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30 de julio de 2022

¿Nos quedaremos sin peces en 2048?: Un debate abierto y cuatro historias de los oficios afectados por la pérdida de la fauna marina

Hace años un grupo de científicos dijo que esa era gran posibilidad. El dato volvió a recuperar vigencia tras un documental de Netflix. Ahora, hablamos con diferentes personas que cuentan cómo esto impactaría sus vidas.

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El 2006, un grupo de científicos anticipó en la revista Science el colapso ecológico de todas las clases de peces actualmente pescados para el año 2048. El dato fue obtenido por el equipo de Boris Worm, ecólogo marino y profesor en la Universidad de Dalhousie, quienes estudiaban la acelerada pérdida de diversidad en los ecosistemas marinos dominados por seres humanos. Según los autores, la vida marina es perjudicada tanto por causas directas, como la explotación, la contaminación y la destrucción del hábitat, como por causas indirectas, como es el caso del cambio climático y otras perturbaciones bioquímicas del ecosistema oceánico. Sin embargo, aclaraban que estas tendencias aún eran reversibles.

Este temible dato volvió a recuperar vigencia por el documental «Seapiracy» (2021) de Netflix, que nos recordó la fragilidad de la vida de los peces. La voz activista de Ali Tabrizi, director y narrador del filme, describe los graves impactos medioambientales de la pesca sobre los ecosistemas marinos. La fecha de defunción de los peces se repite entre denuncias de la contaminación del plástico de las redes abandonadas, crueldad contra los delfines y sobrepesca desmesurada. Y aunque se ha moderado esta predicción, las informaciones siguen siendo preocupantes, sobre todo para un país como Chile que desarrolla su vida económica y social mirando hacia la costa. 

El colapso no significa la extinción de una especie, pero sí la reducción violenta de su población. Este fue el caso del bacalao atlántico en 1992 que redujo su población a menos del 1% de sus niveles históricos. Hoy en Chile muchas de las especies principales de nuestro ecosistema marino enfrentan un drama similar. Según el informe de la Subsecretaría de Pesca y Acuicultura (Subpesca), especies como la merluza austral, el bacalao de profundidad, estarían sobreexplotadas o en colapso ecológico. ¿Cuál es la razón de este veloz descenso? La mayoría de los informes apuntan a la sobrepesca

Le preguntamos a diferentes personas vinculadas al mundo de la biología marina, la pesca, la acuicultura y la cocina cuál sería la consecuencia de la desaparición total de los peces en nuestro planeta.

«Un mundo sin peces es asesinar una cultura»

Sara Garrido (52) nació en Dichato, un pueblo costero en la Región del Bíobio. Sus juegos de infancia pasaron entre inmensas montañas de pelillo, un alga rojiza que arroja el Océano Pacífico al litoral. 

«Recuerdo cómo sacábamos la cantidad de pelillo que había en la caleta de Dichato. Nos acostábamos en la tierra, tendíamos el pelillo, y nos poníamos el alga de cabello largo», cuenta Sara. 

Sara creció, y partió de Dichato a la caleta de Coliumo, donde se casó con un pescador artesanal, «un pescador de tomo y lomo», descendiente de otros pescadores que a los siete años ya tenía la red entre sus manos. Sara se dedicó a la recolección de algas. El pelillo, sin embargo, no la acompañó a su nueva tierra.

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Sara Garrido hablando en una conferencia

«Hoy día eso no existe. No hay pelillo. En algunas partes queda, pero muy poco. Aparte de que el alga no fue comercializada, por lo tanto no se siguió cultivando», explica.

«Nuestros ancestros secaban la merluza. Es una actividad ancestral que se mantenía vigente en muchas caletas. Y hoy día eso no se hace. Mi suegra de 95 años me conversaba que ellos cambiaban estas merluzas secas por porotos, por papas, hacían estos famosos trueques. Eso hoy día no lo ves, porque no hay recursos, porque no está disponible en la mesa, porque no se ha hecho responsable nadie», comenta Sara Garrido. 

