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27 de Agosto de 2022

Adiós al Café Roma: La señal de alerta tras el cierre de un clásico del barrio San Diego

La fuente de soda “Café Roma”, ubicada en calle San Diego, al lado del Teatro Cariola, abrió sus puertas por última vez el pasado 9 de agosto. El inmueble -que correspondía al antiguo Teatro Roma- fue comprado por una inmobiliaria y no se sabe con certeza cuál será su futuro. No es el primero, ni será el último: el legado de los bares típicos santiaguinos está desapareciendo con los años.

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Giuliano de Luca (73) se encuentra sentado en una silla a las afueras del que fue su local por más de 25 años: el Café Roma, ubicado en San Diego 240, Santiago, el cual décadas atrás constituyó parte de las dependencias del Teatro Roma. Son cerca de las tres de la tarde, hora clave en “el Roma”, porque sus mesas se llenaban de clientes en búsqueda de una cazuela o algún otro plato típico.

Pero el panorama de esta tarde de jueves está lejos de ser así. En la vereda se encuentran apiladas jabas de cervezas, mesas, fuentes, electrodomésticos, boletas, platos, vasos; y el cartel que anunciaba los almuerzos del día está al lado de un contenedor de basura, esperando ser recogido durante la noche. El retiro de todas las pertenencias iba a ser un poco más ordenado, pero esa mañana del 11 de agosto, cerca de las nueve, un grupo de carabineros llegó a desalojar el inmueble. Rompieron los candados y sacaron todo lo que pudieron a la calle. Luego pusieron candados nuevos.

Crédito: Joaquín Zúñiga.

El inmueble de cuatro pisos ubicado a un costado del Teatro Cariola, el cual comprende desde San Diego 234 al 242, incluyendo el Bar Las Tejas, fue adquirido por un nuevo dueño durante 2020: Inmobiliaria Calfu Spa. Así lo indican los documentos incluidos en la causa judicial iniciada el marzo de ese año .

Cuando De Luca se enteró de esta situación, en mayo de 2020, cuenta que se encontraba en cama, aquejado por un contagio de Covid que lo tuvo “entre las cuerdas”. Dice que la intención desde un comienzo de los nuevos dueños fue que él abandonara el local de inmediato. Y asegura que él siempre intentó que lo notificaran con mayor anticipación para el abandono del recinto.

“Iniciaron un juicio ellos, donde me llegó a mí la demanda. Yo se la di a un pariente entre comillas abogado, para que me defendiera. Pasó el tiempo, no tenía novedades, y me empezó la cosa rara… Ese abogado no presentó nada. No hizo ningún descargo, nada. Lo que me dijo la gente más o menos entendida es que ‘sencillamente se entregó a los otros caballeros’. El poder del billete. Y eso que era familiar. Después tomé otro abogado, Matías Coll, y me dijo ‘Giuliano, no tienes nada presentado’. Ahí ya no había nada que hacer”, dice De Luca.

Iniciaron un juicio ellos, donde me llegó a mí la demanda. Yo se la di a un pariente entre comillas abogado, para que me defendiera. Pasó el tiempo, no tenía novedades… Ese abogado no presentó nada. No hizo ningún descargo, nada. Lo que me dijo la gente más o menos entendida es que ‘sencillamente se entregó a los otros caballeros’. El poder del billete”, dice De Luca.

El martes 9 de agosto fue el último día que el Roma abrió a sus clientes. Cuatro días antes, el 12º Juzgado Civil de Santiago le dio aviso a De Luca para hacer abandono de las dependencias. El miércoles 10 era el plazo final. Eso explica la presencia policial el jueves 11 por la mañana.

“Yo quise arrendarlo a la gente nueva. ‘Póngale un precio’. Una cuestión de tradición, quería tocar alguna fibra. ‘No queremos nada, queremos que se vayan’. Arriba del edificio había como diez departamentos, y los echó a todos. No sé qué irá a hacer allí, quizás un edificio”, señala De Luca.

Giuliano de Luca. Crédito: Joaquín Zúñiga.

Su principal preocupación hoy, comenta, es qué hacer con las seis personas que tenía trabajando en el Roma. Cuenta con otro local de comida, en calle Monjitas. “Las vamos a absorber, me las llevo al otro boliche que tengo en el centro. Vamos a ver qué se puede hacer, tratar de subsanar, que nadie quede sin pega. La situación es terrible”, cuenta.

