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26 de Junio de 2022

“El sida es mi militancia política”: Las batallas de Víctor Hugo Robles, el Che de los gays

che de los gays Pedro Bahamondes

El periodista, locutor de radio y escritor chileno vive con VIH desde 1994 y de muy joven se convirtió en un reconocido y polémico activista de la diversidad sexual. Asumir públicamente su condición serológica tuvo sus costos, dice hoy a sus 53 años: le fueron esquivos los amores, los comunistas conservadores y las opciones de trabajo. Hizo su carrera desde los bordes y se inventó un mítico y deslenguado personaje que aún incomoda a izquierdas y derechas. Aquí, Robles desmenuza el origen de su Che Guevara travesti, habla de su admiración por Gladys Marín y su quiebre con el PC, de su relación de amor y odio con Pedro Lemebel y de cómo sobrevivió al sida. Se declara además un férreo opositor al gobierno de Boric: “Los jóvenes revolucionarios perdieron otra vez su brújula”.

Por

Esa noche llegó con una amiga y un bidón de aceite vacío que acababa de encontrar en la calle. Sobre este último había escrito grande y con un plumón la sigla AZT, el primer fármaco que hubo para el tratamiento del sida. El 4 de septiembre de 1997, Vicente Ruiz y Patricia Rivadeneira convocaron a un acto contra la censura en una antigua discoteca en la calle San Diego. Artistas, periodistas y curiosos se dejaron caer como moscas, el lugar estaba repleto y todos expectantes ante el nuevo escándalo performático de la dupla. Ruiz hablaba con la prensa y Rivadeneira se paseaba vestida de drag king, con traje y bigote y sosteniendo en su mano una figura de greda con forma de pene. 

Un tercer personaje irrumpió de pronto y literalmente les aguó la escena: llevaba puesta la camiseta de la selección chilena, una boina negra con una estrella al centro, el pelo largo y los labios pintados, y sin que nadie se percatara se acercó hasta el escenario con un bidón lleno de agua y empapó a la actriz de la cabeza a los pies. 

“Ella, toda mojada, me pasó el pico de greda en mis manos como una especie de trofeo. Yo lo levanté y dije: ‘Soy el Che de los gays y me gusta el pico’. Así nació el personaje, sin ninguna elaboración ni ninguna frase muy poética, solo de la espontaneidad del momento. Y esa fue mi presentación en sociedad”, recuerda hoy el periodista, locutor radial, escritor y activista chileno Víctor Hugo Robles (1969), quien hace 25 años encarna al mítico y polémico personaje. Un Che Guevara travesti, medio kitsch y deslenguado que hizo de las calles y manifestaciones el escenario de su propia revolución. Una presencia incómoda desde su concepción ideológica, y cuyo debut y bautizo terminó en desacato. 

“Controversial clausura tuvo el ciclo por la libertad de expresión de Vicente Ruiz y Patricia Rivadeneira”, tituló La Segunda al día siguiente del escándalo. 

“Vicente pensó que yo le había tirado bencina o ácido a la Paty. ‘Imagínate le prende un fósforo’, decía. Me acusó de misógino y él se despidió de la performance durante varios años. El Che de los gays nació de ese acto insurreccional y de esa polémica bien escandalosa, pero también de lo que yo consideraba un buen regalo para la irreverencia de ambos. Ella lo entendió muy bien y tuvo ese gesto de entregarme la posta, pero él nunca más me habló. El rey del underground, de la performance y de la contracultura no supo leer esos signos, pidió que me expulsaran y fui censurado en un acto supuestamente contra la censura. No le guardo ningún rencor, todo lo contrario. Para mí Vicente Ruiz y Pedro Lemebel fueron muy marcadores. Pedro por su mirada política y Vicente por la estética. Y les agradezco a ambos por eso”, cuenta Robles en un restorán chino conocido popularmente como “los chinos gay”, en pleno barrio Bellas Artes, que él mismo escogió para esta entrevista.  

Junto a Pedro Lemebel. Archivo personal del Che de los gays

Pide una porción de wantán especial, agua mineral y un pisco sour. “Dejé el alcohol pero haré una excepción para que se me caliente la lengua. Eso te conviene”, advierte. 

