El interminable duelo de la hermana de Nicolás Scheel tras la apelación de la Alianza Francesa: “A ocho años de su muerte, nos vuelven a herir”
El mismo día en que se cumplían ocho años de la trágica muerte de Nicolás Scheel en 2017 la familia recibió una noticia que generó dolor: el colegio Alianza Francesa decidió apelar a la sentencia que lo obligaba a pagar $260 millones en indemnización a la familia por su responsabilidad en el suicidio del joven de 17 años. "No hubo perdón de las personas involucradas en las ilegalidades y vulneraciones de derechos que sufrió Nicolás y que culminaron en esta tremenda forma de morir solo. Porque murió solo en una plaza. Uno tiene que aprender a vivir con eso. Y cuando esta sentencia sale, Nico se vuelve a morir en esas circunstancias otra vez. Sin ser valorado. Sin ser escuchado. Sin ser visto, ni respetado", dice Heidi Scheel, hermana mayor de Nicolás, desde Estados Unidos.
Por Martín Browne 7 de Septiembre de 2025
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Heidi Scheel vive en el estado de Nueva York, Estados Unidos. Reside, como voluntaria, en una comunidad para adultos con necesidades especiales llamada Camphill Village Copake junto a su marido y uno de sus dos hijos, de 20 años de edad. Ahí estaba hace menos de un mes, el 21 de agosto, cuando su padre le envió un mensaje de WhatsApp: tras ocho años del suicidio de Nicolás, su hermano menor -caso que tuvo un fuerte impacto mediático en el país-, había una sentencia contra el colegio Alianza Francesa, de Vitacura.
El padre de Nicolás quiso ver el contenido junto a su hija. Así lo recuerda Heidi Scheel: “Inconscientemente uno se prepara para las malas noticias, pero para las buenas no nos preparamos tanto. Pero aquí no hay ni malas ni buenas noticias. Acá hay dolor. Leí el final de la sentencia y llamé a mi papá por cámara y le dije ‘la sentencia dice que el colegio es responsable de lo que hemos sabido siempre que ha sido responsable’. Fue un sentimiento muy fuerte y profundo. Estábamos enfrentando el dolor. Es una retraumatización. Se despiertan recuerdos, muchas cosas. Y me puse a llorar. Cómo no iba a llorar. Si era un paso hacia adelante en el camino de la justicia hacia la paz del corazón”.
La indemnización monetaria contra el colegio fue de $260 millones para la familia por daños por la responsbailidad de la institución en el suicidio, al no respetar los protocolos en el actuar disciplinario del colegio Alianza Francesa y aplicar el procedimiento sancionatorio contra Nicolás de manera indebida luego de hallarlo con 1,7 gramos de marihuana en el baño del colegio, sacarlo con Carabineros del recinto sin la presencia de sus padres, aunque la cantidad de marihuana que portaba Nicolás no ameritaba llamar a la policía por ser considerada legalmente una falta y no un delito. Después, en una seguidilla de irregularidades cometidas en el ‘Consejo de disciplina’, se le hizo asistir a una suerte de juicio en frente de trece representantes del colegio, incluyendo centro de alumnos, centro de padres, personal administrativo, profesores, gerente, psicóloga, vicerrector y rector del establecimiento educacional entre otros, siendo humillado y vulnerado en sus derechos irreparablemente.
“Lo de la indemnización monetaria es muy extraño también, porque cuánto vale una vida. ¿Cuánto vale la vida de Nicolás? Pero lo más importante para nosotros es que se estableció responsabilidad”, asegura Heidi Scheel.
Pero la sensación de haber dado un paso hacia adelante no duró muchos días. El 31 de agosto, en el octavo aniversario de la muerte de Nicolás, la familia se enteró que la Alianza Francesa apeló a la sentencia a través de un mensaje que fue difundido por la comunidad del colegio. Y de que, por ende, el juicio no había terminado.
