Rodrigo Topelberg, el hombre que destapó el Caso Audio, su nuevo libro y su vínculos en Capitán Yáber: “Hermosilla me dijo que en otra vida podríamos haber sido amigos y es la verdad”
El empresario que destapó el Caso Audio acaba de publicar "Fucktop", un libro en el que reconstruye su relación con los hermanos Sauer, la caída de su imperio empresarial y sus meses en Capitán Yáber. En conversación con The Clinic, aborda su inesperada cercanía con Luis Hermosilla, a quien terminó viendo como una figura paterna, reconoce su responsabilidad en el escándalo y reflexiona sobre el clasismo y los privilegios de la élite chilena. Hoy, en quiebra y viviendo con su madre y su hermano, busca reinventarse y anhela llevar si historia a Netflix.
Por Sebastián Palma 1 de Noviembre de 2026
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Rodrigo Topelberg quería ser cineasta. Durante sus últimos años de colegio en el Instituto Hebreo, en Santiago, había elegido la rama artística, donde se dedicaba con pasión a ver películas y realizar cortometrajes.
Antes de terminar el colegio ya tenía decidido qué quería estudiar. Sin embargo, sus padres tenían otros planes. En su familia, según relata en su libro “Fucktop“, el que se acaba de lanzar, había demasiados artistas y alguien debía hacerse cargo de los negocios.
La vocación cinematográfica quedó relegada a un segundo plano. En 2001 ingresó a estudiar Administración de Empresas y, paralelamente, se matriculó en un curso vespertino de cine en el Instituto Chileno Norteamericano. Pese a sus esfuerzos y deseos el negocio familiar, vinculado al rubro automotor, se convirtió en su principal ocupación.
En aquellos años, Topelberg todavía estaba lejos de terminar asociado a uno de los mayores escándalos judiciales de los últimos años en Chile. También de una grabación -que ya forma parte de la historia- que llegaría a sus manos y terminaría exponiendo conversaciones sobre eventuales pagos a funcionarios públicos y gestiones irregulares que involucraban al influyente abogado Luis Hermosilla.
El camino hacia ese episodio había comenzado mucho antes, durante los veranos de su infancia en Concón. Allí, cuando tenía alrededor de seis años, conoció a los hermanos Daniel y Ariel Sauer. Sus familias veraneaban en casas ubicadas una frente a la otra y los niños pasaban buena parte del día juntos. La amistad se mantuvo durante los años siguientes y se estrechó especialmente con Daniel, cuando ambos volvieron a coincidir como compañeros en el Instituto Hebreo.
En 2011, Topelberg ingresó como socio al negocio de factoring de los Sauer. Tenía 31 años, una familia que había formado junto a su esposa y, según reconoce en su libro, escasos conocimientos sobre el mundo financiero. “Aunque no era un niño, ahora estoy convencido de haber sido un pendejo”, escribe al recordar aquella decisión.
Con los años, esa sociedad se transformó en una relación empresarial que también estuvo marcada por los lujos, el whisky, las fiestas y una vida que él mismo reconoce haber disfrutado. En las oficinas llegaron a tener una cama que se desplegaba jalando una palanca.
Hasta que todo comenzó a desmoronarse. La crisis de Factop y STF Capital, la difusión de una grabación en la que participaban Hermosilla, Daniel Sauer y la abogada Leonarda Villalobos, y la posterior investigación judicial terminaron por arrastrarlo a él también.
La vida dentro de Capitán Yáber: un club de cine con Daniel Jadue
Topelberg pasó de compartir negocios con sus amigos de infancia a compartir una habitación con ellos en el Anexo Penitenciario Capitán Yáber. La convivencia fue particularmente difícil. Durante los primeros meses, asegura, prácticamente no les dirigió la palabra. Incluso llegó a pedir que lo trasladaran a Santiago 1, pese a las condiciones considerablemente más duras de ese recinto.
Pero fue precisamente en la cárcel donde reapareció su antigua afición por el cine. Entre sus compañeros de encierro estaba el exalcalde de Recoleta, Daniel Jadue, con quien terminó organizando una suerte de club de cine.
