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17 de Agosto de 2022

Los negativos extraviados de Patricio Aylwin

No hay un archivo público que reúna los retratos oficiales y registros fotográficos de los presidentes de Chile tras el retorno a la democracia. Hubo intentos por crear uno en La Moneda en los 90 y lo que existe hoy es un material incompleto, a medio digitalizar y desperdigado por el Museo Histórico, la Biblioteca y el Archivo Nacional, además de las fundaciones de cada exmandatario. En pleno Mes de la Fotografía, The Clinic presenta esta serie especial donde los retratistas y fotógrafos personales de Aylwin, Frei, Lagos, Bachelet, Piñera y Boric repasan algunas imágenes y desclasifican sus años tras los pasos de la máxima autoridad del país. Hoy: Patricio Aylwin.

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Nunca trabajó directamente en La Moneda, pero sí tomaba ciertos encargos: retrató a Eduardo Frei Montalva en 1969, en su último año de gobierno, y meses después la campaña presidencial de Allende. También estuvo en el palacio de gobierno para el Tanquetazo. Sus vínculos con el palacio y la presidencia, Luis Poirot los retomó con el regreso a la democracia y la elección presidencial de Patricio Aylwin, en 1990.

“Me llamaron para realizar el retrato oficial de don Patricio porque ya había tomado las fotos de su campaña y creo que él se sentía cómodo conmigo”, cuenta hoy el fotógrafo.

Crédito: Luis Poirot.

“Hice colocar unas cortinas blancas con el escudo presidencial en una ventana que entraba sol de mañana, trasladé el escritorio de forma que fuese un fuerte contraluz, un espacio abierto. Luego y contra la opinión de todos sus asesores, le dije: ‘Presidente, recién terminamos un período lleno de símbolos externos de poder, medallas y parafernalia. Esta foto suya creo que debe transmitir paz y tranquilidad luego de la violencia, es la imagen de la autoridad moral de un padre justo. Debe ser sin banda, porque es algo que queda mal en un traje de calle, es para el smoking que ya no se usa’”, recuerda Poirot.

Me llamaron para realizar el retrato oficial de don Patricio porque ya había tomado las fotos de su campaña y creo que él se sentía cómodo conmigo”, cuenta hoy el fotógrafo Luis Poirot.

“Las cortinas transparentadas por la luz a sus espaldas con el escudo de Chile y la bandera a un costado con el escudo sólo pertenecen al Presidente. Me escuchó y aceptó mis argumentos, mientras los asesores guardaban silencio -continúa relatando Poirot-. Me pidió hacer unas pocas con la banda para regalar a los amigos. Tomé las fotos y cuando le llevé las muestras confirmó mi idea del retrato oficial como una imagen del Presidente cercano a su pueblo, servidor de los ciudadanos”.

Archivo pendiente

Hoy en día es prácticamente imposible encontrarse con el retrato oficial de un Presidente de la República que no sea el de turno. Algunos más antiguos –como los de Aguirre Cerda, Frei Montalva, Allende, Aylwin y otros– se venden como artículos freaks en internet, ferias libres y persas, pero en su mayoría desaparecen del mapa y del imaginario colectivo con la alternancia del poder. La única forma de acceder a ellos es solicitándolos formalmente en la Biblioteca Nacional y en las fundaciones de cada exmandatario. Nunca han sido editados en un libro ni expuestos al público.

“Es archivo pendiente y un documento histórico que se pierde y que desaparece injustamente con el cambio de un Presidente a otro”, dice Poirot. “Hoy podríamos ver mucho más a través de esos retratos, pero no están en ninguna parte. Además esconden un anecdotario extraordinario”.

Su nombre era Jorge Opazo Galindo (1908-1979) y fue un afamado fotógrafo de modas. Oriundo de Concepción, buena parte de su trabajo estuvo inspirado por el glamour y las divas del cine. Conocido por el potencial dramático que lograba dar a cada uno de los personajes que retrataba, en 1938 le fue encargada la imagen oficial del recién asumido presidente Pedro Aguirre Cerda, quien lo nombró Fotógrafo Oficial de la Presidencia, cargo que desempeñó hasta 1970.