Dejó también a su personaje durmiendo en casa esta vez. No lleva puesta su característica boina, tampoco los labios pintados. “He sepultado varias veces al Che. Lo he dejado a tiempos pero después siempre vuelve. Me persigue. Yo no busqué al Che, él me buscó a mí. Él quiso encarnarse en el cuerpo de una loca terrible, de una loca enferma, marginal, precaria y latinoamericana, y la que estaba justo en el camino era yo. Me llegó como un premio, igual que el sida. Un premio que tomé como un designio. Pude haber inventado al Víctor Jara gay, a la Violenta Parra, pero a mí me tocó el Che”, comenta el también autor de El diario del Che gay en Chile (2015), quien actualmente trabaja a cargo de las redes sociales de Fundación Margen y conduce además el programa “Siempre viva en vivo” en Radio Universidad de Chile.

“Dije: ‘Soy el Che de los gays y me gusta el pico’. Así nació el personaje, sin ninguna elaboración ni ninguna frase muy poética, solo de la espontaneidad del momento. Y esa fue mi presentación en sociedad”, recuerda hoy el periodista, locutor radial, escritor y activista chileno Víctor Hugo Robles

Partió como una jugarreta. El 28 de junio de 1997 fue encontrado en Bolivia el cuerpo de Ernesto Che Guevara. Había tardado 30 años en aparecer y su más icónica imagen -esa en la que aparece con la boina negra con una estrella, la media melena y su mirada al horizonte- estaba en todas partes y seguía reproduciéndose en stencils, poleras y chapitas como ecos y souvenirs de una revolución. Un graffiti con el rostro del médico y guerrillero cubría también uno de los muros de la sede de la clausurada universidad Arcis, en calle Huérfanos, donde Robles estudiaba periodismo. Un día se le ocurrió pintarle la boca roja y nadie reclamó. 

“Yo hasta ese minuto no tenía ninguna fantasía especial con el Che Guevara. Después lo fui estudiando y supe también de sus historias homofóbicas, pero en Chile seguía teniendo la imagen del gran revolucionario de la izquierda latinoamericana. Para mí él solo estaba en esa imagen y lo encontré tan bonito que le pinté la boca con rouge pensando que iba a quedar la cagá, pero no pasó nada. Bueno, porque era el Arcis y porque yo era el maricón más público de la universidad. Nadie dijo nada, me dio rabia y pensé que quizás había que ponerse más atrevida y fui un poquito más allá”, cuenta.

Víctor Hugo Robles tiene 53 años y creció y ha pasado casi toda su vida en la misma población en Conchalí. Es el segundo de cuatro hijos de una familia de tradición futbolera: su papá era entrenador de la Unión El Cortijo, su mamá la dirigenta de la barra y su hermano Héctor, el Choro Robles, llegó a ser jugador profesional, capitán de Wanderers y director técnico de la Sub 17. Hoy trabajan casi todos juntos en un restorán de comida árabe en Recoleta. Víctor Hugo es el único que vive aparte en una pieza -“bien pobre pero digna”- que heredó de su difunta abuela junto a la casa de sus padres. 

“Yo fui siempre el hijo no deseado, la loca de la pobla, la loca mala pa’ la pelota. Yo era la cosa rara de mi familia y me trataban como cosa rara. Me acuerdo que me llevaron al psicólogo, pero la homosexualidad no se cura. Como dice la canción de Willy Colón, ‘Palo que nace doblao’ jamás su tronco endereza’. Yo luché por no ser homosexual; trataba de tener la voz dura y no me resultaba. Lo pasé mal, como aún la pasan los niños que sufren bullying por ser afeminados. Yo trataba de no parecerlo, pero me gustaban y aún me gustan mucho los pañuelos -dice entre risas y acariciando uno colorido y estrambótico que lleva puesto-, se me notaba lo maricón igual. Tuve incluso dos pololas, tuve relaciones sexuales con mujeres, pero cuando estudié un año de filosofía en Playa Ancha, en Valparaíso, me declaré bisexual y ese fue el primer paso”, recuerda. 

En 1992 fue a la primera marcha por el Informe Rettig y se topó de frente con la primera manifestación pública del Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh). Se les sumó y desde entonces se le soltaron las trenzas, dice: “Iban con un lienzo que decía: ‘Por nuestros hermanos caídos’, es una foto bien emblemática y yo aparezco por ahí en un rincón. Tenía el pelo cortito, estaba jovencito. Me acuerdo que la primera reunión a la que fui fue el 11 de septiembre de ese año”, recuerda. Saldría de ahí al tiempo y con otro escándalo. 

