Opinión
31 de Agosto de 2026
Inteligencia artificial y universidad: una transformación que debe seguir siendo humana
Por Nelson Vásquez, Rector de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso
La inteligencia artificial está transformando a una velocidad inédita la forma en que estudiamos, enseñamos y nos relacionamos con el conocimiento. Para las universidades, el desafío no consiste simplemente en incorporar nuevas herramientas, sino en repensar la docencia, las evaluaciones y la formación de sus estudiantes. Frente a las oportunidades que ofrece la IA, pero también a las nuevas brechas, los sesgos y el riesgo de delegar en ella el esfuerzo intelectual, Nelson Vásquez, el rector de la PUCV plantea una pregunta de fondo: qué significa educar cuando las máquinas pueden responder, escribir y resolver cada vez más por nosotros. La respuesta, sostiene, no pasa por detener el futuro, sino por formar personas capaces de utilizar estas tecnologías sin renunciar al pensamiento crítico, la creatividad, el discernimiento y la autonomía.
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La irrupción de la inteligencia artificial está modificando con una velocidad inédita la forma en que estudiamos, trabajamos, investigamos y nos relacionamos con el conocimiento. Para las universidades, este cambio no representa la incorporación de una nueva herramienta tecnológica. Es una transformación más profunda, que obliga a revisar nuestras formas de enseñar, aprender, evaluar, investigar y gestionar las instituciones.
El reciente Informe mundial sobre tendencias de la educación superior de UNESCO muestra con claridad la magnitud del fenómeno. Cerca del 77% de los países incorpora actualmente la digitalización entre sus prioridades de educación superior y, en 2024, 56 países ya contaban con estrategias nacionales de inteligencia artificial. Las universidades aparecen en ellas como actores fundamentales para contribuir a la elaboración de políticas públicas.
La transformación digital ofrece oportunidades extraordinarias. Los sistemas de información y la inteligencia artificial permiten conocer mejor las trayectorias de los estudiantes, identificar tempranamente dificultades académicas, personalizar determinados procesos de aprendizaje y adoptar decisiones institucionales sustentadas en evidencia. Los sistemas inteligentes de tutoría, los asistentes virtuales, la traducción automática, las herramientas de accesibilidad o la analítica del aprendizaje pueden contribuir significativamente a mejorar la enseñanza y acompañar especialmente a quienes requieren mayores apoyos.
La educación misma está adquiriendo nuevas formas. En 2019, alrededor de 429 millones de personas utilizaban plataformas de aprendizaje en línea; en 2024 eran aproximadamente 783 millones. La educación híbrida, los recursos educativos abiertos y las microcredenciales están ampliando las posibilidades de formación.
Pero sería equivocado observar esta transformación únicamente desde sus oportunidades. La tecnología también puede generar nuevas desigualdades. Aproximadamente un tercio de la población mundial permanecía desconectada de internet en 2024. Mientras en los países de ingresos altos la utilización de internet alcanza cerca del 93%, en los de menores ingresos llega apenas al 27%. También persisten diferencias importantes entre zonas urbanas y rurales. La primera obligación, entonces, es comprender que digitalizar no equivale automáticamente a democratizar.
Existe además una nueva desigualdad que comienza a emerger: la distancia entre quienes poseen las capacidades necesarias para utilizar la inteligencia artificial de manera crítica y creativa y quienes solamente pueden relacionarse con ella pasivamente.
También surgen desafíos que no podemos minimizar: privacidad y seguridad de los datos, sesgos algorítmicos, integridad académica, dependencia de grandes proveedores tecnológicos y eventual pérdida de autonomía intelectual.
Las universidades debemos avanzar más rápidamente. No para regular desde el temor ni para prohibir aquello que no comprendemos suficientemente, sino para construir marcos que permitan innovar responsablemente.
Uno de los mayores desafíos estará en la docencia. La inteligencia artificial puede responder preguntas, producir textos, resolver problemas y procesar cantidades de información imposibles para una persona. Pero precisamente por ello debemos preguntarnos nuevamente qué significa educar. La función del profesor nunca ha sido simplemente transmitir información. Su tarea más profunda consiste en enseñar a pensar, distinguir información de conocimiento, argumentar y descubrir el sentido de aquello que se aprende. Cuanto más poderosa sea la inteligencia artificial, mayor será la necesidad de profesores que acompañen auténticamente el desarrollo intelectual y humano de sus estudiantes.
También necesitaremos revisar nuestras evaluaciones. No basta con preguntarnos cómo impedir el uso de esa herramienta. Debemos revisar si nuestras evaluaciones continúan midiendo aquello que verdaderamente queremos verificar en el aprendizaje.
El riesgo más profundo no es que los estudiantes utilicen inteligencia artificial. Es que terminan delegando en ella la responsabilidad de pensar. Por eso debemos enseñar a utilizar estas herramientas sin renunciar al esfuerzo intelectual, la lectura profunda, la creatividad, el discernimiento y la autonomía.
Nuestra responsabilidad no es detener el futuro. Consiste en contribuir a construirlo. Y hacerlo recordando algo esencial: la inteligencia artificial puede ampliar extraordinariamente nuestras capacidades, pero el propósito de la universidad seguirá siendo formar personas libres, responsables, capaces de pensar por sí mismas.



