Opinión
8 de Noviembre de 2025
Ciudad: cuando las cosas sí funcionan
Por Rita Cox F.
En el Día Mundial de Urbanismo, la columnista Rita Cox recuerda que las ciudades se construyen mejor cuando se diseñan de la mano de quienes las viven: los vecinos y vecinas. Mientras las calles se ensucian o se demoran años en cambiar, hay lugares a lo largo de Chile que son experiencias luminosas: patios escolares que florecen en el desierto, jardines comunitarios que vencen a la inseguridad y vecinas que enseñan a mirar lo invisible.
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“Las ciudades tienen la capacidad de proporcionar algo para todos sólo cuando son creadas por todos”. Esta frase de Jane Jacobs, publicada en 1961 en su libro The Death and Life of Great American Cities, no pierde vigencia. Jacobs, que no se formó en la universidad ni como arquitecta ni como planificadora urbana, marcó un antes y un después en la historia del urbanismo. Lo suyo fue la observación aguda, primero, luego atreverse como periodista autoformada y escritora. Antes que todo eso, cultivarse como una conocedora de cada cuadra de su barrio, en el Greenwich Village de Nueva York.
Para ella, la sabiduría sobre cómo debe ser una ciudad no residía en los escritorios de los expertos, sino en quienes la habitan, la caminan, la usan todos los días: los vecinos y vecinas. Las madres con sus bolsas de compras y coches de guaguas.
Recuerdo a Jacobs este 8 de noviembre, Día Mundial de Urbanismo, entre la impresión que me sigue causando transitar por calles sucias, espacios rayados y tomados por la informalidad desbordada y amenazante, las personas en situación de calle y proyectos que tardan años —a veces décadas— en materializarse.
Un arquitecto me comentaba el otro día que una plaza puede tardar seis años en hacerse realidad con tanta burocracia. La primera infancia de un niño. El doble del acceso a un subsidio habitacional. Frente a eso, emergen casos luminosos y concretos en distintas ciudades.
Esta semana, en terreno, conocí el trabajo de Creo Antofagasta, dirigida por el arquitecto Nicolás Sepúlveda: plataforma colaborativa entre el sector público, privado, academia y ciudadanía, parte de las acciones de valor social de Escondida | BHP y hoy integrada a Fundación Minera Escondida.
Junto con estar desarrollando el interesante concepto del “urbanismo incremental”, uno de sus proyectos más recientes es la transformación de la escuela municipal República de Estados Unidos, en el centro de Antofagasta. Lo que podría haber sido una simple remodelación se convirtió en un laboratorio de innovación que aplicó principios de neuroarquitectura, con enfoque de inclusión y sostenibilidad.
El proceso comenzó con algo básico, pero esquivo: escuchar. A través de visitas al establecimiento y conversaciones con directivos y docentes, se identificaron los problemas, entre ellos la ausencia de mobiliario para el descanso y el deterioro del patio (era un peladero).
En el patio central se incorporó mobiliario fabricado con caucho reciclado, proveniente de más de 2.300 neumáticos en desuso, creando una zona de juego segura.
La explanada fue transformada con pinturas de piso que incluyen juegos educativos y circuitos coloridos diseñados para estimular el desarrollo sensoriomotor. Precioso e innovador es el diseño de trazados con texturas y contrastes cromáticos que favorecen la interacción de estudiantes del espectro autista. Se sumaron áreas verdes, un huerto escolar y la aplicación de un producto que reduce hasta en 90% el polvo en suspensión, mejorando la calidad del aire.
Un milagro en medio del desierto resulta el trabajo de paisajismo realizado por la arquitecta Andrea Jorquera, quien me decía que la escuela presentaba algunas oportunidades interesantes: cinco acacias salinas grandes, con aves y sombra natural; un pequeño intento de huerta con frutales, y una planta de maracuyá que crecía en una escalera; además de zonas de tierra alrededor de la cancha que, a la vez, generaban polvo, suciedad y plagas.
Allí se hizo un gran jardín perimetral, una zona verde protegida por bancas que, además de evitar los pelotazos, generó lugares para sentarse, conversar y comer bajo los árboles.
La paleta vegetal incluye especies de larga floración y plantas aromáticas que favorecen la polinización, controlan plagas y ayudan a remediar el suelo salino y rocoso típico de Antofagasta. Se privilegiaron flores de tonos morados, una paleta visual atractiva, especialmente para las niñas. El resultado fue inmediato: ya en la inauguración, muchas de ellas ocuparon el nuevo espacio para reunirse y compartir durante el recreo.
También en el plano de la educación y el bienestar, pero en Santiago, está el caso del jardín infantil Juanita, en la villa del mismo nombre de Bajos de Mena, en Puente Alto. Uno de los sectores más castigados y estigmatizados de la Región Metropolitana, tiene este punto de luz nacido hace casi nueve años, perteneciente a la Fundación Integra, tejido desde la sociedad civil y comunitaria y el liderazgo de su directora, Mónica Matus.
Un lugar precioso y colorido armado a pulso, que recibe a 75 menores con huerta hecha en familia, donde los niños plantan y cosechan, microteca (en un camión de bomberos abandonado y reciclado), compañía de teatro, calzadas lúdicas, la erradicación de un microbasural a pasos del establecimiento, entre otros pequeños gigantes logros.
En 2024 entrevisté a Mónica y, respecto de la inseguridad de un sector, me dijo: “yo siento que nos hemos posicionado tanto en el territorio que los mismos vecinos nos resguardan”.
El riesgo ante desastres es también un desafío actual, de ciudades y localidades de diversa escala presionadas por el factor humano y la crisis climática. Frente a eso, nuevamente la organización comunitaria entrega ejemplos virtuosos. El caso de Villa Botania sigue impactando. La comunidad de 70 viviendas que resultó intacta del fuego durante la tragedia de febrero de 2024, en la Región de Valparaíso, sigue siendo un imán de investigadores internacionales que viajan hasta la zona para entender cómo.
Y la respuesta, mientras la reconstrucción avanza escandalosamente lenta, sigue siendo la misma: el trabajo sostenido en ese lugar desde 2022, con los vecinos, de Cáritas Chile y CONAF.
Un programa sistemático de educación, comunicación y confianzas; rutinas preventivas de limpieza de los entornos, retiro de maleza, basura y material combustible de cada hogar, para partir, y luego ir extendiendo los anillos de protección. La convicción de que las responsabilidades son compartidas.
Para terminar, no puedo obviar a dos mujeres que viven la ciudad desde la discapacidad y que, a través de sus posteos en Instagram, comparten sus respectivos estilos de vida, como también las dificultades que terceros les ponen en el camino: tomadores de decisiones sin dos dedos de frente y ciudadanos sin pizca de sensibilidad: Sofía González (@ponte.en.mis.pies), educadora de párvulos, y Josefa Farías, profesora de Biología. Con gracia las dos, y cada una a su manera, documentan lo que para quienes no tenemos problemas de movilidad pasa desapercibido, aunque es pornográficamente evidente.
Con gracia las dos, y cada una a su manera también, documentan lo que para quienes no tenemos problemas de movilidad pasa desapercibido, aunque es pornográficamente evidente.
Ciudades diseñadas con ellas de la mano serían tanto mejores.



