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“Para mí fue bueno estar presa, porque pude estudiar”: Los sueños y temores de las internas de San Miguel que hacen su enseñanza media dentro de la cárcel

El pasado viernes 5 de diciembre, 49 internas de la cárcel de San Miguel, centro de detención preventiva, se graduaron de cuarto medio. Para algunas un sueño imposible. Sin embargo, muchas cuentan que, pese a estudiar, una oportunidad que ni siquiera habrían tenido estando en libertad; les pesa el miedo que sienten al salir de que, al buscar trabajo, se les discrimine por haber sido reclusas.

Sigue a The Clinic en Google News Por Colomba Bolognesi y Marianne Mathieu 13 de Diciembre de 2025
Sandro Baeza
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Nancy tiene 58 años, trabaja como asesora del hogar en una casa de Las Condes y, después de cada jornada laboral, toma el transporte público para llegar a clases a las 18:30. Tiene promedio 6,7. Nadie en su trabajo sabe que estuvo presa durante 19 meses.

No lo contó por miedo. Miedo a no ser contratada, a que la miraran distinto, a que el pasado se impusiera sobre su presente. Nancy es peruana y llegó a Chile buscando mejores oportunidades, pero terminó en prisión preventiva tras ser detenida junto a su hija y su yerno en un procedimiento policial que derivó en cargos. Hoy su yerno sigue encarcelado; su hija volvió a Perú. Ella quedó sola, intentando reconstruir una vida normal.

Mientras trabaja haciendo aseo y cocina, Nancy estudia. Comenzó cuarto medio en la Escuela Hugo Morales Bizama, al interior de la cárcel de mujeres de San Miguel, y lo continúa ahora en la jornada vespertina en el Liceo de Aplicación. Es una rutina exigente y silenciosa: sostener un empleo, rendir académicamente y ocultar un pasado penal que, sabe, puede cerrarle todas las puertas.

“Uno siente que te miran con mala cara”, dice. Aunque aclara que en el colegio nunca fue discriminada por haber estado presa, fuera de ese espacio la reinserción se vuelve más incierta.

“A la mayoría de las internas que salen en libertad, les cuesta reinsertarse laboralmente”

“No te rindas”, “Pronta libertad” y “Lucha por tus sueños“, se lee en cada uno de los escalones que dirigen hacia la escuela al interior de la cárcel de mujeres de San Miguel.

La Escuela Hugo Morales Bizama, inaugurada hace 39 años con el propósito de ofrecer a las internas la posibilidad de continuar sus estudios y, al recuperar su libertad, facilitar su reinserción en el mundo laboral; algo que los directores reconocen hoy, le ha costado más de lo que creían a las internas.

Hoy el colegio pertenece al Servicio Local de Educación Pública Santa Rosa y cuenta con 181 alumnas, todas mujeres que están en prisión preventiva en una cárcel de 956 reclusas que habían al 31 de julio. El pasado viernes 5 de diciembre, 49 alumnas se graduaron de cuarto medio, en una íntima ceremonia realizada en la escuela.

Entre las internas el colegio tiene un apodo especial: “El espacio de libertad”, cuenta la jefa de Unidad Técnica Pedagógica (UTP), Sandra Valdebenito.

Entre los pasillos grises de la cárcel, uno de los módulos donde se encuentran las reclusas alberga, en su quinto y último piso, la escuela. El lugar está lleno de plantas y murales coloridos. Valdebenito asegura que, al entrar allí, muchas mujeres logran por un momento olvidarse del lugar en el que están.

Sin embargo, pese a los arduos esfuerzos del personal, las graduadas de todas formas se encuentran con una decepción al salir.

“A la mayoría de las internas que salen en libertad, les cuesta reinsertarse laboralmente“, asegura la directora de la escuela, Gladys Guardia. “Son mujeres que nosotros tenemos súper claro que quieren salir adelante. Ellas son buenas alumnas, porque asisten, se esfuerzan y cuando no pueden venir, nos justifican”, agrega Guardia. “En el presente año el establecimiento presenta un 54,93% de asistencia promedio, y el mes de octubre la asistencia fue de un 76,98%”, explican desde la escuela.

“Pero, lamentablemente, al salir en libertad no les dan trabajo”, asegura Guardia. “Como sociedad, no nos estamos haciendo cargo de estas mujeres. Son mujeres que son madres de hogar y que si logramos reinsertarlas estudiando y trabajando, van a hacer que toda su familia pueda salir adelante. Pero eso hoy día no está pasando”, afirma la directora.