La relación comenzó con cierta desconfianza. Topelberg, de origen judío, imaginaba que la convivencia con Jadue, de ascendencia palestina, podía resultar conflictiva. Cuando el exalcalde llegó al recinto, decidió ponerse deliberadamente una kipá, el pequeño gorro que utilizaba los viernes para celebrar el Shabat. Quería marcar su identidad frente a quien suponía que podía tener prejuicios contra él.
Ocurrió algo distinto. Según cuenta, Jadue, para él, resultó ser un hombre culto y agradable. Las conversaciones sobre cine terminaron convirtiéndose en uno de los espacios de encuentro entre ambos. Incluso en el libro Topelberg señala que Jadue bromeaba con que “su polola más rica había sido judía”.
El club tenía, sin embargo, ciertas restricciones. Topelberg recuerda que películas como “Sueños de fuga” no podían exhibirse. Con el tiempo descubrieron que las cintas ambientadas en cárceles estaban excluidas de las funciones, una regla que también aplicaba en el recinto que él mismo describe como una “jaula VIP”.
Pero Jadue no fue el único personaje con el que Topelberg terminó construyendo una relación inesperada en prisión. También estaba Luis Hermosilla.
El abogado cuyo nombre aparecía en la grabación que Topelberg había entregado y que desencadenó el caso Audios llegó a Capitán Yáber convertido en uno de los rostros más reconocibles del escándalo.
Topelberg tenía motivos para desconfiar de él. Antes de la filtración habían mantenido una conversación que interpretó como un intento de presión para que se alineara con sus antiguos socios. Por eso, cuando volvió a encontrárselo tras su reingreso al penal, decidió recibirlo con una provocación.
–Bienvenido, don Satanás –le dijo.
La respuesta lo desconcertó. Hermosilla fue amable desde el primer momento. Con el paso de los días, ambos comenzaron a conversar y a establecer una cercanía que, según reconoce hoy, ni siquiera sus respectivas familias terminan de comprender.
La relación alcanzó su momento más íntimo durante el último día que Topelberg pasó en Capitán Yáber. Allí había aprendido a cortar el pelo y los domingos improvisaba una barbería en el comedor del recinto. Ese día decidió dedicarle un tiempo especial a Hermosilla. El corte duró cerca de tres horas.
En medio de la conversación, el abogado le dijo una frase que todavía recuerda. Que le pesa:
“En otra vida pudimos haber sido amigos”.
Topelberg, cuyo padre estaba enfermo de cáncer durante su encarcelamiento, asegura que terminó encontrando en Hermosilla algo que nunca había esperado. “Vi una figura paterna y hasta el día de hoy nadie lo entiende”, cuenta a The Clinic.
Hoy, lejos de aquella vida de empresarios y lujos, Topelberg dice encontrarse en quiebra personal, vivir con su madre y su hermano y buscar una forma de reinventarse. Acaba de publicar “Fucktop”, un libro en el que reconstruye su versión del escándalo que cambió su vida y que, espera, algún día pueda convertirse en una película o serie de Netflix.
El cineasta que no llegó a ser, al parecer, todavía no ha desaparecido.
El Fucktop de Topelberg
–En el libro cuentas que querías estudiar cine, pero que alguien tenía que hacerse cargo de los negocios familiares. Ahora publicas “Fucktop”. ¿Cómo aprendiste a escribir un libro? ¿Quién te ayudó?
–Tengo un gran equipo detrás, que es el de Editorial Planeta. Se han portado muy bien conmigo. Cuando partí con esto, fueron memorias de todo lo que me pasó, que escribí en Capitán Yáber como un ejercicio para los abogados. Luego, uno de mis abogados lo vio y me dijo: “Esto es material para una serie, para una película”. Como el caso está abierto, no se podía, pero sí se podía hacer un libro. Y ahí partimos. Yo no era escritor, ahora soy autor, más que nada. Solamente hubo que limar detalles de redacción, pero cuando ya estábamos en la edición no se cambió mucho. Nunca he sido un gran lector y mis influencias van más por el cine.
–¿Te imaginas que este libro termine convertido en una película o una serie de Netflix?
–Sí, por supuesto. Es el camino que elegí a la hora de publicar el libro.
–¿Y te gustaría participar como guionista?
–Sí. No sería vender los derechos del libro y esperar que llegue alguna retribución, sino participar. Siempre me ha gustado el cine. Mis influencias han sido varias películas, pero si tengo que mencionar algunas, te diría “La red social”, “Snatch”, “El ladrón de orquídeas” y series como “Succession”.