Opazo fue también autor de los retratos de los presidentes Juan Antonio Ríos (1942), Gabriel González Videla (1948), Carlos Ibáñez del Campo (1952, quien además lo nombró agregado cultural en Francia), Jorge Alessandri (1958) y Eduardo Frei Montalva (1964). Tras su muerte, donó todo su archivo al Museo Histórico Nacional.

El retrato de Salvador Allende, en tanto, lo tomó el suboficial de la Fuerza Aérea y fotógrafo de la Oficina de Informaciones y Radiodifusión de Presidencia, Leopoldo Víctor Vargas (1933-2011). La anécdota no queda ahí: su autoría no se supo sino hasta el 2015.

Es archivo pendiente y un documento histórico que se pierde y que desaparece injustamente con el cambio de un Presidente a otro”, dice Poirot. “Hoy podríamos ver mucho más a través de esos retratos, pero no están en ninguna parte. Además esconden un anecdotario extraordinario”.

Vargas se lo tomó casualmente el 3 de noviembre de 1970, mismo día en que Allende asumió como presidente en el Congreso. El fotógrafo lo vio sentado en un sillón en el Salón Rojo de La Moneda y se le acercó con su cámara. Le tomó unas cuantas fotos sobre un fondo estrellado y notó que Allende estaba posando para él. Estaba perfectamente vestido y no llevaba puesta la banda oficial.

Días después, Allende mandó a llamar a Vargas a través de su fotógrafo personal, Orlando ‘el chico’ Lagos. Le pidió ver las fotos que había tomado, él llevó varias copias impresas y el Presidente escogió una que se convirtió en su imagen oficial. Antes de distribuirla en todo el país, fueron borradas las estrellas blancas del fondo.

En 2015, Erika Caroca, esposa del fotógrafo, donó la imagen oficial del expresidente Allende a la Biblioteca Nacional. “La incorporación de este nuevo retrato nos permitirá completar una galería de Presidentes de Chile, que son muy buscados por usuarios e investigadores”, decía por ese entonces Soledad Abarca, jefa del Archivo Fotográfico de la Biblioteca Nacional.

“Salvador Allende eliminó lo del retrato oficial con banda en las oficinas públicas”, dice Poirot. El fotógrafo revela además que Augusto Pinochet le encargó también su imagen oficial a Jorge Opazo, el histórico retratista de los presidentes.

“Opazo se negó a ir a La Moneda a fotografiar al dictador y éste por seguridad no quiso ir a su estudio en Providencia. El retrato lo tomó René Combeau (otro de los célebres fotógrafos de la época y gran retratista del teatro chileno de mediados del siglo XX”, asegura.

Por ley, los expresidentes no están obligados a transferir su documentación fotográfica al Archivo Nacional, institución que originalmente recibía material fotográfico oficial desde la Presidencia de la República y cuyo rol es precisamente archivar las memorias de las instituciones de la administración del Estado. Esto último debiera incluir, para muchos, copias de sus retratos oficiales y los registros de sus años en La Moneda.

“Opazo se negó a ir a La Moneda a fotografiar al dictador y éste por seguridad no quiso ir a su estudio en Providencia. El retrato lo tomó René Combeau (otro de los célebres fotógrafos de la época y gran retratista del teatro chileno de mediados del siglo XX”, asegura Poirot.

Desde el Archivo Nacional informan que en sus dependencias actualmente sólo existen registros en papel y negativos de los gobiernos de Patricio Aylwin y Eduardo Frei, además de los dos periodos presidenciales de Michelle Bachelet, digitalizados en ambos casos. Tampoco hay mucho más en la Biblioteca Nacional o el Museo Histórico. El resto del material permanece también en las fundaciones de cada expresidente y nunca ha sido catalogado, editado ni exhibido conjuntamente en nuestro país.

Hubo dos intentos claros para reunir y catalogar todo el material, uno más concreto y menos polémico que el segundo: en 1990, el presidente Aylwin envió un proyecto de ley para crear un archivo público oficial de los Presidentes de la República, y años más tarde, en 2018, Sebastián Piñera anunció una polémica galería –que devino de un museo– de la democracia en el Museo Histórico Nacional. Ni una iniciativa prosperó.

