El costo del amor: cómo la Generación Z se las arregla (o no) para tener una cita en tiempos de vacas flacas
En tiempos en que salir a comer a un restaurante o ir al cine puede ser casi un lujo, para la Generación Z la clásica cita se ha convertido en un gasto que hay que pensar dos veces: mientras algunos prefieren simplemente no salir cuando “andan pato”, otros se las ingenian para encontrar panoramas que no impliquen perder el sueldo en el intento. "Hoy estamos frente a un encarecimiento generalizado de la vida, que está imponiendo restricciones particularmente importantes a los jóvenes", explica un experto.
Por Colomba Bolognesi 15 de Agosto de 2026
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Salir a comer o ir al cine se ha vuelto cada vez más caro para los jóvenes chilenos, al punto de que la primera cita romántica empieza a verse como un lujo. La Generación Z prioriza menos las salidas y busca alternativas creativas para ahorrar, en un contexto de “encarecimiento generalizado de la vida”.
- La primera cita romántica se encarece y muchos jóvenes prefieren no salir si “andan pato”.
- David Gil destina entre $30.000 y $50.000 por cita y dice que “hacer todo eso ahora es impagable”.
- Ipsos: 70% de la Generación Z reconoce que se da un gusto comprando ropa o tecnología.
- Jóvenes optan por citas económicas: picnics, caminatas, museos gratis, Metro y cafés.
- Jorge Gallardo vincula estas dificultades con restricciones económicas y no solo con salud mental.
El artículo muestra cómo el alza del costo de vida está cambiando la forma en que la Generación Z en Chile vive las citas y la vida social. Muchos jóvenes reducen salidas o buscan planes baratos, mientras expertos señalan que estas decisiones responden a restricciones económicas y a un encarecimiento generalizado de la vida.
Panoramas como salir a un restaurante o ir al cine se ha vuelto cada vez más caro para los jóvenes chilenos, al punto de que la clásica primera cita romántica empieza a convertirse en un lujo. La generación Z ahora prioriza menos las salidas, y cuando decide hacerlo, el encarecimiento de la vida la ha obligado a buscar alternativas más creativas para ahorrarse unos pesitos.
A David Gil (27) le gusta invitar cuando sale en una cita. Por lo general, destina entre $30.000 y $50.000 para pagar una buena comida en un restaurante. Cuando el presupuesto no alcanza, prefiere no tener una primera cita antes que renunciar a invitar a la otra persona a comer a un buen lugar. “Uno cada vez sale menos, y escucha de sus papás, que cuando eran jovenes y salían de cita iban a tomar algo, luego a comer, y luego al cine. Hacer todo eso ahora es impagable”, cuenta el joven de Ñuñoa.
“Todo está mucho más caro. De hecho, muchos de mis amigos me dicen que antes que gastarse 50 lucas en una cita, prefieren quedarse en casa y comprarse algo rico para comer para ellos. Siento que la generación Z suele gastar un poco más de plata en ellos mismos, se dan sus gustitos, como comprarse ropa. Y prefieren eso antes que gastarla en una cita con otra persona, quizás“, agrega David.
La percepción de David no es aislada: destinar el dinero a ellos mismos efectivamente es un fenómeno amplio entre los jóvenes. Un estudio del Market Beat de Ipsos revela que el 70% de la Generación Z reconoce que “se da un gusto” comprando ropa o tecnología. Con menos margen para ahorrar, también queda menos espacio para gastar en panoramas que no son prioritarios. Un estudio de COPSA sobre la capacidad de ahorro de los chilenos muestra que entre los jóvenes de 18 a 30 años aumentó de 43% a 45% la proporción de quienes no logran ahorrar o destinan menos del 10% de sus ingresos a ese objetivo.
Karla Zamora, gerente de Estudios Cualitativos y Comprensión de la Estrategia de Marketing de Ipsos, explica que las prioridades de los jóvenes conviven con restricciones financieras. “El estudio muestra que el 72% de las personas de 18 a 29 años señala que en su hogar ya están pensando en estrategias para ajustar el presupuesto ante posibles aumentos de precios“, afirma.
“En el conjunto de los consumidores, un 69% opta por quedarse en casa como parte de una estrategia de ahorro. Asimismo, entre las medidas consideradas para ajustar el presupuesto, un 46% menciona disminuir el gasto en entretención y otro 46% reducir las salidas a restaurantes o cafeterías”, agrega.
Para Zamora, “las salidas no necesariamente están perdiendo valor, sino cambiando de formato”.
“Frente a restricciones económicas, pueden trasladarse hacia encuentros en casa, actividades de menor costo o consumos digitales, mientras ganan espacio los pequeños gustos personales que ofrecen gratificación inmediata y mayor control presupuestario”, explica.
“Hoy en día son pocos los hombres que te invitan a salir, a decirte ‘ya vamos a tomar o comer algo’. Ahora, por ejemplo, te invitan a carretear a la casa de uno de sus amigos“, cuenta Carolina Fernández (23).
La joven comenta que hay muchas opciones de citas que no implican gastar tanto, pero que muchas personas “no se atreven” a invitar a algo un poco más sencillo.
