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4 de junio de 2022

Darío Contreras, el hombre que ha salvado 35 toneladas de alimentos que iban directo a la basura

Darío Contreras muestra una de las cajas imperfectas que vende ne Maifud. A la izquierda se ven zanahorias con piernas y una berenjena con nariz. Mango Merkén // Darío Contreras

Lo que partió como una comunidad en Facebook y una inquietud personal de Darío Contreras, hoy es un “negocio justo”. Desde alimentos en buenas condiciones que no cumplieron los estándares del comercio, pasando por tomates de herencia hasta productos originales. Todo eso se vende en Maifud, una tienda que se autodenomina como “el mercado de lo imperfecto".

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Una zanahoria con piernas, una berenjena con nariz o un pimentón más pequeño que un puño. Para Darío Contreras Levy (38) no es una novedad que este tipo de productos, que para nosotros pueden ser simpáticos, sean un dolor de cabeza para los agricultores.

Vivió toda su infancia entre árboles frutales, huertos y siembras de cereales. Creció mirando cómo su madre y su abuela aprovechaban cada cosa que daba la tierra, sin importar su forma o color. Dice que es quizás por eso que, cuando supo de las fiestas que aprovechaban los alimentos que las ferias libres botaban, algo le hizo clic por dentro.

Después de algunos años de activismo, hoy Darío lucha contra los estándares de belleza que se aplican a la comida. Porque una deformidad, una decoloración, una cicatriz o, incluso, su tamaño, puede implicar que un producto termine en la basura.

Eso ocurrió, de hecho, con los seis bins de zanahorias que encontró el pasado lunes 23 de mayo en uno de los campos que visita habitualmente. Cerca de 3.600 litros de zanahorias -unas 127 mil unidades- se iban directo a la basura. Y no porque se hubiesen cosechado en mal estado, sino que porque no cumplieron los estándares de quienes fueron a comprarlas.

Darío rebuscó entre todas estas raíces tuberosas -porque sí, las zanahorias son raíces-, buscando aquellas que estuvieran en buen estado. Todas las que encontró las metió en cajas, pagó a los agricultores que las cosecharon y se las llevó en su camioneta.

En total, logró salvar unas 700 zanahorias, que hoy llegarán a las cocinas de personas comunes y corrientes a través de Maifud, su tienda online. Darío lleva años intentando hacer frente al problema del desperdicio de alimentos, tanto a nivel hogar como industrial. En poco más de un año ha salvado 35 toneladas de alimento que iba directo a la basura, denominada “ de descarte”.

De acuerdo al último Informe sobre el Índice de Desperdicio de Alimentos 2021 de la ONU, en Chile cada hogar bota 74 kilos de comida al año. Esto significa más de un millón 400 mil toneladas de desperdicio de alimentos proveniente de los hogares chilenos.

Para Darío, su trabajo va más allá de que “el valor para las personas es estar consumiendo productos con sentido. Estos eran productos que se iban a perder y uno les está dando una nueva vida”.

Una infancia rodeada de comida

Por el trabajo de sus padres, Darío vivió toda su infancia y adolescencia en Copiapó. Junto a unos amigos de la familia, los Contreras Levy construyeron su casa en una parcela frutal. Así, creció encaramado de damascos, perales y parrones, metiéndose en acequias y ayudando a su madre a preparar kuchenes, mermeladas y jugos con la fruta que sacaban de los árboles.

Pasaba todas las vacaciones con sus primos en el campo de sus abuelos, en Traiguén. Allí, los jóvenes acompañaban al patriarca casi todos los días al campo: en invierno a ver la siembra, en verano a ver la cosecha de los cereales que cultivaban.

Su abuela tenía una huerta, de la cual sacaba casi todas las cosas que comían en su casa. “Yo de chico estaba acostumbrado a escuchar ‘esto es de la huerta’, y que había que comerse todo”, cuenta, con una pequeña sonrisa que escapa por los bordes de la mascarilla.

“Ahora de grande, que a mí me gusta este tema, digo ‘qué afortunado fui de poder tener esa infancia’. De tener ese contacto con el origen del alimento, y con la cocina», agrega.

Migró a la capital para entrar a la universidad. Estudió Ingeniería Civil en la Universidad Católica y, como él mismo confiesa, durante algunos años se olvidó un poco del mundo de los alimentos. Nada que no le pase a los jóvenes con los estudios y los carretes, dice.

