“Quiero que la gente de la comuna deje de salir a otros lados”: el sommelier que levantó un bar oculto en San Miguel con una de las mejores cartas de vino en Chile
En San Miguel, Nicolás Castro transformó la casa de sus abuelos en Casa Brotherwood, un bar a escala humana que combina cerveza artesanal, vinos de pequeños productores y una propuesta gastronómica inspirada en su pasión por la cocina y el punk rock. Un lugar donde la comunidad, la autenticidad y la calidad son protagonistas.
Por Felipe Betancour 28 de Septiembre de 2025
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Un portón negro en la Décima Avenida de San Miguel se abre, y la cabeza de Nicolás Castro se asoma para ver quién toca el timbre. La reja, que se parece a la de otras casas de la calle que aún conservan el toque residencial, es la entrada al bar oculto del publicista y sommelier, quien convirtió el hogar de sus abuelos en su proyecto personal: un bar a escala humana que, en los últimos años, ha sido destacado por su impresionante carta de vinos y su premiada cerveza artesanal.
Casa Brotherwood es el nombre y abrió hace dos años. Desde afuera no hay carteles ni señales que indiquen que en su interior hay un bar, solo la patente del local pegada afuera, que le permite funcionar hasta las 2 de la mañana. En el interior, más de diez refrigeradores exhiben cientos de vinos, todos con algo en común: son producidos realizados por pequeños viticultores de distintos lugares de Chile.
El bar está adornado por otra de las pasiones de Castro: el punk rock y el hardcore, que también refuerzan la identidad del lugar. La filosofía del bar se basa en hacer las cosas a su modo, con estilo propio y bajo reglas claras que privilegian la autenticidad. Su filosofía también se centra en trabajar con quienes comparten valores similares.
El sueño de Castro comenzó a gestarse hace una década, cuando viajó a Irlanda para aprender inglés y conocer la tradición cervecera del país. Allí trabajó en la Galway Brewery y, más tarde, en Londres continuó perfeccionándose en este ámbito. De vuelta en Chile, estuvo involucrado con marcas como Kross y El Honesto Mike, además de asesorar bares cerveceros como Mourgues, Depósito Cervecero de Zapata, Truf y Mossto BrewFood, entre otros.
“Nací y me crié en San Miguel, he estado toda la vida en el barrio y me gusta mucho. Durante muchos años asesoré locales. En un momento dije: quiero hacer mi bar, quiero que la gente de la comuna deje de salir a otros lados, entregando algo de calidad en la zona. Y lo segundo: que el lugar sea mío. Ya había visto sociedades y experiencias anteriores, así que decidí que no quería arrendar”, recuerda Castro, quien le planteó a sus padres la idea de usar el espacio de la casa de sus abuelos.
La casa estaba sola, y ahí le propuso a su papá levantar el proyecto. “Sentía que era el lugar donde me gustaría desarrollarme, porque llevaba muchos años trabajando con gente en el rubro y lo vi como una buena oportunidad”, relata sobre el momento en que tomó la decisión. Con su padre como mano derecha, le prometió que él se encargaría de todo: las finanzas, la idea. “Solo quiero que me ayudes con el lugar, con este sitio que era donde vivían mis abuelos maternos. Y mi mamá me dijo: hijo, este lugar es todo tuyo. Así partimos. Nos tomó un año y medio obtener la patente de alcoholes y abrimos”, cuenta sobre el inicio del sueño de Casa Brotherwood.
Sin embargo, después de toda la inversión, no le quedó dinero para contratar un chef, una cajera o un barman. La familia, nuevamente, fue la base del local: la madre de Nicolás en la cocina, su cuñada en la caja y su hermano, que aprendió mixología especialmente para la apertura, detrás de la barra. Al principio abrían jueves, viernes y sábado. El dueño recuerda que además inauguraron en pleno invierno lluvioso, y surgía la duda: “¿Quién va a entrar a este local?”.

Los primeros clientes llegaron desde la comunidad del mismo nombre, que Nicolás había formado en 2012 a través de catas. Muchos venían desde la zona oriente de la capital y viajaban hasta San Miguel solo para visitar el bar. Ellos comenzaron a recomendarlo a sus conocidos: el boca a boca fue vital. Incluso recurrieron a técnicas más arcaicas, como ir a tocar el timbre de los vecinos para contar que había un nuevo bar y pararse afuera del metro repartiendo volantes, para que la comunidad se enterara de la apertura.