“Nosotros manifestamos toda la voluntad de hacer abandono voluntario en un plazo razonable. (…) Tal era la buena voluntad, que hace meses que Giuliano le ha permitido a los trabajadores de la inmobiliaria que hagan todas las remodelaciones en el sótano mismo. Pasan todos los días por al lado de los trabajadores, incluso comen allí. Simplemente la inmobiliaria, o el abogado, estimaron que si lo podían sacar por la fuerza, como lo hicieron, no había por qué negociar”, dice Matías Coll, abogado defensor de Giuliano de Luca.

“Perfectamente podrían haberse sentado y ver la salida que fuera menos traumática, de manera de poder finiquitar el negocio, cerrarlo, pagarle a los trabajadores. Nada de eso finalmente sucedió”, añade Coll.

La Inmobiliaria Calfu Spa. fue invitada a participar de este reportaje a través de su abogado representante en la causa, Carlo Battaglia, quien señaló no estar autorizado para hacerlo. Cuando se le solicitó algún contacto de alguien de la empresa, dijo desconocer esa información.

“Ven y disfruta”

La frase fue escrita el martes 9 en la vitrina del local: “Hoy último día del Roma. Ven y disfruta”. La noticia no tardó en viralizarse. Haroldo Salas, miembro de Los Bares son Patrimonio, proyecto que se encarga de recopilar y mostrar en formato audiovisual las historias de los bares tradicionales de Santiago y otras ciudades de Chile, publicó la noticia en las redes sociales del proyecto.

“Adiós querido Café Roma. Muy poco que decir la verdad. (Pudo más el lobby inmobiliario). Gracias por todos estos años, Don Giuliano. Lo vamos a extrañar un montón. Cada día se mueren los viejos bares de siempre”, escribió.

Crédito: Gentileza Los Bares son Patrimonio.

Ese martes 9, comenta Salas, vivió una escena casi cinematográfica. “Nunca me había tocado estar en un bar tomándome una malta y que el bar lo estuvieran desmantelando. A medida que pasaba la tarde iban apilando algunas sillas, y se iba acabando el stock igual. Hubo gente que llegó, pidió cerveza, comida, y después ya no quedaba. Luego se acabaron algunas cervezas… la gente se fue tomando lo que estaba en el refrigerador hasta que en un momento se llevaron el refrigerador”.

Mientras algunos clientes fieles bebían las últimas cervezas en el Roma, un hombre con un galletero se encargaba de cortar las barras metálicas que componían el mesón principal del local. Giuliano de Luca observaba la escena de pie, como un mero espectador.

El Café Roma en el día de su cierre. Crédito: Los Bares son Patrimonio.

“Yo me atrevería a decir que no quedó nada del stock de cervezas que estaba disponible ese día. Pedí una malta y me dijo que quedaba la última. Debe haber sido la última cerveza que se pidió en el bar”, dice Salas.

El local, dice De Luca, era de unos “paisanos” de su padre italiano. Fue propiedad de diversas familias italianas, asegura, hasta que llegó a él en la década del 90.

Los tiempos mozos de San Diego

Miguel Laborde, escritor, arquitecto, especialista en historia urbana de Santiago y académico de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Diego Portales, explica que el barrio de San Diego, donde estaba instalado el Café Roma, posee una riqueza cultural proveniente de los diferentes migrantes que comenzaron a llegar a mediados del siglo pasado. De a poco, comenta, se comenzó a gestar una impronta cultural en el sector, mezclada también con un componente popular. “Viene todo el mundo de los libros de segunda mano, que también está asociada a un mundo culto, y con recursos económicos más limitados”, dice.

“Trata de ese mundo que no tiene muchos recursos pero que obviamente busca recrearse a su manera. De ahí que también hubo en San Diego muy buenas fuentes de soda, frente al que iba al centro a un restaurante. Aquí se iba por otros precios a una fuente de soda. Y obviamente la música que se oía era distinta. En los restaurantes por ejemplo, en el centro, en los años 40, 50, eran alumnos del conservatorio de cuerdas, violines, que tocaban música de fondo. A veces por comida y un par de copas de vino. Todo este otro mundo popular, que va a recoger también la ranchera mexicana, entra por aquí un poco”, explica.

Avenida San Diego en 1976.

Ese mundo, explica Laborde, a veces ni siquiera pasaba más allá de la Alameda, sino que se concentró entre Alameda y Avenida Matta, la cual creció gracias a San Diego, asegura. Visitar el centro en la década del 50, comenta, ameritaba vestirse apropiadamente. “Un campesino recién llegado a la ciudad se sentía incómodo allí en el centro. Observado, ajeno”, dice.