Aylwin, un interés histórico

Jesús Inostroza (1956) trabajó como fotógrafo deportivo desde fines de los años 70 en las revistas Foto Sport, Estadio, El Gráfico y Deporte Total. Ni una de ellas existe hoy. Era el chascón del grupo de reporteros gráficos de la época: llevaba una melena crespa que le caía sobre los hombros y su cámara al cuello. Pasó por La Nación en plena dictadura, en 1987 entró a trabajar al recién fundado diario La Época y allí amplió la mirada: le tocó pasar de los estadios a la arena política y estar en la visita del Papa a Chile, y en el plebiscito del Sí y el No un año después. Tras la caída del régimen y de cara a la primera elección en democracia, surgió al fin el candidato Aylwin e Inostroza se ofreció en el diario para cubrir su campaña.

Crédito: Jesús Inostroza.

“No lo conocía pero me interesaba el personaje y me mandaron. Más que afinidades políticas, era un interés histórico”, cuenta Inostroza en una oficina en el Instituto Alpes, en calle República, donde estudió y da clases hace varios años.

“Hasta ese momento, para mí Aylwin era un cómplice de la dictadura. Yo tenía familiares comunistas, gente conocida que estuvo detenida en el Estadio Nacional y oculté a personas en mi casa mientras estaba en La Nación. Yo no era democratacristiano y nunca me guardé una opinión con don Patricio. Él en ese sentido siempre fue muy respetuoso”, señala el fotógrafo.

Yo no era democratacristiano y nunca me guardé una opinión con don Patricio. Él en ese sentido siempre fue muy respetuoso”, señala el fotógrafo.

Mientras lo seguía para La Época, Inostroza recibió el encargo de tomarle una foto a Aylwin para una agencia de publicidad. “Querían una imagen de él caminando por la playa con la señora Leonor (Oyarzún), su mujer”, recuerda.

“Pude ver claramente en ese gesto la intención de volver a (John F.) Kennedy. Esa sigue siendo, para muchos, la campaña ideal, incluso en el caso de Kast. Y qué es lo ideal: la familia, todos juntos y todo muy conservador. Sin embargo, el fotógrafo de Kennedy se metió por todos lados y logró retratar a su personaje en pijama, con Jackie y los cabros chicos. Él abrió su intimidad. Eso aquí no se da tanto, pero en ese momento don Patricio sí estuvo dispuesto a hacerlo”, comenta Inostroza.

Aylwin lo citó en su casa en Algarrobo. Hicieron varias fotos en la playa y luego el presidente lo invitó a tomar té. “De repente don Pato agarra el diario y me dice: ¿Le puedo hacer una pregunta, Jesús? ¿Qué opina usted de mi candidatura?”, cuenta Inostroza. “Chucha, le dije, yo a usted lo relacionaba con la dictadura. Usted es democratacristiano y son todos golpistas, pero mirando lo que hay, le dije, yo creo que usted es la persona indicada para ser presidente. Él se cagó de la risa y siguió leyendo. Después pensé: ¿la habré cagado?”. 

De repente don Pato agarra el diario y me dice: ¿Le puedo hacer una pregunta, Jesús? ¿Qué opina usted de mi candidatura?”, cuenta Inostroza. “Chucha, le dije, yo a usted lo relacionaba con la dictadura. Usted es democratacristiano y son todos golpistas, pero mirando lo que hay, le dije, yo creo que usted es la persona indicada para ser presidente. Él se cagó de la risa y siguió leyendo. Después pensé: ¿la habré cagado?”. 

El día de la elección presidencial de 1989, Inostroza volvió a compartir con Aylwin, quien ya se refería a él como ‘su amigo Jesús’. Esa tarde lo vio pasearse en traje de baño, compartiendo entre amigos y cuando ya se conocían los cómputos y estaban a punto de salir de Lampa rumbo al hotel San Francisco, donde estaba su comando, Inostroza se lo encontró solo en el living mirando la televisión. Disparó su cámara unas cuantas veces.

“Después de esa foto se subió al auto y partimos. Ya no era la comitiva de la campaña, era la comitiva presidencial –recuerda el fotógrafo–. Llegamos aún de día al hotel. Estaba lleno, subimos y yo ya me sentía parte del grupo. Fotografié casi todos los saludos oficiales que él recibió esa tarde. Otros fotógrafos de prensa también estaban ahí y se apegaban a mí porque sabían que yo era el regalón de Aylwin”.

Crédito: Jesús Inostroza.

