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Opinión

15 de Noviembre de 2025
Imagen: Sandro Baeza/The Clinic

El Chile que se cae a pedazos (y no es por el Gobierno)

Foto autor Ignacio Bazán Por Ignacio Bazán

Este domingo se vota no solo por políticos, sino que también por promesas. Pero hacer país, evitar que se caiga a pedazos, va más allá de depositar la fe en servidores públicos. Hacer país está en las pequeñas cosas: como en no andar en vehículos con tubo de escape libre o no ponerse a mirar el celular en espacios públicos con el sonido encendido. Esta columna es sobre el Chile que se cae a pedazos, pero por culpa de sus ciudadanos.

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Este domingo en Chile es un día cívico de elecciones, en el que elegimos a quienes regirán los destinos de nuestra patria. Mucha gente se prepara para la ocasión como si fuera una fiesta, un ritual. Caballeros perfumados con diario de domingo (que revive para la ocasión) bajo el brazo. Señoras que no salen nunca, ya sea por miedo o problemas de movilidad, pero que piden a un familiar cercano que las deposite en su local de votación. Hacer la raya no solo es dejar constancia que aún se vive, también aún hay espíritu cívico.

Si para la televisión un incendio es dantesco, esta vez se hablará de la ‘fiesta de la democracia’. Para los que tenemos más años, es un ‘día de la marmota’ electoral. 

Y por eso, en cada una de estas instancias de elecciones lo que ocurre en Chile es lo siguiente: mientras el político promete acabar con (inserte el mal que se le ocurra aquí), los ciudadanos exigen, piden. Aprietan. Y se siente despechados, traicionados, cuando no se les cumple. 

Expectativas destrozadas. Como si todo lo que está mal con Chile dependiese de la capacidad de liderazgo y gestión de quienes nos gobiernan, algo que puede ser cierto, por algo hablamos de ‘servidores públicos’, pero que al mismo nos infantiliza como ciudadanía. Nos saca responsabilidad sobre cómo actuamos dentro de la vida pública. 

Mi idea no es caer en los 10 mandamientos y decir que no hay que matar, robar o cometer actos impuros. Eso es lo evidente, aunque lo último ya no sé si te saca del paraíso, como que la moral se fue soltando, al menos cuando de sábanas se trata.

El tema es que hacer país va mucho más allá de que los políticos hagan su pega. Hacer país depende de cada uno de nosotros cada vez que ponemos un pie afuera de nuestras casas y entramos a un espacio común.

La balada de los cinco días por robar un Súper 8

Son tiempos en que un político debe ser duro. Y me aventuro a pensar que, si un candidato(a) estuviese más a la derecha de Johannes Kaiser, se llevaría buena parte de su votación solo por ese hecho. Es lo que exige el momento, parece, y va a ser así por un buen tiempo, también parece.

Pero hay cosas que son mucho peores que robar un Super 8 (aunque robar siempre está mal, lean los mandamientos).

Y voy con este ejemplo. El último fin de semana largo venía en un bus de regreso a Santiago desde Villarrica, uno de nueve horas, básicamente de toda la noche. Eran las 7 am y el bus se repartía entre somnolientos y gente que aún dormía. De repente, una explosión de sonido me hace saltar. No lo podía creer. Alguien en el asiento frente al mío se había puesto a ver un contenido en su celular, no solo sin audífonos, sino que también con el sonido al borde del máximo. 

Mi reacción fue casi instantanea y me abalancé sobre el asiento, casi sin pensarlo, para pedir que viera lo que sea con que estaba viendo con auriculares. Tuve suerte, porque la persona, que era mujer, me di cuenta, me hizo caso. Pero nada ayudó a recuperar el sueño perdido ni a indemnizar el mal rato, que no es solo un mal rato, porque uno se siente pasado a llevar, totalmente invadido en su espacio. En mi escala valórica, esto es peor que robar un Super 8, porque por último el que se lo roba puede estar muerto de hambre. Acá no hay nada de eso, solo una falta de respeto total con el entorno. 

Recordé un episodio similar, hace unos diez años, viajando desde Arica a Iquique, después de un reporteo, en que simplemente no me atreví a decir nada. A un tipo, con vibra a toldos azules de Meiggs, se le ocurrió poner un mix de rock argentino de los 80 en que cada canción empalmaba en menos de 20 segundos con la otra. El ambiente estaba denso y se notaba que no había mucho espacio para el diálogo. Solo rogué de que se aburriera y no me arrepiento, porque después identifiqué que estaba acompañado de tres más como él. 

Pero ya que hablamos de castigos con pena de cárcel por robar Super 8 y es tiempo de pedir, quizás sea momento de ponerse duro con estas cosas. De conversarlas, al menos, porque si no se hablan, la convivencia se va a deteriorar hasta un punto de no retorno. 

No es solo un audio a todo dar en un bus interurbano, es también alguien en el metro pasando videos de TikTok sin tener la deferencia de ponerse audífonos. Es alguien, generalmente estudiante, sentado en el piso del mismo metro cuando viene lleno y no hay dónde estar parado. 

Es también, y esto trasciende clases sociales, una bicicleta mosquito, una moto de pedidos con el escape libre, o un auto de alta gama sin silenciador, que revientan los decibeles de la ciudad y las personas que viven en ella sin ninguna compasión. Hoy, una micro hace menos ruido que cualquiera de las cosas que mencioné. 

Es también un monopatín eléctrico andando a 60 por hora en una vereda llena de peatones, a los que no les queda otra que correrse. 

Es también un ciclista que anda por la vereda, aunque tenga una ciclovía disponible para él solo, tan solo al cruzar la calle.

Es también pasar con amarilla pasando a rosada cuando los peatones están a punto de cruzar (lo he hecho y en este ítem tengo que mejorar, así como también en el del bocinazo algo fácil). 

Es también pintar la fachada de un edificio o casa con rayas glorificadas a las que se les llama grafitti (dudo que un grafitero haya rayado la casa de su mamá alguna vez, suficiente para incluir esto en esta lista de comportamientos deleznables). 

Seguramente, cada lector que haya llegado hasta esta parte de la columna, podrá agregar otras conductas a esta lista. La única condición es demostrar no tener el más mínimo respeto por las personas que comparten el espacio público en común. 

Pero como este fin de semana es una fiesta cívica y Chile sigue siendo Chile y no se cae completamente a pedazos, también incluyamos algo bueno: aquí el paso de cebra, a diferencia de nuestra vecindad de toda Latam, es rey. 

Que ese, al menos, sea el último bastión de nuestra República. Viva Chile. 

Y feliz fiesta de la democracia.

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