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Opinión

7 de Octubre de 2022

Columna de Montserrat Martorell: La intimidad de Annie Ernaux

"Ernaux dicta con la lengua liberada, con la rebeldía que te da ser una mujer desobediente y corajuda. No quiere ser invisible. No quiere que nosotras lo seamos. Por eso no teme expresar, con maestría, ese mundo que nos habita, que nos evita".

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Yo quería que ganara Anne Carson, pero Annie Ernaux era una de mis favoritas para el Premio Nobel de Literatura 2022. Sí, sí. Hace años que la venimos estudiando con mis estudiantes, hace años que hemos renacido a partir de ese desborde, su desborde, de esa franqueza, su franqueza, de esa provocación, su provocación, que da la escritura del yo, esa que tiene que ver con el mundo personal, con el mundo íntimo, con el mundo que a veces, muchas veces, no le contamos a nadie. Es curioso lo pudoroso que llegamos a ser las personas. No tememos mostrar las sonrisas, pero dentro de nosotros, muy adentro, se libran batallas, batallas silenciosas que no queremos narrar. ¿Por qué ese silencio? ¿De dónde vienen esos miedos tan anclados? ¿Cómo callar los gritos en la cabeza que nacen de tantas partes? Supongo que ahí está el mérito de Ernaux. A mí y a millones de mujeres nos ha librado de la incomodidad y de la vergüenza de decir, de confesar, de manifestarnos al unísono con un a mí también, yo también lo viví, yo también fui esa mujer herida, esa mujer helada, corrompida, violentada, desangrada, enjuiciada, humillada, perdida. 

La he leído y la he leído con pasión y con desesperación y con deseo y con arrojo y erotismo porque si algo nos enseñan sus libros es que la máxima, tan obvia y a la vez tan escondida de que lo personal es siempre político, es necesaria, es urgente, es imperativa. Por eso esta columna, la de hoy, va dedicada a una profesora nacida el 1 de septiembre de 1940, autora de más de 20 obras y que ha sido reconocida con el Premio de la Lengua Francesa en 2008.

Ernaux dicta con la lengua liberada, con la rebeldía que te da ser una mujer desobediente y corajuda. No quiere ser invisible. No quiere que nosotras lo seamos. Por eso no teme expresar, con maestría, ese mundo que nos habita, que nos evita. En sus libros hay sutilezas y hay dolor. En sus libros uno piensa también en las infancias perdidas, en sus libros uno piensa también en los vínculos con el padre y con la madre y el aborto y el matrimonio y el cuerpo enfermo. Cito: 

“Llevo años dándole vueltas a ese acontecimiento de mi vida. Cuando leo en una novela el relato de un aborto, me embarga una emoción sin imágenes ni pensamientos, como si las palabras se transformaran instantáneamente en una sensación violenta”. 

“Hace tiempo que este relato se ha puesto en marcha y que me arrastra a mi pesar. Ahora sé que estoy decidida a ir hasta el final, pase lo que pase, de la misma forma que lo estaba a los veintitrés años, cuando rompí el certificado de embarazo”.

El universo cotidiano, aquel que responde a la rutina y al agobio y al hastío, están en párrafos y párrafos de su escritura, párrafos libres que voy seleccionando a medida que me sumerjo en estas páginas abiertas que me miran desde la mesita de luz. ¡Tanto genio! ¡Tanta boca! Una escritura limpia que nunca/nunca/nunca es absorbida por el ego. Sí, siempre sí, por el mundo:

“Establecía confusamente un vínculo entre mi clase social de origen y lo que me estaba ocurriendo. Yo era la primera persona de mi familia que estudiaba una carrera. Todos los demás habían sido obreros o pequeños comerciantes. Había conseguido escapar de la fábrica y de la tienda. Pero ni la reválida ni la licenciatura en letras habían conseguido alejar la fatalidad de una pobreza heredada cuyos emblemas eran el padre alcohólico y la madre soltera. No había podido librarme de ello, y lo que estaba creciendo dentro de mí era, en cierto sentido, el fracaso social”.

Esa idea atribuida a Tolstoi respecto a la universalidad –pinta tu aldea y serás universal– está aquí. Y no teme a la fisura ni a la grieta ni a eso que conocemos como descarnado. Annie Ernaux escribe con el cuerpo, escribe con búsqueda, escribe con desacato, escribe con quiebres que no se te olvidan porque es imposible dejar ir sus historias. Y son fáciles. Fáciles de leer, terribles de digerir. Porque sus problemas, los de ella, son los de todas. Y por eso no nos sorprende el tono ni la humillación, ni los celos, ni la conciencia de una ficción que es realidad. Cito otra vez:

“El olor llegó el lunes. Jamás lo hubiera imaginado. Un leve hedor primero, después horrible, de flores olvidadas en un jarrón con agua podrida”.

Es la muerte de su padre narrada con exactitud. Y lo implacable. Y lo indecible que no existe como adjetivo porque nombra y nombra todo incluso cuando está en silencio. Una escritura política, una escritura que sugiere, una escritura de la precisión, del control y de la libertad y de las tensiones que se producen cuando ambas chocan:

“Mi padre intentó matar a mi madre un domingo de junio. Fue a primera hora de la tarde. Yo había ido como de costumbre a misa de doce menos cuarto y después a comprar unos dulces a la pastelería del centro comercial de la ciudad, un conjunto de edificios provisionales construidos después de la guerra”.  Sé que si no la has leído la vas a querer conocer. ¿Por dónde empiezo? ¿Por dónde camino? ¿Por dónde la encuentro? Yo sugiero El acontecimiento, Pura pasión, La vergüenza y El lugar. Quizás para entender por qué una mujer espera a un hombre; quizás para entender por qué una mujer quiere olvidar; quizás para entender por qué una mujer quiere escribir sobre la locura y la estupidez y el orgullo y el hambre y la sangre cortada. Quizás para entender por qué a veces no conseguimos lo que tanto queremos. Quizás para entender nuestros propios miedos. Quizás para entender nuestra propia memoria, nuestra propia intimidad perdida, nuestros propios suelos manchados.

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