400 rollos fotográficos por mes

Semanas antes de asumir como presidente, Aylwin y su equipo contrataron a Jesús Inostroza como jefe del nuevo Departamento de Fotografía de La Moneda. Tenía 34 años. Una de las primeras decisiones que tomó, recuerda ahora, fue despedir a los fotógrafos que quedaban de la dictadura y armó un nuevo equipo desde cero. “Consideré en ese momento que quienes habían estado del lado de la dictadura no podían estar en el nuevo periodo”, comenta.

Al comienzo no tenía muy claro qué tenía que hacer. “Me decían: hace fotos y mándalas a la prensa. Cuando ya dominaba esa parte, pensé que podía ser bonito regalarle fotos a la gente con Aylwin, firmadas por él. Y eso hicimos”, cuenta. “Era una forma de meter al presidente en la casa de los chilenos y de acercarlo a la gente. Era muy costoso porque en esa época todo se imprimía. Nosotros trabajábamos con rollo y para las giras viajábamos con laboratoristas de La Moneda para despachar. Lo hacíamos en una máquina que se llamaba Unifax, que pesaba como bestia y se demoraba 25 ó 30 minutos en enviar cada foto”.

Inostroza se convirtió en el fotógrafo personal del presidente. Tuvo acceso libre a casi todo; a su despacho en La Moneda, las reuniones privadas, la trastienda de las giras, y también a su familia, su casa, su familia, las vacaciones y todo tipo de celebraciones. “Durante la campaña el presidente se empezó a poner brillante y alto. Sus discursos también eran cada vez mejores. Yo pensaba: miren a este viejo pechoño, baila, saluda, es cariñoso, se toma su whiscacho. Era un viejo choro. Empezó a tenerme cada vez más confianza y yo entendí que como fotógrafo de La Moneda le debía lealtad absoluta”, recuerda Inostroza.

Yo pensaba: miren a este viejo pechoño, baila, saluda, es cariñoso, se toma su whiscacho. Era un viejo choro. Empezó a tenerme cada vez más confianza y yo entendí que como fotógrafo de La Moneda le debía lealtad absoluta”, recuerda Inostroza.

En un viaje conoció al fotógrafo del rey de España. “Me contaba que el rey siempre le decía: ‘que yo no sepa dónde estás, pero tú siempre tienes que saber dónde estoy yo’. Me hacía mucho sentido porque yo intentaba ser la sombra de Aylwin todo el tiempo. Me sentía una especie de escolta suyo con una cámara entre las manos en lugar de un arma”, dice.

“Aylwin tenía plena conciencia de que él en La Moneda no era Aylwin, sino el Presidente de la República. Al principio fue difícil para él acostumbrarse a mi presencia, pero después yo ponía un lente largo no más para ver con qué cara andaba ese día. De repente estaba de mala y se aburría y uno tenía que replegarse, no quedaba otra. Mi trabajo era conseguir que siempre se viera bonito, luminoso y saber cuándo era el momento”, dice Inostroza.

Crédito: Jesús Inostroza.

En cuatro años le tomó miles de fotografías –unos 400 rollos mensuales de 36 fotos cada uno, a color y en su mayoría en blanco y negro, precisa–, algunas de las cuales ya tienen para él un peso histórico: la creación del informe Rettig en 1990, las visitas privadas del Dalai Lama y Jean Manuel Serrat, y hasta conmovedoras escenas, como el viaje del presidente Aylwin en tren desde Rancagua mientras lo despedían los trabajadores, además de las tensiones con Pinochet. En una imagen están el presidente y el dictador y entonces Comandante en Jefe del Ejército en un ensayo de la Parada Militar. En un descuido de este último, Aylwin parece hacer una mueca. Inostroza no pudo mostrar la foto en ese entonces y no lo hizo sino hasta el año 2003.

“Se veían una vez a la semana, porque como comandante en jefe Pinochet no escuchaba al ministro de Defensa. Pedía ver y hablar directamente con el Presidente. Aylwin me decía: ‘Para qué le va a tomar fotos al General, no lo incomode’”, revela el fotógrafo. “El presidente era bien pacificador, pero a veces se enojaba. Lo vi muchas veces saliendo de las reuniones de gabinete puteando al cielo. Yo a veces estaba en un rincón de un salón, esperándolo, y lo escuchaba hablar no más. A veces me hacía comentarios para que yo no le contestara. Las visitas que más lo descomponían eran las de Pinochet”.