“A mí me pasó que salí a una cita con un gallo, él me invitó a un restaurante. Fuimos y literalmente me tomé un jugo y me dijo ‘ya, vamos'”, cuenta Carolina. Lo que a ella le habría gustado, comenta, es que su cita le comunicara que “andaba corto de lucas” y, en lugar de ir a un restaurante, hubieran optado por hacer algo distinto.
Jorge Gallardo, doctor en sociología y académico del Instituto de Ciencias de la Salud de la Universidad de O’Higgins (UOH), explica que “hoy los jóvenes, han crecido y vivido en un escenario marcado por distintas transformaciones y dificultades sociales y económicas a nivel global. Hay investigaciones que muestran que estas condiciones han repercutido bastante en sus prácticas cotidianas”.
“Esto puede observarse incluso en cuestiones tan concretas como las relaciones afectivas: algunos jóvenes plantean, por ejemplo, que si no cuentan con cierta estabilidad económica se les hace difícil tener citas o que, si las tienen, prefieren encontrarse en espacios públicos o realizar actividades que impliquen el menor gasto posible“, afirma el sociólogo.
Además, “hay investigaciones que muestran, por ejemplo, que en lugar de priorizar ciertas actividades colectivas, como salir, tener citas, comer fuera o realizar actividades recreativas, algunos jóvenes están incorporando dentro de sus gastos distintas formas de cuidado asociadas a su propia salud mental“, agrega Gallardo.
El economista y docente de la Escuela de Ciencias Sociales de la misma casa de estudios, Pablo Peña, explica que el consumidor joven tradicionalmente en Chile “ha sido un segmento de bajos ingresos y dependencia familiar”.
“En Chile el ingreso al mundo del trabajo es tardío y por tanto su consumo depende de los ingresos familiares. Con respecto de los panoramas que impliquen mayor gasto (alimentación y entretenimiento), el perfil de consumo es especializado, pues los jóvenes priorizan aquellos eventos específicos que requieren gastos excepcionales (conciertos, festivales, gasto en consolas de videojuegos, etc). El gasto regular en bienes y servicios que impliquen salir de casa es bajo y si bien es sensible a la evolución de precios e ingresos generales de la economía, pienso que el encarecimiento actual incide menos que los factores culturales en el patrón de consumo actual”, profundiza el economista.

La creatividad en un escenario de “encarecimiento generalizado de la vida”
En el caso de José Tomás Vidal (23), siempre se las ha ingeniado por citas creativas que no requieran de un gran prepuesto.
“Nunca he cancelado citas o evitado proponerlas por temas financieros, pero sí he pasado tiempo buscando opciones para tener un repertorio más amplio, tanto de planes como de lugares, y cuando ando corto de fondos, propongo citas que sé que son económicas”, cuenta el joven de Pedro Aguirre Cerda.
En su lista mental figuran picnics, caminatas por la ciudad, ir por un café, trekking en algún cerro, tours por museos gratuitos, visitas a bibliotecas e incluso tours por campus de universidades que suelen estar abiertas al público. Hay una cita que recuerda con especial cariño, donde el joven se lució por su creatividad: recorrer todas las líneas del Metro de Santiago.
“Fue un plan que propuse para la tercera cita con una chica que estaba conociendo hace un tiempo.
Le propuse que recorriéramos las lineas del metro sin un orden específico, y ella aceptó. Cómo no hay mucho que hacer en el metro, aprovechamos de conversar mucho, correr a veces para tomar el tren para no esperar el siguiente y ver los puestos de librería que hay en algunas estaciones”, cuenta José Tomás.
Solo salieron del metro para almorzar y luego retomaron el recorrido. “La cita en total no costó más de $10.000, contando pasajes, almuerzo y snacks”, asegura.
Fran también tiene un amplio repertorio cuando se trata de citas económicas, según cuenta a The Clinic: exposiciones en el Centro Cultural La Moneda, ir a caminar o comer mote con huesillo al Cerro Santa Lucía, comer en el Boulevard Alameda o ir a tomar un café.
“Tuve una primera cita donde nos juntamos en el campus San Joaquín de la UC a jotear y dar vueltas por ahí. La persona no conocía el campus, conversamos toda la tarde y después calabaza para la casa”, cuenta.
Así, el costo de una cita termina siendo parte de una discusión más amplia: cuánto margen tienen hoy los jóvenes para destinar dinero a su vida social y afectiva. Mientras algunos prefieren derechamente no salir cuando el presupuesto no alcanza, otros han optado por buscar alternativas que les permitan mantener las citas sin asumir grandes gastos.
“Hoy estamos frente a un encarecimiento generalizado de la vida, que está imponiendo restricciones particularmente importantes a los jóvenes. Algunos problemas que hoy interpretamos en términos de salud mental como las dificultades para formar pareja, independizarse o pensar en una familia pueden estar profundamente relacionadas con restricciones económicas y estructurales, y no necesariamente con problemas psicológicos individuales”, sentencia el doctor en sociología Jorge Gallardo.



