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11 de Mayo de 2024

Madres primerizas después de los 40 años: “No me imagino a los 20, tampoco a los 30, habría cargado muchos temores que tenía como mujer”

En el día de la madre, tres mujeres que se embarazaron después de los 40 años desmitifican temores y expectativas. Aquí Marcia Escobar (50), Soledad Onetto (47) y Ximena Orellana (54) reconstruyen sus historias y, a través de ellas, analizan los procesos de gestación, la tecnología que las ayudó en el camino y sobre sus propios partos, algunos tranquilos y otros complejos. "Si hubiese sido mamá en mis 20 o 30 habría cargado muchos de los temores que tenía como mujer, en la maternidad. Creo que por algo pasó a esta edad, tenía que desarrollar ese aplomo, esa tranquilidad", cuenta una de ellas.

Por

Ximena Orellana (54): “Tener más edad me ha dado pozos infinitos de paciencia para que mis hijos sean felices”

“Nunca fue mi objetivo de vida ser madre, aunque siempre estuvo el bichito. No pensé en concretizar la idea hasta que una amiga me dijo que en Chile una podía ser mamá sin necesitar de un papá. En ese tiempo una sabía que eso existía, pero en Estados Unidos, Inglaterra o cualquier otro país. Era el año 2011.

A mí, los niños me daban un poco de susto, porque en mi familia no habían. El más cercano que tenía era un sobrino que vivía en el sur y que no veía nunca. Mi temor más grande era que en el fondo, yo iba a ser 100% responsable de una personita que después, iba a ser persona. Los cuidados físicos, la educación, la salud y la crianza completa iban a ser un trabajo a tiempo completo solo para mí. Además, como trabajo en el área de la salud, sabía que mi edad era un riesgo más: estaría expuesta a la eventuales complicaciones como preeclampsia, hipertensión, diabetes, o que mi hijo tuviese malformaciones congénitas.

Pero cuando me dijeron que existía la posibilidad de ser mamá, pensé que si no la tomaba, iba a vivir siempre con la sensación de que tuve la oportunidad de hacerlo y no la aproveché. Por eso decidí jugármela con todo.  

No me recomendaron ni un lugar, ni un médico ni nada. Averigüé con un ginecólogo que es esposo de una amiga mía, y especialista en medicina de fecundidad en el hospital donde trabajo. ‘Mauro, vengo como paciente y como amiga. Quiero que tú me digas que aquí en Chile se hace este tratamiento’, le pedí. En ese momento me dijo que no tenía idea, pero al poco tiempo le tocó ir a un congreso y conoció a un colega que tenía una clínica de fertilización. Todo se fue dando así, como por coincidencia.

Yo recién había aprendido a manejar y la clínica quedaba camino a Farellones. Me armé de valor y partí sola a hacer esas 20 mil curvas que hay para llegar a la montaña. Cuando llegué, no tenían para pagar con tarjeta, solo en efectivo o cheque y me tuve que devolver a sacar plata a la ciudad. Hice el trayecto de las curvas cuatro veces, en un día. Así de comprometida estaba.

Antes, había tenido dos inseminaciones que no resultaron. Yo gozaba de buena salud y no tenía contraindicaciones que pusieran problemas. Simplemente, no había resultado. Así que en esta clínica, decidimos probar algo distinto: un tratamiento in vitro.

Me empecé a preparar con un montón de hormonas, inyecciones y tres anticonceptivos diarios hasta que por fin llegó el día. Me dijeron que, por protocolo, había que poner dos embriones para tener más posibilidades de que el tratamiento resultara, porque las probabilidades de éxito eran de un 30% en el mejor de los casos.

A los 15 días volví con una amiga para saber el resultado. Las probabilidades habían resultado en un 200%. Los dos embriones se agarraron muy bien. Iba a ser mamá de mellizos a los 44 años, midiendo 1.52 y pesando 48 kilos. Me puse a llorar como una Magdalena, con una mezcla de emociones entre la alegría y el susto, aunque esta última se fue disipando rápidamente. Mi embarazo fue de libro y a medida que iban pasando las semanas, todo mostraba que mi salud y la de los niños estaban perfectas. La presión normal, la glicemia normal, no había anemia, subí lo que tenía que subir de peso y nacieron a las 38 semanas. 

