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13 de mayo de 2022

Gabriela Wiener se enfrenta a sí misma en «Huaco Retrato»: «Este libro es un palacio de los espejos»

Gabriela Wiener

Tiene una carrera reconocida en el periodismo por sus textos vivenciales, arriesgados, sin anestesia. Ahora lanza su primera novela, “Huaco Retrato”, que funciona como una perfecta ficción de todos esos temas donde siempre pone el ojo: desde el sexo hasta el racismo y la identidad. En esta entrevista, al igual que en el libro, la escritora peruana se para frente a espejos que le muestran las versiones de ella misma. “Por eso digo que este libro está lleno de lucha libre”, advierte.

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Gabriela Wiener (Lima, 1975) sabe sacar ronchas. Escandalizar, provocar, dar estocadas. Por sus textos periodísticos y sus libros de crónicas se pasean, desde hace más de dos décadas, temas incómodos en los que ella no esquiva tampoco exponerse: la parte oscura de la maternidad, el sexo como arma de desquite o como refugio de inseguridades, las charlas crispadas con los que quieres, las pasadas de cuenta, la ironía descarnada que muchas veces muta en tristeza. En su escritura, ella se causa temblores y hace temblar también a quien la lee. Una literatura del estremecimiento.  Era previsible, entonces, que su salto por primera vez a la novela siguiera la misma ruta.

Huaco Retrato, su debut en la ficción, recién llegado a Chile, es un libro que ella define como estar en un palacio de espejos. Porque su tema principal es la identidad. Quién soy, qué he heredado de quienes me antecedieron, qué miedos tengo pegados a la piel, cuánto tengo de ángel, cuánto de bestia. Caminando esos pasillos, por esas preguntas, la protagonista -que se llama Gabriela Wiener, igual que la autora- va examinando los reflejos de sí misma en los espejos a su alrededor. A veces son imágenes limpias, a veces distorsionadas. Brutales, tiernas, enojadas, cómicas. Congeladas o en movimiento.

En su escritura, ella se causa temblores y hace temblar también a quien la lee. Una literatura del estremecimiento.  Era previsible, entonces, que su salto por primera vez a la novela siguiera la misma ruta.

En el libro se mezclan tres historias. La primera es la del tatarabuelo, Charles Wiener, un científico europeo de fines del siglo XIX que en Perú se convirtió en un saqueador de piezas arqueológicas, incluidos los huaco retratos: esas piezas de cerámica con detallados rostros indígenas. La segunda historia es la del padre -bisnieto de Charles-, quien es un intelectual de izquierda y a la vez un indomable infiel con doble vida. Y está la historia de la hija y tataranieta, Gabriela, quien se cuestiona todo, vive de migrante en Madrid, quiere entender la bitácora misteriosa de su estirpe y padece las angustias de una relación poliamorosa.  

Una Gabriela personaje demasiado parecida a la Gabriela real, que otra vez queda expuesta.

-¿Por qué recurrir a la ficción si la historia real parece colarse a cada rato?

-Este libro había sido postergado durante años. No había podido completar la investigación que requería el periodismo narrativo o la crónica, que siempre había sido una opción. Lo tenía bajo el brazo hace años, para descubrir la paradoja de mi identidad: mi cara de huaco y el apellido europeo Wiener. Finalmente decidí que el libro lo haría de otra manera, sin ir tanto hacia el pasado ni hacer tanta investigación. Recurrí a la imaginación para llenar esos agujeros y darle a la historia otros vuelos. Empecé a recrear a mi gusto la biografía de Wiener, a atar cabos en esos agujeros, entre esos personajes casi fantasmales de mi historia familiar. Doy el paso hacia la ficción, pero tampoco es que esté yendo tanto en contra de mi estilo y mis horizontes literarios, que siempre han sido lo híbrido, lo autobiográfico, lo performático.

-¿Qué hay finalmente de ti en la narradora? Es fácil reconocerte en ella. En su historia, sus reflexiones, sus circunstancias.

