerra, y hoy desde luego y con todo lo que está pasando, todo el texto adquiere otro sentido de época«.

En su regreso al trabajo como actor de tablas, Daniel Muñoz retomó por necesidad el antiguo hábito de escribir a mano cada una de sus escenas y textos en libretas que atesora y relee como si fueran biblias. “No confío mucho en mi memoria y estos libritos manuscritos me ayudan a memorizar. Son mis biblias y los repaso y vuelvo a ellos siempre, porque si empiezo a repasar tratando de ejercitar la memoria, me agoto al tiro. Lo que hago es leer, y ya al leer y releer, se me va quedando”, cuenta.

-¿Cómo ha sido este nuevo regreso al teatro?

-Muy simbólico, sobre todo por el hecho de que el elenco sea en su mayoría joven. Me siento medio desentonando ahí, y me ha hecho cuestionarme en qué estoy cómo actor. Yo siento que estoy muy bien físicamente y que me he recuperado mucho en ese sentido. Al comienzo me costaba hacer las coreografías y tampoco me obligaban a hacerlas. O me excluía yo mismo. Estoy sudando la gota gorda con los cabros y no sólo poniendo mi nombre para que la obra sea vendible. Ha sido conmovedor también. Me hace pensar en todo el viaje que he hecho como actor y cómo llegué a este momento, y me siento orgulloso también de estar compartiendo con puros cabros jóvenes, que son los que provocaron el estallido y a quienes les debemos ese arrojo de cambio. Yo estuve ayudándolos en todo lo que podía, en la Plaza Dignidad, en las ollas comunas, en las tomas; donde me decían, yo estaba ahí, colaborando en lo que pudiera. Ellos mismos han hecho de este regreso algo muy simbólico, porque yo me había alejado harto del teatro, y de hecho creo que después de El violinista me voy a volver a alejar.

-¿Qué te alejó del teatro?

-Bueno, en un principio estaba agotado, y luego dejé de hacer teatro para abocarme a la experiencia del audiovisual y la música. Con la música vivía la experiencia del escenario y la disfrutaba muchísimo, y el audiovisual era y es más mi pega como actor. Además el trabajo frente a cámara empezó a tomar otro vuelo producto de que se empezaron a hacer más series y más cine en Chile. En la época en que yo hacía televisión, eran solamente los canales de la televisión abierta y la creación de personajes estaba más bien vinculada a las teleseries, casi no se hacían películas tampoco, mucho menos series. El trabajo para un actor era el teatro y era ahí donde uno disfrutaba la creación, pero cuando aparecieron series como Los 80, Los archivos del cardenal y otras, y después vino el cine, dije: bueno, el escenario del teatro ya no es tan atractivo ni una experiencia imprescindible para mí como actor. Y es lo mismo que pienso ahora.

«Cuando me retiré del teatro y me pasé más al audiovisual -continúa Muñoz-, fue también producto de mi nueva relación de pareja con Bernardita (Baeza, directora de arte). Antes estaba con la Heidrun (Breier, directora teatral) y nuestra vida giraba en torno al teatro, pero ya no. Mi nueva pareja tiene otros horarios y uno intenta compatibilizar. Ahora se dio la posibilidad de El violinista y es un compromiso teatral gigante, y estuvimos de acuerdo los dos en que iba a ser un sacrificio. Y lo es: yo ya no quiero trabajar por las noches de jueves a domingo. Me gusta viajar, salir a pasear con mi familia, hacer otras cosas que ahora mismo no puedo hacer. Eso más me confirma todo, porque me están llegando más y más proyectos de ofertas de teatro ahora mismo y no quiero y no voy a tomarlas. Prefiero abocarme a la música, volver al cine y a las series, que me permiten además tener la vida familiar que yo quiero».

