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15 de Junio de 2024

El adiós de Palmenia Pizarro, una gigante popular tras ser la estrella maldita acusada de yeta: “Era una historia muy triste”

Fotos: Felipe Figueroa

Una leyenda negra inventada por una colega envidiosa amplificada por Don Francisco la convirtió en paria en Chile, obligando a la compositora e intérprete del amor sangrante a buscar su destino en el mayor mercado latino. Violencia, abusos sexuales, envidias, éxitos fulgurantes, aplausos cosechados en toda América y el lejano oriente. La vida de Palmenia Pizarro, que acaba de retirarse de los escenarios, es una biopic digna del cine. "Me da mucha tristeza dejar a mi público, pero también me quieren mucho y saben que tengo que descansar”, dice la cantante.

Por Marcelo Contreras

Palmenia observa el largo descenso escalonado y decide que es imposible bajar hasta el escenario de la sala A1 del GAM, donde la espera una silla, un foco y el lente de un fotógrafo. Llama y busca con la mirada a Andrés Carrasco, su manager y pareja. “Es la artrosis”, comenta el representante, sobre la condición de la estrella de la canción popular chilena de impacto continental por más de medio siglo, que ha decidido retirarse a los 82 años. Palmenia se desplaza con dificultad, pero a pesar de la dolencia no cuesta mucho convencerla del trayecto. Es la costumbre de emprender lo que, en principio, parece imposible. 

A comienzos de los 60, cuando era apenas una veinteañera debutando en el teatro Caupolicán en un show donde figuraban Los Ramblers, le tocó salir después de Luis Alberto Martínez, uno de los reyes de la música cebolla, conocido como “La voz más triste de Chile”. El público quería más canciones lacrimógenas de amores terribles y tragedias, y aparece Palmenia. Pocos sabían que esa jovencita menuda de belleza exótica, era la singular voz tras Mi pobreza, un single que agarraba vuelo en las radios. 

La cantante nacida en San Felipe partió con Amarga experiencia —”ya no creo en nadie / me lo dicta la experiencia”— y la pifiadera fue inmediata. Pensó en huir pero, como en las películas, recordó las palabras de Enrique Venturino, empresario de la legendaria sala capitalina.

Si triunfas aquí, tu carrera despega”. 

De pronto, cesaron los abucheos y el silencio dio paso a los aplausos emergiendo como una ola desde la platea, hasta reventar en la galería en una ovación. Palmenia cantó otros dos temas y se despidió vitoreada. En bambalinas la atajó uno de Los Ramblers: ellos no podían salir así con el público en contra, debía regresar. La joven proveniente de una numerosa familia empobrecida, que trabajaba en el campo y cantaba desde niña, enfrentó al Caupolicán que exigía más de sus canciones para cortarse las venas, interpretadas con arrebatador sentimiento. 

Palmenia cogió el micrófono, y pidió por favor que le permitieran interpretar nuevamente el primer tema opacado por las pifias, en una combinación de humildad e inteligencia para salir del paso ante la falta de material. 

Cuando bajó del escenario la esperaba Enrique Venturino

“¡Lo lograste!”, exclamó el hombre de negocios.

***

La escena, relatada en la biografía ¡Qué lindo canta Palmenia! (2015) de Silvia León y Ricardo Henríquez, publicada por la SCD, es antecedida por otros momentos cruciales de su destino artístico. “Dicen que con el tiempo los recuerdos se esfuman”, asegura uno de los versos de Reminiscencias de Luis Aguirre Pinto, la primera canción que Palmenia interpretó en el bautismo de una hermana acompañada por su padre en guitarra, cuando apenas tenía cuatro años. 

Un día, cosechando porotos con su amiga de infancia Salomé en su natal El Almendral de San Felipe y canturreaba Paloma negra, popularizada por el ídolo ranchero Miguel Aceves Mejía, Palmenia vaticinó que dejaría atrás la provincia rumbo a Santiago, para luego partir a México. 

“¿Tai más huevona? —replicó Salomé— México está máaas lejos”.

Palmenia no acusó recibo del chaqueteo, un presagio de lo que más tarde ocurriría en el medio local debido a su éxito. 

“Y cuando esté en México —auguró—, voy a cantar con Miguel Aceves Mejías”.

“Cómo no —respondió Salomé—, ni siquiera te conoce”

“No me conoce ahora —replicó Palmenia sin perder la concentración en los porotos que daban de comer a su numerosa familia—, porque todavía no soy famosa”.

Ya radicada y triunfando en México donde llegó a codearse con figuras como Angélica María, Verónica Castro y Chavela Vargas, recibió un llamado. Era el mismísimo Miguel Aceves Mejía invitándole al programa Así canta mi tierra. 

