Alan McPherson, autor de “Matar a Letelier”: “La idea de juzgar a Pinochet, legalmente hablando, era muy, muy difícil”
Fue un atentado en pleno Washington, a cuadras de la Casa Blanca, que terminó exponiendo los crímenes de la dictadura chilena ante el mundo. A 50 años del asesinato de Orlando Letelier y Ronni Moffitt, Alan McPherson, autor de "Matar a Letelier", reconstruye la operación de la DINA, la búsqueda de justicia que se extendió por décadas y los cabos que todavía siguen sueltos.
Por Isabel Plant 26 de Septiembre de 2026
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A 50 años del asesinato de Orlando Letelier y Ronni Moffitt, Alan McPherson, autor de "Matar a Letelier", reconstruye la operación de la DINA y la búsqueda de justicia. Sostiene que "la idea de juzgar a Pinochet, legalmente hablando, era muy, muy difícil" y que el caso expuso los crímenes de la dictadura.
- El atentado en Sheridan Circle fue el primer y único caso de terrorismo de Estado en suelo estadounidense.
- McPherson repasa la operación de la DINA, con Manuel Contreras, Michael Townley y otros involucrados.
- El historiador dice que juzgar a Pinochet era "muy, muy difícil" y que la estrategia fue ir tras la DINA.
- La familia Letelier mantuvo por décadas la búsqueda de justicia en Chile y Estados Unidos.
El artículo aborda la entrevista al historiador Alan McPherson sobre su libro "Matar a Letelier". Explica cómo se organizó el asesinato de Orlando Letelier y Ronni Moffitt en Washington, la investigación posterior y por qué, según el autor, llevar a Pinochet a juicio fue legalmente muy difícil. También destaca el rol de la familia Letelier en la búsqueda de justicia.
El diplomático sale por la mañana de su casa en Washington, camino a la institución donde trabaja. No va solo, por casualidad: a una joven pareja de recién casados que trabaja con él se les estropeó el auto anoche, cuando se juntaron a comer, por lo que él les prestó el suyo. Ellos trajeron el vehículo de regreso esa mañana y parten los tres juntos a la oficina. En Sheridan Circle, a cuadras de la Casa Blanca, el auto explota.
El diplomático, quien iba manejando, sufre entre otras cosas la amputación de sus extremidades inferiores. Muere desangrado. La joven, quien iba de copiloto, sale caminando del auto, por lo que su marido piensa que está bien. Pero pronto se desploma: la causa de muerte fue aspiración de sangre, laceración de la laringe y de la arteria carótida derecha.
Orlando Letelier tenía 44 años y Ronni Moffitt tenía 25. Su asesinato, orquestado por la DINA -liderada por Manuel Contreras-, fue el primer y único caso de terrorismo de Estado en suelo estadounidense; el 21 de septiembre, se conmemoraron 50 años del crimen que terminó llevando a Contreras a la cárcel dos décadas después.
La historia de Letelier, sus insólitos personajes -Michael Townley, Mariana Callejas, los hermanos Novo y sus secuaces cubanoamericanos-, los pasos siniestros de la DINA y luego una lucha infatigable a través de tribunales en Chile y Estados Unidos -liderada por Isabel Morel y Fabiola Letelier-, son reconstruidos por el historiador Alan McPherson en el fascinante libro “Matar a Letelier”, parte de la colección “Un día en la vida” de Editorial Catalonia y la productora periodística del mismo nombre.
McPherson visitó Chile por dos días en esta semana para presentar el libro en una conversación junto a Mónica González en la Universidad de Chile. Además, visitó los estudios de The Clinic, para una entrevista sobre el caso Letelier, la justicia y sus pendientes.

—El caso Letelier es muy particular en varios aspectos. Para partir, Orlando Letelier era una persona muy carismática. Y también de las personas más prominentes en ese momento, en 1976, intentando llamar la atención del mundo contra los crímenes que se estaban cometiendo en Chile.
—Así es. Y, de una manera trágica, su carisma es lo que lo condenó. Porque era eficaz en dos sentidos: uno era el financiero. Fue capaz de conseguir que grandes empresas, especialmente en Europa, boicotearan al Gobierno de Pinochet y dejaran de comerciar con él. Y así estaba causando un daño económico a ese régimen.
