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Opinión

15 de Septiembre de 2022

Creatividad en tiempo de fanatismo

Por donde se le mire, no hay espacio para lo nuevo ni ser creativo en la militancia activa y pasiva (sea esta de izquierda o derecha).

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La creatividad tiene que ver con las nuevas ideas, nuevos conceptos, pensamiento original, salirse de lo conocido, atreverse a lo diferente, experimentar con lo que está asomando, permitirse equivocarse y también con tener dedicación, oficio, experiencia, conocimiento e información, porque nadie podrá resolver un problema del que nunca pensó antes. Para ello, será importante la resiliencia, flexibilidad, colaboración, ocio y relajo, porque es en la tranquilidad del descanso donde aparece el pensamiento creativo. En los tiempos que corren, y quizás más que nunca, se necesita recurrir a la creatividad para desarrollar y proponer nuevas respuestas individuales y colectivas a antiguas-nuevas necesidades y preguntas que no han podido, ni podrán, ser resueltas desde lo ya experimentado.

Ser fanático te predispone a la exageración, rigidez y a lo absoluto. Te convierte en una persona anclada a percepciones irracionales y pasionales (del tipo todo o nada), donde no hay cabida para al sentido común ni la reflexión. Se es rehén de lo subjetivo y antojadizo. Por definición, la psicología dice que quienes son fanáticos, tienen personalidades fragmentadas, inseguras y con un fuerte sentimiento de inferioridad. Mucho de esto, por no decir todo, se aprecia en cada uno de los componentes que forman parte de esa masa de seguidores ideológicos de causas políticas que repiten eslóganes y lugares comunes de modelos que por lo general suelen ser arcaicos y obsoletos. Estos componentes, también son conocidos bajo el nombre de “militantes”.

Militante viene de ser un militar, un soldado. Alguien que sin ideas propias decide seguir ideas e instrucciones de otros. De este tipo de soldado “activo”, está lleno la política y por lo general militan por un cargo, cupo, apoyo o directamente por un pago. Estos últimos, en Latinoamérica, son muy comunes y reciben el nombre de “punteros”: ayudan a organizar eventos, celebraciones, protestas, acarrear gente, amedrentar, postear en redes sociales, organizar ilícitos y lo que sea que se les encomiende. Todo muy en la línea tradicional, inerte, obvia y poco disruptiva. Pero también está el militante “pasivo”, aquel que siendo un ser independiente a las estructuras partidarias políticas ideológicas, piensa, se comporta, elige, defiende y vota como el más disciplinado de los militantes activos.

En los tiempos que corren, y quizás más que nunca, se necesita recurrir a la creatividad para desarrollar y proponer nuevas respuestas individuales y colectivas a antiguas-nuevas necesidades y preguntas que no han podido, ni podrán, ser resueltas desde lo ya experimentado.

En momentos de cambios generacionales, crisis sociales y transformación cultural profunda, estos militantes pasivos han florecido como hongo de fértil bosque fungi, después de una larga temporada de lluvia y sol. Una cantidad considerable de ellos se encuentran en la academia y juventud, quizás porque comparten esa necesidad de existir por medio de la pertenencia y reconocimiento del otro. Si bien serían muchísimo menos de lo que aparentan ser (se saben amplificar por el hábil manejo de las comunicaciones digitales), han logrado visualizarse, imponer una agenda y empujar con insistencia la “cancelación o funa” de todo lo que no sienta-piense- resuene con lo que ellos y ellas sienten-piensan-resuenan, y que coincidentemente está relacionado a una estructura de pensamiento rígido, antiguo y demodé. Sino logran cancelar lo que les parece diferente-desafiante, intentan restarle validez desde la arrogancia de una supuesta supremacía intelectual-social-moral, muy en la línea del antiguo ninguneo clasista y racista.

De tal manera que, por donde se le mire, no hay espacio para lo nuevo ni ser creativo en la militancia activa y pasiva (sea esta de izquierda o derecha). Son soldados incapaces de reconocer y validar la apertura, espontaneidad, disidencia, relatividad, originalidad, libertad; ni hablar de estar, siquiera, predispuestos a darle valor a la duda o al error. Como confirma la neurociencia, cuando nos rigidizamos con nuestras propias ideas y pensamientos, nuestro cerebro se apaga, se vuelve hacia dentro, hace corto circuito, no entiende ni percibe otros estímulos.

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