“Lo que nosotros queremos que ellas se den cuenta, es que no importa la edad que tengan, no importa que hayan cometido un error, un delito menor, ellas tienen derecho a volver a levantarse“, cuenta la jefa de UTP. Pero, “hoy día como sociedad las marcamos de por vida. Ellas quieren salir, sobrevivir, salvar a una familia, salvar a sus hijos, y no se les da trabajo”, agrega.

“Yo tenía ganas de estudiar desde antes de caer en la cárcel”

Zulema Cid (49) estuvo tres meses en la cárcel de San Miguel –por tráfico de marihuana– y hoy se encuentra con arresto domiciliario nocturno. Se graduó de cuarto medio en el centro penitenciario con un promedio 6,5, pero asegura que se ha resignado a buscar trabajo en alguna empresa y ha preferido optar por seguir atendiendo su almacén, el mismo que operaba antes de estar en prisión preventiva.

“Me da miedo”, explica Zulema. Miedo que se debe a que “a una siempre la discriminan por eso”, añade, conociendo la condena social que arrastra el delito por el que se le acusó.

La ex interna asegura que ha habido un antes y un después en su almacén desde que volvió de la cárcel: los clientes han disminuido notablemente. “Siento que la gente igual de repente, cuando a uno le pasan estas cosas, como que siempre están a la defensiva”, considera. Además, relata que su hija recibió bullying mientras ella se encontraba en prisión: “Eso pasa porque escuchan a los papás hablar, porque los niños no son crueles. Es la gente adulta la que es cruel“.

“Yo tenía ganas de estudiar desde antes de caer en la cárcel, porque quería hacer un curso de guardia”, asegura. Zulema planea ahora, por fin, cumplir su sueño de convertirse en guardia, para lo cual espera tomar cursos vespertinos.

“En mi experiencia, estar presa fue bueno porque pude estudiar”, añade Geraldine Naranjo (32). Pasó siete meses en la cárcel de mujeres de San Miguel, imputada por tráfico ilícito de drogas. Fue ahí, en el encierro, donde logró terminar sus estudios en la Escuela Hugo Morales Bizama.

Los casos de mujeres procesadas y condenadas por tráfico de drogas están lejos de ser aislados. En realidad, representan una situación común en nuestro país. En Chile y en Latinoamérica, la principal causa de encarcelación de mujeres son los delitos de droga. “En nuestro país un 56% de la población penal femenina está ahí por esta falta y todas ellas tienen un perfil parecido”, señalan los datos de la Corporación Humanas, un centro de Derechos Humanos y Justicia de Género.

Según explican, la mayoría de esas mujeres comparten características en común: “Microtraficantes, madres, jefas de hogar, baja escolaridad, la mayoría está por delitos no violentos y se desenvuelven en ambientes adversos”.

Geraldine estaba embarazada cuando fue privada de libertad por primera vez. Hoy, esa hija tiene tres años. Entre ese inicio marcado por el encierro y el presente, el aula se convirtió en un espacio improbable de continuidad.

Relata que, antes de ingresar al centro penitenciario, jamás habría imaginado que lograría completar su educación escolar. Había dejado sus estudios en primero medio para cuidar a su hijo mayor, que hoy tiene 13 años. “Yo nunca pude estudiar estando libre, porque como tenía hijos, me dedicaba a trabajar”, cuenta sobre su crianza en un entorno hostil.

A Geraldine la quedaba solo un semestre para completar cuarto medio en la cárcel cuando, tras una revisión de cautelares, la pena fue modificada a arresto domiciliario total. Hoy se encuentra terminando su último semestre de colegio de manera remota, completando tareas desde su casa mientras cuida de sus tres hijos y espera una nueva revisión de cautelares en febrero. Hasta ahora, tiene un promedio 6,4.

—¿Crees que no hubieses terminado cuarto medio si no fuera porque estuviste en la cárcel?

No, nunca. Esta fue la oportunidad para terminar cuarto medio, y de algo malo finalmente salió algo bueno. Yo estoy súper feliz, porque siempre quise terminar mis estudios”, cuenta.

“Estaba con depresión, entonces ir a estudiar me daba ánimoMe hacía sentir más libre, lo pasaba bien en el colegio, me gustaba mucho. Aparte, siempre quise terminar mis estudios y nunca pude”, relata.


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