Y al mismo tiempo, aunque era socialista, era bastante moderado. Y además era una persona muy agradable, muy diplomática, así era capaz de hablar con todos los que estaban en la oposición a Pinochet ya fueran de centro, de derecha, o comunistas. Y, por lo tanto, se convirtió en una de esas personas que Pinochet identificó claramente como una amenaza.
—Mencionas en el libro muchos errores que cometió la DINA. El más importante es que no contratas a un especialista en bombas para hacer un asesinato silencioso. Y acudieron a Michael Townley.
—Hay un episodio fascinante. Es solo una conversación entre Pedro Espinoza, de la DINA, que tiene que darle la orden directamente a Michael Townley. Y Espinoza dice: “Está bien, queremos que lo elimines. Pero hazlo silenciosamente, que parezca quizás un asalto. Los asaltos ocurren todo el tiempo en Washington D.C.”.
Y Townley dice: “Bueno, no soy una persona violenta. No quiero ir a apuñalar a alguien ni dispararle a alguien. No hago eso. Pongo bombas y cosas así. Y después, quizás, las detono desde lejos”. Espinoza duda y dice: “Bueno, está bien, está bien. Ya veremos qué pasa”. Y después dice: “Pero hazlo lejos de otras personas. Donde el auto esté estacionado en un parque o algo así. Asegúrate de que no haya nadie más en el auto”.
Todas estas cosas no las hicieron. En parte porque Townley ya ni siquiera estaba ahí, eran los cubanoamericanos quienes estaban siguiendo el auto. No les importaba quién estuviera dentro. No habían sido parte de esta conversación.
Así que una de las cosas que digo, es que esta es una de las maniobras políticas más estúpidas de la historia del régimen de Pinochet.
—También demuestra que en ese momento, y de otros atentados que cometieron internacionalmente, ¿se volvieron arrogantes? Porque si planeas un asesinato en Washington, vas a conseguir algo que no quieres a cambio, que es atención mundial. ¿O tenían mucha confianza en que el régimen estadounidense no tomaría represalias?
—Habla de una especie de ignorancia del régimen de Pinochet, y especialmente de la DINA. Creo que pensaban que el Gobierno de Estados Unidos funcionaba como el de Pinochet: que si cometes un crimen, simplemente le dices a la policía que no investigue. Y eso sería todo.
Y quizás habían recibido ese tipo de señales de alguien como Henry Kissinger, o quizás de la CIA de los años setenta.
En primer lugar, ocurre cuando Kissinger está a punto de dejar el cargo, ¿cierto? Vas a tener una elección en unas pocas semanas.
Además, la CIA no puede detener este tipo de investigación. Si ocurre un crimen en Washington, no hay realmente nada que la CIA pueda hacer al respecto. Pueden decidir no cooperar con la investigación. Lo que parece que hicieron, no lo sabemos completamente.
Pero el FBI y el Departamento de Justicia, ellos son los que están a cargo de esto. Y van a perseguirlo. Y así, la policía y los abogados que están a cargo de la investigación están intentando no contarle nada a la CIA, porque creen que la CIA se lo va a decir a Contreras.
Así que su punto es simplemente: Por supuesto que somos anticomunistas. Y sí, este es un comunista que fue asesinado, o un socialista. Pero vamos a investigarlo como investigamos cualquier otro crimen. Sin importar adónde nos lleve. Y, por supuesto, se dan cuenta de que lleva a Chile.
—Planteas en el libro que el caso Letelier fue un punto de inflexión. Cambia las cosas, de la violencia que un aliado de Estados Unidos puede ejercer o infligir, y hasta qué punto será tolerada. ¿En qué momento el asesinato de Letelier cambió la relación entre Chile y Estados Unidos en ese momento?
—Creo que probablemente el momento más importante es cuando los investigadores se dan cuenta de que el asesino inmediato es un estadounidense. Una vez que se dan cuenta de esto, los diplomáticos comprenden: “Está bien, podemos exigir que los chilenos nos lo entreguen”. Y entonces Townley es expulsado de Chile, de manera bastante ilegal, a manos estadounidenses. Y lo confiesa todo.
Realmente no sabemos cuál fue la reacción de los chilenos ante esto, pero debe haber sido una especie de sorpresa y profunda decepción. Y lo que esto significa para la prensa chilena es muy importante, porque ahora, al informar sobre este asesinato en Washington, y al informar que un estadounidense está siendo enviado de vuelta a Washington para ser juzgado, está informando sobre un crimen en Estados Unidos.
