Opinión
12 de Abril de 2025
La ciudad del agotamiento: no me hables, por favor
Por Rita Cox
“Estoy agotada”, dice Rita Cox, como lo hacen también sus amigos, colegas y conocidos. En esta columna, explora cómo el cansancio se ha instalado como estado permanente en la vida urbana, donde la hiperconectividad, la autoexplotación y el deterioro de los espacios públicos empujan a miles a esquivar el contacto social y buscar refugios de silencio en medio del caos.
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“Estoy agotada” es la frase que más repito cuando alguien me pregunta cómo estoy o incluso sin que nadie lo haga. La lanzo como acto reflejo, como un recurso de descompresión para seguir adelante. La repito insistentemente, aunque a veces me recrimino, porque la queja constante, pienso, es de mal gusto, cargosa para los interlocutores. Pero de vuelta escucho lo mismo: “estoy agotada”, “estoy agotado”. Compañeros de trabajo, amigos, familiares, conocidos, que se mueven a diario por la ciudad en transporte público o en sus autos; también quienes teletrabajan.
Hace poco encontré que la expresión se desenrolla bien en el ensayo académico “La política del agotamiento”, de las sociólogas y activistas Akwugo Emejulu y Leah Bassel, que afirman que en el “estoy agotada” trasciende un acto político de enunciación y denuncia, y la manera de encontrar solidaridad con otras (mujeres) que sienten lo mismo.
Con este cansancio permanente, la batería social es escasa y se reparte entre el trabajo, ineludible, lo doméstico, lo afectivo y lo personal, si queda tiempo y ganas. Para todo lo demás se urden estrategias de evitación. El objetivo es eludir los problemas, trámites y vampiros sociales que ofrece la vida de la ciudad. En el bus del Transantiago y el metro los audífonos, que a veces ni siquiera tengo prendidos, y los anteojos de sol comunican el “no estoy disponible, estos 30 minutos de traslado son solo para mí, yo veré qué hace mi mente con ellos, quiero silencio”.
Una caminata por los alrededores de la oficina durante la hora de almuerzo con el mismo escudo protector apunta a la misma medida: me urge el modo avión. Si suena el teléfono no se contesta. Suelen sindicarse a los millennials y centennials como apáticos de las llamadas. Yo tengo + 50 y hablo por teléfono en contadas ocasiones. Las considero abrumadoras la mayor parte de las veces. El auto, aunque haya taco, es un paréntesis.
El arquitecto y urbanista Pablo Allard, viudo de Awto, que hace unos días anunció su cierre en Chile, contaba en Radio Pauta que una de las razones que lo llevó a ser usuario durante cinco años fue que no tenía que interactuar con nadie. Todo era vía aplicación. Me hizo sentido. No soy una gran usuaria de Uber o de Cabify, pero cuando pido uno, siempre me tensa la posibilidad de un conductor bueno para la conversa. Con el agotamiento de la semana, las historias ajenas mezcladas con el sonido de la radio del auto ajeno pueden ser la estocada final para llegar a destino derrumbada.
No me siento orgullosa del espécimen humano en el que me he convertido. Todo lo contrario, me parece miserable, porque cuando la energía sí me ha permitido esos diálogos, me he sentido reconfortada. Ricardo Abuauad, también arquitecto y urbanista, me explicaba que esas interacciones se denominan “small talk”. Conversaciones casuales o superficiales, pero conversaciones al fin y al cabo, que no siempre somos capaces de entablar porque estamos superados.
En 2025 se cumplen 15 años de la publicación de “La sociedad del cansancio”, ensayo cortito y fundamental del filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han, donde explica cómo en el siglo 21 estamos funcionando como una sociedad del rendimiento en la que cada individuo es el encargado de autoexplotarse. Somos nuestros propios jefes maltratadores. El sujeto súper eficiente del aniquilador multitask. Estamos en todo y en nada.
Saltamos, afirma Byung-Chul Han, de una tarea a otra, de una pantalla a otra, sin profundidad, en una actividad fragmentada. En un café frente al computador trabajando, también atendemos al like de Instagram y vemos el video que nos mandaron por Whatsapp. Como consecuencia de esa exigencia continua, un estilo de vida sobrecargado de tareas, estímulos, nuestros cuerpos están cansados, nuestras mentes ansiosas y generamos vínculos frágiles.
Más reciente, David Madden, profesor Asociado de Sociología y director del Programa de Ciudades de la London School of Economics and Political Science, en su artículo “Ciudad cansada: sobre la política del agotamiento urbano”, le sigue el hilo a Byung-Chul Han. El texto arranca con un “En la ciudad estamos cansados. Todos nuestros conocidos están cansados. El agotamiento se ha convertido en una característica fundamental de la vida urbana”. Considera el ritmo imparable del postpandemia con trabajadores que, conectados desde donde sea, extienden jornadas a noches, mañanas y fines de semana, con una vida urbana que, anota, en su configuración actual, parece diseñada casi intencionalmente para ser agotadora. Sistemas públicos deficientes, servicios municipales limitados, arquitectura hostil e infraestructuras subdesarrolladas, atrofiadas por años de austeridad, hacen que la vida cotidiana en la ciudad sea mucho más fastidiosa de lo necesario.
En Estados Unidos, en su categoría Uber Black, la empresa ofrece tres opciones: “Silencio”, “Feliz de conversar” y “Sin preferencia”. En Tokio, Nueva York y Berlín se encuentran los “café de silencio”, donde está prohibido hablar en voz alta o directamente, diseñados para personas que quieren estar solas, trabajar en silencio o desconectarse del ruido social. En algunas tiendas, como Tesco y The Entertainer, ambas de Reino Unido, se ha implementado el sistema “quiet hour”, en principio para ser inclusivas para las comunidades con TDAH, autismo, ansiedad y trastornos sensoriales, y también para quienes quieran exponerse a menos ruido, luz e interacción. Otro ejemplo son las “no-kids zones”, donde Corea del Sur lleva la delantera, especialmente en cafeterías y restaurantes.
Todo indica que, agotados como estamos, para allá corremos también.