“En ese comunicado, que se entregó a la comunidad educativa Alianza Francesa, hay un párrafo que dice ‘solidarizamos con la familia de Nicolás y su dolor’. Y después dice ‘nosotros no hicimos nada malo, solo seguimos los protocolos’. Esta incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace es muy dolorosa. Su palabra no refleja su acción. Se separa de la acción. ¿Dónde ha estado y dónde está la solidaridad del colegio para con nuestra familia y sobre todo con Nicolás? Es una pregunta muy profunda”, reflexiona la hermana mayor.
Además agrega: “Es importante volver a ver lo que decía Nicolás en los últimos audios, que a él no le importaba al colegio, que nunca lo valoraron. ‘Para qué van a hacer un minuto de silencio si yo no les importaba’, dijo. Me lo están matando otra vez, porque eso se siente. Se siente que el colegio, después de ocho años, no ha podido verlo, ni siquiera al morir en esas circunstancias. Que no se lo deseamos a nadie. Entonces pierde sentido la muerte de Nicolás, queda en vano. No estamos tomando en nuestras manos lo que Nicolás nos deja, que la manera de enseñar, de educar, no es el miedo, la humillación y la indiferencia, sino el valorar a cada alumno al reconocerlo y acompañarlo en los procesos de vida con empatía, con ternura, con humanidad, con amor. Nos debería dejar la oportunidad de pedir perdón y asumir responsabilidades aprendiendo de los errores.
—¿Nunca nadie les pidió perdón?
—Es muy impresionante ver que en ese momento era apoderado del colegio Cristián Warnken y él nos pidió perdón. En el ‘Todos somos Nico’, una frase que salió de los alumnos en esa época, hubo un montón de mensajes que todavía no han sido escuchados ni puestos en práctica. Con esta apelación se me hace claro. No hubo perdón de las personas involucradas en las ilegalidades y vulneraciones de derechos que sufrió Nicolás y que culminaron en esta tremenda forma de morir solo. Porque murió solo en una plaza. Uno tiene que aprender a vivir con eso. Y cuando esta sentencia sale, Nico se vuelve a morir en esas circunstancias otra vez. Sin ser valorado. Sin ser escuchado. Sin ser visto, ni respetado. Sin nadie que se preocupe de cómo está realmente. Y la última frase en su audio, tan dolido, que dice, refiriéndose al colegio, ‘ustedes me quitaron mi sonrisa, me la quitaron’. Y le vuelven a quitar la sonrisa. No solo a él. A mis hijos, a mi familia, a sus amigos. A la gente que lo ama para siempre. ¿Eso es educar? Si eso es educar, creo que la educación tiene mucho que hacer al respecto para repensarse y para realmente comprender desde dónde, cómo y para qué se educa.
—¿Alguien de la familia tiene contacto con la Alianza Francesa?
—No. No tenemos relación. Nunca se ha buscado una relación con nosotros más que apelar a la sentencia, que es lo más cercano que llegan. Y nos vuelven a herir, como salió en este comunicado de apoyo, de exalumnos y familias de la comunidad, de que pararan de herirnos, que asumieran sus responsabilidades como seres humanos que se pueden transformar y cambiar. Enmendar errores. Es lo mínimo.
—¿Cree que lo reducen a lo económico?
—No puedo hablar por lo que ellos piensan, quieren, o no quieren. Solo puedo hablar desde mi propia experiencia y mis propios pensamientos al leer ciertos comunicados escritos o publicaciones. Pedir perdón es un acto de verdadera educación, donde uno es un ejemplo para lo que se quiere enseñar. El gesto de hacerse responsable de un error y pedir perdón es de los grandes valores del ser humano. En el fondo estamos enseñando a descubrir y tener las herramientas para enfrentar la vida, para aprender a amar.