«Ahora se dio la posibilidad de El violinista y es un compromiso teatral gigante, y estuvimos de acuerdo los dos en que iba a ser un sacrificio. Y lo es: yo ya no quiero trabajar por las noches de jueves a domingo. Me gusta viajar, salir a pasear con mi familia, hacer otras cosas que ahora mismo no puedo hacer. Eso más me confirma todo, porque me están llegando más y más proyectos de ofertas de teatro ahora mismo y no quiero y no voy a tomarlas«.

La noche anterior al encuentro de esta entrevista, el también folclorista y cuequero lanzó un nuevo disco junto a la agrupación Los Marujos en la sala SCD de Plaza Ñuñoa, y además acaba de reaparecer en la pantalla en la recién estrenada serie 42 días en la oscuridad de Netflix, donde interpreta al cuñado de Verónica, el personaje que desaparece, inspirado en Viviana Haeger. Esta última fue su primera pega como actor después del estallido y la pandemia, y lo tuvo un mes filmando en Villarrica, recuerda.

“Me llamaron para potenciar este personaje que era pequeñito y estaba de pasada en la historia. Fue mi primer proyecto audiovisual después de la pausa que trajo todo ese periodo. Fuimos a grabar Villarrica y compartí con el equipo, el elenco, fue como un regalo y lo tomo así, producto justamente del buen espíritu que uno tuvo en esta pausa. Fue un regalo retomar mi pega, mi profesión de esa manera, y en una serie tan potente como ésta, una historia sobre la impunidad en muchos aspectos”.

-¿Cómo fue el periodo de la pandemia para ti, que se te cerraron tantas opciones de trabajo?

-Mi señora tenía todo organizado. Económicamente estábamos preparados para entre comillas relajarnos, aunque no pensamos qué tanto. Cuando ya llevábamos mucho tiempo encerrados y observando todas las reglas de la cuarentena, ella se dio cuenta que se podían hacer cosas nuevas. Así que nos reinventamos y creamos Parando la olla. Entramos en contacto con todas las ollas comunas que se estaban haciendo acá en Santiago, que eran muchísimas, y logramos movilizar hartos recursos que fuimos distribuyendo. Armamos una bodega y acopiábamos todo el alimento que llegaba de todas partes. Hablamos con empresarios y agrupaciones, funcionamos harto tiempo en torno a eso. Gestionamos también materiales de construcción para algunas tomas, en particular después del incendio en la toma Violeta Parra. Y bueno, yo seguí siempre con la música; ya había nacido el grupo Los 30 pesos, que fue producto del estallido social y de encontrarle un sentido musical a eso, y llevamos música a las ollas comunes por el puro placer de seguir tocando y estando con la gente.

LA CARTA DE JUAN HERRERA A BORIC

Estimado Señor Boric. Mi nombre es Juan Herrera, tengo 83 años y soy casado. Con orgullo puedo decir que tenemos cuatro hijos, siete nietos y una bisnieta que desde el primer día me robó el corazón. Estudié en un liceo industrial y en la vida hice muchas cosas para parar la olla. Trabajé 20 años en Textiles Nacionales, una gran industria de ésas que ya no existen. Después me agarró la crisis del 82 y quedé cesante. Encontré pega como vendedor de tienda, y llegué a tener mi propio taller de confecciones. Íbamos como avión hasta que me estafaron. Pero me las rebusqué manejando un taxi. Después de afirmé con un videoclub, donde con mi compadre Exequiel arrendábamos películas en VHS, que eran como unos casetes grandes que a lo mejor usted no alcanzó a ver. Ahora tengo una familia grande para tendernos una mano. En todos estos años, he visto lo bueno y lo malo de Chile”.

El anterior es el primer párrafo de una carta dirigida al entonces candidato presidencial Gabriel Boric poco antes de la segunda vuelta. La firmaba Juan Herrera, el protagonista de la recordada serie Los 80 y a quien Daniel Muñoz dio vida a contar del 2007. El texto circuló a fines del año pasado, en un momento electoral clave. El verdadero autor del texto era el propio guionista de la serie, Rodrigo Cuevas, y es Muñoz quien ahora cuenta la trastienda y reflexiona sobre el contenido de la carta.