El pelillo no es lo único que comenzó a faltar en el litoral. Dos décadas atrás, relata Sara, «la merluza estaba disponible en la mesa de todos los chilenos». Mientras que en Santiago se ve cada vez menos por la subida de precios, en los pueblos costeros la carencia de merluza ha afectado antiguas tradiciones. 

«Nuestros ancestros secaban la merluza. Es una actividad ancestral que se mantenía vigente en muchas caletas. Y hoy día eso no se hace. Mi suegra de 95 años me conversaba que ellos cambiaban estas merluzas secas por porotos, por papas, hacían estos famosos trueques. Eso hoy día no lo ves, porque no hay recursos, porque no está disponible en la mesa, porque no se ha hecho responsable nadie», comenta Sara. 

Sara no sólo ha exigido este sentido de responsabilidad, sino que lo ha asumido en su vida. Es la actual presidenta de Corporación de Mujeres de la Pesca Artesanal en Chile, que agrupa a mujeres del sector a nivel nacional. Para Sara, la organización de la pesca artesanal es fundamental, porque son los que viven directamente de los recursos marinos. Y como no hay garantía de que estos recursos se vayan a recuperar, sabe que es necesario defenderlos. A diferencia de la pesca extractiva, la pesca artesanal según Sara se construye en base al respeto y cuidado del mar.

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Marisquera de la Corporación de Mujeres de la Pesca Artesanal en Chile.

«Nosotros apuntamos a la recuperación, al cultivo, al repoblamiento para que no desaparezca» explica. 

Pensar en el posible colapso de las especies marinas angustia a Sara, no sólo por el medioambiente, sino por las comunidades que llevan su existencia volcada al mar

«La soberanía alimentaria que está sujeta a los recursos del mar, se vería completamente afectada, ¡el mundo se vería afectado! Y lo que tienen que garantizar los gobiernos y los estados: el alimento futuro. Un mundo sin peces, sin recursos del mar, es afectar una población que hoy día está viva», concluye Sara. 

«Un mundo sin peces es asesinar una cultura que es la pesca artesanal. Es ver morir y agonizar la pesca, los recolectores de algas, aquellas actividades que son ancestrales, el ahumar recursos del mar, el secar pescado al sol«.

Sin peces, para Sara, no sólo el pasado sino el futuro de estas comunidades se haría imposible. 

«La soberanía alimentaria que está sujeta a los recursos del mar, se vería completamente afectada, ¡el mundo se vería afectado! Y lo que tienen que garantizar los gobiernos y los estados: el alimento futuro. Un mundo sin peces, sin recursos del mar es afectar una población que hoy día está viva», concluye. 

«Los fugaces somos nosotros, no las estrellas»

Hace cuatro generaciones que la familia de Germán Recabarren Green (48) vive en el archipiélago Juan Fernandez. Su bisabuelo fue Francis Green McMurray, un escocés que llegó desde isla de Pascua, donde vio la devastación que podía causar la sobreexplotación de los recursos marinos. Es por eso que desde 1913 Francis se dedicó a pelear con las industrias conserveras y educar a la comunidades de pescadores de Juan Fernandez sobre cómo cuidar su recurso más preciado.

«Acá tenemos la suerte de que hay una conciencia respecto del recurso pesquero, que no es eterno. Acá los pescadores durante decenios han cuidado y han controlado y regulado la captura del principal recurso que es la langosta«, cuenta.

Germán no es pescador, sino buzo, pero hoy vive de los frutos del cuidadoso trabajo de su bisabuelo. Al regular la pesca, las islas se convirtieron en uno de los lugares con mayor cantidad de peces en el mundo. 

Aunque partió de niño a estudiar a Valparaiso, Germán siempre tuvo la voluntad de volver al archipiélago. A los 20 años, fundó Marenostrum Expediciones, la escuela de buceo desde donde se ha dedicado a mostrar la riqueza de su tierra natal, que tiene el mar con mayor biodiversidad y biomasa por kilómetro cuadrado.  

«Somos los ojos de la isla bajo el mar», dice orgulloso Germán Recabarren.

Germán Recabarren en su traje de buceo.