-La narradora tiene casi todo de mí, pero yo no soy todo eso que es ella. Hay un espíritu, una voz, una fuerza de esa narradora que brotan de mí, pero los hechos que la rodean y la condicionan están modificados, incluso a veces invertidos. Es verdad que hay una intervención de la realidad para la conveniencia de la estructura del libro si nos ponemos a pensar en mis vivencias particulares. Si alguien lee Dicen de mí o ve mi obra de teatro Que locura enamorarme yo de ti, puede hacer conexiones con Huaco Retrato, pero aquí hay cosas opuestas o extrañamente deformadas. Ésta es una novela.

-Pero en este caso, la ficción no esconde la historia real sino que la expone. Es un libro que va dejando pistas por todos lados.

-Sí, aquí no se intenta ocultar. Por algo la narradora se llama igual a mí.

ENTENDER AL MONSTRUO

-El libro cuenta tres historias que ocurren en distintos tiempos y lugares. Más allá del linaje, ¿cuáles son los temas que las unen y que te interesan?

-Veo por lo menos dos: por un lado, lo colonial y el racismo; por el otro, lo patriarcal. No se dice con esas palabras en el libro, pero ésta es una historia de hombres, como ha sido siempre la historia del poder. Las dos historias de los hombres tienen en común una manera de ejercer ese poder desde el patriarcado. Uno, un patriarcado colonial, europeo, racista, que interviene, saquea, borra; y otro, mucho más sutil dentro de la intimidad familiar y la convivencia, a través de cierta dominación hacia las mujeres: la infidelidad es una manera de dejar hijes regados por el mundo, una vez más sacados de su raíz, mantenidos en la marginalidad. No sé cómo llamarle a vivir estas dobles vidas, este doble estándar que para mí supone un tipo de violencia patriarcal, emocional, sicológica, que cala muy hondo.

«Las dos historias de los hombres tienen en común una manera de ejercer ese poder desde el patriarcado. Uno, un patriarcado colonial, europeo, racista, que interviene, saquea, borra; y otro, mucho más sutil dentro de la intimidad familiar y la convivencia, a través de cierta dominación hacia las mujeres: la infidelidad es una manera de dejar hijes regados por el mundo, una vez más sacados de su raíz».

“Es un tipo de abandono, de traición, que las mujeres viven escondidas con sus hijes también escondidos -sostiene Gabriela-. Yo conecto ese tipo de desorganización del deseo y del afecto con el tatarabuelo, que simplemente dejó ahí su semilla, se fue y apareció una estirpe que vivió años orgullosa de que él fuera su antepasado ilustrado y europeo. Ese es el relato hegemónico que se va heredando, del que está orgulloso el padre. Pese a sus valores de izquierda, pese a que ejerce de padre, el patriarcado que hereda originariamente sigue marcando su destino y afectando a la gente que depende de él y que le quiere. Y se conecta con la historia de la hija y cómo ella quiere romper con esto”.

Ahí engancha la tercera historia, la de la cuestionadora Gabriela, ¿no?

-Ella no puede reproducir la farsa del tatarabuelo, no quiere abandonar, no quiere bastardos en su mundo, gente escondida, no quiere la mentira, pero ¿qué pasa?… Que en esa crisis personal en la que está, empieza a encontrar unas conexiones mucho más oscuras que sí la están empujando otra vez a reproducir la historia. Está viviendo todas las contradicciones a la vez, porque se siente patriarca y colono tanto como se siente víctima y vulnerable.

-En varias partes del libro se muestra atemorizada, con culpa….

-Ella sabe del racismo, del abandono y de todas esas cosas que están en su familia, en su historia y en la de tanta gente, y no quiere convertirse en lo que también se convirtió Wiener: en verdugo. Además sufre el racismo, el desprecio y el dominio de otros cuerpos sobre el de ella.

-El racismo está en toda la novela. Va de una orilla a otra: desde el blanco europeo que desprecia, pero que también ha sido despreciado; hasta su tataranieta de piel oscura que es víctima del mismo maltrato. ¿Nadie se salva?

-Sí; y para plantear toda esa complejidad es que Charles Wiener es mi caballito de batalla. Él mismo es un personaje que es migrante, judío, tiene muchas cosas en común con la protagonista, también es un aventurero, investigador, despreciado por la academia. Dentro de su performance de convertirse en alguien poderoso, lo que estaba intentando era huir precisamente de esa fragilidad que le ponía su identidad. Hay un momento de empatía entre la protagonista y él en ese sentido.