Rodrigo Topelberg. Fotos de Felipe Figueroa para The Clinic.
Luis Hermosilla: de enemigo a figura paterna
–En Capitán Yáber compartiste con Luis Hermosilla, alguien podría tener motivos para odiarte, considerando que tú entregaste el audio que terminó por involucrarlo en el caso. Sin embargo, cuentas que fue amable contigo desde el primer momento. ¿Cómo ocurrió eso?
–Yo creo que lo que llama la atención es que haya sido agradable desde el minuto uno, porque, a la larga, cuando estás 24/7 en ese lugar, te terminas relacionando. Pero sí, fue increíble. Cuando él llegó, yo había reingresado luego de que la Corte Suprema cambiara mi situación. Cuando él entró, yo estaba saliendo. Y cuando regreso, me voy al salón principal y él ingresa. Todo para mí es muy cinematográfico. Entonces le digo: “Bienvenido, don Satanás”. Y él llega y era muy cariñoso. Yo creo que entiende un poco mi rol ahí, cómo se me empujó a hacer lo que hice.
–En el libro relatas que Hermosilla intentó presionarte antes de que se conociera el audio. ¿Cómo pasaste de esa relación a encontrar una persona cercana en la cárcel?
–Entendamos que Hermosilla es un arma, una herramienta a la que los Sauer, a través de Leonarda, le pidieron ayuda. Él cumplía su rol, un rol tóxico. Era como el principal abogado de Chile que practicaba eso. Pero él no tenía nada en contra mía. Obviamente, al principio me sentí usado por toda la manipulación, pero después, en Yáber, vi una persona mucho más humana. Cuando llega alguien derrotado, ahí lo conoces de verdad.
–¿Y cómo se construyó esa cercanía?
–El último día que estuve en Yáber, el último de verdad, porque salí varias veces, logré cortarle el pelo. Yo era el barbero de Yáber. Los Sauer siempre decían: “Tú no te cortas con Topelberg”. Eso me lo contó él. Y ese corte de pelo debe haber durado unas tres horas. Al final me dijo: “En otra vida pudimos haber sido amigos”. Y era la verdad. Yo tenía a mi papá enfermo de cáncer. Él no me fue a ver, no porque no quisiera, sino porque las condiciones de salud no se lo permitían. Y dentro de Yáber vi una figura paterna. Hasta el día de hoy nadie lo entiende.
–Cortar el pelo es algo bastante íntimo. Casi una terapia.
–Totalmente. Los domingos, que era cuando cortaba el pelo, formaba una especie de barbería en el comedor. Les cortaba a siete u ocho personas, era casi todo el día. Eran cortes rápidos, de 45 minutos o una hora como máximo. Pero con él me di el tiempo.
–Ambos podrían haber tenido motivos para odiarse. ¿Cómo es la relación que mantienen hoy?
–De mi lado no lo entiende nadie y de su lado tampoco. Nos hemos encontrado en formalizaciones y obviamente no nos pueden ver mucho juntos por la prensa y por todo. Pero siempre hay un saludo cariñoso. Incluso, cuando él hizo una querella por el tema del audio, me dejó afuera. Me dijo: “Yo voy a tomar acciones legales acá”, pero me aclaró: “Yo a ti no te voy a poner”. Y podría haberme incluido.
La convivencia con los Sauer: “Prefería estar con frío y chinches antes que con ellos”
–Conociste a los hermanos Sauer desde que eras niño. ¿Cómo fue pasar de esa amistad de tantos años a tener que dormir en la misma habitación con quienes considerabas responsables de tu caída?
–Eso fue lo más duro. Además, había un discurso de Gendarmería de que no podía haber violencia física ni malos tratos. Y no solo eso: tenía que haber convivencia. Capitán Yáber es una comunidad. En un punto yo no toleré esto. Obviamente tenía una depresión severa y estaba muy medicado. Las primeras dos semanas no lo toleraba y quería irme a Santiago 1.
–¿Preferías estar en Santiago 1 antes que compartir con ellos?