Sin embargo, una vez que tuvo su cartón, allá por 2009, el irse a vivir solo lo volvió a conectar con la tierra. “Cuando tuve que hacerme cargo de mi departamento, me reencontré con todo este mundo de cocinar, de cosechar fruta en la calle y de valorar más la comida”, explica.

“Yo de chico estaba acostumbrado a escuchar ‘esto es de la huerta’, y que había que comerse todo”, cuenta, con una pequeña sonrisa que escapa por los bordes de la mascarilla.

“Cocinar es una buena manera de cuidar los alimentos, porque al hacerlo tú sabes cómo se puede aprovechar un alimento y ves el impacto de botarlo”, asegura Darío. Y aventura una crítica: “Hoy en día, como hay tanta abundancia, uno pierde ese valor de la comida”.

Tan sólo una diferencia de tamaño puede provocar que un producto sea descartado por los compradores, generando una importante pérdida de alimentos. Ahí es donde Maifud aprovecha esos descartes para darles una segunda oportunidad // Crédito: Daniela Sepúlveda

Aparte de cocinar, confiesa, comenzó a armar un pequeño huerto. Tenía plantas de tomate cherry, algunas hierbas y una que otra lechuga. Dice que cultivar obliga a darse cuenta del esfuerzo que conlleva. Que “eso mismo te hace tomar conciencia de lo grave que es botar una manzana o un tomate, por más chico que sea”. 

“Que crezca un solo tomate cherry requiere meses de esfuerzo para la planta, de agua, de cuidados”, explica. Quizás fue por ese mismo esfuerzo, cuenta, que cuando escuchó la radio hace unos años, algo le hizo clic. Una idea se conectaba con una acción que lo encaminaría a lo que es hoy.

De las fiestas a salvar alimento en los campos

Darío es inquieto. Se nota en su movimiento constante, en su persistente mirada a las notificaciones de su celular y en su rapidez al hablar. Tiene garbo, un cabello castaño despeinado y unos ojos que brillan con ilusión de niño cuando recuerda su pasado. Y cuando habla de lo que ha sido su camino hacia Maifud.

Con esa alma activa, no es de extrañar que apenas conoció el movimiento Disco Sopa, quiso unirse. Cuenta que los escuchó en la radio y que encontró “súper entretenido lo que hacían”. “Me interesó demasiado poder conocer más e involucrarme y ahí les mandé un correo para poder participar”, relata.

Sin embargo, aún estaba lejos de lo que hace hoy con Maifud. “Lo que ellos hacían no era acción social, eran fiestas en torno a la comida. Se compartían y se cocinaban en un ambiente público. Toda la gente estaba invitada a participar en la cocina, en la recuperación (de ferias libres). Era como una fiesta súper entretenida”, explica.

Cuando llegó Darío, sin embargo, hubo un pequeño cambio en el movimiento que lo encaminó hacia su futuro. A finales de 2016 comenzaron a ser contactados por agricultores, y empezaron a dimensionar el desperdicio de alimentos en los campos. Con ello, y viendo los volúmenes “gigantescos” de comida que se perdía, comenzaron con las “cosechas solidarias”.

Contactaron con fundaciones y todo lo que recuperaban se donaba. “Me llenaba mucho poder hacer algo que tuviera un sentido no solamente para el medio ambiente, sino que también para la gente”, cuenta. Ahí nació la motivación de transformar el movimiento en la Fundación Retroalimenta, que hoy sigue con actividades de tipo social y educativo.

Hoy Darío sigue adelante con las cosechas solidarias, de la mano de la Fundación Retroalimenta. La última que hizo fue con los equipos de diferentes marcas que se dedican a salvar alimentos, entre ellas Maifud. // Gentileza Maifud

La situación de los campos de cultivo es abismante. De acuerdo al informe Driven to Waste, publicado por el World Wildlife Fund (WWF) en 2021, 1.200 millones de toneladas de alimento se pierden antes, durante y después de su cosecha a nivel mundial. Con ello, se malgastan los recursos usados en su cosecha: 4,4 millones de km2 de tierra agrícola y 760 km3 de agua (unas 304 piscinas olímpicas). 