“La respuesta de la Alianza Francesa a la sentencia fue: ‘todavía no nos importa Nicolás, ni tu familia’. Eso es lo que siento”
Para Heidi Scheel, Nicolás es como un hijo y para sus hijos es como si fueran hermanos. En Chile, ella vivía junto a su familia en Pucón -junto a su marido son profesores de pedagogía Waldorf- y Nicolás viajaba constantemente a verlos. En vacaciones y feriados se instalaba con ellos.
“Cuando Nicolás murió, mi papá llamó a mi marido y él volvió a la casa y me contó. Y uno nunca está preparado para algo así. Después, mis hijos estaban en el colegio y tenía que contarles. No se lo doy a nadie. Pero tenía que ser yo la que les contara, porque soy su mamá y los amo. Y yo estaba destruida. Y sabía que les iba a destruir el corazón a mis hijos para siempre y lo tuve que hacer. Nos abrazamos y nos sostuvimos los cuatro. Ahí empezó el dolor de dolores. Y no solo eso, porque había muchas injusticias y eso duele más todavía”, dice Heidi Scheel.
—¿Cómo fue el duelo cuando el caso empieza a desaparecer mediáticamente?
—Todos los días pienso en Nicolás. Está muy presente. Hay fotos, conversamos, lo recordamos. Nos juntamos y creamos un rito para celebrar el día en que nació. También para el aniversario de su partida, todos los 31 de agosto. Prendemos velas agradeciendo su vida. En Pucón hacemos fogatas, a él le encantaba hacer fogatas en mi casa. Y nos preguntamos: ‘¿Qué nos enseñó Nicolás?’ Recordamos cómo era. Porque la imagen que se creó de Nicolás después de que murió no tiene nada que ver con quién era Nicolás. Hubo mentiras, manipulación. Pero nosotros lo conocimos y tuvimos el honor de ser su familia y de seguir siéndolo, de esta manera ahora. Y él era muy especial, era poeta, escribía, era cariñoso, era gracioso, tenía un especial sentido social.
—¿Tenían un vínculo por la poesía?
—Sí, nosotros conversábamos bajo el manzano, o en el lago Villarrica. O mirando las estrellas. Él inventaba poemas, hacía cuentos. Yo cuidé a mi nana que me crió, a quien le dio Alzheimer. Y él le escribió un cuento que justo lo leímos la Navidad pasada. Con solo 14 años. Nico cuando comíamos siempre inventaba bendiciones, un rito que tenemos. Tenía ese don.
—¿Cómo has logrado manejar los procesos de duelo de tus hijos? Siendo que tienen casi la misma edad.
—Mira, mis hijos tenían en ese entonces 12 y 15 años. Eran muy amigos. Leían juntos en la noche. Tengo recuerdos increíbles. Cuando Nicolás murió de esa forma la aceptación en mí se demoró mucho. Son tantas cosas tan terribles. En ese segundo mi corazón comenzó a quemarse y no paró de quemarse, físicamente. Viví con angustia por años. Me caía al suelo, de dolor, de llanto. Y veía a mis hijos así.
—Se dijo en ese momento que Nicolás tenía 71 gramos de marihuana, cuando solo era 1,7.
—Se creó una imagen inmediata de Nicolás que no era cierta. Y se quiso acusar a Nicolás de muchas cosas que no tenían nada que ver con él. Y no salía nadie del colegio inmediatamente a aclarar los hechos. Nadie salió a defenderlo. Nosotros estábamos recogiéndonos del piso, tenía que ir al Servicio Médico Legal a reconocerlo. Tuve que ir con mi papá. Teníamos que hacer un funeral. No podíamos salir a defenderlo.
—¿Sabía de lo sucedido cuando se enteró de la muerte?