–Prefería estar con riesgos, con frío, con chinches, antes de estar con ellos. Mis abogados me hicieron recapacitar, porque no sabía lo que estaba pidiendo. Y logré hacer la diferencia. A mí no me molesta estar incómodo. No me molesta estar en un espacio donde hay ocho personas y no dirigirles la palabra. Es más, a Ariel Sauer nunca le dirigí la palabra durante la primera etapa de Yáber. Dormíamos juntos, pero yo solo dormía. Salía de la habitación y estaba afuera hasta que me daba sueño. Siempre, desde que tengo memoria, cuando me han tocado camarotes me ha gustado estar arriba. Y ni siquiera quería pisar su cama, porque no quería nada con él.
–¿Cuánto tiempo estuviste compartiendo habitación sin hablarles?
–Unos tres meses. No hablaba ni con Ariel ni con Daniel. Con Daniel me empecé a relacionar durante los últimos dos meses, porque Gendarmería habló conmigo. Me dijeron que estaba demasiado desconectado y, como te dije, esto era una comunidad. Entonces decidí crear un espacio donde pudiera relacionarme con ellos para aliviar la tensión. Ellos jugaban carioca al final del día y decidí meterme al juego.
Paralelamente, Daniel empezó a hablarme. Me decía que saliéramos juntos, que tenía unos terrenos, y decidí empezar a conversar con él. Nunca de manera cariñosa ni fraternal como era antes. Pero yo hasta el día de hoy quiero saber si tienen plata escondida, que es la sospecha de siempre. Entonces empecé a recopilar información. Él comenzó con su discurso de que me echaba de menos y todo eso. Yo sabía que era una careta, pero empecé a jugar el juego, por así decirlo.
–En el libro hablabas de que con los Sauer tenías que simular ser un tiburón dentro de esa pecera. ¿Sentías que estabas interpretando un personaje para estar a la altura de los Sauer?
–Yo creo que fue por otro lado. La verdad es que ellos, pese a estar a cargo del negocio, tenían una ejecución muy penca en todo lo que era tratar con extranjeros, tratar con bancos y detalles como la vestimenta. Daniel no habla inglés y Ariel es muy tímido para hablar. Entonces, cuando venía un extranjero, pese a que yo no entendía el negocio, era la persona que hacía las relaciones públicas, conocía los protocolos y ejercía ese rol.
En el holding ayudaba en lo que faltaba. A veces se confundía que, porque ejecutaba bien ese trabajo, era algo que me apasionaba. Pero no. Lo hacía bien porque faltaba alguien que lo hiciera.
Cuando llegué, por ejemplo, si había que desvincular a alguien de la empresa, ellos mandaban un correo de una manera pésima. Entonces cumplí el rol de sentarme con esa persona y explicarle. Después se empezó a hablar de que a mí me gustaba despedir gente. Nunca fue así. Pero si faltaba alguien, había que hacerlo.
La vida en Capitán Yáber y los otros protagonistas de la contingencia
–En Capitán Yáber también compartiste con Manuel Monsalve. ¿Cómo fue su llegada?
–Cuando llegó Monsalve, todos empezaron a volverse locos. Estaban viendo en televisión abierta que venía. Yo, al contrario, siempre fui el recluso incómodo.
–¿Incómodo por el delito del que estaba acusado?
–Incómodo porque no seguía esta dinámica que tienen todos los que están por delitos económicos en Capitán Yáber. Tú ves que están todos sentados hablando con los abogados, viendo estrategias, viendo cómo hacer algún negocio nuevo. Yo entrenaba, boxeaba, escribía, leía y hacía artesanías para cuando me fueran a ver mis hijos.
Monsalve llegó a las doce de la noche de un sábado. Y Gendarmería dijo: “Topelberg, la lleva con Monsalve”. Eso quería decir que yo tenía que hacerle una inducción. Si lo hicieron como una manera de pedirme ayuda o para incomodarme, no lo sé hasta hoy.
–¿Y cómo era Monsalve en la convivencia cotidiana?
–Llegó una persona muy humana, muy tranquila, llena de picaduras de chinches. Uno, cuando ve a la gente en televisión, tampoco sabe cuánto mide. Era más bajito de lo que imaginaba. Era respetuoso y tranquilo. Dormíamos en la misma habitación, en dos camarotes, y estábamos los dos arriba. Teníamos conversaciones en la noche. Era bien agradable. Es más, una vez que me encontré con Hermosilla, creo que este año, me dijo: “Monsalve te mandó saludos”.