El teatro de autores nacionales –continúa Laborde– partió en el sector de San Diego. “No entraba al centro. Era un teatro además político, cuando los partidos políticos utilizaban el teatro como herramienta, en una época de muchos analfabetos. En ese contexto, el teatro era una gran herramienta. Lo usaba la Iglesia Católica también, como herramienta cultural. Esos primeros dramaturgos chilenos de los años 20, 30, coetáneos de Neruda, presentaron allí su obra, no llegaban al centro”.

“Es un mundo que no tiene muchos recursos, pero que obviamente busca recrearse a su manera. De ahí que también hubo en San Diego muy buenas fuentes de soda, frente al que iba al centro a un restaurante. Aquí se iba por otros precios a una fuente de soda. Y obviamente la música que se oía era distinta”, dice Miguel Laborde sobre los inicios del barrio San Diego.

De esa historia teatral que envolvía a San Diego aún quedan vestigios. Justo sobre el Café Roma, en el mismo edificio, aún se encuentra colgado el cartel vertical del antiguo Teatro Roma, cuyas dependencias se repartieron entre el antiguo local de don Giuliano de Luca y el actual Bar Las Tejas.

El Teatro Roma, escribió Criss Salazar, autor del libro “Crónicas de un Santiago oculto” en su blog Urbatorium, fue fundado en la misma época que su vecino Teatro Cariola (antes llamado Teatro SATCH), en tiempos donde la avenida era “una boyante concentración de actividad nocturna, bohemia y artística, aunque con todos los claroscuros que implica tal fama”.

Antiguo cartel del Teatro Roma. Crédito: Joaquín Zúñiga.

“Fue presentado al público como un teatro elegantísimo y con todas las comodidades para un centro de este tipo en la época, publicitandose mucho el que fuera ‘el único teatro de Chile que cuenta con una pasarela de cristal iluminada, al estilo de los grandes teatro revisteriles del mundo’”, escribió Salazar en “El Teatro Roma: Días imperiales de la calle San Diego”.

También añade que los actos políticos y las proclamas se asentaron en el Teatro Roma. Incluso, buscando refugio, llegaron muchos de los “revoltosos” de la Batalla de Santiago, que estalló a inicios de abril de 1957 como reacción por la ola de alzas decretadas por el gobierno.

“Se recuerda la realización en el Roma de un gran acto de apoyo para la penúltima candidatura de Salvador Allende, en su intento presidencial apoyado por el Frente de Acción Popular. Esto sucedió el viernes 3 de julio de 1964”, escribió Salazar.

De esos actos de apoyo aún quedan vestigios. El Café Roma, explica Giuliano de Luca, contaba con un subterráneo extenso que nunca se atrevió a recorrer por completo. Al bajar unos metros por una escalera oscura y grisácea, se pueden observar rayados con la “X” de la Unidad Popular, en apoyo de Allende, y algunos carteles impregnados en el muro referentes a Frei Montalva.

“Ya en sus últimos años como sala artística y resistiendo a las restricciones a la vida recreativa que llegaron con el Golpe Militar de 1973, el Roma adquirió cierta atracción simbólica para los opositores. Además de las presentaciones del movimiento de la Nueva Canción Chilena en su escenario a partir del año siguiente, sucedía que el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR, realizaba en él al menos dos actividades anuales: el aniversario de su fundación, cada 15 de agosto, y una ceremonia de los 9 de octubre o alrededores, recordando al Che Ernesto Guevara tras su caída y ejecución en 1967”, escribió Salazar.

Casi la totalidad de las características que tenía el centro de Santiago y la Avenida San Diego, dice Miguel Laborde, ha desaparecido. Hoy al menos, explica, se ha logrado trasladar a otros sectores de la capital. “Lo de San Diego, con una impronta menos formal y menos pomposa, con más intelectuales y artistas, podría verse reflejada hoy en Ñuñoa o Irarrázaval”, asegura.

“Mientras hablamos ahora, desaparecen también otros boliches históricos como el Quinto Patio del barrio de La Vega. Estamos en un período de extinción masiva de los clásicos establecimientos populares. Vamos a tener la vejez más aburrida de varias generaciones, sin más ofertas recreativas que los eventos y las propuestas oficiales”, dice Criss Salazar a The Clinic.

Mientras hablamos ahora, desaparecen también otros boliches históricos como el Quinto Patio del barrio de La Vega. Estamos en un período de extinción masiva de los clásicos establecimientos populares. Vamos a tener la vejez más aburrida de varias generaciones”, dice Criss Salazar.

Lo que se va con las fuentes de soda

Un aspecto sumamente característico de las grandes ciudades chilenas, dice Álvaro Peralta, cronista gastronómico y autor de “Recetario popular chileno” y “25 lugares imprescindibles donde comer en Santiago”, son las fuentes de soda como lo era el Roma.