Y si eso lleva a Pinochet, es simplemente una consecuencia de que el crimen se cometió en Estados Unidos. No es un crimen en Chile.

—Mencionas un contexto que es importante para el caso Letelier, el contar con el apoyo del mundo. Que tiene que ver con el período posterior a la guerra de Vietnam en Estados Unidos, y una protección muy importante a los derechos humanos.
—Así es. Esta época dorada de la defensa de los derechos humanos, en parte viene de Washington, a causa de Vietnam, a causa del escándalo de Watergate.
Pero también porque todas estas personas que eran contrarias a la guerra o defensoras de los derechos civiles, están buscando nuevas cosas por las que protestar. Y la relación de Estados Unidos con muchas dictaduras alrededor del mundo, ya fueran Brasil, Grecia o Chile, se vuelve muy importante.
Al mismo tiempo, a causa de Watergate, muchos demócratas asumen el control del Congreso. Y ahora aprueban leyes, como una ley que dice que ya no vamos a entregar ayuda económica si descubrimos que un país está cometiendo atrocidades contra los derechos humanos, y así comienzan a apuntar a varios países y Chile es uno de ellos.
Y este asesinato ocurre cuando estas leyes ya han sido aprobadas.
Isabel Letelier, Michael Moffitt, están hablando con personas como Teddy Kennedy, que es un senador importante en ese momento y forman parte de esta especie de red global de defensores de los derechos humanos.

—¿Y qué pasa con la familia Letelier y la búsqueda de justicia de Isabel Letelier? La lucha que lideraron durante veinte años también sentó un precedente para otros casos como este, o similares a este.
—Así es. Estoy olvidando muchos de los detalles legales aquí, pero, esencialmente, ellos están siguiendo dos caminos. Uno es simplemente dar publicidad a las cosas que encontraron y seguir contándoles a los chilenos y a personas de toda América Latina que estos son crímenes graves contra la humanidad. Violaciones graves de los derechos humanos.
Al mismo tiempo, tienes a Fabiola Letelier, la hermana de Orlando, ella es abogada. Y vive en Santiago y lleva adelante el caso aquí. Los hijos se están convirtiendo cada vez más en adultos y así están ayudando con todos estos aspectos. También se convierten en símbolos.
Pero, al mismo tiempo, están abriendo un camino para exponer estos crímenes y también mantener el caso vivo en los tribunales. En algún momento llegan a estar a pocos días de que prescriban algunos de estos crímenes, pero justo entonces se produce el cambio de Pinochet a Aylwin. Y, de repente, los tribunales dicen: “Está bien, ahora podemos juzgar este caso”, porque ahora tienes algunos jueces nuevos que están dispuestos a investigar esto.
—En Chile está la sensación de que como Pinochet no fue llevado a juicio, las personas no obtuvieron la justicia que exigían o necesitaban. En contraste con otros países, como Argentina, que sí hizo juicios durante los años ochenta. ¿Crees que el caso Letelier es un símbolo de que hubo una búsqueda de justicia y que se consiguió parte de ella? De que hubo algún tipo de acción en marcha aquí, que fue legítima e hizo una diferencia.
—Sí. La idea de juzgar a Pinochet era difícil. Legalmente hablando, era muy, muy difícil. Y por eso creo que la estrategia legal fue ir tras las personas de la DINA que dieron las órdenes.
Y no solo personas como Townley, que ejecutaron las órdenes. Por eso Espinoza y Contreras se vuelven fundamentales en esto. Porque realmente puedes tener testigos y documentos y conversaciones en las que ellos dan las órdenes.
No hay pruebas en papel ni de ningún testigo de que el propio Pinochet haya dado la orden. Lo que tenemos de los años ochenta, es un documento de la CIA que dice ‘que ‘estamos bastante seguros de que Pinochet dio la orden y después encubrió la investigación’.
El encubrimiento, eso es bastante fácil de demostrar. Pero el problema es que la CIA no nos entregó al público las pruebas que tenía para concluir que él había dado la orden. Así que eso es lo más cerca que podemos llegar. Y eso simplemente no se sostiene ante un tribunal de justicia.
Así que digamos que hubieras tenido jueces que le quitaran la inmunidad a Pinochet. Habría sido simplemente muy difícil demostrarlo, porque probablemente la única persona que habría testificado habría sido Contreras.