Cuando el astro conocido como El Rey del falsete, le preguntó qué canción podrían cantar juntos, no dudó: Paloma negra.

***

Palmenia posa para los últimos retratos sentada en la primera fila de esta sala vacía, una posición inusual tras 60 años como protagonista cantando canciones de grandes compositores incluyendo Juan Gabriel y sus propias creaciones, más de 200 temas de su autoría, en escenarios de todo el orbe. 

No es un decir. Hizo dos giras a Japón, la primera en 1976 y la siguiente en 1982, como una genuina exponente de la música latinoamericana, cuando su repertorio era mucho más amplio que los valses y boleros, donde se le suele encasillar. Palmenia dominaba el canto popular y el folclore de la América morena, con una maestría que despertaba admiración y también envidias. Mientras en México celebraban su dominio de las rancheras, en Perú recelaban de su éxito internacional con los valses, al punto que le prohibieron interpretar el género en el país. 

A los japoneses los sorprendió cantando en su idioma, en tanto los alemanes la conocieron por la televisión en una faceta distinta, como rostro de la introducción al país de las bondades del aloe vera, mucho antes de que fuera común la asociación de las estrellas pop femeninas con productos cosméticos.

Quiero descansar, eso es todo”, responde Palmenia por los motivos del retiro. La rutina de hacer y deshacer maletas que arrastra desde los años 60, la tiene harta. “Me gusta cantar —aclara—, yo soy feliz cantando”, pero han sido suficientes viajes.

—Palmenia, el lugar común dice que el público chileno no es agradecido con sus artistas. ¿Usted se siente reconocida? ¿Se siente querida? 

—Algunos artistas tienen esa impresión, yo no. Amo mucho a mi público, y el público me ama a mí. A mí me gusta su cariño. Estoy muy agradecida de toda la gente que me ayudó a estar feliz con mi canto. Me da mucha tristeza dejar a mi público —sigue—, pero también me quieren mucho y saben que tengo que descansar”. 

A Palmenia Pizarro le desagrada el concepto de “canción cebolla” al cual se le asocia. “A mí me molesta eso, me molesta mucho —subraya— porque la verdad es que yo siento que tengo una canción que es romántica, que habla de las historias de amor que le pueden pasar a cualquiera, y la gente se identifica. Por ejemplo, toda la juventud se identificó con Cariño Malo; fue lindo para mí y todo el pueblo de Chile la cantaba. Tú ves Youtube y (la) cantan chicas jovencitas”. 

Palmenia asume que la tristeza es uno de los motores de su música. “Me di cuenta de que cantaba canciones muy tristes -explica-, entonces el público empezó a decir que yo interpretaba los sentimientos de la gente”. 

Sin embargo, es el amor el eje de su cancionero. 

“Yo tengo un amor —dice Palmenia—, se llama Andrés Carrasco y es mi vida para mí. Ha estado conmigo desde hace treinta y tantos años”.

Pero el amor no siempre fue dulce.

***

Al tercer día de su primer matrimonio, Palmenia fue abofeteada por el marido, molesto por la ropa que había escogido para una reunión con amigos. Los golpes y las agresiones verbales continuaron en medio de giras nacionales, en su calidad de manager. En una discusión le arrojó un frasco que le provocó un corte en la cabeza, requiriendo siete puntos. La cantante lo abandonó.

La pareja siguiente, su guitarrista por largos años, no golpeaba pero engañaba con descaro, al punto de llevar a vivir a la amante al frente de su casa. 

Hacia fines de los 80, Palmenia no estaba convencida de seguir intentando en el amor. Andrés Carrasco era ejecutivo discográfico de CBS en Chile, y se hizo cargo de la producción de los primeros discos que la artista grababa en el país, luego de radicarse en México en 1972. Durante cuatro años el trato fue profesional, hasta mutar en relación amorosa. 

“He tenido cariños malos —reflexiona Palmenia—, he vivido los cariños malos ¿ves? Así es la vida de todos los seres humanos, nos toca vivir sentimientos de amores sufridos”.

La cantante no solo sufrió por amor, sino que fue protagonista de la leyenda más oscura que se ha cernido jamás sobre una estrella musical en Chile. Elegida por una seguidilla de años como la figura de la canción más popular del país en los 60, en tanto emprendía shows por diversos países de Latinoamérica con gran éxito, Palmenia despertaba recelos en otras cantantes. Gloria Simonetti, por ejemplo, no habría digerido bien que en la primera gira de Sandro en Chile en 1969, el nombre de la estrella de San Felipe antecediera el suyo. 