Han pasado 11 años desde que soy mamá de Francisco y Montserrat. Mirando hacia atrás, es increíble como con la maternidad una descubre que tiene cualidades insospechadas, sin importar la edad. En mi caso, descubrí una mezcla de felicidad y empoderamiento que me ha permitido seguir jugándomela como si fuese el primer día en que tomé esta decisión.

Además, siento que la madurez también me permitió conservar mi personalidad aterrizada y que no se angustia fácilmente. Incluso ahora, que tienen 11 años, van al colegio y hacen más desorden, puedo decir que he logrado no sentirme sobregirada.

Es que tener más edad me ha dado pozos infinitos de paciencia para que los niños sean felices. Me ha liberado de las expectativas irreales también: no espero que mis niños vayan a descubrir la cura al cáncer ni ninguna de esas cosas. De hecho, hace dos años el Francisco quería ser caballo y la Montserrat, mariposa. No importa lo que escojan para su camino, lo que yo quiero es que sean buenas personas. Ojalá, cuando sean más grandes y sepan lo que quieren hacer, se la jueguen por ello”.

Ximena Orellana Garrido tiene 54 años y es nutricionista en el Hospital J. Aguirre.

Marcia Escobar (50): “Cuando una empieza la historia de maternidad tarde, ésta es rápida, condensada y con decisión”

Siempre tuve la inquietud de ser mamá. No organicé mi vida en torno a la posibilidad de serlo, pero siempre quise. Pasó que tuve parejas con las que no hubo intención de tener hijos en general. A los 36, casada, mi exmarido fue el último que me dijo que no. Para mí fue doloroso. Tenía ganas, estaba ilusionada, me estaba preparando para eso. Después de esa negativa, decidí en mi fuero interno que ya no iba a ser y deseché el proyecto de la maternidad. 

Estuve sola un tiempo, hasta que encontré una nueva pareja y de repente tuvimos un embarazo no planificado. El proceso no llegó a término y, lamentablemente, tuve un aborto espontáneo. Si bien fue algo inesperado, ese momento nos abrió la posibilidad de conversar: ‘¿Queremos realmente hacer esto juntos o no?’.

Aunque no hubiese sido planificado, los dos habíamos recibido la noticia con alegría. Nos dimos cuenta teníamos las ganas de hacer familia. Eso, fue un proyecto en común suficiente. Cuando una empieza una historia de maternidad tarde, ésta es rápida, condensada y con decisión. Así que nos pusimos de acuerdo en empezar una relación más formal y cercana, empezar a vivir juntos y por supuesto, empezar a ir al médico.

Empezamos a hacernos exámenes para ver si necesitábamos apoyo en técnicas de reproducción asistida. Antes de eso, nunca me había preguntado en términos concretos si sería más peligroso o no ser mamá a los 40 años. Cuando una crece, te enseñan que los 40 es una edad compleja, que una maternidad tardía tiene mayor riesgo y que incluso, hay más posibilidades de que la niña o el niños nazca con síndrome de Down. Pero para mí, a esas alturas de mi vida, esa posibilidad no me parecía tanto una dificultad, sino simplemente una diferencia. Por eso también le dimos con todo para adelante, con lo que tuviera que pasar.

Y al final, ninguno de esos riesgos sucedió. Ni siquiera necesitamos fertilidad asistida. Estaba preparando mi cuerpo para que fuese óptimo para un embarazo: empecé con una dieta balanceada que me permitiera estar en mi mejor peso y me dediqué a caminar todas las mañanas desde Ñuñoa hasta el centro de Santiago ida y vuelta del trabajo. Además de hacer un ejercicio físico, pude hacer uno contemplativo y conversar conmigo misma, profundamente, antes de dar el gran paso hacia la maternidad. Entre medio de esa preparación, quedé embarazada.

Mirando hacia atrás, antes de ese momento, no esperaba encontrar sentirme más mujer si es que lograba ser mamá. Nunca consideré tampoco que las personas que no tenían hijos estuvieran incompletas. Creo que lo más difícil del trayecto, antes de ser mamá por primera vez, es poder ser fiel al momento en el que decides tener un hijo.

Una se encuentra con muchas voces que te dicen: ’Oye, se te está pasando el tren’, o te preguntan: ‘¿Qué te pasó? ¿Por qué no le ponen empeño?’. Además, si como me pasó a mi, la otra parte de la pareja no quería, la gente te dice que lo hagas igual, que no importa lo que el otro piense. Pero para mí sí era muy importante el respeto a la persona dentro de la relación. Creo que ese fue un momento doloroso, sobre todo porque estaba expuesta incluso cuando ya estaba haciendo la renuncia a ser madre.