“En todo caso -continúa-, soy la primera persona en el mundo que lo llama saqueador, huaquero. Su discurso de fines del siglo XIX es tan parecido al del presente que me sirve para hablar del racismo actual. Él se lleva a un niño indígena, lo compra, lo trae a Europa esperanzado con educarlo y alegre por conseguirlo. Eso me pone ante los enormes asuntos de urgente actualidad como pueden ser la quita de custodias de niños, los niños en las jaulas en las fronteras de Estados Unidos, los niños perdidos que llaman MENAS en España”.

«Para plantear toda esa complejidad es que Charles Wiener es mi caballito de batalla. Él mismo es un personaje que es migrante, judío, tiene muchas cosas en común con la protagonista, también es un aventurero, investigador, despreciado por la academia», dice Gabriela Wiener.

Es entonces cuando Gabriela Wiener habla de los espejos. O de caminar entre espejos, más bien. Porque además de ver en su tatarabuelo los signos del mal -que con horror ve también a veces en sí misma-, hay cosas que la reconcilian con él. “Si hay algo con lo que la protagonista realmente se reconcilia y abraza es con que Charles sea un fabulador, alguien que ha practicado la autopromoción de sí mismo para protegerse del mundo. En esa fragilidad ella se ve como en un espejo. Realmente, este libro es un palacio de los espejos”.

-Qué buena definición.

-No podría ser de otra manera.

-Igual pasearse entre espejos es osado; puedes toparte con imágenes tuyas que no te gusten. Pueden aparecer monstruos….

-Por eso digo que este libro está lleno de lucha libre… Charles sufrió racismo y discriminación religiosa e identitaria, y yo sé lo que es eso. Y si hay un punto en que me encuentro con él es precisamente en ese abismo en el que podemos convertirnos en el monstruo que fueron con nosotros. Ese es el terror: comprender al monstruo desde la paternidad de ese monstruo. Porque la protagonista no solamente se ve en esa monstruosidad de Charles, también se ve en la monstruosidad de su padre, que digamos que fue un monstruo como el de «Monster Inc.», porque para ella su padre sigue siendo entrañable. La protagonista, como está mirando sus contradicciones y sus horrores, en un momento le extiende la mano a Charles y en otro se la extiende a su padre. Creo que el libro apela a ese lado de condición humana que finalmente nos estalla. Ningún señalamiento se sostiene demasiado tiempo si no te miras un rato al espejo.

La escritora Gabriela Wiener. Crédito: Sofía Álvarez.

EL ORO Y EL ESPEJO

Gabriela Wiener no suelta el espejo.

Y recuerda una historia: “Hay un mito fundacional de los conquistadores encontrándose con los indígenas. Les intercambian oro por espejos, porque los nativos de América no habían visto nunca un espejo. A mí eso me resuena mucho con Huaco Retrato y también con nuestro presente y mi condición de ‘sudaca’ que vive en España. Siempre interpelo a los españoles por lo poco que se miran en el espejo de Latinoamérica: para ellos es un tema resuelto, mientras que para nosotros sigue significando un autoanálisis tremendo a nivel social, a nivel íntimo, y no dejamos de volver a ese momento fundacional para hacernos preguntas, para intentar respuestas. España siente que con Latinoamérica lo hicieron bien, de puta madre, que no hay nada que analizar, que no se van a echar en un diván por nosotros… Y eso me da mucha envidia y mucha rabia, porque sí les toca mirarse. Con unas compañeras aquí en Madrid siempre hablamos de la importancia de la devolución del oro, pero yo agregaría que además nosotras tendríamos que pasarles el espejo para que se miren”.

LA AUDACIA VALE LA PENA

-Otro tema del libro es el sexo. Está en el europeo que viene a América y embaraza a una local. Está en el padre infiel. En la hija que lo usa como un arma para afirmarse en un mundo que la inseguriza. ¿Cuál es el mensaje?

En algun momento me llamaron la cronista del sexo, tengo un libro llamado Sexografías. Para mí siempre el sexo ha sido un tema importantísimo, y cuando empecé a escribir mis primeras historias que tenían que ver con el sexo no sabía que en realidad estaba hablando de política. Fueron escritoras feministas, cuando salió ese libro por el 2008, que lo colocaron como un libro político, feminista; pero para mí fue un hallazgo.