Palmenia, que cultivaba amistades en todo el circuito artístico sin distinciones ideológicas en un periodo de creciente polarización ad portas de la Unidad Popular —tomaba mate con Hilda y Violeta Parra, y su mejor amiga hasta hoy es Ginette Acevedo—, fue asociada a una serie de eventos trágicos en los que ni siquiera estaba presente, entre accidentes automovilísticos de caravanas artísticas con resultados fatales, y la supuesta caída y fallecimiento de un asistente en un espectáculo en La Tortuga de Talcahuano, hecho que resultó ser falso. 

Cierta prensa como el pasquín de derecha Tribuna, asociado al Partido Nacional y con financiamiento de la CIA, hizo eco de habladurías y tildó a Palmenia de “yeta”, alguien que atraía la mala suerte. La cantante advirtió que sus colegas le hacían el vacío mientras gente conocida, incluyendo periodistas de espectáculos que hasta hace un tiempo eran todo sonrisas, la evitaban. Las contrataciones bajaron y cesaron los telefonazos de la televisión, donde era invitada habitual. 

Un día, sola y deprimida en su departamento, descubrió una serie de diarios y revistas que su pareja mantenía ocultos, con notas referentes a su mote como sinónimo de tragedia. Palmenia comprendió que su carrera artística, la pasión de su vida, llegaba a su fin. El éxito conquistado recorriendo Chile, imponiendo un single tras otro en las radios, y una constante presencia mediática, se derrumbaba. 

“Me di cuenta que todos los artistas estaban en contra mía —declaró en su biografía—, que ya no tenía amigos ni amigas”. 

Palmenia dejó las crónicas donde las había encontrado y se dirigió al dormitorio. Allí ingirió todas las pastillas para dormir que tenía.

Convaleciente en la posta, hasta donde la llevó su pareja con la ayuda del crack Leonel Sánchez, vecino en el mismo edificio, Palmenia tomó una decisión radical. 

“Esto no se va a arreglar”, le dijo al doctor a su cargo, el mismo que la había suturado tras el golpe del frasco. “Me voy a tener que ir”. 

***

En la cultura pop chilena, el responsable de sindicar como yeta a Palmenia Pizarro es Mario Kreutzberger, Don Francisco. Los mayores de 60 años repiten que fue el conductor de Sábados gigantes, conocido por hábitos supersticiosos como el palito bajo la argolla (“un toc mío”, reconoce el animador), quien la tenía vetada con su nombre prohibido como una maldición. La propia Palmenia ha repetido en varias entrevistas que el popular conductor le hizo un daño enorme.

“Era una historia muy triste”– dice ella, sin profundizar.

A más de medio siglo, surgen algunos matices en este capítulo amargo que obligó a Palmenia a emigrar a México. Un exproductor de Sábados gigantes entre los 60 y los 70 que prefiere mantener su nombre en reserva, recuerda perfectamente las habladurías, pero también evoca que la cantante participaba con regularidad en el programa. 

“Esta cuestión (de ser yeta) nosotros ni ahí con la hueá, porque llevamos a la Palmenia a Concepción, grito y plata; la llevamos con el guatón, con Mario, cuando San Felipe fue campeón [en 1971]; el estadio lleno y ella cantó el himno del club, y no pasó ni una hueá”.

El productor recuerda que el mote también afectó al ventrílocuo argentino avecindado en Chile Angel Torres Vega, conocido por su espectáculo Wilde y Paquito. “Siempre se hablaba de la Palmenia —apunta—, y de Wilde y Paquito”. 

Tito González, uno de los productores históricos de Sábados gigantes, integrante de la exitosa internacionalización del programa, reflexiona sobre la triste fama atribuida a Palmenia. “Fue una historia asociada a ella y la verdad es que fue injustamente castigada. Se transformó en una leyenda que siempre escuché”.  

“Don Francisco debe ser el tipo más supersticioso que pueda haber -continúa Tito-, y los que trabajamos con él vamos repitiendo esas cosas, copiando idioteces”. 

“Pero yo jamás escuché que Mario dijera a él o a ella no los vamos a invitar porque nos puede traer mala suerte. Jamás, jamás, jamás”.

“Había un ventrílocuo que era yeta”, recuerda Ana Rosa Romo, periodista de SG entre los 70 y 80, “canciones que eran yeta como Chiquitita de ABBA”. “Y si —continúa—, había un recelo contra Palmenia, pero estoy segura que fue al programa”.