El hacerse cargo de las redes sociales de Disco Sopa y de Retroalimenta mantenía vivo el bichito de Darío por emprender. Ver lo que pasaba en los campos y lo que ocurría en el resto del mundo lo motivó a crear una comunidad.

Maifud: compartir “mi comida” para no perderla

El alimento que no llega al comercio tradicional se denomina “de descarte”. No necesariamente es comida en mal estado, puede ser dejada de lado por su apariencia, por sobreproducción, por sobre stock o por estar próxima a vencer.

En 2017 nació oficialmente Maifud, como una comunidad en Facebook y en Instagram. Allí las personas podían compartir los excedentes de comida que se generaban en sus hogares, para que no se perdieran, y otras personas iban a buscarlos. La labor de Darío era netamente publicar el alimento de descarte y poner en contacto a quienes ofrecían y quienes necesitaban.

“Maifud viene de ‘compartir mi comida’. En esa época tenía mi trabajo full time en empresas, pero en paralelo hacía esta labor de activista, de voluntario en estas fundaciones, y administraba la comunidad de Maifud en mis ratos libres”, dice.

Durante casi tres años Maifud se movió como una comunidad a lo largo del país, donde se publicaban desde un kilo de limones a cajones de tomates, sacos de harina y excedentes de alimentos no perecibles.

Sin embargo, la idea era hacer “algo más” para combatir el desperdicio. Cuenta que pasó desde hacer una app hasta crear subproductos con lo rescatado. “Al final sentí que lo más coherente era convertir Maifud en una tienda online”.

La situación de los campos de cultivo es abismante. De acuerdo al informe Driven to Waste, publicado por el World Wildlife Fund (WWF) en 2021, 1.200 millones de toneladas de alimento se pierden antes, durante y después de su cosecha a nivel mundial. Con ello, se malgastan los recursos usados en su cosecha: 4,4 millones de km2 de tierra agrícola y 760 km3 de agua (unas 304 piscinas olímpicas). 

Pero claro, que mantuviera su “conciencia del rescate de los alimentos y, así, poder ayudar a agricultores locales”.

Maifud: El mercado de lo imperfecto

Con la llegada de la pandemia, en 2020, se decidió. Ese año hizo todos los preparativos para convertir a Maifud en una empresa para vender productos descartados por detalles estéticos. Esos mismos que antes los agricultores les regalaban en las cosechas solidarias.

“Yo quería darle una vuelta a eso y decirle a los agricultores ‘no me los regales, yo te lo compro a un precio justo para que no pierdas ese trabajo y ese costo’. Yo, a la vez, se lo vendo a mis clientes, también a un precio justo”, resume Darío.

Los productos que salva Darío Contreras en Maifud son amplios: desde las frutas más pequeñas, como los tomates cherry y manzanas, hasta las verduras más grandes, como zapallos. // Gentileza Maifud

Finalmente, en 2021 dio el salto, y comenzó con la venta. Los productos se almacenaban en su casa, eso sí. Era realmente una mini pyme. Asegura que para la gente fue bastante natural el cambio de comunidad a e-commerce. Ya habían armado algunas bolsas mix con cosas que rescataban y que vendían en la comunidad antes de hacerse tienda.

Y bueno, fieles a su creencia, en Maifud no se pierde ningún alimento. No tratan de tener siempre de todo, porque eso conlleva una merma que no quieren tener. Si algo quedó con sobre stock, arman algunas “Good Bags” que venden por Good Meal aún más baratas. Y, cuando ya algún producto no está apto para consumo, directamente se composta. “Nada de lo que nosotros tenemos acá termina en la basura”, recalca.

Además, si bien en un inicio vendían algunas “cajas imperfectas”, que contenían un poco de todos los productos, sostiene que se les hizo inmanejable continuar con ellas de esa manera. “Era muy difícil semanalmente programarse con una caja que no sabíamos cuánto ponerle, para que fuera algo equilibrado”, cuenta.

Sin embargo, la gente sigue pidiendo estas cajas, así que están tratando de darle una vuelta al concepto: hacerlas con un sentido. “De repente hacer la ‘caja cazuela’, o la ‘caja charquicán’. Ahora estamos teniendo productos de mayor variedad y se pueden usar para alguna receta”, explica. Incluso, ya hicieron la primera. La caja Vitamina C fue todo un éxito y se agotó en sólo unas horas.

