Secciones

The Clinic
Buscar
Entender es todo
cerrar
Cerrar publicidad
Cerrar publicidad
Felipe Figueroa

Entrevistas

12 de Mayo de 2024

Paula Assler y la muerte de un hijo: “Es un dolor tan personal, que lo mejor que se puede hacer es callar y abrazar a la madre”

La escritora de 67 años y autora del libro "Si digo muerte, digo vida" afirma que no le tiene miedo a la muerte, pese a que el mar de Perú se llevó a dos de sus hijas en 2016. En este relato, cuenta en primera persona lo que ella sintió cuando las perdió y empatiza con lo que puede sentir cualquier madre que atraviese el mismo duelo, aunque en el fondo, cada dolor es personal. "Yo decía: 'Si existe un Dios, ¿por qué Dios me castiga, nos castiga, nos está pasando esto?'. Fue una rebeldía tremenda".

Sigue a The Clinic en Google News
Por Camilo Fernández
Compartir

“Nosotros siempre veraneábamos en Maitencillo. ¿Qué pasó? Ese enero, antes de la muerte de mis hijas, la casa que arrendábamos estaba arrendada a otra persona, entonces decidimos ir y arrendar en Perú, al sur de Lima. Iban mi mamá, mi familia, mis niños, mis nietos, mi yerno. Era un grupo grande. Llegamos el domingo en la noche y el lunes nos fuimos a la playa. Y ya las niñitas el lunes, a las una y media de la tarde, se habían ahogado.

La muerte de un hijo es tremendo. En cualquier situación, sea enfermedad, accidente, cualquier cosa. Pero cuando es un accidente, tú en un minuto dejas de ver a tu hijo. Y no lo ves y no lo vuelves a ver. Entonces, eso es muy impactante de dejarlo, de verlos en un segundo y después no.

Así fue para nosotros. No nos dimos cuenta, y ellas se metieron al mar. Una tenía 34 y la otra 24. Eran chiquillas grandes, no niñas. La de 34 incluso tenía tres hijos y esperaba a su cuarto hijo. 

Nos dimos cuenta cuando ya estaban como en las rocas. Lo que pensamos es que las agarró una turba de agua por debajo y las tiró como 60 o 70 metros hacia las rocas. Ahí fue cuando mi yerno se dio cuenta y dijo: ‘Se está ahogando la Coté y la Antonia’.

Lo último que vi de ellas fueron como dos cabezas y una mano arriba. Como pidiendo ayuda. Y después no las vimos más. Yo pensé que, a lo mejor, iban a salir porque al otro lado había otra playa, detrás de las rocas. Yo pensé ‘a lo mejor saben nadar, van a flotar, van a salir’. Pero no fue así.

Foto: Felipe Figueroa. Las caras de Antonia y María José Falcone en el libro “Si digo muerte, digo vida”, de Paula Assler.

El inicio de un duelo

A una de mis hijas la divisaron en una playa como a un kilómetro de la costa. Unos pescadores la encontraron flotando y la subieron al bote y la sacaron a la playa. Gracias a Dios, porque si no, no la hubiéramos encontrado. En el fondo, ahí empezó mi duelo. El duelo significa perder algo. Tengo todas las emociones habidas y por haber. Tuve mucha rabia, mucha pena. Lo encontraba injusto, que por qué nos pasaba, que por qué me pasaba a mí, que por qué mis hijas se habían ahogado. 

Yo decía: ‘Si existe un Dios, ¿por qué Dios me castiga, nos castiga, nos está pasando esto?’. Fue una rebeldía tremenda. 

Cuando volví a mi casa, no quería salir de mi pieza, veía todo negro, quería estar durmiendo día y noche, no quería comer, todo me dolía. Pero fue un proceso, y uno tiene que ir caminando los duelos, no evitándolos. Cuando uno evita, en algún minuto se aparecen. Se aparecen de todas maneras.

Las niñitas murieron un lunes. Nosotros hicimos la misa y el entierro en Chile, un viernes. Toda esa semana fue como un regalo, por haber podido estar con ellas. No con gente de afuera, sino que solamente con la familia, porque pudimos empezar a hacer un duelo con ellas mismas, con sus cuerpos ahí. Era una forma también de empezar a despedirnos, pero más lentamente.

Foto: Felipe Figueroa.

Volver al mar

Yo amaba el mar, y cuando pasó esto, para mí el mar se convirtió en una cosa terrorífica. El mar me las quitó, el mar se llevó a mis hijas. Era una cosa que era un monstruo, una cosa tremenda, una cosa espantosa, tremenda. Después de tres años y medio, volví al lugar del accidente. Primero quería volver porque quería llorarlas, como a mí me hubiera gustado llorarlas. Cuando llegué a la playa, la encontré más chica, el mar lo encontré menos peligroso. Creo que esa visita me ayudó a reconciliarme con él. El mar me las quitó, pero el mar me las devolvió.

Yo ya puedo caminar con ellas muertas, ha sido un duelo largo, ha sido un caminar larguísimo. Han sido ocho años y es como si hubiese sido ayer. Para mí no hay tiempo, ha sido un caminar largo y duro de morder el polvo.

Ahora, puedo decir que no le tengo nada de miedo a la muerte. Camino con ella, la llevo al lado. He estado en la muerte, he estado yo muerta. Lo único que tengo claro es que me voy a volver a encontrar con ella. Incluso la quiero a la muerte. Y creo que tenemos que hablar de ella.

Foto: Felipe Figueroa.

Nada más que decir

Yo no tengo nada que decirle a Mariana Derderián y al resto de las madres que han perdido a sus hijos este año. ¿Qué le puedo decir? ¿Que se le va a pasar? ¿Que en ocho años se va a sentir mejor? Nada. Es un dolor tan personal que el otro lo mejor que puede hacer es que esté callado y que te dé un abrazo. Y que no te tenga que decir nada“.

Foto: Felipe Figueroa.

Comentarios

Notas relacionadas