Daniel Muñoz. Crédito: Jano Combativo.

“Rodrigo me la envió a mí primero. Me pidió mi opinión y yo la leí, la leí mucho, no le hice ninguna corrección y le dije que estaba impeque. Cuando Rodrigo está inspirado, no hay que cambiarle ni una sola coma, e indudablemente él es Juan Herrera. Quería que yo leyera la carta, que la grabara y que el audio corriera. Le dije que si la leía y ponía el personaje al frente, iba a quitarle lo bonito que la carta tiene, y es que rescata al Juan Herrera que cada persona tiene. Le dije que era mejor que la carta se enviara y publicara así, por escrito. No quise leerla”, relata.

-¿Cómo caló en ti ese personaje?

-De alguna manera, me venía preparando para interpretar un personaje así, que es la tragedia del hombre común. Todos mis personajes tenían que ver con este chileno común y corriente, el antihéroe. En la cueca, el roto chileno es un personaje que me atrae mucho y la admiración que siento hacia ese imaginario me ayudó a construir muchos de los personajes que hice, siempre en tono de comedia. Eso me ayudó a empezar a construir a Juan Herrera como un personaje dramático. Siempre me llamó la atención la paradoja de lo simple y lo complejo que eran estos personajes, que de común y corriente no tenían nada. Partí de un papel en blanco y dije: éste es Juan Herrera, vive en su metro cuadrado, vive lo que tiene que vivir y no aspira a ser más ni menos, vive en función de su familia y de su rol de proveedor. Su viaje era justamente hacia la complejidad de la vida. Es como una de esas figuras que se revelan al unir varios puntos; ésa fue la columna vertebral que me inspiró. Para mí fue clave Juan Herrera. Siempre hay algo de mí en mis personajes y no sé aún cuánto le di ni cuánto me dio ese personaje. Fue un proceso tan largo, de siete años, que hubo mucho de trasvasije ahí y de allá pa acá, que aún no lo he medido.

«De alguna manera, me venía preparando para interpretar un personaje así, que es la tragedia del hombre común. Todos mis personajes tenían que ver con este chileno común y corriente, el antihéroe. En la cueca, el roto chileno es un personaje que me atrae mucho y la admiración que siento hacia ese imaginario me ayudó a construir muchos de los personajes que hice, siempre en tono de comedia. Eso me ayudó a empezar a construir a Juan Herrera como un personaje dramático«.

-¿Hubo intentos reales de seguir con Los 80 o de transformarla en otra cosa?

-Sí, no son pocas las veces que se ha querido seguir con la serie, con Los 90 o Los Herrera o algo así, pero es algo que a mí me cuesta asumir que se haga. Hubo propuestas, pero yo nunca me enteré del detalle de ninguna ni me interesé mucho realmente. Ya adquiere otro interés, que es estirar el elástico y ver si aún da juguito la misma fruta. Yo siento que ese proceso de contar los 80 quedó redondito y se cerró con la serie. Que siga, que se extienda, pa’ qué. Tendría que ser una propuesta demasiado buena, que hasta ahora no ha aparecido.

-¿Qué cruces haces ahora entre esa época y el Chile de hoy?

-En los 80 se cambió la cara a este país y empieza el neoliberalismo con toda la crudeza y la maldad que tiene. Se instaló, llegó todo el consumismo, yo como actor loco estaba metido esa vorágine y creo que el país entero estaba también en esa ruleta rusa. Y se puede entender mucho gracias a esa serie por qué se produjo el estallido. Los 80 es la antesala al estallido social: toda la impunidad que se fue acuñando, el Sí y el No, la Alegría ya viene, la Concertación y toda esa etapa fraudulenta de un Chile que fue transado. La mano negra siguió trabajando de la misma manera. Se cambió el guante, pero siguió siendo la misma mano negra. Yo creo que la serie ayuda mucho a comprender las razones de todo lo que estamos viviendo.

