Opinión
16 de Noviembre de 2023
Columna de Reinaldo Rosales, concejal de La Florida | La cultura del choro: entre la contracultura y la búsqueda de reconocimiento social
Necesitamos competir no solo con el poder adquisitivo del narcotráfico, sino también con el reconocimiento social que la contracultura del choro parece ofrecer. Es hora de construir un camino donde la valoración y el respeto se ganen a través de contribuciones positivas a la sociedad.
Compartir
Desde que la delincuencia comenzó a transformarse en uno de los principales problemas de nuestro país, se ha hablado mucho de cómo el narcotráfico se ha apoderado de comunidades urbanas pobres, carentes de oportunidades y de tejido social. Sin embargo, en medio de la narrativa de la influencia del narcotráfico, emerge una contracultura menos explorada pero igualmente impactante: la cultura del Choro.
La cultura del Choro, es más bien una contracultura que convive en entornos vulnerables y que -en contra del orden social predominante- define sus propios “valores”, “principios” y “normas” en torno a quienes ejercen actividades delictivas vinculadas al robo o al hurto.
A través de ella, el ladrón recibe un estatus o posición de privilegio dentro de esos entornos, pero también, y a diferencia de lo que ocurre con el narcotraficante, recibe el reconocimiento social.
Como sabemos, el reconocimiento social es la valoración, el aprecio, la estima que recibimos de quienes nos rodean por el aporte a ese entorno o por la actividad que desarrollamos. Va más allá del estatus. El estatus, es solo una posición o un lugar que se le otorga a una persona, pero que no necesariamente se acompaña con reconocimiento social.
Para pensadores como Honneth o Maslow, el reconocimiento social, es una necesidad humana y uno de los principales motores que movilizan a las personas.
De esa manera, a través del reconocimiento social, esta contracultura actúa como un incentivo para jóvenes que buscan satisfacer su necesidad de estima, valoración o reconocimiento, generando un dilema a la actividad del narcotráfico, que si bien otorga estatus y poder adquisitivo, no goza de valoración, estima ni reconocimiento.
Los números apuntan en ese sentido. La contracultura del robo pareciera movilizar a más jóvenes que la narcocultura. En el primer trimestre de este año, los datos de la Fiscalía revelan una realidad impactante: 47.969 personas han sido imputadas por delitos asociados al robo y al hurto, 475% más que el narcotráfico (10.089).
La jerarquización de la cultura del Choro es marcada. Cada acto delictivo parece construir una pirámide de reconocimiento en donde comparten la cima lanzas internacionales y asaltantes de instituciones financieras, mientras que en la base estarían los llamados cogoteros y los domésticos. Esto claramente ofrece desarrollo, especialización y crecimiento, lo que se llama “carrera delictiva”.
De un estudio que realicé este año para la Universidad de Chile en donde me tocó entrevistar a jóvenes de la población San Gregorio, se desprende que el reconocimiento social que se le otorga al ladrón en entornos carentes de oportunidades, tiene que ver con la instalación de una visión casi romántica de la actividad del robo en esos entornos, valorándose “el arrojo y la valentía de quienes arriesgan su libertad y su vida para salir adelante junto a sus familias”:
“Ser ladrón es otra cosa, tenís que ponerte pálido (correr el riesgo)”. “Uno siempre va a ser más porque arriesgái años, de repente su Superman (persona que ayuda a la víctima del asalto) o que te maten”. “Son cosas que son como códigos se puede decir, que eso es lo primordial pa’ andar robando siempre por la familia.” (Extractos de entrevistas realizadas a jóvenes de San Gregorio).
Por otro lado, esta contracultura también menosprecia el desarrollo de las actividades laborales como el trabajo remunerado del tipo obrero
“Siendo obrero, te ven mal, te ven como perro”. “Son cualquier cosa”. “Es mirado en menos po’”. “No, este es laburante, es weón” (Extractos de entrevistas realizadas a jóvenes de San Gregorio).
Lamentablemente, ese menosprecio también ocurre en otros entornos sociales. Lo grave en este caso, está en que el trabajo del tipo obrero pareciera ser la única actividad laboral capaz de cubrir la demanda de esos entornos. Mirado, principalmente, desde la búsqueda del reconocimiento social, las alternativas parecieran reducirse a tres:
- Trabajo: recibo menosprecio y sigo siendo pobre.
- Trafico drogas: recibo menosprecio, aumento mi poder adquisitivo, “compro” estatus y respeto.
- Robo: aumento mi poder adquisitivo y recibo valoración aprecio, reconocimiento y respeto.
Es un triste escenario. Pero, y como una luz al final del túnel, en esos entornos también se valora, estima y reconoce a quienes realizan otro tipo de actividades lícitas, como el deporte profesional, la cultura-artística, el emprendimiento y el ejercicio de alguna profesión.
El problema está, en que, ante la pregunta de por qué optan por el robo en lugar de buscar el reconocimiento social a través de esas actividades, la respuesta es desoladora: las oportunidades para acceder al reconocimiento social a través del deporte, la cultura-artística, el emprendimiento o el desarrollo profesional, parecen ser agujas dentro de un inmenso pajar.
La clave para desmantelar la atracción de la contracultura del choro no radica solo en enfrentar la delincuencia, sino en invertir de manera significativa en la prevención social. Las cámaras de vigilancia, las alarmas comunitarias, los drones y mejores luminarias pueden disminuir nuestra sensación de inseguridad, pero está lejos de resolver el problema de la generación de delincuencia.
Es hora de innovar y dirigir nuestros esfuerzos y recursos hacia programas que generen oportunidades deportivas, culturales, y educacionales para niños, niñas y jóvenes de sectores urbanos, pobres y marginados. La prevención social no puede ser una reflexión tardía; debe ser la prioridad en las políticas de seguridad de cualquier gobierno, especialmente aquellos que abogan por la igualdad.
Necesitamos competir no solo con el poder adquisitivo del narcotráfico, sino también con el reconocimiento social que la contracultura del choro parece ofrecer. Es hora de construir un camino donde la valoración y el respeto se ganen a través de contribuciones positivas a la sociedad. La verdadera revolución está en dar a los jóvenes de comunidades vulnerables, una alternativa viable para ser reconocidos y apreciados, no solo por sus pares, sino por toda la sociedad.
En la medida de que esto ocurra, no solo podremos disminuir la delincuencia y la violencia, sino que es muy probable que aumentemos el número de medallistas deportivos, enriquezcamos nuestra cultura y crezca nuestra economía.
*Reinaldo Rosales, concejal de La Florida, abogado, Mg. Criminología y Gestión de la Seguridad Ciudadana