Explica que constituyen un tipo de negocio bien particular, y que vienen del “soda fountain”, con una impronta setentera estadounidense. Eso, señala el autor, se imitó de forma superficial en Chile, con el mobiliario. “Acá le pusieron la máquina de schop. La fuente de soda va de la mano con el desarrollo de toda nuestra sanguchería tradicional. Ahí se desarrolla y se perfecciona. Hay muchos valores gastronómicos, patrimoniales y estéticos que conservar, por eso no es baladí que cierren los boliches con esta facilidad”, dice Peralta. 

Puerta de entrada del Café Roma. Crédito: Gentileza Los Bares son Patrimonio.

“Si España tenía el bar croquetero de la esquina, o Buenos Aires tenía el café bar, o Estados Unidos tenía sus diners, Santiago de Chile tenía las fuentes de soda. Este lugar con una estética determinada, con una carta determinada y un tipo de funcionamiento claro. Era como bien nuestro, bien de nuestras ciudades”, agrega.

“Ahora que pasó esto con el Roma, creo que lo lamentable es también eso, toda la significancia que se va yendo con cada uno de estos boliches. Y lo otro, y creo que es una batalla que ya se perdió, es que San Diego fue una gran avenida. Tengo 46 años y toda la vida vi a San Diego a medio morir saltando. Le ha costado morir. Ahora San Diego se transformó en algo donde las pocas veces que vas al Caupolicán, Cariola o Normandie, sales de la función y sales trotando. Cada vez hay menos cosas. Es súper loco, porque en estos últimos años se pobló, y con ese poblamiento podría haberse generado algo. Las fuentes de soda podrían haber estado más seguras, pero no pasó eso. Si hay agonías largas que he visto en las ciudades, ésa es San Diego”, explica Peralta.

Si España tenía el bar croquetero de la esquina, o Buenos Aires tenía el café bar, o Estados Unidos tenía sus diners, Santiago de Chile tenía las fuentes de soda. Este lugar con una estética determinada, con una carta determinada y un tipo de funcionamiento claro. Era como bien nuestro”, explica Álvaro Peralta.

Haroldo Salas, de Los Bares son Patrimonio, explica que en el caso del Roma con don Giuliano ocurre algo bien particular, que asegura se dará con otros bares que cerrarán en algún momento, y es que no hay traspaso generacional. “Los hijos de la mayoría de dueños y dueñas de estos locales no seguirán el legado de sus padres, pues con estos negocios ellos lo que hicieron fue educar profesionalmente a sus hijos. Y muchos dueños nos dicen: ‘con este negocio, que lo tengo hace 50 años, mi hijo es ingeniero, mi hija es abogada’. No toman el relevo, y ése quizás es uno de los problemas más potentes para el traspaso de estos lugares”, dice.

Café Roma. Crédito: Gentileza Los Bares son Patrimonio.

“Con el cierre del Roma, se pierde posiblemente la última fuente de soda típica en una calle que tuvo una vida álgida, nocturna, hace una buena cantidad de años ya -continúa Salas-. El Roma representa esa clásica fuente de soda que en este imaginario visual es muy chilena. El piso apernado a la barra, pegado. Una fuente de soda por excelencia, que no tiene un desarrollo gourmet muy amplio, pero representan esta comida muy casera, muy chilena, que tiene un rico sabor y que tiene una acogida distinta a un restaurante que tiene otra dinámica”.

“Era uno de los últimos bastiones que iba quedando de la gran cantidad de fuentes de soda y locales que hubo en la calle San Diego, y quizás lo que uno más proyecta en un futuro cercano, es que con el Roma se va el teatro Roma, un teatro histórico. (…) Tengo la sensación, y mucha gente lo ha comentado, de que vamos a ser la generación que definitivamente va a ver morir este tipo de restaurantes, bares y fuentes de soda”, añade.

Con el cierre del Roma, se pierde posiblemente la última fuente de soda típica en una calle que tuvo una vida álgida, nocturna, hace una buena cantidad de años ya -continúa Salas-. El Roma representa esa clásica fuente de soda que en este imaginario visual es muy chilena”.

Lo que ocurre con el Roma, asegura, es una alerta muy potente. “Nosotros somos muy dados a reaccionar muy tarde. Quizás es tarde para darse cuenta de que ya no hay vida en el centro, por lo menos de este tipo”, asegura. Toda esa entretención del centro, explica, ha comenzado a emigrar hacia el oriente de la ciudad. “Los locatarios están de brazos caídos y con súper poca motivación, porque saben que en el fondo esta cuestión tiene un panorama bien complejo. El Roma pone esa alerta vivencial, de decir: ojo, un bar se murió a vista y paciencia de todos”, señala Salas.

