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Reportajes

“Amamos Venezuela, pero aún no es el momento de volver”: Crónica desde Cúcuta y las razones por las que los venezolanos repartidos en Latinoamérica (aún) no quieren regresar a su país

A pesar de la expectativa mundial de un retorno masivo de venezolanos tras la captura de Nicolás Maduro, las cifras oficiales muestran que la entrada por Cúcuta, la principal puerta de entrada en la frontera con Colombia, no han mostrado variaciones. En esta crónica desde la frontera, una zona de intercambio cultural, pero que ha sufrido las consecuencias del narcotráfico y la guerrilla, venezolanos cuentan sus razones para aún no querer regresar a su país.

Por 10 de Enero de 2026
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Cuando llegué a Cúcuta, la frontera más importante entre Colombia y Venezuela, una excompañera venezolana de la universidad me escribió por Instagram.

—Cuídate.

Se fue a Chile en 2017 y viajó a Venezuela por última vez en 2021. Sus padres son chilenos y logró subirse a un avión solo para el funeral de su abuela, gracias a una tía que conocía a un exdiplomático chileno, quien le consiguió un asiento en un vuelo humanitario. Volvió con una sensación amarga: el país que encontró ya no era el que recordaba.

Le respondí que no me sentía inseguro en la frontera, que la gente era amable, que el clima era otro. Lo que de verdad me inquietaba era algo distinto: no había venezolanos regresando en masa a su país. No se veían familias cargando grandes maletas, ni filas de retorno hacia las casas que dejaron atrás cuando huyeron del régimen de Nicolás Maduro.

La fotografía que los medios chilenos y del mundo esperaban encontrar en Cúcuta no estaba. 

Le pregunté por qué creía que sus compatriotas aún no regresan. Pensé en lo más evidente: un país que sigue en crisis, la falta de certezas políticas incluso tras la captura de Maduro, una economía que tardará años en recomponerse.

Ella me respondió algo más personal, pero al mismo tiempo más definitivo.

—Yo decidí no pensar en volver después de una conversación con mi mamá.

—¿Qué te dijo?

—Me dijo: “No pierdas tu juventud en eso”.

Era 2013 cuando, en sus palabras, “todo se fue a la mierda”. Su madre le dijo que se preocupara de la universidad, de los amigos, de ser joven. Que no postergara su vida esperando un país que no daba señales de futuro.

Ahí se terminó la conversación.

En Cúcuta, mientras la frontera sigue funcionando como un paso cotidiano y no como una puerta de retorno, la misma pregunta se repite entre periodistas, migrantes y autoridades: ¿Por qué no están volviendo?

No está la imagen de la familia regresando con su maleta por la misma trocha que se fue. Tampoco la de chavistas huyendo tras la presión norteamericana. El regreso, al menos por ahora, no es una escena.

Lo que queda es entender por qué aún no es el momento.

Encontrar esos testimonios —en Cúcuta y en distintos puntos de Latinoamérica— no es difícil. Cambian los acentos, los trayectos y las fechas de salida, pero la respuesta se parece siempre demasiado.

Los números respaldan la sensación

Pese al remezón político que significó la captura de Nicolás Maduro y la posterior liberación de prisioneros políticos en Caracas, en Cúcuta —uno de los principales pasos fronterizos entre Colombia y Venezuela— no se produjo un quiebre visible en los flujos migratorios. Al menos durante los primeros días de enero, el movimiento de personas continuó dentro de parámetros conocidos, casi indiferente al ruido político que venía desde la capital venezolana.

Según información entregada por la autoridad migratoria, entre el 1 y el 6 de enero de 2026 el promedio diario fue de 45 mil entradas y 44 mil salidas. Una diferencia mínima, estadísticamente irrelevante, que confirma que el cruce siguió operando con normalidad. No hubo picos repentinos, ni caídas abruptas, ni señales de un desplazamiento masivo asociado a la crisis política en Caracas.

La frontera. Foto Sebastián Palma

“Hemos puesto especial atención desde que ocurrieron estos hechos y podemos dar tranquilidad a la ciudadanía: los flujos migratorios se mantienen estables. No han aumentado ni han disminuido”, señaló a The Clinic Gloria Esperanza Arriero, directora de Migración Colombia.

La imagen no difiere demasiado de lo ocurrido durante 2025, cuando el flujo diario fue considerablemente más alto —en torno a 73 mil entradas y 73 mil salidas—, pero igualmente equilibrado. En ambos casos, los números describen una frontera activa, viva, pero estable. Un territorio marcado por movimientos cotidianos: ir a comprar, abastecerse, trabajar por el día y volver.

La diferencia más notoria no está en quienes cruzan, sino en quienes observan. En el punto fronterizo se multiplican los periodistas internacionales. Los hay de prácticamente todos los países de Latinoamérica, además de España, Alemania y el Reino Unido. Algunos hablan idiomas que los locales no logran identificar.

–Ese parece que es ruso –dice un taxista–.

