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Opinión

17 de Enero de 2025
Babygirl
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Babygirl, la nueva película de Nicole Kidman: Animales Artificiales

Foto autor Cristián Briones Por Cristián Briones

En esta columna, Cristián Briones aborda la película escrita y dirigida por Halina Rejin, protagonizada por Nicole Kidman y Harris Dickinson. "Un thriller erótico no es sólo triángulos amorosos y exhibicionismo (...). Para conseguirlo, se necesita que sus personajes sean misterio suficiente. Y a la vez, lo bastante cercanos para interesarnos por su destino. Y eso lo cumplen todos acá", afirma.

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Babygirl abre y cierra su historia con un orgasmo. En rigor, la película completa gira a su alrededor. Uno de esos orgasmos es artificial, otro es honesto y necesario, y otro tan anhelado como inesperado. Un thriller erótico para los adultos más en desuso en estos días: aquellos con la madurez suficiente para saber que no hay respuestas sencillas ni sirven los discursos ensayados para los recovecos, tan oscuros como luminosos, de las relaciones humanas.

Halina Reijn, prolífica actriz neerlandesa (sí, va a costar acostumbrarse al término) reconvertida a guionista y directora, explora por segunda vez en su corta filmografía el intrigante atractivo sexual de la dominación y sumisión. En su primer largometraje, Instinct (2019), la protagonista es una terapeuta que se ve seducida por un abusador sexual convicto. Reijn no dejó muy claro en esos personajes, sus historiales o motivaciones, pero sí puso como antecedente lo perturbadoramente atrayente del peligro mismo.

En Babygirl Deseo Prohibido (Babygirl, 2024), Romy (Nicole Kidman) es una ejecutiva de alto rango en una empresa que ella misma fundó. Una que se dedica a la automatización y está en plena expansión, lo que la demanda bastante laboralmente. Casada con Jacob (Antonio Banderas) tiene dos hijas con sus propios conflictos. Samuel (Harris Dickinson) es un joven ejecutivo en práctica que identifica rápidamente lo atractivo que le resulta a Romy y aprovecha de pedirla como mentora. De ahí en adelante, comienza un juego de seducción centrado en personajes que no saben bien cómo relacionarse con su propia búsqueda del placer.

Esta es una película que funcionaría muchísimo menos de no tener a dos intérpretes de tan amplio rango actoral como Kidman y Dickinson.

La primera en el atrevimiento de encarnar poder, placer, fantasía y vulnerabilidad con la misma intensidad; el segundo de servir a la autora como representación de todo un punto de vista. Una personalidad sin aplomo pero totalmente desinhibida, le vuelve magnético para Romy, y en otro punto, para Esme (Sophie Wilde), la ambiciosa asistente de su jefa.

Pero un thriller erótico no es sólo triángulos amorosos y exhibicionismo, de esos abundaron en los ‘90, y muy pocos trascendieron realmente. Para conseguirlo, se necesita que sus personajes sean misterio suficiente. Y a la vez, lo bastante cercanos para interesarnos por su destino. Y eso lo cumplen todos acá, porque están directamente al servicio de la historia.

El mayor mérito está en el trabajo de la guionista y directora. Los diálogos, los giros, el montaje, la forma de poner la cámara e hilar la obra. Sus protagonistas tienen caracteres inasibles. Personalidades y comportamientos a los que el espectador no puede acceder de manera directa. Muchas veces no podemos localizar de manera certera qué es exactamente lo que los mueve, pero en otro nivel, lo sabemos perfectamente.

Las actuaciones pueden ser brillantes, pero es el foco y el enfoque lo que las define. Quizás el mejor ejemplo es el del primer encuentro sexual entre los protagonistas. Reijn pone la cámara centrada en Nicole Kidman y con ligeros movimientos va desencajando la imagen y transmitiendo su estado de ánimo. La neerlandesa se concentra especialmente en quitar el piso a sus héroes, porque es lo que está haciendo con el tema de fondo.

La conexión sexual como intercambio de poder. Como cesión. En una sociedad en dónde lo único realmente significativo es la adquisición de poder, que la posibilidad de perderlo produzca excitación y deleite se vuelve perturbador. Y atractivo. Qué hace funcionar cada una de las piezas que llevan al éxtasis es una de las inquietudes que más arden.

Romy necesita sentirse así. Es aquello lo que la hace sentir real placer. Es el peligro lo que la hace sentirse viva. Y no lo había encontrado hasta este momento porque estaba siendo especialmente eficiente construyendo su camino a un cierto lugar social. Uno que antes le hubiera sido negado por género y por generación. Pero esa es una vida artificial. Como aquel orgasmo fingido. Como los videos institucionales que Reijn inserta cada cierto tiempo. Mecanizada.

Que “los robots hagan las tareas repetitivas nos dejará tiempo” no es suficiente si tu propia mirada del mundo también está industrializada. Samuel en cambio, no está buscando el poder. Está buscándose a sí mismo. Y esa es una de las pocas certezas que tiene

¿Qué enciende a una nueva generación? Lo mismo que a las anteriores. El poder. Valoran sus objetivos como más nobles que los que vinieron antes, pero eso siempre estará por verse. Y esto que plantea Reijn, gracias a la escueta pero excelente participación de Sophie Wilde, es interesantísimo.

Esme representa a una generación a la que el placer sexual parece haber dejado de interesar como tema. Un reciente estudio de la UCLA propone que casi un 50% de los jóvenes considera que las escenas de sexo en el audiovisual son innecesarias. Lo cual llama mucho la atención, considerando el auge del “shippeo”. Por un lado se insiste en establecer relaciones románticas entre personajes, que sólo puedan conectarse a través de ser pareja y por ello, definidos por el atractivo que sienten el uno por el otro, y a la vez no se quiere ver manifestado ese deseo de forma física. Quizás es una de las tantas formas de cuestionar el ejercicio del poder en sus predecesores.

Creer genuinamente que las mujeres con poder se comportarían de otra manera es un texto digerido y focalizado. Y es una de las tantas preguntas que Reijn va dejando en la película y a las que no pretende entregar una respuesta: ¿Sólo una mujer con poder puede entregarse a ese tipo de fantasía? ¿Hay un factor de clase en esa perversión?

Si quisiera ser humillada, le pagaré a alguien para ello” es una frase tan honesta y necesaria como ese orgasmo que llega por fin haciendo encajar engranajes que Romy no supo que necesitaba hacer girar. Hay una liberación y aceptación en aquello. Control en perder el mismo. Es el cuidado en los detalles narración lo que logra justamente ese cometido, más allá de cierta extensión aparentemente innecesaria.

En eso brilla el trabajo de Cristóbal Tapia De Veer. El compositor ganador del Bafta y el Emmy nunca abandona la cualidad del thriller mismo. De su misterio, de su cadencia. Pero aprovecha desde acordes de música docta, para abordar el lujo y la posición económica de Romy; hasta hacer el viaje por los sonidos guturales, primitivos y animales.

Halina Reijn cuestiona nuestro afán de ganancia en las inteligencias artificiales, abogando por el hecho de que la emoción y el deseo siempre acechan, y que es un error no arriesgar a perderse en ellos. Una apuesta atrevida, que no les quepa duda.

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