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Opinión

8 de abril de 2022

La eternidad de Agatha Christie

La imagen muestra a Montserrat Martorell frente a Agatha Christie

¿Qué hay en esa cabeza creativa que construyó las tramas de Diez negritos y El misterioso caso de Styles? ¿Por qué aún hoy cautiva a millones de niños y niñas? ¿Por qué se siguen estrenando películas, obras de teatro y reescrituras y biografías en torno a su genio y figura? Esta semana Disney+ lanzó la película Muerte en el Nilo, producción inspirada en su libro publicado en 1937. Y sí. Probablemente las respuestas tienen que ver con su observación detenida, con su profundidad emocional, con su vocación de escritora que construye los espacios, los escenarios, las atmósferas, los personajes.

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Literatura policial, literatura de la intriga, literatura del misterio. Quizás sean estos los primeros conceptos que asociamos con Agatha Christie, la escritora que nació en 1890 en Inglaterra, que aprendió a leer a los cuatro años y que alguna vez pensó suicidarse. Perteneciente a una familia de clase media, dicen que le gustaba tocar la guitarra, que estudió en París y que creía que su madre era psíquica. Que su infancia fue feliz. Que esa infancia se terminó a los once años cuando murió su padre. Que a veces se sentía sola. Que las mujeres que estaban cerca de ella eran independientes y fuertes. Que era tímida. Que escribió su primer cuento a los 18. Que fue rechazada por las editoriales. Que vivió en El Cairo y en las Islas Canarias. Que colaboró durante la Primera Guerra Mundial como enfermera. Que tuvo depresión. Que le costaba dormir. Que fue dramaturga. Que obtuvo premios y reconocimientos. Que publicó 79 obras y una decena de relatos que alcanzaron las más de mil millones de copias. Que solo ha sido superada por la Biblia y William Shakespeare. Que usó pseudónimo -como tantas mujeres- y se hizo llamar Mary Westmacott. Que con ese nombre escribió novelas románticas. Que se casó en 1914, que se divorció en 1928, que volvió a contraer nupcias en 1930 con un arqueólogo 14 años menor. Que no se separaron más. Que viajó por Irak y Siria. Que recibió la Orden de la Dama Comandante del Imperio Británico. Que estuvo once días perdida. Que a su auto lo encontraron al borde de la carretera con un choque frontal. Que adentro solo había un abrigo, el carné de conducir y una maleta. Que ofrecieron 100 libras como recompensa. Que la buscaron aviones y 500 policías y dos mil voluntarios. Que fue portada del New York Times. Que Arthur Conan Doyle, escritor que dio vida a Sherlock Holmes, llevó uno de sus guantes a una médium. Que se sospechó de Archibald Christie, su primer marido y expiloto de combate. Que habían discutido. Que él quería separarse. Que tenía otra mujer. Que no. Que no. Que eso era imposible. Que era una estrategia publicitaria para promocionar su última novela. Que un fanático de sus libros, obsesionado con la autora, la había asesinado. Pero la encontraron. La encontraron en un hotel. Se había registrado con el nombre de la amante de su entonces esposo. La culpa, dijo, era de la amnesia:

“Salí de casa esa noche en un estado de mucho nerviosismo, con la intención de hacer algo desesperado. Cuando llegué al punto del camino que pensé estaba cerca de la cantera, saqué el auto, colina abajo. Solté el volante y dejé que avanzara. Chocó con algo y dio un sacudón imprevisto. Me arrojó contra el volante, y mi cabeza golpeó algo. Hasta ese momento yo era la señora Christie”.

Dicen que sufrió por la escritura. Que vivió de la escritura. Que creció con la escritura: “He aprendido que yo soy yo, que puedo hacer las cosas… puedo hacerme a mí misma”.

Perteneciente a una familia de clase media, dicen que le gustaba tocar la guitarra, que estudió en París y que creía que su madre era psíquica. Que su infancia fue feliz. Que esa infancia se terminó a los once años cuando murió su padre. Que a veces se sentía sola. Que las mujeres que estaban cerca de ella eran independientes y fuertes. Que era tímida. Que escribió su primer cuento a los 18. Que fue rechazada por las editoriales.

