Opinión
23 de Enero de 2026
Crítica a “La única opción” de Park Chan-wook: El absurdo sentido de esta vida
Por Cristián Briones
La nueva película del director de "Old Boy" tiene sus marcas registradas visuales: montaje exquisito, acercamientos descabellados, grandes soluciones visuales. Esta vez, al servicio de una crítica despiadada al sistema imperante. En "La Única Opción", Park Chan-wook toma una historia sobre el desempleo y la competencia laboral para construir una de sus alegorías más inquietantes. La película observa cómo un sistema sin rostro empuja a sus piezas a enfrentarse entre sí, hasta vaciarse de toda humanidad, en un mundo donde la violencia ya no es una anomalía.
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En 1997, Donald E. Westlake, también conocido como Richard Stark, publicaría la novela “The Ax”: la historia de un administrativo que es despedido de su trabajo luego de muchos años dedicado a una empresa y, que luego de un tiempo cesante, toma la desesperada decisión de matar a los competidores que pudiesen postular a un posible puesto que aspira.
El 2005, la historia sería llevada a la pantalla grande como “Le Couperet”, una producción francesa con Costa-Gavras en la dirección. Ese mismo año, el coreano Park Chan-wook, con su “Trilogía de la Venganza” ya terminada, lee la novela y comienza a buscar financiamiento para hacer la película en EEUU. Con el pasar de los años, la frustración de no conseguirlo lo llevó a replantear el relato en su natal Corea, y el resultado es justamente uno de los estrenos de este enero, y una de las obras mayores del 2025.
La trama sigue siendo la misma: Lee Byung-Hun, una de las mayores estrellas coreanas, interpreta al ejecutivo Man-su, que toma la decisión de eliminar, literalmente, a su competencia. Su esposa, Miri (Son Ye-Jin), tendrá una mayor participación que en la novela original, al ser tanto un eje de conflicto en su relación con la familia y con la preservación del status financiero. Por lo demás, toda la historia permanece relativamente intacta. Y sí, parece un absurdo que el protagonista dirija su violencia hacia sus pares, en vez de contra la compañía que desestima su dedicación laboral y lo despide para mantener su propio margen de ganancias. Y lo es. Esa es la tragedia implícita en “La Única Opción“(Eojjeolsuga Eobsda, o su título en inglés, “No Other Choice”), el cómo la derrota es tan absoluta, que empezamos a atentar contra nosotros mismos, porque derechamente, ya ni podemos visualizar otra alternativa.
En lo superficial, pareciera evidente el comentario de Park Chan-Wook sobre el ultracapitalismo. Y eso está, innegablemente. Está en la novela original y en su primera adaptación. No hay pérdida alguna de esa temática. Pero lo cierto es que el coreano muy rara vez usa su narrativa como un arma roma, y se ha ido depurando a tal nivel que su precisión visual se ha vuelto una experiencia indispensable cada vez que estrena una nueva obra.
Por supuesto que podríamos estar por varios párrafos celebrando lo exquisito del montaje; las soluciones visuales; transiciones que maravillan en lo imaginativo; acercamientos en momentos aparentemente descabellados, pero de una prosa envidiable. Sin embargo, eso no es lo único en lo que el Director Park (referenciado así en toda entrevista a propósito de esta película) ha relucido en esta última década de largometrajes exclusivamente coreanos. Su revisión del estado actual del sistema predominante, es bastante más afilada y despiadada que esa primera lectura.
Lo cierto es que el autor que nos entregó “”Old Boy“entra en un plan distinto. Porque él tampoco se propone pelear contra la máquina, sino más bien, se entrega a su sinsentido. Y con ello lo que hace es darle un nuevo aspecto al “Leviatán” de Hobbes. Le da un reflejo contemporáneo que termina siendo tanto o más oscuro. Este monstruo de dimensiones inconcebibles, ya no es una creación administrativa diseñada para no enfrentarnos entre nosotros. Carece de todas las bases morales que nos llevaron a engendrarlo. Hoy es sólo un coloso que arrasa con cada aspecto de nuestro entramado social en función de sus ganancias, no es ni un asesino, ni el tirano opresor en esta historia. Es el dueño del tablero en dónde se mueven las piezas, es quien escribe las reglas que les permiten movimientos, pero esta es la crónica de las piezas en ese tablero. Y de cómo están dispuestas a destruirse a sí mismas, con tal de servir a un dios que no requiere ejercer su ira. Y con todo esto, la mirada del cineasta, es bastante más perturbadora.
Mientras más se intenta profundizar en lo irracional del comportamiento de nuestro protagonista, más notoria es la daga que Park Chan-Wook está enterrando. Este padre de familia desempleado no está simplemente matando a su competencia. No es fortuito que el director se tome el tiempo en pantalla para que Man-su revise curriculums y encuentre coincidencias. Man-su no está tomando las vidas de sus competidores, está matando una parte de sí mismo. Por eso mientras más avanza en su faena, cada coincidencia se le hace más eludible. Compartir un trago con un colega ya no significa lo mismo, coincidir en ser padre no conecta de manera alguna. La empatía que puede sentir su víctima con él se diluye en cada paso hacia adelante. Man-su va despojándose de su humanidad, porque el puesto así lo requiere. Y tener ese empleo, es una necesidad enceguecedora. Detalle que tiene hasta un momento de literalidad visual.
Y acá es donde se vuelve multidimensional la relación con las mujeres de la película. La hija como virtuosa. La esposa de uno de sus competidores, que se convierte en cómplice casual. Y Miri, su esposa, que lo ve caer inevitablemente en el camino de la insensatez. No hay inocentes en este relato. La pérdida de la humanidad en aras de alimentar a la máquina requiere de montones de engranajes distintos, y ya no hay nadie que vaya a arrojar una piedra en pos de evitar su funcionamiento. Los árboles crecen sobre los cuerpos enterrados, un bonsai cambia de lugar. La casa vuelve a su estatus. Man-su celebra ser el único que tiene un trabajo supervisando a las máquinas que tarde o temprano lo reemplazarán incluso a él mismo. La relación entre los motores invisibles y aquellos tangibles es implacable en su puesta en escena.
Park Chan-Wook no necesita ningún discurso conciliador, tan solo un humor incómodo, y el uso de los recursos fílmicos de un talento que se agiganta a cada película. Y sobre todo, una lucidez para entender el corazón de su historia.
El leviatán no es un asesino. No necesita serlo. Sólo debe dejar que mutilemos nuestra humanidad cuando nos hayamos convencido de que no tenemos ninguna otra opción. Ya estamos ahí. Este es el sentido de nuestras vidas. Y es un absurdo.