Por esos años y en una de las tantas asambleas del Movilh, Robles conoció a Pedro Lemebel y Francisco Casas, las Yeguas del Apocalipsis. “Aparecieron estos dos personajes de negro medio vampirescos y me llamaron mucho la atención. Con Pedro nos hicimos muy buenos amigos y fue él quien precisamente un día me dijo: tú deberíai inventarte un personaje pos, niña. Fuimos muy amigos antes del Che, compartimos muchas borracheras y noches de locura, pero ya después del Che empezamos a tener una relación distinta. Él no soportaba tanto al personaje y después terminamos disputándonos a la Gladys Marín”, revela. 

Las andanzas del Che de los gays lo han convertido en testigo y personaje incidental de la historia reciente de la diversidad sexual en Chile y sus giros a contar de los noventa. Desde 1993 condujo “Triángulo abierto” en Radio Tierra, el primer programa abiertamente gay y lesbo en Chile, y en 1995 encabezó la campaña en contra del artículo 365 del Código Penal, aún vigente y que califica de delito las “prácticas sodomía”. Su derogación es una de las principales demandas y consignas del actual movimiento LGBTIQA+. Por esos años, Robles le entregó cartas en mano a Silvio Rodríguez, al virólogo francés y descubridor del VIH, Luc Montaigner, y a Juan Gabriel, a quien incluso puso en aprietos en una conferencia de prensa.  

“Yo fui siempre el hijo no deseado, la loca de la pobla, la loca mala pa’ la pelota. Yo era la cosa rara de mi familia y me trataban como cosa rara. Me acuerdo que me llevaron al psicólogo, pero la homosexualidad no se cura. Como dice la canción de Willy Colón, ‘Palo que nace doblao’ jamás su tronco endereza’. Yo luché por no ser homosexual; trataba de tener la voz dura y no me resultaba. Lo pasé mal”.

También ha protagonizado recordadas polémicas. En 1996 estuvo en la primera toma travesti en Chile al atrincherarse en la sede del Movilh histórico junto a la activista Michelle Clementi, la cual gatilló su salida de la organización, y meses después desplegó su Bandera Hueca -acción performática de la bandera nacional con un hoyo al medio- en el ex Congreso y durante un pleno del Partido Socialista y del futuro gobierno encabezado por Ricardo Lagos. El periodista interrumpió el discurso de Hortensia Bussi, la viuda de Allende, y fue sacado a la fuerza. Ese mismo año, Robles creó al Che de los gays.

No se detenía: en noviembre de 1997 irrumpió en la inauguración de la Feria Internacional del Libro de Santiago (Filsa), en plena entonación del himno nacional. A grito pelado exigió “juicio a Pinochet” y terminó detenido. También apoyó en 1999 la campaña presidencial de la fallecida y ex diputada Gladys Marín, su “primera ídola política”, y osó a ponerle él mismo la banda tricolor ante la mirada atónita de la vieja escuadra comunista. Años después, ya convertido en un verdadero mito urbano viviente, fue pifiado en La Habana durante el estreno de un documental inspirado en su vida y por invocar el nombre del escritor y disidente político cubano Reinaldo Arenas en un festival de cine financiado por el castrismo. Volvió a los pocos años a la isla: salió a marchar con una foto del Che Guevara muerto y decorado con plumas por la que le exigieron explicaciones a Mariela Castro, la hija de Raúl y amiga suya. 

Acción en la FILSA. Archivo personal del Che de los gays.

Anécdotas le sobran, se jacta Robles, y asegura que hasta hoy tanto políticos de izquierda como de derecha lo viven bloqueando en Twitter. 

“Jaime Mañalich y la Cecilia Pérez me tienen bloqueado, y me da lo mismo, pero sí me dolió que lo hicieran Karol Cariola y Carmen Hertz”, cuenta. 

“Yo fui militante del Partido Comunista, pero de esos militantes fortuitos. Recuerdo haber ido a la feria un domingo, a fines de los 80 o comienzos de los 90, cuando el PC estaba saliendo de la clandestinidad y se estaba inscribiendo como partido político. Estaban buscando firmas y yo firmé. Tenía 21 años. Empecé a ir a todos los actos, mucho antes de ser el Che de los gays. Al principio me miraban con sospecha, pero después, cuando empecé a salir en los diarios y a hacerme más conocido, ahí cambió la cosa. Ahí me miraban y abrían las puertas. ‘Don Víctor Hugo’. Así pude llegar a saludar y a acercarme a la Gladys”. 