«Somos los ojos de la isla bajo el mar», dice orgulloso, mientras describe los talleres educativos con los que ha enseñado a la población de Juan Fernandez las maravillas de su fondo marino. Esta tarea lo ha involucrado también en difíciles tareas de rescate, como fue el tsunami que hundió completo al pueblo el 2010, o el accidente del CASA C-212 el 2011 donde murieron el animador Felipe Camiroaga, el periodista Roberto Bruce y el empresario Felipe Cubillos, entre otras personas.

En Marenostrum, Germán también ha sido testigo de las transformaciones del ecosistema de la isla. Después del tsunami, los buzos comenzaron a percatarse de un aumento explosivo de los erizos en el suelo submarino. El erizo se come la microalga de las rocas, el primer eslabón de la cadena alimenticia de los peces, quienes van desapareciendo por la escasez de alimento. 

«Este erizo negro se está comiendo todo lo que hay en el fondo. Lo que estamos presenciando es que vastas extensiones que antes eran acuarios maravillosos ahora son rocas peladas» relata Germán, quien además recuerda que al comienzo los pescadores estaban escépticos, hasta que el erizo comenzó a afectar su trabajo.

Inspección de la plaga del erizo negro

«Es un tema, porque manipular un erizo es super complejo. Estos últimos cinco años, han proliferado tremendamente y sin control. Antes solamente lo veíamos los buzos, ahora está saliendo en las trampas de las langostas de los pescadores de la isla. Y ahora ellos nos creen que está sobrepoblando. Antes no nos creían porque no los veían» comenta.

«Me cuesta imaginarme un mar sin peces por el solo hecho de que vivo en una isla donde el principal recurso viene del mar. Entonces, no podría comprender mi existencia finalmente, como cultura acá en el Pacífico, sin vida en el mar. Es inimaginable. Yo no existiría o desaparecería», confiesa Germán. 

Lo que más temen en el archipiélago, según Germán, es que no logren frenar la plaga. Junto a otros buzos, han estado erradicando sectores completos del erizo. En menos de un año, ya comienzan a ver los resultados, con el retorno de las especies arrasadas. Actualmente, la comunidad busca apoyo para convertir la plaga en un recurso económico y aprender a explotar el erizo.

Germán reconoce en la plaga del erizo una señal más del desequilibro global en los ecosistemas. El buzo reconoce un límite al imaginar las consecuencias del daño ecológico al océano.

«Me cuesta imaginarme un mar sin peces por el solo hecho de que vivo en una isla donde el principal recurso viene del mar. Entonces, no podría comprender mi existencia finalmente, como cultura acá en el Pacífico, sin vida en el mar. Es inimaginable. Yo no existiría o desaparecería» confiesa. 

«Los fugaces somos nosotros, no las estrellas», ríe Germán.

Colonia de actinias y cigarra de mar en Juan Fernández

Y, sin embargo, Germán es consciente que el peligro de devastar la vida de los océanos está latente. «Sé que es un tema que no es irreal y sé que si no hacemos algo eso puede ocurrir en algún instante. Trabajar y educar es clave para no pasar por ese triste y apocalíptico diagnóstico».

«Los pescados ya no vienen tan bonitos»

En el mercado de Angelmó, cerca de Puerto Montt y mirando a la isla Tenglo, está la cocinería doña Rosa. Los perfumes densos de la merluza a la margarita, los curantos y las pailas marinas de Rosa González (70) cubren la atmósfera del local 12 hace medio siglo. Rosa heredó el local de su suegra, que le enseñó a trabajar con celo y cariño los productos de la zona. Confiesa que no se imagina viviendo lejos del mar, porque siempre va con alegría a trabajar junto a las olas.

Pero cuando se vive tan cerca de los peces, cocinar no es lo único que se aprende. Rosa sabe que el océano regala sus bondades, pero sin cuidarlo, pueden acabarse. 