Efectivamente en 1974, en el primer regreso a Chile como una figura de pleno apogeo en México, que ya se había presentado en el exitosísimo Siempre en domingo de Raúl Velasco, Palmenia Pizarro cantó en Sábado Gigante y aleccionó a Don Francisco por no preguntarle por su carrera internacional (y está segura que al animador no le causó gracia alguna la reconvención), como hacia fines de los 80 estuvo en Siempre lunes de Antonio Vodanovic, donde se abordó la leyenda negra en un episodio con Don Francisco como invitado. 

Vodanovic dio las gracias a Palmenia “y perdón por todo”, hasta que el propio Don Francisco la presentó. Palmenia cogió el micrófono y… nada, cero volumen. 

Los años de experiencia y ese portento de voz que solía saturar la rudimentaria amplificación en sus inicios, dieron la solución. Cantó a capella.

***

Del hecho, cuya responsabilidad fue del sonidista que le pasó el micrófono apagado a Palmenia, fue testigo el destacado productor y músico Leo Garcia, un nombre insoslayable en la escena chilena de los últimos 60 años. Leo no solo se considera amigo de Palmenia, sino su hermano, acompañando su trayectoria desde que participó de la grabación de sus más tempranos singles, aquellas canciones interpretadas en su debut en el teatro Caupolicán. 

Sobre la leyenda yeta, García cree que “cualquier persona, sin la fuerza de ella, se hubiera suicidado”. 

“Y todo empezó —continúa— no por Don Francisco, que le echan la culpa a él. Eso empezó entre los mismos compañeros de aquel tiempo, cantantes, hombres y mujeres”. 

Palmenia cuenta que la persona responsable del rumor —una mujer— se disculpó “en privado”, en tanto prefiere mantener su nombre en reserva. Desde su entorno, las pistas sobre quién esparció aquella mancha apuntan a Marisa, la reconocida cantante de La Nueva Ola. 

La intérprete de Tú cambiarás suelta una risa al teléfono, negando de inmediato cualquier responsabilidad. “No, yo jamás de los jamases”, asegura. 

Por supuesto recuerda la existencia de “rumores bien feos”, haberse enterado de las habladurías a través de los músicos de Sábado Gigante, y que “le echaron la culpa a Mario (Kreutzberger)”. 

“Con la Palmenia —repite un par de veces— somos muy compañeras”.  

Otro nombre en las sombras hasta ahora, es el del reconocido y poderoso músico y productor mexicano ya fallecido Chamín Correa, ligado a súper estrellas como Julio Iglesias y Enrique Guzmán, quien en dos oportunidades intentó abusar sexualmente de la cantante. En medio de una cena de negocios le metió la mano bajo el vestido, y en una siguiente ocasión, mientras dormitaba en un camerino, Correa se abalanzó con intenciones inequívocas. 

Palmenia lo alejó de un certero puñetazo, pero trajo consecuencias. El álbum en conjunto quedó congelado y durante un tiempo, en un triste símil con lo sucedido en Chile acusada de yeta, sus posibilidades profesionales disminuyeron drásticamente, vetada sobre todo por los hombres del negocio. Los varones se solidarizaron con Chamín, que resultó despedido de la discográfica, al tanto del episodio con Palmenia, y otras acusaciones de la misma índole. 

*** 

Las últimas consultas a Palmenia Pizarro, antes de abandonar la sala A1 del GAM, giran en torno a la fidelidad de los hombres —si tal cosa es posible—, considerando que muchas de sus canciones aseguran lo contrario. 

Hay que saber querer al hombre”, aconseja Palmenia, “y vivir la vida como tiene que vivir una esposa”. Para la cantante es vital que la ilusión del amor esté siempre presente. “Es muy importante que nos estemos diciendo te amo, decirnos siempre que nos amamos”.

—Palmenia, ¿piensa en la muerte? 

—No pienso tanto en la muerte, sino en que voy a partir hacia un mundo divino, que es el mundo religioso. El mundo que me enseñó mi mamá, siempre por la Virgen del Carmen acá en Chile, y después la Virgen de Guadalupe en México.

“Cuando yo me vaya de este mundo —explica— voy a pedir que mi sacerdote me vaya a dar la extremaunción, porque para mí es muy importante irme con paz de la Tierra, hacia el mundo divino de Dios Padre Todopoderoso”.

Una vez le hice una canción a Jesucristo —cuenta—, pensando en todo lo que yo había vivido como ser humano, todo lo que me pasó a mí. ‘Tú tienes que ayudarme a salir —decía—, de este mundo que me está matando’”.

Palmenia Pizarro se incorpora lentamente y emprende la salida, una subida escalonada que nuevamente parece imposible. Con paso cansino cubre el trayecto, dejando atrás la sala vacía.

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