-¿Cómo fue tu paso por la política?

-Fui muy cercano al PC pero era como un sujeto molestoso al final. Había comunistas que me veían muy bien, gente más abierta y otros que no. Tomas Moulián cuenta en el documental El che de los gays que cuando le puse la banda presidencial a la Gladys había comunistas que reclamaron que cómo este maricón salido de Sodoma y Gomorra le había puesto la banda. Había mucho comunista viejo a los que no les gustaba esta presencia de los maricones, y yo era el más chillón y llamativo. Ya no soy bienvenido en el PC. 

“Jaime Mañalich y la Cecilia Pérez me tienen bloqueado, y me da lo mismo, pero sí me dolió que lo hicieran Karol Cariola y Carmen Hertz”, cuenta. 

-¿Te ofrecieron candidaturas?

-Sí, dos veces, para ser concejal por mi comuna. Una vez acepté pero tuve que ir a una reunión a defender mi postulación, y yo dije no, qué voy a estar yo defendiendo hueás. No tengo nada que defender. Otra noche de borrachera terminé siendo candidato a diputado, y yo ya era diputada esa noche. Al día siguiente me cayó la teja y me di cuenta de que no, que no soy para eso. Digo, me encantaría ser diputada. Yo soy una loca política y que hace política, así me defino, pero no ejerzo esta política partidista instrumental ni oficial. La mía es una contra política, una política que va en contra de la corriente oficial. 

-¿Cómo fue tu quiebre con el partido?

-Mi divorcio con el PC fue primero por el ARCIS. Yo trabajaba en una de las publicaciones, atendía la librería, y fue muy difícil seguir apoyando al partido porque me transformé en un dirigente sindical y no me quedó otra que defender a los trabajadores, que es el principio básico de cualquier dirigente. Y además defender a los trabajadores de las injusticias del PC que se había pasado por encima de los principios de Luis Emilio Recabarren. Ese fue un primer quiebre y hasta le mandé una carta bien dramática a la Gladys diciéndole por qué me iba. Ahora estamos completamente divorciados del PC a pito de mis comentarios y críticas al comportamiento neoliberal y traidor del PC que se ha esmerado en apoyar a este gobierno represivo. Gobierno que se presentó como uno feminista y ciudadano, pero que terminó haciendo todo lo que decían que no iban a hacer. Primero militarizando el Wallmapu y luego reprimiendo a los dirigente estudiantiles.

Camila Vallejo decía el otro dia que no podemos olvidarnos de donde venimos, pero ella y todos ellos lo olvidaron hace rato. Se olvidaron también de los presos políticos de la revuelta. Los jóvenes revolucionarios perdieron otra vez tu brújula, se olvidaron de donde vienen. El mismo presidente Boric, que fue y estuvo en el Arcis apoyando una toma, llegó como un diputado medio hippie, medio perdido y disperso, y declaró en contra del lucro en la educación. El Arcis tenía el mismo modelo neoliberal de cualquier otra universidad de mercado. Tenía inmobiliarias, gerentes y por eso mismo quebró. Boric fustigó en ese entonces al PC por caer en las mismas triquiñuelas neoliberales, los acusó de lucrar con la educación pero luego asumió como presidente y nombró como subsecretario de las Fuerzas Armadas a Galo Eidelstein, que fue el gerente de la Universidad Arcis y quien la quebró. Entonces, no hay otra opción que ser opositor a este gobierno que no tiene ética ni memoria”. 

Toma travesti. Archivo personal del Che de los gays.

-Hablabas hace un rato de una disputa entre tú y Lemebel por Gladys Marín. ¿Cómo fue eso?