Y añade: “En el bar JC nace la generación literaria del 38, en un bar como el Quitapenas nace el club deportivo más importante de Chile. Y en Las Tejas nace una nueva movida cultural que reflota un estilo musical súper popular en Chile como es la cumbia. Todo eso pasa en los bares”.

El ejemplo de Argentina

Álvaro Peralta explica que en temas como estos ocurre algo que pasa normalmente con las inmobiliarias, donde las opciones de luchar son pocas. “A las inmobiliarias les interesa sólo su ganancia, su proyecto, y no se dan ni la molestia de tratar de llegar a algún tipo de proyecto que pudiese ser beneficioso para todos. Si hay un restaurant que lleva muchos años, se puede explorar la posibilidad de que el edificio, en su planta baja, siga teniendo ese restaurant”, reclama Peralta.

Eso, señala, no se da por lo general, menos si la gente de los bares no es dueña del inmueble. “Hay mucho de borrar, de partir todo de cero. Creo que por ahí va la cosa. Las inmobiliarias no tienen ni un atisbo de un afán conservacionista, tratar de mejorar algo, subir la altura y no perder el espíritu del bar. Y creo que la iniciativa no va a llegar nunca desde los privados, además. Aquí la única forma de que esto no siga pasando, es que haya reglas o protecciones que en otras partes se hacen”, apunta.

Hay mucho de borrar, de partir todo de cero. Creo que por ahí va la cosa. Las inmobiliarias no tienen ni un atisbo de un afán conservacionista, tratar de mejorar algo, subir la altura y no perder el espíritu del bar. Y creo que la iniciativa no va a llegar nunca desde los privados, además”, dice Alvaro Peralta.

Un buen ejemplo a nivel latinoamericano, explican las fuentes contactadas para este artículo, es lo que Buenos Aires hizo con los bares más históricos de su ciudad, a través de los “Bares Notables”. La iniciativa, dice el arquitecto Miguel Laborde, partió a raíz de la crisis de los años 80, y según el sitio web del gobierno argentino, suma un total de 92 bares.

Ser un bar notable, explican en la página, establece una responsabilidad en la conservación del espíritu del lugar, el servicio que se brinda, así como en la promoción de la historia y la cultura ciudadana.

“Se destacan por ser centros de reunión, de trabajo, de charlas y de encuentro, donde se descubre y discute la historia. Por sus mesas ha pasado y pasa la historia de la ciudad: músicos, escritores, artistas y políticos se funden en la atmósfera de estos espacios de debate urbano donde compartir un “cortado” se transforma en un ritual indiscutible de los porteños”, apunta el sitio web.

Crédito: Gentileza Los Bares son Patrimonio.

Lo ideal sería replicar algo así en Chile, dice Haroldo Salas, a través de una ley que declare monumentos a estos lugares, por ejemplo. “Si vamos a crear una institucionalidad, tiene que haber una protección integral. Qué pasa si hay una pandemia o situaciones catastróficas. Cómo el Estado se puede hacer cargo. Si fueron declarados como patrimonio o monumento, debiese existir un seguimiento”, explica. También, dice que sería importante realizar algo relacionado con los planos reguladores de las comunas, con el fin de zanjar con anticipación los destinos de ciertos inmuebles.

“A veces nos preguntan cuál es el sueño del proyecto. Y eso sería maravilloso. Cuánto irá a durar esto, nos preguntamos. A veces vamos a locales y no sabemos si será la última vez que no sentaremos allí”, dice Salas.

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Giuliano de Luca camina desde las cercanías del metro Universidad de Chile hacia el sur. Dice que no quiere pasar a despedirse de sus vecinos, que sería “andar moviendo la cola”, como los gatos.

Sin embargo, la despedida ocurre igual. De forma natural.

Los locatarios del sector, así como los vendedores ambulantes y cuidadores de autos, lo ven y lo saludan. Le dan palabras de ánimo, como a quien acaba de perder una pelea de box contra un peso pesado. Eso lo va a extrañar, asegura De Luca. La cercanía que tenía con los clientes y con el barrio en general, la cotidianeidad que había formado con el paso de los años.

A pesar de todo, dice De Luca, se encuentra bien. Hace unos días tenía pena, pero hoy está satisfecho. “La gente me saluda, me abraza. Eso te llena. Te hace creer en el ser humano”.

Café Roma tras su último día. Crédito: Gentileza Los Bares son Patrimonio.

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