«Ese Chile ingenuo anterior a los 80, más solidario y polarizado, sí, pero no aniquilaba a otro por pensar distinto -agrega-. Esa cara cambió para siempre en los 80 y es la misma cara que tenemos hoy, y que se está reconstruyendo. Estamos viviendo un periodo bellísimo aunque no exento de la dificultad de lo que significa quitarle a un grupúsculo su espacio de poder, sus privilegios, que los han defendido a punta de metralleta y crimen. No los van a soltar así nomás, y tienen los recursos y los están usando. En el colegio me enseñaron que hay una naturaleza intrínseca en la naturaleza humana en el efecto pendular: cuando algo ya no da más, siempre vuelve adonde estaba antes, y yo creo que estamos viviendo ese proceso. Hay un poder además que antes no estaba, que es el poder de las redes sociales. Si bien se puede decir que es manipulable, le ha dado a la gente una capacidad de ser crítica, opinante y de transformar cosas. Las redes han sido clave en los cambios que se han ido produciendo».

«Los 80 es la antesala al estallido social: toda la impunidad que se fue acuñando, el Sí y el No, la Alegría ya viene, la Concertación y toda esa etapa fraudulenta de un Chile que fue transado. La mano negra siguió trabajando de la misma manera. Se cambió el guante, pero siguió siendo la misma mano negra. Yo creo que la serie ayuda mucho a comprender las razones de todo lo que estamos viviendo».

-Volviendo a la carta de Juan Herrera, ¿conoces al presidente Boric?

-Sí, aunque tengo más contacto con Giorgio Jackson. A medida que ha ido pasando el tiempo y que ellos asumieron obviamente se fue cortando, pero tenemos muy buena onda. A mí Boric me cae bien, aunque en un principio no tanto. Lo encontraba tibio en un momento en que se necesitaba gente como Jadue. Entre él y Jadue, yo fui por Jadue en la primaria, y nos llevamos el tremendo porrazo cuando perdió. Jadue si bien me cae muy bien y tiene un espíritu de aquí está mi pecho y que vengan las balas, pero no se necesitaba a alguien así en la transición que se quería. Y Boric estaba súper bien para eso. Hasta el momento, para mí él no ha desteñido en nada. Dentro de todos los errores, yo siento que la cautela con que él se mueve y el equilibro que tiene con su gabinete está muy bien dentro de lo prematuro que pueda ser el análisis. Lo bueno es que saben pedir disculpas cuando se equivocan. Hacen del error una manera de construir su manera de ser y de gobernar. Eso no existía antes, uno solo veía la soberbia del poder.

“LA LISTA DEL PUEBLO FUE LA REVOLUCIÓN FRANCESA QUE HUBO EN CHILE”

-Fuiste cercano a la Lista del Pueblo, ¿cuánto te involucraste allí?

-Harto, los ayudé bastante. Tengo todavía contacto con lo que queda de la Lista del Pueblo. Creo que fue un suceso clave, fugaz pero clave en lo que pasó. La Lista del Pueblo impulsó el que llegaran los independientes a la Constituyente y que provocaran lo que hoy está sucediendo ahí. Las crisis son la clave de todo, es muy shakespeareano, porque tienen grandeza también ciertas derrotas. Me siento afortunado de haberlo vivido tan de cerca, con los porrazos que me di.

-¿Con quiénes sentiste que te pegaste el porrazo?