 La escena de reporteros y camarográfos responde al interés global por la detención del presidente venezolano; el día a día, en cambio, sigue su curso. También a la imposibilidad que tienen la mayoría de los reporteros para ingresar a Venezuela. Cúcuta se transformó entonces en un balcón, donde los voyeristas de la información hacemos lo que podemos para rasguñar alguna información útil. 

Más allá de la prensa, todo sigue parecer igual. Comercios mayoristas colombianos venden mercadería a viajeros venezolanos; mujeres ofrecen perfumes en la calle; hombres levantan panaderías y venta de alimentos para animales improvisados; cientos de motos y taxis prometen traslados transnacionales.

En las calles de Cúcuta. Foto: Sebastián Palma

En una esquina, un hombre flaco y alto instala un parlante con reguetón y ofrece cortes de pelo al paso. La música suena fuerte, lo suficiente para hacerse notar en medio del tránsito fronterizo.

—¿Chileno?— pregunta, mientras pone “Una noche en Medellín”, del cantante nacional Cris MJ.

En su estuche hay máquinas eléctricas, navajas, tijeras y peines. La higiene es precaria; las ganas de trabajar, abundantes. En uno de los costados de su cabeza lleva dibujado el logo de Nike, marcado sobre el parietal. Esta vez, el corte será más sobrio.

Llegó desde Venezuela hace diez años. Tiene ocho hijos. Lo dice como quien enumera un dato práctico, no como una confesión.

—Allá hice cinco y acá hice tres más— explica—. Mi señora vende comida y yo soy barbero.

La música no es un detalle menor en su oficio. El parlante es su anzuelo.

—Siempre ando con música, porque la gente se acerca por eso. Yo soy el único que afeita en la calle y acá funciona bien: la gente se afeita cada siete días.

Mantener a ocho niños en Colombia no es sencillo —no lo es en ninguna parte—, pero él tiene claro que en Venezuela sería derechamente imposible. Volver es un deseo, no un plan.

—Allá conseguir plata cuesta. No hay trabajo. Yo no me alegro con lo de Maduro, pero tampoco me afecta. Yo me iría a mi país como sea, pero por la situación económica no se puede.

Un corte de pelo en la frontera. Foto: Sebastián Palma

Mientras tijeretea mechones de pelo, arma su relato.

—Yo me vine porque pasaba hambre. Comí masa de maíz, concha de plátano. No tenía ni para comprarle un par de zapatos a mis hijos.

El límite está claro y no tiene que ver con la política, sino con lo básico.

—Yo solo regresaría si Venezuela mejora. Si hay empleo. Si en los hospitales hay medicina. Allá no había ni médicos ni remedios. Yo ahorita no me voy. Acá estoy más estable.

El corte cuesta 10 mil pesos colombianos, menos de 2.500 pesos chilenos. Los clientes habituales llegan de a poco. Uno de ellos es Cristián Robles, también venezolano, a quien le gusta llevar el pelo muy corto a los costados.

A él también le gustaría regresar. Se fue cuando su hijo era una guagua; hoy el niño tiene ocho años. Su madre murió en Venezuela y no pudo volver para el funeral.

—Me gustaría regresar por ellos, pero todavía no— dice—. Tiene que haber un cambio. Aún faltan pasos para poder volver.

Un sentimiento compartido

A pocas cuadras del cruce fronterizo, David Hernández atiende su panadería desde temprano. Llegó a Cúcuta hace ocho años, desde Venezuela, y levantó un negocio formal donde conviven productos colombianos con elaboraciones de su país. El local tiene vitrinas, precios fijos y clientes habituales.

Se fue con 34 años. Hoy tiene 42.

—Mira todo lo que ha pasado en este tiempo— dice—. Yo tengo parte de mi familia allá. Venezuela sigue siendo mi país.

En los ocho años que ha permanecido en Cúcuta ha visto de todo. Familias enteras dejando sus casas partiendo con maletas a distintos destinos en Colombia, Perú o Chile. 

Dice que desde la caída de Maduro no ha visto regresar a nadie como esas personas que se fueron.

A diferencia del barbero, David no trabaja al día. Tiene un comercio establecido, proveedores, rutina. Pero cuando habla de volver a su país, el cálculo es el mismo.

—Yo añoro regresar— dice—, pero cuando la situación del país mejore.

David ha sabido hipotecar cosas. En la pandemia su padre murió en Venezuela y no pudo viajar a despedirlo. No llegó a Barinas.

David Hernández dice que regresará a su país cuando la situación mejores definitivamente.

—Eso fue lo más doloroso— explica—. No fui por miedo. Miedo a represalias, a que revisen mis redes sociales, a quedar marcado.

No habla de la política como consigna, sino como amenaza. De lo que se dice y de lo que queda escrito. Comenta que el regimen no perdonará a un desertor, menos a alguien que vociferó en contra de ellos.

Afuera de la panadería, apoyado en su moto, José Luis espera pasajeros. Vive en Venezuela, pero todos los días cruza la frontera hacia Cúcuta para trabajar. Transporta a sus compatriotas de un lado a otro, los mueve por la ciudad colombiana y, al caer la tarde, los devuelve a su país. Su rutina es pendular: no se instala ni se va del todo.

