Opinión
27 de Septiembre de 2025
Plátanos Orientales: Un mal amor
Por Rita Cox F.
La columnista Rita Cox aborda un eterno debate primaveral en la ciudad: los costos y beneficios de los Plátanos Orientales. "El mismo personaje protector te traiciona cuando se desata su personalidad tóxica en septiembre, a veces agosto, y hasta noviembre, durante su período de floración. Es casi paradójico que sea su flor y polen —la belleza por antonomasia— su cara más maligna", escribe.
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He trabajado en Providencia por años y vivido durante largos períodos, en distintas etapas. Por eso puedo decir con toda propiedad que durante décadas he experimentado en primera persona ese arco dramático —digno de una excelente Quena Rencoret— sobre los llamados Plátanos Orientales.
Amor, porque pasear en otoño o después de la lluvia por Pedro de Valdivia, Lyon, Holanda, Bilbao, Eliodoro Yáñez o Hernando de Aguirre, ojalá café en mano, con esas hojas amarillas o rojas cubriendo las veredas, será por siempre parte de mis más atesorados recuerdos del Santiago cotidiano. Agradecimiento, porque no hay mejor sombra que la de esas veredas.
Pero el mismo personaje protector te traiciona cuando se desata su personalidad tóxica en septiembre, a veces agosto, y hasta noviembre, durante su período de floración. Es casi paradójico que sea su flor y polen —la belleza por antonomasia— su cara más maligna.
“Uno se aguanta malos gobernantes y no se va a aguantar unos estornudos”, me dice con humor un amigo abogado que se dedica al paisajismo, y con el que coincidimos en nuestra compleja relación con los Plátanos Orientales. Mientras escribo esta columna, feliz porque hace días no prendo estufa y mi energía mejora con la pátina de la luz primaveral y su temperatura, también temo lo que se viene: unas tres o cuatro semanas -en mí caso- de tos, rinitis, intensa picazón en los ojos, los oídos, brazos y piernas. Nada invalidante, pero incomodísimo. Enloquecedor para otros más sensibles o con alergias de base.
¿Por qué este árbol genera una reacción tan intensa? La respuesta está en los números brutales. Mientras que los pólenes de pasto —considerados por muchos como más alergénicos— no superan los 60 granos de polen por metro cúbico en su peak máximo, el Plátano Oriental alcanza la cifra obscena de 3.500 granos de polen por metro cúbico. Hace unas primaveras atrás, en un artículo aún disponible en la web de la Universidad de Chile, el químico ambiental y académico del Departamento de Química Richard Toro analizaba las tendencias de concentraciones de polen en Santiago y explicaba que “el nivel de estos alérgenos en el aire se ha triplicado, pasando de una concentración de 11 mil granos de polen por metro cúbico a más de 30 mil granos de polen de Plátano Oriental“, lo que provoca efectos devastadores para la población con predisposición a alergias o enfermedades respiratorias preexistentes.
Lo interesante es que, en el mismo texto, la jefa del Servicio de Inmunología del Hospital Clínico de la Universidad de Chile, María Antonieta Guzmán, señalaba que solo un tercio de los pacientes polínicos están sensibilizados al Plátano Oriental. La mayor parte de los polínicos están sensibilizados a los pólenes de los pastos, los que polinizan en primavera y verano, incluso hasta marzo y abril. Esto significa que, aunque el Plátano Oriental sea el villano más visible, no es el único responsable del sufrimiento primaveral santiaguino. La trama se complejiza.
Las molestias del polen no son los únicos argumentos en contra de la reputación de los Plátanos Orientales. El enjuiciado permanece sin una hoja verde hasta ocho meses al año; hojas que limpien el asqueroso aire contaminado del invierno santiaguino. La solución, según varias voces expertas, debería ser diversificar con árboles nativos de hoja perenne como peumos, bellotos, quillayes, maitenes y pataguas, que sostengan la ciudad verde durante los inviernos (cada vez más cortos, además) y reduzcan la concentración de polen en primavera. Pero, ¿es uno u otro?
Hace años, en estas fechas revive la amenaza de prohibir la plantación del Plátano Oriental. Ya en octubre de 2018 —segundo mandato de Sebastián Piñera—, el Ministerio de Agricultura preparaba el proyecto de “Ley Arbolito” que, entre otras cosas, pretendía prohibir la plantación de más Plátanos Orientales en las ciudades debido a los reclamos. No pasó nada con la prohibición, y el proyecto, modificado recientemente bajo el mandato del Presidente Gabriel Boric, tampoco tiene demasiados prospectos de mostrar sus frutos este año.
Me cuesta imaginar Santiago sin Plátanos Orientales. Es parte de su postal. De su doble cara. De su belleza y su violencia contra el bienestar. Es un árbol agradecido, y de esos hay pocos (como las personas). Me pasaría igual con algunas de esas calles preciosamente arboladas de Viña del Mar. También están presentes en Valparaíso, Rancagua, Talca, Concepción. Y es que 129 años de presencia son difíciles de eliminar.
Tampoco es cosa de darle la espalda a quien se considera uno de los responsables de introducir la especie en Chile, George Henri Duboi, quien, tras su llegada al país en 1886, y después de trabajar como jardinero en la entonces llamada Quinta Normal de Agricultura, terminó convirtiéndose en uno de los padres del paisajismo, con obras tan monumentales como el Parque Forestal, entre otros parques, plazas, jardines y plantaciones en diversas ciudades, además de publicar muchos artículos de difusión.
El de Duboi es un nombre clave en la elección de una especie que parece resistente a todo: suelos compactados y pobres, común en calles y bandejones; la poda y el trasplante; puede vivir más de 100 años en entornos urbanos; genera sombra en poco tiempo.
Y, temporada tras temporada, es completamente inmune al ninguneo en masa.
Nadie resistió tanto.