«Siempre pienso que las personas que estamos relacionadas al mar hace mucho años tenemos más cuidado con las cosas de los pescados y de los mariscos» comenta Rosa, quien espera de las autoridades sobre todo que le recuerden a las personas cómo proteger el mar

«El respeto de las vedas, el respeto del porte de los mariscos, de esas cosas hay que estar pendiente para que sea todo mejor, y a lo mejor de repente se van a terminar no más pero pueden durar más si uno tiene respeto y cuidado» relata.

Cartel del restaurante Doña Rosa en Angelmó

Y es que Rosa ha vivido el deterioro de los productos marinos que llegan hasta Angelmó. Su memoria guarda imágenes de tiempos de enorme prosperidad para el sector.

«Cuando recién llegué, me acuerdo que llegaban muchas lanchas veleras acá, donde vendían los mariscos, los picorocos cocidos, venían pescados ahumados, cosas así, y como le digo, los botes venían con sus tremendas bandejas llenas de pescado. Me acuerdo cuando venía mucha gente de Santiago y traían su malla de limones, y comían mariscos ahí en las mismas lanchas y era bonito. Había mucha más abundancia» recuerda.

Pescados ya no vienen tan bonitos y grandes como antes, principalmente el congrio o la merluza. Antes veíamos muchas sierras acá y eran grandes y bonitas, y ahora llega menos, es más escaso. A veces hay meses enteros que no llega una sola sierra. Uno ve cómo se van terminando las cosas», cuenta Rosa González.

La situación actual es muy distinta. 

«Antes yo pensaba que las cosas que eran del mar jamás se iban a  terminar. Hay menos cosas. Los pescados ya no vienen tan bonitos y grandes como antes, principalmente el congrio o la merluza. Antes veíamos muchas sierras acá y eran grandes y bonitas, y ahora llega menos, es más escaso. Hay meses enteros que no llega una sola sierra. Entonces, uno ve cómo se van terminando las cosas» cuenta Rosa. En tiempos anteriores, la cocinera recuerda congrios enormes. Hoy la misma cantidad es más cara y de otra calidad.

«Se pone más caro porque si yo compro un pescado de cinco kilos, hablemos de ese precio, un pescado grande, bonito; y si compro dos pescados de dos kilos y medio, los precios son más altos aunque el kilaje sea el mismo», explica.

Al relatarle la posibilidad de que en el futuro no existan más pescados, Rosa expresa preocupación: «No me lo imagino y espero que eso nunca suceda. Porque el pescado y los mariscos son fuentes de trabajo para muchas personas. Imagínese, están los pescadores artesanales, incluso las industrias, nosotros mismos que somos gastronómicos, y no tan sólo los mercados sino también los restaurantes. Se imagina aquí en Angelmó, cuánta gente trabajamos, y si no tuviéramos pescados ni mariscos sería una cesantía enorme. Sería algo muy triste,» comenta.

Pero cree que el daño de un mundo sin peces es mucho más profundo que sólo perder la labor o el sustento. 

«No tan sólo tiene que ver lo económico sino también la calidad de vida que va en el comer pescado. Porque el pescado es mucho más saludable que la carne. El pescado usted lo puede hacer de muchas maneras. Por ejemplo, yo comería una semana entera pescado, no comería una semana entera carne».

«El futuro está en los océanos»

Hace más de dos décadas que el biólogo marino Jaime Coronado (49) trabaja en la industria de la acuicultura. Y aunque pensó en algún momento seguir el camino de los veterinarios, fue al introducirse en las balsas y ver el tamaño que alcanzaban los peces que decidió seguir por la ruta del cultivo.

«Vi pescados de quince kilos, gigantes, y quedé loco», confiesa.

«Tengo metido en mi chip el método científico, entonces soy como bien cuadrado para leer un artículo y desarrollar un tema. Si está ya estudiado, hay que repetir y adaptar. Mezclé lo técnico con investigación. En lo que trabajo ahora, saco la muestra de sangre y vemos el perfil bioquímico», explica Jaime Coronado.

Su pasión evolucionó desde sus primeras prácticas como operario a su actual trabajo como director de Scanfish, compañía que ofrece servicios de ultrasonografía a la industria del cultivo de peces. Esto lo llevó a especializarse en una maestría en ciencias de la acuicultura. El mundo de los peces para Jaime está cruzado por la ciencia. 