Los recorridos son breves. Se gana unos pesos por cada carrera y por prestar un casco tan liviano y frágil que parece más propio de una bicicleta que de una moto fronteriza.

Es cristiano. Habla de Dios con naturalidad y del perdón como principio. Incluso cuando menciona a los responsables del desastre venezolano.

—Que el Señor tenga misericordia— dice—. Maduro, Diosdado, todos. No se le puede desear mal a nadie. Que sea Dios el que ponga su mano sobre Venezuela y que ellos se arrepientan.

Desde su asiento ve pasar los mismos rostros una y otra vez. Personas que cruzan para trabajar, comprar, atenderse en un hospital y volver antes de que anochezca.

—Yo no he visto a nadie regresar definitivamente— dice—. Eso va a tardar años. Amamos Venezuela, pero aún no es el momento de volver”

Para José Luis, el retorno no depende de gestos políticos ni de caídas simbólicas, sino de algo más básico. De lo que, asegura, existía cuando era joven.

—Nosotros lo único que pedimos para volver es trabajo digno— dice—. No estamos pidiendo regalos ni ayudas. Queremos ganarnos las cosas honestamente, como antes. Para volver, que nos pongan a trabajar.

La moto vuelve a encenderse. Otro pasajero sube. La frontera sigue funcionando como lo ha hecho durante años. 

El sincretismo en la frontera

Pese a ser presentada internacionalmente como “la frontera más caliente del mundo”, la relación cotidiana entre venezolanos y colombianos en Cúcuta es, en general, cordial. Los conflictos no se dan entre quienes cruzan a diario, sino en otro nivel: el de las organizaciones armadas, el crimen organizado, el narcotráfico y la guerrilla, que operan en los márgenes de la ciudad y de la frontera.

Aunque la situación es descrita por las autoridades como “normal”, esa normalidad es violenta. En los siete días posteriores a la captura de Nicolás Maduro —solo por enumerar— ocurrieron hechos que en otros países marcarían meses completos de agenda.

El 6 de enero fueron secuestrados cinco policías colombianos. Días después, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) se atribuyó el hecho, sin informar hasta ahora las condiciones para su liberación. Ese mismo día se registró la primera masacre del año en Cúcuta: tres hombres aparecieron asesinados en una trocha. Las autoridades locales vincularon el caso al narcotráfico transnacional.

Militares en las calles de Colombia. Foto: Sebastián Palma

—Mire esa caseta de peaje— dice un taxista, a pocos kilómetros del punto fronterizo—. Aquí vinieron los de la guerrilla y la volaron con un bombazo. Desde entonces no volvió a funcionar y nadie paga.

Lo cuenta sonriendo, como quien cuenta un chiste. El hecho es real. Ocurrió el 20 de febrero del año pasado, cuando un coche bomba dejó heridos a tres trabajadores del Instituto Nacional de Vías (Invías) y a dos vigilantes del peaje.

Y, sin embargo, incluso en ese contexto, la frontera produce escenas que contradicen la idea de ruptura total.

La mañana del 8 de enero, el entrenador del equipo Alianza Villa Heroica guía a una veintena de niños —y a algunas de sus madres— hasta una fila improvisada de taxis. Los acomoda de cinco en cinco en distintos vehículos. Van atrasados para jugar la cuarta fecha del campeonato Octogonal del Norte, un torneo con seis equipos de Cúcuta y dos de Venezuela.

Los jóvenes pertenecen a la selección sub-15 de un club de San Antonio, Venezuela. Cruzan la frontera para jugar fútbol.

Ni el entrenador ni las madres quieren hablar con la prensa. Viven en Venezuela y saben que una frase mal dicha puede tener consecuencias. El miedo a la persecución sigue presente.

Quien sí acepta conversar es Eric López, entrenador colombiano y organizador del torneo. Cuenta que, tras la captura de Maduro, la participación de los equipos venezolanos estuvo en duda, pero que la normalidad en la frontera terminó inclinando la balanza.

—Hay una tensa calma— dice—. Decidimos continuar con cautela, porque lo importante es que los chicos sigan desarrollándose en el deporte.

El torneo, explica, busca algo más que resultados.

—Además del fútbol, queremos un intercambio cultural. Somos vecinos, estamos todo el tiempo juntos, pero también tenemos diferencias. Esto les permite a los chicos conocerse, compartir, conversar.

Tras el partido, los jóvenes regresan a la frontera. Allí lleva todo el día trabajando Nancy, una joven de 20 años que vende perfumes. Vive en Venezuela y cruza todos los días para ganar unos pesos extra.

En su puesto se le acercan varios hombres, entre ellos un grupo de militares colombianos encargados de custodiar la frontera. Conversan un rato, bromean, le sacan una sonrisa. Llevan la metralleta colgada al pecho.

Cuando se van, Nancy acepta hablar con la prensa, con una condición: no tocar temas políticos.

Sobre el retorno de sus compatriotas, es directa.

—Yo trabajo casi todos los días acá y no veo que la gente esté regresando en masa. Esto está igual que siempre— dice—. A mí me gustaría poder trabajar en mi país sin tener que venir para acá, pero para eso tienen que existir más oportunidades.

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