La Gladys publicó un libro –Testimonios: la vida es hoy (2002)- y le dedicó un capítulo entero a sus amigos homosexuales. A Pedro básicamente, pero hay una parte en que habla también de mí en poco más de una página. Pedro llamó indignado y me dijo con esa voz que tenía: estai en el libro pos niña, qué querís que te diga. No lo soportó. Esa noche después del lanzamiento nos fuimos a su casa, nos emborrachamos, nos drogamos, estábamos todas vueltas locas con la Pato Egaña y a mí se me ocurrió hacerle un comentario del que hasta hoy me arrepiento. No sé si lo hice de loca mala, de loca hocicona o de loca agujona, con esa legítima irreverencia de las locas que nos decimos todo. En el libro, la Gladys describía la muerte de la mamá del Pedro, que para él era sagrada, y escribió algo así como “qué fea es la muerte”. Le dije que cómo iba a ser fea la muerte si estaba hablando de la muerte de tu mamá. Estuvo peleado con la Gladys un mes. Ella envió a todos sus emisarios y embajadores, pero el Pedro no le abrió la puerta. Fue un comentario de loca no más poh, no para que fuera a enojarse con la Gladys. Después ellos se reconciliaron, amor eterno, y yo quedé como mala de la película. 

-¿Te costó la relación con él?

-Sí, se dañó. Volvimos a ser amigas con el tiempo pero yo creo que nunca me perdonó ese mes sin la Gladys y durante el último tiempo de su vida, porque ella murió al poco tiempo. De hecho, cuando la estaban velando en el ex Congreso, el Pedro me lanzó esa mirada de odio que nunca se me olvidó, como diciendo ándate de aquí, loca de mierda, no te quiero ver. Me arrepiento hasta hoy. Yo quise mucho al Pedro y lo visité hasta cuando pude y me dejaron verlo, cuando ya estaba muy enfermo. Apenas supe fui a verlo y él me recibió. Me tiraba escupos para que me pegara el cáncer, la muy maldita.

“Lo que a él le descubrieron fueron condilomas, papilomas en la garganta. Eso le provocó el cáncer. Los papilomas son los primos hermanos del VIH, entonces me escupía para que se me pegaran. Era siniestra (ríe). Muchos homosexuales adquirimos el papiloma. Es una infección muy común en las personas gay viviendo con VIH en el presente y nadie habla de esto. Ese sí que es un tabú y un prejuicio demasiado grande, el papiloma. Tanto que hasta Lemebel se lo reservó. Él y yo tuvimos una relación así, bien de dulce y agraz, bien de amor y odio. Quienes nunca me perdonaron fueron sus amigos que después decían que iban a hacer una lista de las personas que podían entrar a verlo cuando estaba en las últimas. Me lo decían en la cara y en el fondo me estaban diciendo que yo no iba a estar en ella”. 

Junto a Gladys. Archivo personal del Che de los gays.

-¿Cómo ves tú mismo al Che de los gays hoy?

-El Che es un símbolo contradictorio. La gran obra del Che de los gays no es todo lo que he hecho ni las performances o el activismo. Lo mío no es arte porque quizás nunca tuve una pretensión artística como las Yeguas del Apocalipsis. De hecho, fue Lemebel el que me dijo: ‘invéntante un personaje pos niña’. A veces confundían nuestros trabajos, pensaban que yo era Pedro o que el Pedro era yo, y eso a él le cargaba también. Pancho Casas incluso me bautizó la yegüita. Obviamente era algo despectivo pero a mí me pareció lindo. Un reconocimiento quizás. Yo soy un activista que usa y ha usado y seguirá usando ciertos soportes estéticos y comunicacionales para transmitir un mensaje, pero no es una obra artística. Puede ser leído así, tampoco me molesta, pero mi pretensión no es estar en un museo. No me calienta. Sí me calienta la lucha, el discurso, la convicción y luchar por lo que yo considero justo. El Che me da vida, me mantiene luchando por algo. Y por mí, por mi vida.

“Estuvo peleado con la Gladys un mes. Ella envió a todos sus emisarios y embajadores, pero el Pedro no le abrió la puerta. Fue un comentario de loca no más poh, no para que fuera a enojarse con la Gladys. Después ellos se reconciliaron, amor eterno, y yo quedé como mala de la película”. 

Che de los gays: “Ha vuelto a desaparecer la persona pública que vive con VIH”

La pandemia fue una suerte de rehab necesaria en la vida de Víctor Hugo Robles. Dejó de ir y de ser la reina del sauna 282, dejó de pescar el Grindr y también de carretear al nivel en que lo hacía. Como dirían, sentó cabeza. 