Así que creo que el caso tenía que construirse más políticamente, simplemente para demostrar que había una relación muy estrecha entre Contreras y Pinochet y que Contreras realmente no hacía nada importante a menos que tuviera la aprobación de Pinochet.
Pero, por supuesto, es posible que Contreras pensara: “El jefe va a estar de acuerdo con esto. Puedo ordenar cualquier asesinato que quiera, mientras sea en interés de Pinochet, en realidad no tengo que preguntarle”.
Así que, legalmente hablando, es complicado, pero políticamente todavía puedes acusarlo ante el tribunal de la opinión pública.
—Puedes demostrar que esto fue parte de un mandato del Gobierno en ese momento, pero no específicamente de Pinochet, ¿qué documentos o papeles fueron muy importantes para ti para demostrar esa tesis?
—Realmente hay dos documentos clave. Uno es ese informe de la CIA: sabemos que tuvo que haber sido Pinochet. Y después el secretario de Estado de Estados Unidos le escribe al presidente Reagan y le dice que la CIA acaba de llegar a esta conclusión, así que realmente necesitamos tomar cierta distancia de Pinochet e intentar, de alguna manera, impulsarlo hacia la democracia.
Así que eso es muy importante, al menos para que Estados Unidos llegue a una conclusión. Pero, aparte de eso, está la confesión de Townley. Él es quien habló con Espinoza, Espinoza habló con Contreras. Ahí está el vínculo. Eso es básicamente lo que tenemos.
—¿Crees que dentro de cincuenta años todavía se seguirá encontrando nueva evidencia o pistas sobre este caso?
—Eso espero. Realmente no sé si del lado chileno vamos a encontrar algo nuevo. Tendría que ser una confesión de Contreras o de Pinochet. Y tendría que ser una prueba, por así decirlo, absolutamente sólida, como una grabación o algo así. O un documento.
Creo que quizás del lado de la CIA podrías encontrar al menos lo que los convenció. Mi temor es que lo que los convenció fue cuando Armando Fernández desertó de Chile y básicamente respaldó la historia de Townley.
Pero no creo que Fernández tuviera ningún conocimiento especial sobre esto. Simplemente le creyó a Townley y pasó, por así decirlo, por las mismas experiencias. Pero no estaba en la habitación cuando Espinoza dio la orden. Y creo que quizás eso es lo que convenció a la CIA, porque las fechas coinciden.
Pero quizás la CIA tiene más información que nunca nos ha mostrado. Y te diré que, como historiador estadounidense, es muy, muy difícil conseguir documentos de la CIA. El Gobierno de Estados Unidos está destinando cada vez menos recursos a desclasificar documentos.
—Esta semana, Juan Pablo Letelier nuevamente pidió al Gobierno actual que haga algo respecto de Armando Fernández Larios, que vive en Estados Unidos. ¿Crees que existe la posibilidad de que sea extraditado en algún momento próximo?
—Es un caso extraño. Porque realmente se está convirtiendo simplemente en una especie de daño colateral, en este deseo más amplio de la administración Trump de castigar a cualquiera que haya migrado a Estados Unidos, y que de alguna manera haya sido declarado culpable de un crimen, ese es su caso.
Pero en su deserción y confesión, tenía un acuerdo con el Gobierno de Estados Unidos, que es que nunca sería extraditado de vuelta a Chile. Y así, como cuestión del Estado de derecho, el Gobierno de Estados Unidos no debería enviarlo de vuelta, sin importar lo mala persona que sea. Porque entonces significa que haces promesas, cumples la ley, y después, de repente, no lo haces.
Pero estamos tratando con la administración Trump; un Gobierno que claramente no cumple la ley cuando no quiere hacerlo. Así que, lamentablemente, no creo que esto tenga que ver con la justicia. Creo que es simplemente un caso contra los inmigrantes, alguien en el Gobierno de Estados Unidos simplemente no quiere a Fernández. Y creo que, en gran medida, es simplemente porque es chileno.
Y dicen: “¿Por qué deberíamos hacernos cargo de pagar por un prisionero?”. Vive tranquilamente en Florida, realmente no le está haciendo daño a nadie, probablemente también esté jubilado. Así que creo que es una especie de parodia de la justicia hacer esto.
Aunque, en términos de justicia, estaría bien que volviera a Chile. Y fuera, de alguna manera, juzgado por los propios chilenos.
*Una versión extendida de esta entrevista está disponible en el canal de YouTube de The Clinic.