Además de los alimentos de descarte, que tuvieron muy buena acogida, Maifud tiene otro producto estrella: los tomates de herencia. Imposibles de encontrar en el comercio tradicional, estas frutas son como los tomates antiguos, esos que se pueden oler a distancia y hacen agua la boca.

Si bien explica que estos tomates no son descarte, sí dice que son productos exclusivos y rechazados por su fragilidad. Finalmente, Maifud se ha transformado en un mercado de “lo imperfecto”. 

Luchando contra el desperdicio… y contra el calentamiento global

Desde que se volvió tienda, Maifud ha recuperado 35 toneladas de alimentos, y ha vendido cerca de 3 mil kilos de alimentos agroecológicos. Hoy rescatan más de mil kilogramos de comida a la semana, y el 92% de las ventas son de alimentos catalogados como “de descarte”.

Para Darío, lo más terrible del desperdicio es que no solo se bota alimento, si no que se malgastan otros recursos. “La mitad del agua que se está usando para los cultivos se está usando en vano. Es terrible que Chile, que es un país que está con una crisis de sequía, esté usando agua que se va a la basura”.

Y agrega el grave problema que significa este desperdicio para el medioambiente. “La gente no ve que, los alimentos que botan en sus casas, cuando llegan a un vertedero comienzan a contaminar con gas metano, que es 25 veces más contaminante que el CO2”.

De hecho, según menciona, hoy “el desperdicio de alimentos es el responsable del 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero que contribuyen al cambio climático”. Es decir, si utilizáramos todo lo que cosechamos, nos ahorraríamos las emisiones equivalentes a las emitidas en conjunto por la Unión Europea y Brasil.

El siguiente paso: los “productos imperfectos”

Hoy su creador ya no está solo en Maifud. Desde febrero de este año que Juan Cristóbal Triviños y Vicente Schmohl, creadores de la empresa de compostaje SurCo, decidieron convertirse en socios de Darío. Así, han logrado hacer crecer el negocio.

Darío renunció en noviembre del año pasado a su trabajo tradicional para dedicarse completamente a la tienda. En abril lograron salir de su casa y ahora tienen una bodega cerca del Metro Manquehue. Hoy están con altísimas ventas y quiebres de stock en muy poco tiempo, y están pensando en abrirse a otras regiones… y otros productos.

“Empecé a cachar que los tomates eran uno de los productos que se merma más fácil. Se rompe, se raja y, cuando eso pasa, ya no lo podemos vender. Pero el tomate sigue estando bueno”, cuenta el creador de Maifud. Así, en alianza con otra empresa, creó la «salsa de tomate imperfecta». Sin preservantes y con muy pocos ingredientes, encontró una manera de salvar un producto y evitar compostarlo.

Con una receta propia, Darío encontró la manera de salvar todos los tomates de herencia y de descarte que, estando en buen estado, no se podía vender: la salsa de tomates imperfecta de Maifud // Crédito: Darío Contreras

Hoy, aunque asegura que no puede adelantar mucho, cuenta que están intentando nuevas asociaciones para “maquilar estos productos”. En palabras simples, para hacer una línea de “productos imperfectos”, potenciando los alimentos en conserva para extender su vida útil. ¿Un ejemplo? Quiere hacer sopa de zapallo butternut.

Darío sonríe con la boca, pero también con los ojos. Infla un poco el pecho cuando cuenta que hace un año trabajaba en su garaje, solo, y que hoy son ocho personas que trabajan en dos puntos de retiro.

Y agrega el grave problema que significa este desperdicio para el medioambiente. “La gente no ve que, los alimentos que botan en sus casas, cuando llegan a un vertedero comienzan a contaminar con gas metano, que es 25 veces más contaminante que el CO2”.

También habla con amor de Macarena, su mujer, que asegura fue “ayudante en las sombras para todas las cosas” que decidió emprender Darío. Y asegura que va a dejar que su hijo Santiago, de dos años, descubra el amor por el medioambiente por sí mismo.

“Hay que dejar a los niños que vuelen solos”, dice. Como lo dejaron volar a él a su pinta, entre árboles frutales, campos de cereales, huertas y parrones en su infancia.

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