-¿Y cómo funciona en Huaco Retrato, donde el sexo también se muestra como reivindicación?

-Una de las columnas vertebrales del libro es la sexualidad, eso lo has leído bien. Es importante cuando el sexo es una herramienta de sometimiento, de dominio patriarcal; cuando es un goce egoísta, arrasador, que va dejando muertos emocionales a su paso; y cuando se convierte realmente en algo que intenta salir de esa cadena. Quería que lo que se viera ahí fuera la experiencia, que se oliera el sexo, que casi se palpara a las mujeres que estaban encontrándose y mirando por primera vez un cuerpo no normativo, marrón, gordo, como el que ellas tenían y que no se habían atrevido a admirar porque las educaron en construir su deseo desde un lugar de blanqueo. Entendiendo lo bello como lo blanco. Por eso están ahí como si fueran unas alcohólicas anónimas, en una terapia de desintoxicación de una blanquitud que se les impuso como deseable. Está inspirado en mis experiencias en Madrid, de ver cómo esto activaba afectos, roces y, por supuesto, sanaba heridas. Otra manera de ver el sexo.

-La narradora decide pedirle a su madre que le cuente de su sexualidad. Es un ejercicio impertinente. Pero la madre acepta, y le escribe una carta sin pudores. ¿Cómo lo hiciste?

-A mí también me sorprendió que esto fuera posible; esa carta está construida a partir de una conversacion real con mi madre. Obviamente hay mucho del trabajo de no ficción que he hecho estos años, que ha sido muy performático, de cierta audacia también. De hecho, yo hice un cuestionario con unas 50 preguntas sexuales, que ofrezco en mis talleres para que se los apliquen a sus madres. No es tan raro entonces que alguna gente quiera saber de la sexualidad de sus madres, sobre todo si va a sumar en la comprensión de tu propia sexualidad. En mi caso, se convirtió casi en la parte más emocional y poderosa de mi novela. Vale la pena la audacia.

-Y bueno, es sobre todo un libro sobre la identidad. De lo complejo que es definirse a uno mismo y al otro, sin tropezarse. La narradora dice que ella es una mezcla de huaquero y de huaco. ¿Por qué la califica como mezcla perversa?, ¿vislumbra alguna salida?

-Yo creo que me voy a morir siendo mezcla, siendo bastarda. Salvo que me quiten el apellido, me voy a morir con esta pregunta dentro de mí, con este lugar en la frontera. Pero me gusta pensar con esperanza, con posibilidad de cambiarlo, con mirada hacia la transformación; si no fuera así, ya no creería en nada, ni en el cambio social, ni en la justicia. Creo que no es un status quo, sino una lucha en marcha, inacabable también.

Gabriela Wiener habla rápido a través de la pantalla del Zoom. Con fluidez de ideas, con frases inspiradas y con una libertad nueva que le da su incursión en la ficción. Se ve cómoda. Como si su alma de cronista se hubiese ensamblado en total ajuste con la de novelista.

«Yo hice un cuestionario con unas 50 preguntas sexuales, que ofrezco en mis talleres para que se los apliquen a sus madres. No es tan raro entonces que alguna gente quiera saber de la sexualidad de sus madres, sobre todo si va a sumar en la comprensión de tu propia sexualidad. En mi caso, se convirtió casi en la parte más emocional y poderosa de mi novela», dice Gabriela Wiener.

Le pregunto por el final del libro, donde es muy claro el uso de la ficción. Pero dice que no se va a referir a eso -o que lo hará, pero no para consignarlo en la entrevista-, porque “sería un spoiler gigante”. “El final del libro es una posibilidad… que es tan horrorosa y tan dolorosa que sólo es un aliciente para la lucha o para seguir señalando este horror que conecto con el presente en relación con las infancias; que es otro temazo del libro”, dice, esquivando los detalles. Y con astucia lleva la conversación al inicio de la novela: “No olvides como parte el libro, con esa vitrina desierta de la cual se han llevado la momia de un niño”.

-Una última duda. Los periodistas que entran al terreno de la ficción dicen que, para disfrutar esa libertad, deben sentar lejos a su comisario periodístico interior y desconectarlo con un tranquilizante bajo la lengua. ¿Cómo lo hiciste tú?

-Lo drogué.

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