-Bueno, ayudé a la Karina Oliva, harto. Conversamos harto y el porrazo que tuvo me cayó harto a mí también. Ayudé mucho a Diego Ancalao, que iba de candidato a la presidencia por la Lista del Pueblo y se supo que tenía una lista larga de inscritos y firmas falsas. Yo usé mis redes y todo para apoyarlo, y otro porrazo. Me han funado incluso en las redes por eso y digo: mi intención es correcta, y estos porrazos o me hacen alejarme o me fortalecen. Yo sigo siendo muy confiado y soy optimista ante el proceso de cambios en el país; una revolución con todas sus letras. Y siento que con todo y a pesar de todo, el proceso avanza positivamente, con aciertos y desaciertos. Conocí gente valiosa que están instalados y están firmes en su proceso, y si bien me astillé con unos, con otros me pulí. Soy cercano a Fernando Atria, a Baradit, y desde luego soy muy cercano también al Nacho Achurra, a la Malucha Pinto, y a otros como Rodrigo Mundaca, que ahora es gobernador. Gente que está muy bien posicionada, haciendo lo que tiene que hacer y muy a la altura.

«A mí Boric me cae bien, aunque en un principio no tanto. Lo encontraba tibio en un momento en que se necesitaba gente como Jadue. Entre él y Jadue, yo fui por Jadue en la primaria, y nos llevamos el tremendo porrazo cuando perdió. Jadue si bien me cae muy bien y tiene un espíritu de aquí está mi pecho y que vengan las balas, pero no se necesitaba a alguien así en la transición que se quería. Y Boric estaba súper bien para eso. Hasta el momento, para mí él no ha desteñido en nada«.

-¿Sigues el proceso y los avances de la Convención Constitucional?

-Sigo siempre las sesiones del pleno y de algunas comisiones. La pega es gigantesca y el sacrificio que están haciendo es tremendo, teniendo a esos demonios ahí en medio de la ultra derecha que aportillan constantemente y les meten incisos para dilatar y hacerlo todo más tedioso. Me llega a conmover ese trabajo por el valor histórico que tiene la Constituyente, y todos y todas las que están ahí saben que están haciendo historia. Son los héroes del momento y para mí todos, todos lo son. Soy fan número 1 de la Constituyente.

-¿Te hubiese gustado estar ahí?

-Me lo plantearon, pero no. Como dijo muy bien el Alfredo Castro: Hay que tener dedos pal piano, y yo no los tengo. Está bien ayudar desde donde uno sabe, pero llegar a ser uno de ellos no está entre mis planes. De hecho, desde la Lista del Pueblo me ofrecieron ser candidato a la presidencia. Pensé que me estaban agarrando pal’ leseo y les dije: muchas gracias, pero no. Como anécdota está bien; sí, que te tengan considerado no deja de ser un halago, pero a mí no me interesa y hay que poner los pies en la tierra y darse cuenta de lo que implica ser presidente o constituyente. Y que piensen en uno para eso es como un tiro al aire. Luego vino lo de Rojas Vade y chucha, decayó todo y uno piensa qué coja que está la Lista del Pueblo. Es un fenómeno muy interesante cómo se generó; yo participé de esas reuniones y era pueblo-pueblo, con toda la locura que me imagino que debió ser la Revolución Francesa, un caos total, hasta a los protagonistas les cortaron la cabeza. La Lista del Pueblo es como un tsunami que produce cambios, pero también es autodestructivo porque está desbocado, no tiene una organización. Todos opinan, todos son todo, es vital pero voraz, una parábola social. Yo creo que la Lista del Pueblo fue la Revolución Francesa que hubo en Chile, con todo lo que eso implica.

Daniel Muñoz. Crédito: Jano Combativo.

-¿Crees que lo será también el plebiscito de salida de la nueva Constitución? ¿Qué piensas del Rechazo y cómo se ha instalado?  

-Yo creo que todo es una manipulación mediática. Obviamente hay un sector minoritario, como siempre ha sido, que ladra y muerde muy fuerte, pero no creo en las encuestas. Ellos mismos tienen el poder para torcerle el poder a la información, son creadores de noticias falsas y de todo eso algo queda. Por eso lo comparo con lo que ocurrió en la Unidad Popular, partiendo quizás por la más literal y personal: el Boris es igual a Allende. Se parece mucho; es chiquitito, es aliñao’, relativamente joven, tiene sus lentes y llegó de una manera muy parecida. El proceso constituyente se parece mucho también al ambiente que había en el país en esa época, con un pueblo con un poder transformador muy fuerte. Y ahora, ya se habla del problema del aceite, del acaparamiento, se está manipulando la información y se dice que crece el Rechazo o al menos generan esa sensación de falsa tormenta y de que va a quedar la escoba.

