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Opinión

19 de Junio de 2026

Crítica a “Toy Story 5”: “La era de los juguetes ha terminado”

Foto autor Cristián Briones Por Cristián Briones

Treinta años después de revolucionar la animación, Toy Story sigue encontrando razones para existir, aunque ya no tenga demasiado nuevo que decir sobre sus personajes. El desafío ahora está fuera de la pantalla: "Ver cómo se capitula ante ello es bastante acongojante", escribe el autor al analizar una película atravesada por la omnipresencia de la tecnología en la vida de los niños.

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“Toy Story” nos ha acompañado por ya más de 30 años. Es necesario tomarse un momento y dejar que esa cifra se asiente en nuestras propias historias. Porque por mucho que el final perfecto vino a los 15 años de la ahora franquicia, lo cierto es que “Toy Story” se enquistó en la cultura popular tanto como definió la industria de la animación a fines del siglo pasado, y por ello, va a ser muy difícil que no se sigan haciendo secuelas.

La maquinaria tiene sus razones de rentabilidad, los autores las propias creativas y nosotros como audiencia, emotivas. Al igual que Andy al final de la tercera entrega, nos cuesta un montón dejarla ir.

Lo cual es de toda lógica, porque una de las razones por las cuales “Toy Story” se ha hecho un lugar en nuestros corazones, es porque siempre tuvo algo que decir sobre nosotros. Sobre las relaciones humanas y sobre nuestra sociedad. Más allá de que los protagonistas fueran seres de plástico, sus temáticas eran de carne y hueso. Que Woody debiera poner el bienestar de Andy por sobre sus propias aprehensiones, que Buzz aprendiera a ser parte de un entorno, que Jessie pudiera dejar atrás su trauma, que todos los juguetes pudieran despedirse y seguir cumpliendo su deber mas ya no con ese muchacho, que había crecido y se despedía con un “Gracias, chicos” que marcó a toda una generación.

Pero el fondo se agotó. Es algo que asumimos. “Toy Story” ya no tiene mucho más que decir, que no haya contado maravillosamente bien antes. La cuarta parte dio cuenta de ello. PIXAR necesitaba volver al éxito de taquilla y echó mano de su marca más famosa, y que más allá de tener algunos momentos preciosos (“¡Esto es por ti, Rejean!”), no fue una película que se quedara en las retinas y en el alma como las anteriores. Sin embargo, si las recaudaciones son multimillonarias, todos sabemos que sigue, más allá de lo repetitivo a nivel creativo.

Toy Story 5” llega bajo esas condiciones. Una trama reconocible: uno de los juguetes lidera al grupo cuando están al borde de la obsolescencia. Esta vez, no frente a un nuevo juguete, si no frente a un dispositivo tecnológico, una “pantalla” llamada Lilypad. Los temas nos son conocidos: el trauma del abandono, el ver a sus niños cambiar, juguetes que todavía no saben bien su misión, circunstancias narrativas que los separan, etc. En esta melodía, sabemos el orden de las notas. No obstante, el escenario no es el mismo. Y esto es un punto que no puede desatenderse.

En términos de apreciación, conceptos como texto, el cómo está contado; subtexto, el qué está contado; y el contexto, en dónde es contado, “Toy Story 5” de McKenna Harris y Andrew Stanton tiene un muy buen texto, porque las flamas de virtudes de la narración de PIXAR no se han extinguido totalmente, por mucho que la industria le haya pasado en velocidad con los nuevos estilos de animación multimedia que surgieran con “Spider-Man: Into The Spider-Verse“, y que esta entrega se ve en la necesidad de abordar.

Las formas de las aventuras de Woody, Buzz y Jessie como la protagonista de esta historia, funcionan como engranajes muy bien aceitados. Es el subtexto el que se ve afectado por el contexto. Las temáticas con la que Toy Story se ha asentado con sus espectadores, hoy enfrentan un desafío que va mucho más allá de las rivalidades creativas: y es que “La era de los juguetes ha terminado”.