Pero cuando llegó mi momento, pude concentrarme en lo que esto significaba para mí y para mi pareja, no para los demás. El proyecto maternal tenía que ver con un deseo, unas ganas muy conscientes de querer cuidar a un otro.

Facundo, mi primer hijo, nació cuando cumplí 41. El embarazo fue fantástico, incluso surrealista. Es muy impresionante tener algo adentro de ti que ni siquiera es un movimiento involuntario. Es algo claramente distinto. Solo cuando llegó el día del parto, fue que encontré con la dificultad física. Nada tuvo que ver con mi edad. Durante el parto tuve un desgarro vaginal producto de un forcep que hizo el doctor para que el niño saliera y no se quedara sin oxígeno.

El dolor continuó por un buen tiempo, incluso a la hora de amamantar y cuidar. Ser cuidadora es más difícil de lo que uno piensa. No hay edad que determine eso. Pero sí creo que la edad me ha dado la madurez de poder tomar la profunda decisión de saber qué batallas dar y que batallas no.

Así también aprendí a dar márgenes de libertad -entendiendo que los niños tienen un contexto y no pueden decidir sobre cualquier cosa, pero, hay muchas cosas en las que sí-. Por ejemplo, si mi objetivo era que aprendiera a comer solo, no me importaba que quisiera jugar con la comida primero y manchara todo. Siento que escogí dar la batalla de la autonomía y eso fue muy liberador para mí también.

A mis 43 llegó mi segunda hija, Olivia. El deseo y el proyecto de la maternidad se extendió como en carnaval. Quedé embarazada cuando Facundo cumplió ocho meses. Igual fue rápido, pero totalmente meditado. Como dije, cuando una se encuentra vieja con un otro con el que quiere hacer familia, las cosas son rapiditas y sin rodeos.

Marcia Escobar Nieto tiene 50 años, es psicóloga y trabaja para el Ministerio de Vivienda y Urbanismo.

Soledad Onetto (47): “No me imagino mamá a los 20. Tampoco a los 30. Habría cargado muchos de los temores que yo tenía como mujer en la maternidad”

Foto: Soledad Onetto.

Hay como una idea en general de que a mí me costó muchísimo llegar a ser mamá. Y la verdad es que no fue así. Gracias a la tecnología, a Dios y a decisiones que tomé a tiempo, la vida me llevó a que finalmente fuese madre a los 47.

A partir de los 40 empezamos a probar con los tratamientos. A esa edad, la idea de ser mamá si comenzó a ser un tema. Sabía que esa era mi propia recta final. Me había puesto el tope porque sabía que iba a necesitar energía para lograrlo.

Me gusta contar que el proceso se dio gracias a que había congelado óvulos, para que no se cree este falso supuesto de que fui mamá de manera natural a los 47 años. Eso no ocurre y solo tiende a generar confusión. Si bien es cierto que se puede ser mamá a cualquier edad, también es cierto que se requiere de tecnología, porque a partir de los 30 años, la producción biológica de óvulos de la mujer cae al piso. Es necesario poner en la pauta el debate sobre quiénes lo saben, quiénes lo pueden hacer y quiénes lo pueden costear.

A pesar de que el primer tratamiento resultó bien, perdimos a nuestro primer hijo. Eso fue súper doloroso y, por lo mismo, me di un descanso, un tiempo para vivir el duelo que fue más o menos largo. Siento que no estaba preparada para volver a intentarlo. Además, estos tratamientos no solo son costosos, sino que son cansadores psicológicamente. Hay mucha expectativa y harta medicación del cuerpo.

Así que después de vivir ese duelo necesario, fuimos por nuestra segunda vez. Así llegó nuestro Borja, que nos ha llenado de felicidad. A mí, en lo particular, me ha abierto un mundo mágico de impresiones. Siento que en general, los seres humanos y tal vez más aún los periodistas, tendemos a perder nuestra capacidad de asombro. Acá, la he recuperado completamente. Es un asombro frente a la naturaleza, a la biología, a la magia, al amor, a la maternidad. Es todo una sorpresa, una locura, un desgarro, un miedo, un terror, un amor, una fascinación total.