El biólogo Jaime Coronado en medio del trabajo.

«Tengo metido en mi chip el método científico, entonces soy como bien cuadrado para leer un artículo y desarrollar un tema. Si está ya estudiado, hay que repetir y adaptar. Mezclé lo técnico con investigación. En lo que trabajo ahora, saco la muestra de sangre y vemos el perfil bioquímico», explica.

El biólogo tiene el mismo rigor al hablar de la situación global de los mares. Jaime muestra con preocupación un gráfico del último reporte de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura en el que se ve cómo desde la década de 1970, la pesca poco sustentable han tenido una clara tendencia al aumento.

El gráfico muestra cómo la pesquería no sustentable creció de un 10% en 1974 a un 35.4% en 2019

El agotamiento del recurso se hace progresivamente más patente en la juvenilización de las especies de peces con interés comercial; es decir, los peces más jóvenes maduran anticipadamente hasta que la reproducción se detiene y la especie se extingue.

«Nos preocupamos por ejemplo de no matar a las ballenas, pero la gente así y todo va y va a comprar al mercado ese pescado chiquitito y no tiene consciencia de lo que está haciendo. Esta demandando algo que se va extinguir. Tus nietos no lo van a ver», comenta Jaime.

Jaime explica que para evitar esta acelerada y destructiva tendencia, todos tenemos una responsabilidad. En particular, Jaime aboga por ponerle más atención al pescado que consumimos.

«Nos preocupamos por ejemplo de no matar a las ballenas, pero la gente así y todo va y va a comprar al mercado ese pescado chiquitito y no tiene consciencia de lo que está haciendo. Esta demandando algo que se va extinguir. Tus nietos no lo van a ver», comenta. 

Pero aunque existe una responsabilidad individual, Jaime también reconoce que gran parte del problema está en la persistencia de parte de la industria pesquera en continuar con prácticas poco sustentables. 

Investigación en la pesquería.

«Los grupos empresariales sacan las cuotas extractivas que les dan, tratando de cumplir los requisitos que les piden y eso implica que la parte artesanal llega a nuestra mesa de todos los días, pero te vas a dar cuenta que los stock están cayendo, el tamaño de los peces está disminuyendo«, señala.

A esto, Jaime agrega el peligro constante del mercado negro de mariscos y pescados.

«El loco está prohibido de explotarse. Hay áreas protegidas y sindicatos que trabajan con áreas de manejo. Los que cuidan esa área dicen ‘ya el loco no lo vamos a sacar en dos años’. Pero ¿tú crees que lo van a dejar ahí? Hay una demanda tan grande, porque el que demanda eso está dispuesto a pagar lo que tú le pidas. Es oferta y demanda», comenta.

El futuro está en los océanos, si no los cuidamos nos vamos a terminar muriendo de hambre». 

Al imaginar un mundo sin peces, Jaime recuerda la película Mad Max, que representa un mundo desértico y distópico donde los seres humanos luchan unos contra otros por los recursos más básicos.

«El caos va a ser así. La siguiente guerra no va a ser por el petróleo. Ya estamos con problemas de cambio climático, y luego será por el agua», dice.

Es por eso que Jaime asegura que «el futuro está en los océanos, si no los cuidamos nos vamos a terminar muriendo de hambre». 

Jaime confía en que todavía es posible revertir estos patrones nocivos. El centro del problema está en generar mejores leyes en los países que sufren esta sobreexplotación. «Ahí hay un tema que son las leyes medioambientales, que son más permisivas en los países subdesarrollados. Los países desarrollados vienen a invertir acá».

Cree que es posible generar una pesca, pero sobre todo una acuicultura sustentable, en la que los ecosistemas puedan descansar para volver a recuperarse. Para eso, sin embargo, es necesario que los estados se preocupen de regular.

«Por eso la FAO habla de la revolución azul, cuidar lo que tenemos. Y el eje central son las leyes medioambientales«, concluye.

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