“Yo salía mucho, tomaba mucho y me metía muchas otras cosas en exceso, pero con la pandemia me tranquilicé. Yo diría que todos nos tranquilizamos un poco. Tenía miedo por supuesto de contagiarme y aparentemente no me contagié o sí, no lo sé, porque gran parte de mi familia tuvo covid. Sobre todo al inicio, todos temíamos que llegara un astronauta a tu casa y que los vecinos salieran a mirar. Fue un poco como el sida en los 80”, opina. 

“Les tiraban piedras a los trabajadores de la salud, los echaban de sus lugares y había mucho miedo en la gente a decir que tenían el virus, tanto así que las autoridades llamaron públicamente a que la gente lo dijera sin pudor. Era bien terrible. Trajo muchos recuerdos. Hubo alcaldes que además pidieron y exigieron el listado de los contagiados para ir a visitarlos pero era básicamente para aplicar la misma política de los chinos de una persecución directa y brutal. Ahí me recluí en mi casa, bajé las revoluciones de todo y empecé a trabajar en redes, como siempre lo he hecho, y además empezamos a preocuparnos como organización por las personas que vivimos con VIH y cómo nos iba a afectar el covid”. 

“Yo me gané el Loto y me lo gané con recarga. Me enamoré y adquirí el VIH en 1994. Tenía 25 años, hoy tengo 53; he vivido más de la mitad de mi vida con el virus. Fue mi primer amor, una pareja de un año que tuve. Él vivía con VIH, aún vive, y casi ya no tengo contacto con él. Empecé a conocer al poco tiempo a otra persona, fui a hacerme el examen para demostrarle que estaba bien, si yo siempre me cuidé, y di positivo. El mundo se me vino encima y en el 2000 estuve muy mal. Llegué a pesar 40 kilos. Casi me morí. Desarrollé una tuberculosis ocular producto del sida y perdí un ojo. Soy tuerta. No veo completamente nada por ese ojo hace diez años. Tengo un ojo travesti, y además hipertensión y ahora insuficiencia renal crónica. Yo heredé la terapia de un paciente de VIH que murió y que se llamaba Manuel Rodríguez. Él me salvó. Un guerrillero salvó al otro. O sea, soy un paciente de riesgo perfecto para que el covid se apodere de mí y haga lo que quiera. Me cuidé mucho”, cuenta el periodista. 

Durante la pandemia, Víctor Hugo Robles envió varias cartas a los ministros de salud del gobierno anterior, primero a Jaime Mañalich y luego a Enrique Paris, denunciando negligencias y discriminaciones hacia las personas con VIH en los recintos de salud y en los protocolos del Minsal en plena crisis sanitaria. La primera acción fue exigirle al Ministerio de Salud que respetara la recomendación de ONU Sida y entregara las terapias por más de un mes -y hasta más de seis en algunos casos- para varias enfermedades crónicas, incluido el virus. 

“Me enamoré y adquirí el VIH en 1994. Tenía 25 años, hoy tengo 53; he vivido más de la mitad de mi vida con el virus. Fue mi primer amor, una pareja de un año que tuve”.

“Yo puse un recurso de protección por la terapia multi mes. Me di cuenta que la farmacia del Hospital San José estaba en cuarentena, todos con covid, y estaban entregando las terapias en un pasillo y gritaban tu nombre. La confidencialidad se fue a la chucha. Era una exposición innecesaria y además tenían que respetar la recomendación de Onu Sida. La Corte de Apelaciones acogió el recurso y obligó al hospital a entregarme terapia por tres meses. Después aparecieron otros recursos en Concepción, La Serena, Iquique y otras comunas de Santiago, todos tuvieron derroteros distintos y el que más avanzó fue el mío. Y todo gracias a la campaña que hicimos, lo que implicó que periodistas les preguntaran y presionaran a ministros y subsecretarios”, cuenta. 

La siguiente carta fue a raíz de los documentos adicionales que debían presentar los pacientes con VIH para acceder a la vacuna contra el covid. 

“Al principio había que probar que uno era paciente crónico. Llamé a la jefa de programa, amiga muy cercana, y le pregunté cómo hacíamos nosotros entonces. Había que llevar el carnet y demostrar que eres VIH, me dijo. Bueno, ¿y la gente que no quiere o que le da miedo o que vive en un pueblo apartado y no puede ir al hospital? Había una serie de casos y nadie los estaba considerando. Hueveamos, hueveamos, y sacaron una circular especificando que no se podían pedir documentos. Al final la respetaron solo en algunos lugares”. 