En un principio, la base del local fueron las papas fritas y las preparaciones rápidas, típicas de un bar cervecero. El dueño cuenta que inicialmente quería sofisticar la carta y no incluir estas preparaciones, pero su mamá le dijo que no podía omitirlas, y tenía razón, ya que incluso abrió una marca especial para sus papas fritas, que se convirtieron en uno de los productos más vendidos. Luego de un tiempo, al poder llenar el local, decidió que su madre saliera de la cocina, ya que era el momento de profesionalizar.
Así llegó Emerson Allende, el chef que está a cargo de la cocina. “Empezamos abriendo los sábados al almuerzo, con una propuesta más gastronómica. Emerson es especialista en pescado, y los almuerzos comenzaron a funcionar muy bien. Así empezamos a refinar la carta, hace ya dos años. Desde entonces, trabajamos de la mano en todo lo que yo quería proponer en términos gastronómicos, junto con su amigo Sebastián”.
A los dos meses, decidieron abrir otro día, y luego otro más. Hasta que el año pasado terminaron funcionando de miércoles a domingo, potenciando los almuerzos. La propuesta siempre gira en torno a los mariscos, pero va rotando: un día risotto de mar, otro especial de reineta, otro de congrio. También se suman guiños como ñoquis los 29 o noches de pastas.
Con Emerson desarrollaron esta idea más gastronómica de la mano. Él quería cocinar y Castro le dijo: “Vamos, porque aquí se va a cocinar mucho, y a mí me gusta la comida”. Así partió la base de lo que son hoy.
Casa Brotherwood no solo ha ganado el respeto de la comunidad, sino también de publicaciones especializadas como La Cav, que la ha mencionado entre las mejores cartas de vino de Chile por su centenar de botellas a disposición.
Hay de todos los precios, desde la copa de vino a luca, como durante el “Día del Vino” cuando abrieron una barrica con un vino natural, hasta botellas que sobrepasan los 80 mil pesos. Además, hay dos líneas de vino de la casa: una tinta, con la que hacen borgoña, y una blanca, con la que preparan un ponche.
Para lograr esta carta, Nicolás mantiene algunos lineamientos, como trabajar con pequeños productores, lejos de los vinos industriales, algo que también aplica a las cervezas. “Durante la pandemia los llamaba y les decía: ‘¿Dónde está tu vino?’ Y respondían: ‘Bueno, el cien por ciento de mi vino está en Nueva York, en Dinamarca, no dejo vino en Chile porque a la gente no le interesa’. Yo les decía: ‘Pero a mí me interesa’. Entonces me decían: ‘Bueno, te voy a dejar una caja’. No eran grandes cantidades, pero con eso yo era feliz”.

Esa fue la antesala del local, con la tienda online Brotherwood, donde se preocupaba de la curaduría, y cuando abrió el local solo contaba con un refrigerador para vinos y otro para cerveza; hoy se cuentan más de doce.
“Así comenzaron mis primeros contactos con Roberto Henríquez, Pino Román y Carter Mollenhauer. Ellos me apoyaron en un proyecto muy pequeño, familiar. Con esa ayuda empezamos a construir un poco la tienda, que luego se convirtió en el sustento para abrir el local con un cooler. Al principio teníamos solo uno de vino y uno de cerveza; hoy tenemos alrededor de doce coolers. Fue un proceso paso a paso. Hoy en día contamos con vinos colaborativos y seguimos trabajando con Roberto Henríquez, quien desde el segundo año nos apoya con sus vinos”.
Además, cuentan con otros productos premiados, como la Paint it Black – Imperial Stout con frambuesas y vainilla de 8,5° alc., hecha en colaboración con la cervecería Zigurat de Maipú, y han mantenido una constante colaboración con otras marcas nacionales como Tamango.
Con el éxito de su primer local, Castro asegura que no se sentiría cómodo abriendo otro con la misma marca: “Me gusta ser arriesgado con lo que soy. Si creara algo a futuro, sería otro concepto. Esta es la casa de mi abuelo, la casa de mis padres, de mi familia. Y el día de mañana, si hiciera otro proyecto, sería con un concepto distinto. Me gusta comer: podría hacer una pizzería o algo más; me encanta la pastelería. Siempre busco conocer a pasteleros. Me apasiona la pastelería, y cuando viajo me encanta probarla. He mirado otros conceptos también”, dice sobre la posibilidad de abrir otro local.



