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7 de Junio de 2025Soy cuidadora de gatos y he recorrido Europa gracias a mi trabajo: “Llevo más de un año sin pagar arriendo”
Marianne von Pérez es periodista y hace más de un año ha recorrido distintos lugares de Europa gracias al cuidado de gatos. Pero no es tan simple como suena.
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Llego a una casa. Me recibe un humano que me presenta a quien cuidaré. A veces son romanos, otras negros, amarillos o con manchitas. Hay de todo, pero mi ritual de presentación no cambia con los gatos. Me agacho a su altura y estiro mi mano para que me olfatee. Así me presento.
Tokyo, Kiki, Bárbara, Kali y Artie son solo algunas de las colas que dejé por el camino errante que decidí recorrer hace un poco más de un año por Europa y que ahora planeo dejar. Soy periodista y cuidadora de gatos. Actualmente estoy en Berlín junto a Lara, una gata de 17 años que necesita que la cuiden. Nos cuidamos. Pero la historia comienza conmigo partiendo a Europa en 2023, acá me encontraría con mi madre y mi tía. Estuvimos las tres un tiempo y ellas volvieron en enero del año pasado. Yo decidí quedarme y recorrer. Conocer. Vivir.
Aprovechando los días largos que ofrece Escocia en julio, visitaba a una amiga cuando solté una risa. Le comenté ‘mira el nivel de estafa al que llegaron’, mientras le mostraba una publicación en Instagram donde buscaban personas que cuidaran animales. Desde caballos a iguanas. Mi amiga me dice, ‘no, si es verdad. Es un servicio súper común acá’. Me tincó y me hice una cuenta. Vi el pago de la membresía como una inversión: podría recorrer Europa sin necesidad de pagar hostales. Pero no cuidaría caballos, mejor gatos. Más domésticos, pero no por eso más simples.

El altanero Tokyo fue el primero a mi cargo. Sus ojos desafiantes no me dieron precisamente la bienvenida. Éramos desconocidas y él me lo hacía saber. Era blanco con gris y una M en su frente. ¿Lo recuerdo con cariño? Obviamente, el primero siempre marca algo en el corazón. Tokyo, emperador. Estuve con él en un penthouse cerca de Madrid por 12 días. Me mordió dos veces la pierna porque no le quería dar más comida, pero habían reglas… esas reglas que a Tokyo, el emperador no le importaban.
¿Recuerdo otro gato? Los recuerdo a todos. A TODOS. Pero otra que se quedó en mi corazón fue Bárbara, Barbs para nosotros los amigos. Dorada y con rayas en un tono naranja más clarito. También con una M en su frente. El temido ejemplar naranja que fue el primero que se acercó para dormir conmigo. Primero dormía en mis pies, agarró un poco de confianza y llegó a las rodillas, perdió todo el respeto cuando ya dormía en mi pecho mientras me ronroneaba fuerte. Estuve dos meses con ella en Gales. Pasamos Navidad y Año Nuevo juntas.
Otro que está en mi corazón es el gatito que cuidé en Suecia. Estuve un poco más de tres semanas. El inolvidable Kiki. Dormía en mi pecho y me apoyaba la nariz húmeda en mi piel. Yo moría de amor, no me movía del sillón por horas para no molestarlo. Artie, era un gritón y necesitado de atención. Así como acumulo kilómetros bajo mis pies, acumulo mis gatitos.

Los gatos cambiaron mi forma de viajar
Yo viajo hace muchos años y cambió completamente mi modo de viajar porque hoy en día cuando pienso en algún lugar, reviso las mascotas. Abro trustedhousesitters y me lleno de alertas. Me pongo a pensar en qué fecha me gustaría estar en X lugar y lo planeo dependiendo de los gatos que necesiten de mí. Es lo único que tengo con notificación en el teléfono. Es una tarea pesada porque no es solo dar comida; es limpiar, vigilar, medicar y acompañar. Pero también llevo más de un año sin pagar arriendo, sin ver un hostal lleno de personas. Me he ahorrado casi cuatro millones de pesos.
Ahora estoy en Berlín. Como dije antes, puse alarmas y planifiqué todo. Me vine a Alemania por casi dos meses. Acá conocí a Lara de 17 años, la gata más vieja que me ha tocado hasta ahora. Su persona, cuando tuve la entrevista, me dijo que ‘si Lara muere antes que tu te vengas, te puedes quedar igual en la casa’. Todo extraño por acá.

Soy una profesional del servicio. Me levanto todos los días a las 7:00 porque sé que le tengo que dar a Lara sus remedios. Da lo mismo a la hora que me haya dormido. Pero esta profesional está cansada y fragmentada. Viajo con mi casa en una mochila, una mochila tan pequeña que a veces me tengo que subir al avión con cuatro pantalones puestos y unas cuantas poleras encima. Quiero un escritorio, quiero poner una foto de mi abuela. Quiero armar un hogar.
En los lugares, como las estancias son largas, empiezas a vivir una vida de mentira. En un momento yo ya conozco el barrio, sé cómo moverme, sé donde dejar las cosas en la cocina. Como que casi sientes que arrendaste una casa amoblada hasta que llegas al refri y ves fotos que no son tuyas. Es raro porque cuando ya siento que empecé a habitar, me muevo de nuevo. Quiero mi hogar.
Quizás siga cuidando gatos, pero con menos frecuencia. Ojalá siga agachándome para presentarme a esas narices húmedas.