-¿Qué develan para ti ambas situaciones desde el punto de vista de la salud pública?

-Varias cosas. La debilidad del sistema, que no está preparado ni abastecido, pensando en las personas que vivimos con VIH. La falta de terapias y de stock en las bodegas fue un tema para nosotros en la pandemia. Si bien hay un programa nacional de VIH, no es como antes. Al principio había una comisión nacional que tenía mucho más poder y mucho más importancia e injerencia en las políticas públicas. Ahora es es un programucho que tiene cuatro o cinco funcionarias, todas muy señoras, con todo el respeto que les tengo a esas señoras, pero que envejecieron junto con ese programa. El sida reapareció fuerte en la pandemia. Se hizo parte de la discusión política nuevamente, y aún no hay liderazgos. 

-¿Te sorprende que no haya personas con VIH en la política?

-Hay, pero no lo reconocen. Sería un gran aporte que los políticos con VIH lo reconocieran abiertamente. Pero bueno, uno tampoco puede obligar a nadie. Nunca es fácil y uno siempre empatiza con el ser humano. 

-Tu protesta partió en la calle y ahora puedes enviarles cartas a los ministros a través de organizaciones. ¿Era más difícil hacerse escuchar hace 20 o 30 años?

-Creo que ha habido un retroceso en eso. Yo vengo de la época de la Coordinadora Nacional de Personas viviendo con VIH, VIVO POSITIVO, que éramos un colectivo que agrupaba a más de 50 organizaciones hospitalarias de todo el país. En todos los hospitales de todas las ciudades había dirigentes públicos viviendo con VIH. Claro, era la época en que no había medicamentos, entonces la gente sí o sí tenía que luchar y dar la cara. Era dar la cara o morirte. Gritabas o morías. La única posibilidad era luchar y conseguir la terapia.

“En esa época había muchas marchas callejeras y todo un movimiento social, popular y de incidencia, pero después que se conquistó la terapia universal, en lugar de fortalecer el movimiento ocurrió que muchos se fueron para la casa. Se había logrado eso, pero la discriminación y la muerte no se han detenido. La muerte social tampoco. Entonces, como que ha vuelto a desaparecer la persona pública que vive con VIH. Antes de eso yo era más conocido por mi activismo, como activista de la diversidad sexual, y en medio de todo ese descampado sentí que tenía que aportar más en eso. Y después de enfrentarse con uno mismo, porque no es fácil asumirlo ni lo asumes solo tú, porque no solo tú vives con VIH. Tu mamá, tu papá, tu familia, todos y todo lo que te rodea vive con VIH. Poco a poco fui adoptando ese rol de una persona pública o activa que se reconocía como persona seropositiva. Y hoy el sida es mi militancia política, la que más defiendo y en la que más creo”. 

-¿Qué costos ha tenido para ti el haberlo hecho público?

-En varios aspectos. En las parejas, por ejemplo. A mí me cuesta mucho encontrar pareja. No sé si es por características de mi personalidad o porque soy reconocidamente una persona con VIH, no sé. O porque me gustan los hombres imposibles, como a Lemebel, o porque, como dice Juan Gabriel, yo no nací para amar y el amor no nació para mí. Está también el costo laboral. Yo tuve que inventarme una trayectoria, un trabajo, un mundo propio, construir mi propio escenario y construirme un personaje además. Pero a ese personaje hay que alimentarlo porque el activismo no es un trabajo, no tiene un sueldo.

“Nadie te paga por ser activista. No a mí por lo menos. Por esa razón he tenido que rebuscármelas y creo que no me ha ido tan mal, pero yo nunca he tenido un trabajo formal. La primera vez que fui a buscar un trabajo serio ya era semi conocido como maricón y como activista gay, pero aún no había inventado al Che de los gays. Fui al canal 2 Rock and Pop y me dijeron que no porque yo ya era una persona conocida como gay y no servía pal’ canal. Una hueá rarísima, porque yo habría sido una estrella en el Rock and Pop, ¿no es cierto? Pero si tú te das cuenta eran puros personajes heterosexuales, blancos, de clase media, no era una loca pobre, piojenta, afeminada, loca y sidosa como yo. No le encontraron el sentido comercial”.

