Compartir
La demanda que enfrenta Meta en Estados Unidos importa mucho más por lo que revela que por los US$1,4 billones que eventualmente podrían estar en juego. Cuatro estados, California, Colorado, Kentucky y Nueva Jersey, acusan a la compañía de diseñar Facebook e Instagram para mantener conectados durante más tiempo a niños y adolescentes, utilizando algoritmos, notificaciones y el desplazamiento infinito como herramientas de retención y por recopilar información de menores de 13 años sin el consentimiento de sus padres.
Así, detrás de una pantalla habría un producto diseñado para generar dependencia. La demanda, que detallamos en The Clinic, abre una discusión mucho más amplia sobre la relación de niños y adolescentes con las plataformas digitales.
Los adolescentes representan una población especialmente vulnerable. Están construyendo identidad, desarrollando capacidades para controlar impulsos y buscando permanentemente reconocimiento y pertenencia. Las redes ofrecen precisamente eso, pero de manera inmediata, cuantificable y potencialmente interminable.
Sería bueno revisar las cifras en nuestro país. UNICEF ubicó a Chile en el puesto 36 entre 43 naciones evaluadas en bienestar infantil y en el lugar 31 en salud mental. El mismo informe muestra que un 13,3% de los jóvenes entre 15 y 19 años estaba en tratamiento de salud mental, cifra que alcanzaba 17,2% entre las mujeres.
Un estudio publicado este año por investigadores chilenos agrega otra dimensión. Adolescentes entrevistados reconocieron que las redes sociales pueden afectar su salud física y mental y los exponen a ciberbullying, grooming, acoso y contenidos inapropiados. Saber que existe un riesgo, evidentemente, no basta para evitarlo.
Chile dio un paso al restringir desde este año el uso de celulares en los establecimientos educacionales. Es una medida necesaria, aunque insuficiente.
La prevención requiere una mirada más amplia. Familias capaces de establecer límites y acompañar. Colegios que enseñen alfabetización digital y emocional. Un sistema de salud que detecte tempranamente ansiedad, aislamiento y conductas compulsivas. Plataformas obligadas a diseñar productos seguros para menores. Y adolescentes que encuentren fuera de la pantalla espacios de deporte, cultura, amistad y comunidad.
Sería un error ,y también bastante poco realista, convertir este debate en una guerra contra la tecnología. El desafío consiste en recuperar que el desarrollo de nuestros hijos pese más, que el tiempo que una red logra mantenerlos mirando una pantalla.
Cuidar a los adolescentes supone enseñarles a desenvolverse en el mundo digital, pero también exigir que ese mundo piense en ellos y no únicamente en retener su atención.