En la superficie, el enfrentamiento de los juguetes versus la tecnología parece una actualización de la original rivalidad del vaquero y el astronauta; el trauma del abandono por las horas de pantalla, una puesta al día de la desgarradora historia de Jesse; pero lo cierto es que el panorama es bastante más desolador que eso. Los autores lo saben y tratan de ponerlo en su relato.

Este capítulo de la saga se siente agotado y no exclusivamente por razones creativas. Es derechamente porque la generación que debiera estar viendo las historias de los juguetes que cobran vida y tienen sentimientos y emociones, hoy la podemos ver con un dispositivo en la mano, si están en un parque, camino al colegio, en sus casas o incluso infantes paseando en un coche. Y ver como se capitula ante ello, es bastante acongojante.

La clave de esa pieza de la historia es Bonnie, la nueva niña de los juguetes desde aquel final inolvidable en la tercera parte. Y es una niña que no está conectando bien con el resto de sus pares, supuestamente porque no tiene una pantalla en la mano como todos ellos. Así que los padres ceden. Y son los juguetes quienes contemplan con pánico como Bonnie pierde una serie de herramientas en su desarrollo y la aventura inicia justamente cuando se enfrentan al avance tecnológico, liderados por Jessie y enfrentados a LilyPad. La trama de Bonnie no nos da tregua como audiencia madura. Cuando la vemos convertida en una víctima de esta nueva forma de relación digital, no es una alerta, es una alarma de tsunami. Sólo el encuentro con Blaze, otra niña afín en su conexión con los juguetes, logra resolver su aislamiento y traernos algo de alivio. Todo esto gracias al armisticio firmado entre juguetes y dispositivo. Todos los personajes tienen una segunda oportunidad, e incluso los antagonistas pueden tener una redención. No hay villano en esta historia, o mejor dicho, se tomó la decisión de ignorarlo.

La cuestionable relación que se ha establecido entre la tecnología y las infancias, es algo que “Toy Story 5” esboza en pantalla de forma aparentemente explícita, pero en rigor, muy timorata. Y es que en un mundo que avanza en legislar sobre justamente ese aspecto, pudo ser un detalle extremadamente valioso, sobre todo considerando que el resto de su estructura estaba asegurado. Pero la película elude activamente la conversación de fondo, algo que las tres entregas originales nunca hicieron: Sid, Al, Stinky Pete, Lotso, siempre fueron villanos que representaban motivos serios y lo hacían de manera brillante. El bullying, la avaricia, el resentimiento. Pero el titiritero detrás de la herramienta tecnológica no es abordado en el estreno de esta semana. Lo cual, es en parte entendible, ya que la misma Disney se ha comprometido intelectual y económicamente con quienes dedican miles de millones de dólares en diseñar dispositivos y aplicaciones para que sean un pozo sin fondo de constante interacción y engagement, y es casi de perogrullo que no quieran ser representados de ninguna forma negativa y que por tanto, el dispositivo termine en consonancia con cualquier otro juguete. Demasiado ingenuo para digerirlo.

Toy Story 5” funciona. Impecablemente. Y no solamente porque queremos a sus personajes, sino porque sus directores lo saben, comparten el sentimiento, tienen el talento y se dedican a ellos, por mucho que su veta esté agotada. Quizás justamente funciona al asumir que no puede ser más que esto. Que no necesariamente vamos a llevarnos la película a nuestros hogares con la emoción viva. O quizás la impostemos para el posteo de rigor. Y es que simplemente ya no está aquello que atesoramos. Es innegable que serán un par de horas de entretención perfecta para estas fechas, y un taquillazo que reportará dividendos a Disney. Tan solo tenemos que asumir que esos personajes que tanto llegamos a querer, viven una nueva era. “La era de los juguetes ha terminado”. Es la era del contenido. Hay algo de alivio en el hecho de que PIXAR sepa hacerlo bien.

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