—Yo lo dije en entrevistas pasadas. No sabía lo que estaba pasando, no supe. Eso ha sido un gran dolor. Pero sí lo que comencé a hacer inmediatamente fue mirarme hacia adentro, a mí misma, y preguntarme ‘¿en qué fallé?’. Quiero saberlo, quiero darme cuenta, para no volver a hacerlo o cometer los mismos errores. En eso, somos todos responsables de alguna manera. Todos los adultos. Y, por eso, gente que nos conoció en esta tremenda experiencia, que se sintieron cercanos y conmovidos por Nicolás, nos pedían perdón. Hasta hace poco una persona por redes sociales nos volvió a pedir perdón. Yo he hecho un camino de perdonar, de ir hacia el perdonar lo que ha parecido imperdonable. Mis hijos no quieren venganza. A esta edad quieren ser capaces de perdonar, pero necesitan ayuda.
Y eso es lo que le estaba pidiendo al colegio. ¿Le pueden dar la mano a mis hijos ahora que están vivos? ¿Pueden ayudarlos a perdonar? Eso piden y yo soy la mamá. Una mamá que los ama y que daría la vida por ellos. Y el colegio ha respondido dolorosamente con una apelación a la sentencia. Entonces tengo que hablar con mis hijos y decirles que el colegio apeló. Y explicarles por qué no nos quieren ayudar. Por qué no quieren reconocer qué hicieron ellos de mal. En qué se equivocaron. Yo no sé qué pasa por sus conciencias. No lo puedo saber si es que no conversan ni se comunican conmigo.
—¿Qué la motiva a seguir haciendo pública la causa?
—Esta entrevista la doy porque hay un tema en la educación que tiene que seguir profundizándose. ‘¿Qué necesitas?’ ‘¿Cómo estás?’ ‘¿En qué te puedo ayudar?’ Son las preguntas que deben estar ante cualquier situación conflictiva en una institución educativa, para quien se haga responsable de la educación de menores de edad. Si alguien le hubiera preguntado a Nicolás: ‘¿Necesitas un vaso con agua para calmarte?’ ‘¿Podemos conversar?’ ‘¿Qué pasó?’ ‘¿Estás bien?’ ‘¿Te podemos ayudar?’ No hubo ninguna preocupación por lo que había más allá. Fue juzgado y vulnerado en sus derechos. Y terminó de la peor manera posible.
Es tan injusto que los compañeros sacaron la voz, levantaron banderas, ‘plus jamais’, ‘nunca más’, ‘todos somos Nico’, ‘Alianza queremos que conozcan nuestros nombres de pila’, hay un montón de mensajes que tenemos todavía. Los guardamos. Nos importan. Esto le da sentido a la muerte de Nicolás, que no vuelva a pasar. Nadie merece pasar por una situación tan tremenda. Y después de siete años de haber comenzado los trámites de un juicio para que esto no vuelva a pasar, y tener todos en nuestras manos la oportunidad de cambiar, y la respuesta a la sentencia es: todavía no nos importa Nicolás, ni tu familia. Eso es lo que siento. Los alumnos y la comunidad están pidiendo que bajen la apelación. Yo tengo esperanza de que voy a tener respuestas que darle a mis hijos. Y que ellos sí van a poder perdonar lo que ellos estimen que pueden y deben perdonar.
—Lo que más le falta a la familia entonces es que la Alianza Francesa se haga responsable, que pida perdón.
—Esta apelación significa que el juicio continúa. Llevamos ocho años desde que Nicolás partió, siete de juicio y ahora no sabemos cuánto más falta. Entonces hay que seguir reviviendo, hay retraumatización, la incertidumbre de no saber qué te van a decir. Y este caso vuelve a salir a la luz pública. Salen críticas hacia nosotros y también muchísimas muestras de apoyo y cariño, de ternura y de esperanza desde personas que se sienten unidas a nosotros a través de Nico, de su historia. Lo que yo quiero es que Nicolás sea escuchado. Y pienso en qué diría Nicolás ahora, con una voz adulta, de 25 años de edad, si pudiera ver todo lo que pasó con su muerte. Todo lo que ha pasado. Qué le diría Nico a su colegio.