Durante mi embarazo, y por suerte, no tuve que enfrentarme a miedos infundados por otros. Creo que eso se dio porque tuve la ventaja de haber puesto yo primero el tema de mi maternidad y eso cerró la puerta a las preguntas indiscretas. Las personas ya sabían sobre la pérdida que había tenido, otras me preguntaban si estaba dentro de mis planes volver a intentarlo y contestaba que ‘sí, que en algún momento va a llegar, que no quería perderme esa oportunidad’. Todo, dentro de la intimidad que requería el proceso en el que estábamos.

Para ser franca, más allá del qué dirán, sí tenía mis propios miedos. Temía sobre la capacidad de energía que iba a poder sacar para tener un niño. Lo hablé mucho com Ricardo Pommer —que es en mi opinión quien más sabe de fertilidad en Chile— y Bernardita Walker, mi ginecóloga. Conversábamos y yo les decía: ‘¿Seré capaz de generar energía? Porque ya con mi ritmo voy demasiado deprisa, trabajo mucho y nunca quise dejar mi trabajo’.

Ellos me respondían que no me preocupara, que iba a sacar energía de cualquier parte. Y ha sido así. Siento que me he revitalizado y que he sacado energía de no sé dónde para enfrentar todo. También he tenido el apoyo de mi madre, mi gran compañera desde el inicio del proceso.

La quise hacer especialmente partícipe. Cuando yo iba a nacer y ella se fue a hacer la ecografía, no me pudo ver. Me contó que después, cuando estaba embarazada de mi tercer hermano —que luego falleció en el parto—, fue con su cuñada a hacer una larga fila para tratar de ver a la guagua con la ecografía y tampoco pudo. No se mostró. Ni si quiera pudo saber que sexo era, ni nada. Entonces ahora, yo quise que lo viera todo. Fue muy emocionante.

Es bueno tener ese apoyo, aunque siento que la crianza hoy es más en solitario. Esa ‘tribalidad’ de la maternidad y de criar en comunidad se ha perdido. Es muy difícil por la forma en que vivimos, los horarios que tenemos y el trabajo. Que la crianza sea puertas adentro la hace más difícil, más sola, más compleja, más dolorosa. Pero, por otro lado, se crea mucho vínculo y apego entre madre e hijo.

Ahora, por lo mismo, no me imagino mamá a los 20. Tampoco a los 30. Habría cargado muchos de los temores que tenía como mujer, en la maternidad. Creo que por algo pasó a esta edad, tenía que desarrollar ese aplomo, esa tranquilidad. Entre los 20 y los 35, creo que hubiese llenado el proceso de inseguridad.

Por ejemplo, todo el primer mes de Borja, me gasté mucho tiempo en ver si estaba respirando, en volver a ver si lo estaba haciendo, en ponerle el dedo en la nariz… Yo creo que si ese fantasma que he tenido —y que sigo teniendo pero más controlado— fue así ahora, quizás más joven y con inseguridad hubiese sido invivible.

Hoy siento con la seguridad de tomarlo con fortaleza, con firmeza, pese a que en su primer mes era extremadamente pequeñito. Otra cosa que siento que es muy bonita, es que si bien lo tomo y siento que es mío, no soy egoísta a la hora de compartirlo. Desde el principio la gente me preguntaba si lo podía tomar o tocar y yo decía: ‘¡Por supuesto! Tómalo, tócalo, paséalo, cámbialo’. Obviamente siempre tengo un ojo vigilándolo, pero sin esa sensación de ‘no lo toquen, no lo miren’, que quizás si hubiese tenido por miedo y muchas otras inseguridades a los 20 o a los 30. 

Esta edad, también me ha dado tranquilidad a la hora de salir a trabajar. Hay un aplomo que me ha dado la posibilidad de comunicar lo que necesito hacer con tranquilidad. He podido establecer una conversación madura con mi jefe sobre lo que necesito y descubrir una buena recepción. Si tengo que estar con Borja todo el día y darle la papa hasta las seis de la tarde, después voy al canal y vuelvo a las once a la casa para volver con la lactancia, está bien. No voy a perder todo lo que he hecho. Esa tranquilidad es un paréntesis, una pausa necesarias. La maternidad es preciosa, pero cualquiera que la ha vivido, sabe que es un momento muy cansador.

Soledad Onetto González tiene 47 años, es periodista y conductora de T13 Central en Canal 13.

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