Durante una visita a Roma, recuerda Inostroza, el entonces presidente del Senado, Gabriel Valdés, lo invitó a tomar un café. “Me preguntó: ¿Jesús, usted es comunista? Le dije que no y por qué lo preguntaba. Me contó que para una Parada Militar le tocó sentarse al lado de Pinochet y que el viejo me apuntó con el dedo. Le dijo a Valdés: ¿ves a ése? Es comunista. Valdés miró a Pinochet y le respondió: ‘No, general, ése es Jesús, el fotógrafo oficial del presidente’. Pinochet sabía perfectamente quién era yo. No me podía ver. Le preguntaba a los edecanes de La Moneda por qué yo subía al segundo piso: ‘Él es de la casa’, le decían”.

Pinochet sabía perfectamente quién era yo. No me podía ver. Le preguntaba a los edecanes de La Moneda por qué yo subía al segundo piso: ‘Él es de la casa’, le decían”.

Jesús Inostroza permaneció en La Moneda hasta el 2001. Pasó también por los gobiernos de Frei, más brevemente por el de Lagos y siguió siendo jefe de los fotógrafos de La Moneda, aunque ya no era el más cercano al presidente. “Todo era muy distinto. Cada uno trajo a su fotógrafo personal y el ambiente al interior del palacio era otro. Me costó acostumbrarme y ellos a mí también. Hicieron que me peinara, por ejemplo. Entró a La Moneda la solemnidad grave que ahora recién está volviendo a desaparecer de la política chilena”, opina.

“Me echó la gente de Lagos justo cuando íbamos a entregar el archivo al Museo Histórico Nacional. Cuidábamos harto los rollos y los teníamos ordenaditos en La Moneda. Los metimos en cajas y los llevamos. Supimos que los metieron en un mueble y que se los robaban del museo. Después eso se llovió y se pegaron las tiras de contacto. Luego fueron a parar al Archivo Nacional porque ocupaban mucho espacio en el museo y sólo se habían quedado con una selección. Chucha, dije, afortunadamente le había entregado todo el material a la Fundación Aylwin”, cuenta Inostroza.

Crédito: Jesús Inostroza.

En abril de 2016, Inostroza supo del delicado estado de salud del expresidente. Retrató su funeral y ese mismo día cerró su registro e historia personal con él.

“Aylwin tuvo conciencia del archivo fotográfico que estábamos creando. Hicimos muchas imágenes, no solo de él. Hay registros de mucha gente, de muchos lugares de Chile y situaciones en las que el Presidente se involucró y nadie supo, en escuelitas en el campo, con los niños con los pies en el barro, los bomberos, la gente que bailaba cueca. Es un relato paralelo al de la historia oficial y don Pato lo entendía así también”, cuenta.

“Empezamos juntos a escribir y a promover una ley para que el Departamento de Fotografía y Cine de La Moneda fuera manejado por una persona que no cambiara con el gobierno de turno y diera un relato, una continuidad a ese registro. Aylwin intentó mandar la ley, pero no se la aprobaron. Con los años se relajó la forma de archivar, pero sobre todo se perdió la mirada histórica de ese material, que le pertenece al Estado y que el mismo Estado debería financiar y resguardar”.

El domingo recién pasado, Inostroza inauguró una muestra en la galería Fotocíclope, en el cerro Concepción de Valparaíso, en la que incluyó parte de su registro histórico de Aylwin. Se mantendrá abierta al público hasta el próximo 17 de septiembre.

Hay registros de mucha gente, de muchos lugares de Chile y situaciones en las que el Presidente se involucró y nadie supo, en escuelitas en el campo, con los niños con los pies en el barro, los bomberos, la gente que bailaba cueca”, dice Inostroza.

Tres meses antes de que culminara el gobierno de Aylwin, Jesús Inostroza organizó una exposición en un salón subterráneo de la Biblioteca Nacional. “Fotos de un Presidente” se llamaba la muestra y se expuso entre diciembre de 1993 y marzo de 1994. Ha sido una de las pocas ocasiones en las que ha expuesto su valioso archivo del primer Presidente después del retorno a la democracia.

“Al principio don Pato me dijo: van a creer que soy ególatra”, recuerda Inostroza. “¿Y quién le dijo que es una exposición sobre usted?, le contesté. Es una exposición sobre el Presidente”.

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