Marcha año 2001. Archivo personal del Che de los gays

Tiempo después lo llamaron para ofrecerle una prueba de cámara en el Buenos Días a Todos de Televisión Nacional. Había otro postulante además de él, desconocido por ese entonces en Chile, recuerda: 

“Estaban probando a un señor que venía de Francia, y que resultó ser la pareja de la Cecilia Rovaretti, Ricarte Soto, y me vi en ese casting en vivo sin saber que estaba en un casting. Salí al aire un par de veces y la editora me dijo que yo podía funcionar y hacer algunas notas. Yo ya era el Che de los gays: usaba boina con estrella, una estrella chiquitita eso sí, no el estrellazo, y al parecer, el otro candidato funcionó mejor. Me entrevistó la Karen Doggenweiler y yo terminé mandándole saludos a la izquierda y pidiendo juicio a Pinochet. Mostré la hilacha y no quise hacer notas. Quizás hubiera terminado siendo la Monserrat Álvarez de los travestis, pero fui y soy el Che de los gays”. 

-¿Siguen siendo el VIH y el sida temas tabú en la sociedad y al interior de las agrupaciones LGBTIQA+?

Sigue siendo además la gran deuda. Yo no veo a dirigentes de la diversidad hablando abiertamente del VIH. A uno una vez lo encararon en un ascensor y se ofendió en lugar de educar y sensibilizar a su vecino. Entonces, todavía se mira con un estigma, con una carga, como un disvalor. Yo que no hay un reconocimiento ni una lucha ni un asumir que esto es parte de la lucha de los colectivos LGBTI. La fuerza que ha tenido en colectivos norteamericanos, por ejemplo, en colectivos europeos. Cuando aparece el VIH, en vez de esconderlo lo usan como un motor de su lucha, cosa que aquí en Chile no ocurrió. Todo lo contrario: aquí hubo una separación, un divorcio.

“Rolando Jiménez decía años atrás que la lucha del VIH y de las locas le hacían un flaco favor a la lucha homosexual, que no había que aparecer como enfermos, que eso no te daba réditos políticos. Él siempre separó el VIH de la lucha por los derechos LGBTI y eso provocaba varios sismos al interior del Movilh histórico. Y se fueron muchos activistas. Yo también me fui por el conservadurismo que había en el colectivo y que aún percibo mucho en la sociedad chilena y en quienes se dicen hoy activistas LGBTI”. 

-¿Cuál sigue siendo la principal batalla en relación al VIH en Chile?

-Creo que las batallas siguen siendo las mismas. La principal para mí es la batalla de la conciencia, de tener presente que esta es una enfermedad o condición de salud mortal. El VIH si bien es crónico, no tiene cura. Es como el cáncer. Este es, efectivamente, el cáncer gay del que hablaban en los 80, cuando llegó a Chile. Y sigue siéndolo en términos de devastación que produce en una persona y en la vida y en el entorno de esa persona. A mí me molesta cuando los médicos dicen que uno se toma una sola pastilla y vives tu vida lo más normal del mundo.

“Eso es falso. Yo no conozco a nadie con VIH que tenga una vida normal. Podrá ser seminormal, pero estar tomando pastillas todos los días y yendo al médico cada tres meses no es normal. No es normal tampoco estar cuidándose mucho más de desarrollar cualquier otra enfermedad o los efectos secundarios de las terapias que tampoco son menores. Es el costo que tenemos que vivir si queremos seguir viviendo con VIH. Y quienes permanecemos vivos y sobrevivimos, es porque nos hemos aferrado a esa posibilidad y a las ganas de vivir. Yo he luchado por eso y por eso sigo aquí”. 

-Y al Che de los gays, ¿cuánta cuerda le queda?

-Algunos me dicen que me jubile, que ya cumplí mi tiempo, que ya llamé la atención y que es el tiempo de que vengan otros. Tal vez es cierto, es tiempo de que vengan otros, pero uno también aún tiene lo suyo. No hay presente sin historia, sin memoria, y me quedan muchas luchas y peleas por dar. Una de las grandes frases del Che Guevera es que la única lucha que se pierde es la que se abandona. Y yo hasta ahora no tengo ninguna intención de abandonarla. Así que, hay Che para rato todavía, por lo menos para estos cuatro años del gobierno autodenominado feminista y ciudadano del niño del árbol. 

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