La dama del crimen era una mujer con arrojo, una mujer con convicción, que manejaba su propio auto, que hacía surf en Hawái y que sabía todo sobre todos los venenos del mundo. La dama del crimen fue la creadora de personajes tan robustos como Hércules Poirot y Miss Marple. La dama del crimen murió en 1976, pero casi cincuenta años después la seguimos leyendo, la seguimos pensando, la seguimos escuchando.

¿Qué hay en esa cabeza creativa que construyó las tramas de Diez negritos y El misterioso caso de Styles? ¿Por qué aún hoy cautiva a millones de niños y niñas? ¿Por qué se siguen estrenando películas, obras de teatro y reescrituras y biografías en torno a su genio y figura? Esta semana Disney+ lanzó la película Muerte en el Nilo, producción inspirada en su libro publicado en 1937. Y sí. Probablemente las respuestas tienen que ver con su observación detenida, con su profundidad emocional, con su vocación de escritora que construye los espacios, los escenarios, las atmósferas, los personajes. Y sabe ponerle nombres a la tensión, al misterio y a esa incógnita que solo desarrolla quien sabe que contar una historia tiene que ver también con el amor a la palabra, con el amor a la tragedia, con el amor al peligro. Agatha Christie conoce la imaginación. Agatha Christie conoce la memoria. Agatha Christie conoce los ropajes de la ficción. Agatha Christie conoce los saltos que puede dar la realidad y el buen uso de los diálogos. Agatha Christie conoce la lógica de los rompecabezas y deletrea la palabra enigma con los ojos cerrados. Agatha Christie es eficaz, es exacta, es cómplice de sus lectores. Por eso la seguimos aplaudiendo desde el futuro, desde su futuro, y agradecemos el ingenio que tuvo para elaborar historias apasionantes y pocos comunes que pueden ser en definitiva las nuestras porque no conoce el tiempo.  

Dicen que sufrió por la escritura. Que vivió de la escritura. Que creció con la escritura: “He aprendido que yo soy yo, que puedo hacer las cosas… puedo hacerme a mí misma”.

En Cianuro espumoso (Editorial Planeta) una declaración nos guiña el ojo y nos confirma su universalidad: “¿Qué puedo hacer para ahuyentar el recuerdo de mis ojos?”.

Lo mismo sucede en Muerte en el Nilo: “Usted era un íntimo amigo de la muerta. Usted conoce las circunstancias de su vida. Con toda probabilidad, mucho mejor que su esposo, puesto que él la conoció tan solo hace unos meses. Usted debiera saber, por ejemplo, de alguien que tuviese algún resentimiento contra ella; usted debería saber, además, si había alguien que tuviese un motivo para desear su muerte”. ¿Y en Asesinato en el Orient Express? ¿No se nos revela también su magia?: “Los viajeros fueron llegando al coche comedor y tomaron asiento en torno a las mesas. Unos más y otros menos tenían la misma expresión: una mezcla de expectación y temor”.

Conozco escritores y escritoras que me han contado que empezaron a escribir por las lecturas de esta mujer atrevida y adelantada, que siguió con disciplina y coraje esa máxima tolstiana de “Pinta tu aldea y serás universal”. Conozco lectores y lectoras que reconocen su tenacidad, esa obligación natural que ejerce para que mantengamos la atención hasta el final. Conozco hombres y mujeres que celebran su ejercicio minucioso, su ejercicio sutil, su vida dedicada al oficio y el amor a las historias y el deseo de narrar y la emoción y el conflicto y el caos y las dudas y las confusiones y el arte de ocultar y el arte de fingir. El arte de fingir muy bien. Y la imaginación y la locura y el humor: “Los mejores crímenes para mis novelas se me han ocurrido fregando platos. Lavar los platos convierte a cualquiera en un maníaco homicida de categoría”. ¡Chapeau!

*Montserrat Martorell es periodista y escritora, Máster en Escritura Creativa y Candidata a Doctora en Literatura Hispanoamericana. Es profesora universitaria y hace talleres literarios. Autora de las novelas “La última ceniza”, “Antes del después” y “Empezar a olvidarte”. Actualmente escribe su cuarto libro.

También puedes leer: Columna Montserrat Martorell: Mujeres deseantes


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