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Opinión

21 de Octubre de 2022

Columna de Montserrat Martorell: José Donoso y su neurosis literaria  

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Atormentado, sufriente, obsesivo, inseguro. Escritor. Siempre escritor. “Yo no sé vivir fuera de la literatura”, decía. A casi 100 años de su nacimiento -el cinco de octubre habría cumplido 98-, nos damos cuenta de una verdad: su literatura no se va a acabar nunca. Y lo comprobamos cuando leemos Casa de campo, Coronación, El obsceno pájaro de la noche, Tres novelitas burguesas, El jardín de al lado, Donde van a morir los elefantes o La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria. Porque Donoso escribió cuentos, poesía y novelas. Porque Donoso vivió la literatura y la mordió y la quebró y se hizo dueño de las tramas, los espacios y las atmósferas. Cito:

“La Manuela despegó con dificultad sus ojos lagañosos, se estiró apenas y volcándose hacia el lado opuesto de donde dormía la Japonesita, alargó la mano para tomar el reloj. Cinco para las diez. Misa de once. Las lagañas latigudas volvieron a sellar sus párpados en cuanto puso el reloj sobre el cajón junto a la cama. Por lo menos media hora antes que su hija le pidiera el desayuno. Frotó la lengua contra su encía despoblada: como aserrín caliente y la respiración de huevo podrido. Por tomar tanto chacolí para apurar a los hombres y cerrar temprano”.

Así empieza El lugar sin límites, novela corta que fue publicada en 1966 y que nos hace partícipes, casi cómplices, de las máscaras, la identidad, el infierno y el sexo y la pasión y el poder y la marginalidad. No es casualidad que se la dedicara al escritor mexicano Carlos Fuentes, quien fuera también, además de tanto, su compañero en The Grange School. “Nadie hizo más patentes las rígidas jerarquías sociales de América Latina, la crueldad del sistema de clases en Chile que José Donoso. Pero nadie, asimismo, sintió la terrible injusticia con una imaginación literaria más corrosiva”, señaló el autor de La muerte de Artemio Cruz. 

El otro día lo fui a ver a su tumba en Zapallar y pensé lo de siempre: qué bien escribiste, Pepe. Hiciste de la palabra algo erótico, algo decadente, algo real, algo provocador. No te olvidaste de los detalles ni de las imágenes que tienen el sonido de un golpe, la forma de un laberinto o el pulso de un hombre -ese hombre que fuiste tú y cuya vocación no es otra que la de la angustia y el delirio-. Leerte a ti me obliga a reafirmar que la literatura se piensa siempre. 

En mis manos, Cuentos reunidos (Editorial Alfaguara), me guiña un ojo. Abro una página al azar. El Charleston, se llama el relato. Allí me encuentro con su voz, con sus crisis, con sus cambios, con sus fracasos:

“A veces pienso que la vida sería harto triste si uno no tuviera amigos con quienes divertirse y tomar juntos unos buenos tragos de vino de vez en cuando. Pero en la vida suceden cosas muy raras, que nadie puede comprender. Hace poco tiempo pasé un par de semanas sin querer juntarme con Jaime ni con Memo, que son mis amigos, y sin que ellos quisieran juntarse conmigo ni entre ellos. No sé por qué. Son cosas que no tienen explicación”.

José Manuel Donoso Yáñez nació en 1924 y murió en 1996. Tenía 72 años. Cuentan que mientras agonizaba pedía una sola cosa: léanme el Altazor de Vicente Huidobro. Hasta el final necesitaste las palabras. Ahora me dirijo a ti. Fuiste periodista, fuiste profesor y un largo etcétera rodeó tus triunfos y tus afectos. Personaje clave dentro del Boom Latinoamericano, estudiaste en el Pedagógico y en la Universidad de Princeton. Recibiste el Premio Nacional en 1990. 

Habitante de los espacios del exilio, hijo del médico José Donoso y de Alicia Yáñez, te casaste con María Ester Serrano y te convertiste en padre de Pilar -que publicó Correr el tupido velo y se suicidó tiempo después-. Tú, Pepe, tú, fuiste el responsable de formar a gran parte de la Nueva narrativa chilena de los 90 en tu taller de Galvarino Gallardo. Te gustaba la vida. No te preocupaba la muerte. Sí el olvido. 

No te conocí, pero sí te escucho y sé que hablabas en voz alta sobre la urgencia del viaje. Cito: 

“No del viaje rápido de turismo, sino de expatriarse, viajar por meses y años, levantar las raíces de acá e intentar colocarlas en otra tierra. Creo honradamente que la experiencia del viaje es absolutamente necesaria para los escritores en formación y también después…. el viaje, el contacto prolongado con otras gentes y otras tierras y otras culturas, sin duda relativiza todo lo de aquí, y al relativizarlo, aunque uno escriba sobre lo más íntimamente chileno, sobre los más doméstico, va a darle forzosamente una dimensión universal”. 

Recuerdo ese consejo y me lo imprimí en el corazón. También sobre tus ideas entorno a las máscaras, a esas máscaras que usamos para sobrevivir y que aparecen tan bien en Correr el tupido velo -libro que reúne 64 cuadernos íntimos-:

“Lo que hay detrás del rostro de la máscara nunca es un rostro. Siempre es otra máscara. Las máscaras son tú, y la máscara que hay detrás de la máscara también eres tú y así sucesivamente y con todas las otras. Y esas máscaras resultan de lo que te enseñaron a querer y a rechazar, y de lo que tú también quieres o rechazas, y de aquello que te sirve para defenderte, y de aquello que te sirve para agredir. Y mucho más. Las distintas máscaras son funcionales, las usas porque te sirven para vivir. Yo no sé qué es eso de la autenticidad. Lo que sí creo es que la vida humana consiste en un refinado y complejísimo sistema de enmascaramiento y simulaciones. Tienes que defenderte”.

De Donoso me queda su vocación, su oficio, su rigurosidad, su disciplina, sus neurosis literaria, su observación, su delirio, su oscuridad, sus mundos asfixiantes, su amor por Virginia Woolf, Jane Austen y Henry James. De Donoso me queda la profundidad, el peligro, la violencia escrita y sus 14 novelas. De Donoso me queda su desborde, su libertad para multiplicar las voces dentro de un texto, su locura, su apuesta estética, su perturbación, su deseo, su realismo. Todo en Donoso es complejo. Todo en Donoso parece habitado por fantasmas coléricos que no lo quieren dejar dormir. 

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