–¿Le preguntaste directamente por la acusación de violación que enfrenta?
–Sí. La verdad es que me lo he preguntado, porque obviamente tengo hijas. Tampoco me voy a relacionar con alguien que haya cometido una violación o un abuso sexual. He visto antecedentes de ese caso y hay cosas que no me cuadran. Obviamente le pregunté. Estábamos durmiendo, o despertando, quedándonos dormidos, qué sé yo, y le dije: “Oye, Monsi, cuenta la verdad”. Y él decía: “Esto es una trampa que me hicieron a mí. Yo tenía una relación cercana con ella. Esto es un terrible malentendido”.
–En el libro también hablas de la muerte de uno de tus antiguos compañeros de encierro, que se quitó la vida después de salir de Capitán Yáber. ¿Cómo te afectó? ¿Sentiste que algo parecido podría haberte ocurrido a ti?
–Absolutamente. Me golpeó mucho. Y lo entendí, porque uno cree que saliendo de ahí está todo bien, como lo digo en el libro. Él también era un personaje incómodo. No conozco bien su caso, pero claramente estaba ahí por rebote, tal como yo. Era una persona especial, no era casado, no tenía familia, pero era muy proactivo. Le gustaba la tecnología.
Antes de que llegara, yo era el que ocupaba el destornillador para arreglar, con los pocos recursos que había, todas las cosas que se echaban a perder. Hablábamos mucho de cine, de ciencia ficción, de Marvel. Le tenía mucho cariño. Me dio mucha pena.

La responsabilidad en el caso Factop: “Debí haberlo visto”
–Escuchándote y leyendo el libro, siento que te presentas como alguien traicionado por sus socios. Pero tú también reconociste responsabilidad en un delito económico. ¿Cuánto de lo ocurrido crees que es responsabilidad tuya? ¿Qué sientes que hiciste mal?
–La negligencia. El no ver, el tener esa responsabilidad, tener ese poder y no ver. Ese fue un gran delito. Y lo hablé con la Fiscalía.
La Fiscalía siempre creyó, al principio, que yo estaba haciendo un papel.
–¿Que te estabas haciendo el hueón?
–Haciéndome el hueón. Pero después la Fiscalía me lo dijo: “Entendemos que no te estabas haciendo el hueón, pero sin tu ayuda los Sauer no llegaban ni a la esquina”.
Entonces debí haberlo visto. Independientemente de cuál era mi estado de ánimo, qué cosas me habían pasado, tenía una responsabilidad y no la cumplí.
–¿Esa es la culpa que asumes?
–Sí.
–Pero también reconoces que disfrutabas de los beneficios de ese mundo. Las fiestas, los lujos, la vida de zorrón que describes en el libro.
—Absolutamente. Y me entretenía mucho haciéndolo. Pero siempre tenía la certeza, equivocadamente, de que no había nada ilegal.
–¿En algún momento comenzaste a sentir que esa vida tenía un costo?
—Sí, y lo noté tiempo antes. Tuve una pérdida en mi familia a principios de 2022, mi hermana. Eso me hizo ponerme en otro lugar y ahí empecé a alejarme de Factop. Armé mi productora, que siempre la había tenido, pero quise estar separado de ellos. Ya me había distanciado de los Sauer y empecé a dedicarme a lo que me gustaba.
Obviamente mis principales clientes seguían siendo personajes asociados al holding, pero estaba frenando lentamente. No porque fuera algo banal o que no te acercara a algo positivo o genuino, sino porque estaba saturado. Había una monotonía, era siempre lo mismo.
Proyectaba salirme del holding. No en mala, pero sí porque ya era suficiente para mí. Y nunca era el minuto indicado, porque tenían que devolverme mi inversión y había que resolver todo eso. El tiempo fue pasando.

El audio que cambió su vida
–En el libro escribes una frase que me llamó mucho la atención: “Chile me debe más de lo que yo pensaba”. ¿Qué quieres decir con eso?
–Cuando yo entrego el audio a los medios, a la Fiscalía y a la CMF, lo hice para que vieran esos veinte segundos donde dicen que yo no soy culpable, porque obviamente estaban viendo cómo ocultarme lo que estaba pasando.