«En el entorno en que yo me muevo pasa todo lo contrario: existe una claridad abismante de hacia dónde va la cosa y es un hecho que la Constitución que se está escribiendo va a ser la nueva Constitución y que la del 80 va a desaparecer -señala Muñoz-. El Rechazo entonces es como un petardo, algo que podría ser pero no será. El Rechazo es el último estertor de un sistema y una clase que fracasaron. Lo único que se me viene a la mente y que podría provocar que el Rechazo se instale es un golpe, quizá no militar pero sí empresarial, cuyo poder es mundial y aún más siniestro».

«El Rechazo entonces es como un petardo, algo que podría ser pero no será. El Rechazo es el último estertor de un sistema y una clase que fracasaron. Lo único que se me viene a la mente y que podría provocar que el Rechazo se instale es un golpe, quizá no militar pero sí empresarial, cuyo poder es mundial y aún más siniestro».

HERIDAS DE GUERRA

Tiene varios proyectos en carpeta. A comienzos de este año terminó de grabar la serie Cromosoma 21, otra producción de Netflix y Canal 13, y estará también en Brujería, la nueva película del director chileno Christopher Murray producida por Fábula e inspirada en el juicio a los brujos de Chiloé, donde compartió el set de rodaje junto a Sebastian Hülk, el actor alemán de la serie Dark.

-Años atrás se hablaba de ti como un “actor de culto”. ¿Te sentiste, te sientes así?

-Mi parte egótica levita; los aplausos, el premio acá, el premio allá. Todos los actores tenemos que tener eso muy a raya porque te puede llevar a lugares demenciales. Lo veo como una admiración hacia mi trabajo, pero ¿actor de culto? ¿Qué quiere decir eso? No sé, ahí ya me da vergüenza, mucho pudor, pero sentir que se aprecia tu trabajo y que te ven como parte de la historia de algo, del cine chileno en este caso, me hace sentir orgulloso. Es producto de una metodología de trabajo y me siento orgulloso de que me perciban así. En los ensayos de El violinista, por ejemplo, en el elenco me decían papá. Eso es muy bonito, porque es con respeto, con admiración, y yo los abrazo a todos. Son como hijos, todos cabros muy jóvenes.

-¿Empezaste a sentir el peso de ser un actor mayor o más experimentado?

-¿Mayor?, sí. Experimentado, no sé. Siempre me encuentro con algo interesante a descubrir. Nunca digo que ya hice todo lo que tenía que hacer y ahora vivo de los laureles, no. Siempre ha sido un desafío que me puse y a veces me he sentido superado, pero me repito: aún me queda, aún me queda, aún me queda. Siento que estoy curtido y con heridas de guerra que puedo compartir desde lo que sé hacer y desde las herramientas de trabajo que manejo. Quiero compartir lo que sé, esa es mi etapa de ahora.

«Nunca digo que ya hice todo lo que tenía que hacer y ahora vivo de los laureles, no. Siempre ha sido un desafío que me puse y a veces me he sentido superado, pero me repito: aún me queda, aún me queda, aún me queda».

-¿Qué personaje te gustaría interpretar?

El Lear de Shakespeare, me encantaría. Siento que estoy en el momento de entrar en ese personaje, que por tradición ha sido siempre el examen final para cualquier actor. El violinista tiene un poco del Lear, las tres hijas; Juan Herrera lo mismo, es el padre que se enfrenta a su ocaso y a qué decisiones tomar frente a su legado. Desafiante y fascinante entrar en el Lear, pero eso implicaría hacer teatro y, como te dije, teatro ya no.

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