Pero eso desembocó en un dominó gigante, que es lo que hemos visto. Sin ese audio, eso no ocurre. Y no solo se está buscando a los responsables de lo que hicieron, sino que va a cambiar la justicia chilena. Ya está cambiando. A eso me refiero.
–¿Crees que Leonarda Villalobos imaginó que esa grabación terminaría siendo pública?
–Jamás.
–¿Y por qué crees que hizo esa grabación?
—Porque ella es un poco desequilibrada, ella lo reconoce también. Yo creo que lo hizo en un desborde. Pero jamás pensó que yo iba a liberar ese audio.
–Leonarda Villalobos te ha tratado de Judas. En el libro dedicas varias páginas a reflexionar sobre esa comparación, incluso desde tu origen judío. ¿Te sientes un traidor?
–No me voy a poner a hablar de teología ni de la Biblia. Se habla siempre de que Judas es un traidor, pero Judas también fue una persona que empezó a manejar una situación por un bien mayor.
No me considero un traidor. Pero dentro de un grupo de personajes ruines, maléficos y todo eso, el que abre la boca y les da la espalda se transforma en un traidor para ellos.
–Pero no un traidor hacia tu ética.
–Exacto.
–¿Te has arrepentido de haber entregado el audio?
–No. Me lo han preguntado mucho. Y pese a que nunca he dicho que sí, a veces he pensado qué habría pasado si no lo hubiera hecho. Pero hoy estoy convencido de que fue lo correcto.

La nueva vida de Rodrigo Topelberg: “Estoy en la quiebra”
–¿Cómo estás económicamente hoy? En el libro cuentas que perdiste tu patrimonio y una parte importante del patrimonio familiar.
–Estoy en la quiebra. Estoy en la quiebra personal. Mi familia me está apoyando. Ha sido súper duro. Pero no tengo miedo a reinventarme y me estoy reinventando.
–¿Estás viviendo solo?
—No. Vivo con mi madre y mi hermano.
–Cómo ha sido pasar de esa vida de lujos, del mundo empresarial y las fiestas, a volver a vivir con tu mamá? Hay un ejercicio de humildad en eso.
–Absolutamente. Pero me han cuidado mucho y estoy bien ahí. Obviamente mi vida cambió por completo, pero eso no ha sido lo primordial para mí. Tengo encima el daño a mi familia, la imagen que tengo, lo que he perdido, no solo materialmente.
Entonces creo que ha sido un camino bueno para mí recorrerlo. Este voto de humildad.
–En Capitán Yáber aprendiste a cortar el pelo y terminaste siendo el barbero de varios de tus compañeros. Además tienes negocios con barberías ¿Te gustaría dedicarte a ese oficio?
–Sí, me gustaría, pero no sé si es posible.
–¿Por qué no?
–Porque hay un estigma sobre mí. Creo que ser barbero ahora, pese a que me encanta el rubro, no va a ayudarme a expresar mis habilidades.
–¿Y dónde crees que podrías desarrollarlas?
–Estoy averiguándolo ahora. Bueno, ahora soy autor de un libro. Hablamos al principio de que quizás podemos ver alguna serie, alguna película. Siempre me ha encantado eso y estoy redescubriendo qué es lo que puedo hacer.
Nunca me ha gustado la monotonía. Incluso estando en el holding, no era una persona de estar detrás de un escritorio haciendo siempre lo mismo. Implementaba cosas, reparaba cosas, ayudaba donde hiciera falta. Me gusta tener un rango bien amplio de cosas que puedo hacer.
El regreso de Hermosilla a prisión
–Esta semana se conoció la decisión de que Luis Hermosilla debe volver a prisión preventiva. Tú viviste varias veces esa experiencia de entrar y salir de Capitán Yáber, con cambios en las medidas cautelares. ¿Cómo recibiste la noticia?
–En el aspecto técnico legal no lo manejo bien. Es más, ayer recién empecé a ver esto, preparándome para esta entrevista. Empecé a revisar los medios, algo que había dejado de hacer, y me encontré con un montón de noticias que se me habían pasado.
Y, al margen de si está bien justificado o no, me da mucha pena. Él no tiene una edad muy avanzada, pero sí está enfermo. Entonces, si fuera alguien no tan mediático o que no tiene todo tan conectado, quizás no lo hubieran metido adentro. Me dio pena, esa es la verdad.



