Por Patricio Fernández

El sábado 3 de enero, el jesuita Felipe Berríos publicó, en la revista El Sábado de El Mercurio, una columna titulada “Extranjero en su país”. En ella el cura relata su viaje desde el centro de la ciudad hasta una de las universidades de la “cota mil” cordillerana, donde lo habían invitado a exponer. Son tres las que quedan por allá: la Universidad del Desarrollo, la Universidad de los Andes y la Universidad Adolfo Ibáñez, pero sigamos. Todavía en el bajo atravesó una huelga estudiantil que se esparcía por varias cuadras. Había guanacos, zorrillos, agitación y carteles que exigían garantías para los estudiantes faltos de recursos. Arriba, en cambio, a donde se llegaba por un tubo de carretera, reinaba una paz conventual. Todo era limpio y los alumnos de tez clara. Santiago parecía, a lo lejos, una mancha negra. Estaba lleno de autos estacionados, “como un centro comercial en vísperas de Navidad”. Berríos se preguntó entonces: “¿qué visión del país tendrá el profesional que salga de esa universidad?, ¿qué vida universitaria tendrá quien tal vez estudió en un colegio de la zona, donde probablemente quede también su casa y entra a esa universidad?, ¿qué diferencia hay entre una universidad así y un colegio particular?, ¿bastará mirar la ciudad desde lo alto y luego enterarse de lo sucedido en ella por las noticias?, ¿será ése el lugar más adecuado para que se forme un universitario?, ¿cómo se llegará a una universidad así sin automóvil?” Y quedó la tendalada en el barrio alto.

El domingo recién pasado (11-1-2009), El Mercurio le dedicó dos páginas completas del cuerpo de Reportajes a ocho jóvenes de buena presencia, ex alumnos de las tres universidades aludidas, para que hicieran sus descargos contra el sacerdote. El resultado, digámoslo, es más bien gracioso y absurdo: ya en el título se quejan de “mucha discriminación” en su contra.

Andrés, Santiago, Mauricio, Paula, Felipe, Matías, Cristina y Mónica, ofendidos, se defienden: “desde primer año nos potencian el acercamiento a otras comunas”,“participamos en muchas tareas sociales”, “puede que uno no esté metido en la realidad de Chile, pero no por eso vas a dejar de ayudar”, “cuando uno estudia en ambientes tan polémicos, lo único que se quiere es salir y ejercer la profesión, en cambio en la UDD fue donde se me despertó un interés social mucho más fuerte”. A Mauricio incluso le “tocó bajar del cerro, y hacer clases en la Universidad de Chile”. Es decir, a confesión de partes, relevo de pruebas. Por mucho que El Mercurio intentara desacreditar los dichos del sacerdote, fueron estos mismos ex alumnos quienes los confirmaron. Ellos aprenden acción social, pero no se mezclan. Van y vuelven, al igual que los grupos del Hogar de Cristo que parten a construir casas para los pobres. Sólo que acá, es cierto, estamos hablando de profesionales formados en una isla de gran altura.

El padre Rolando Muñoz, teólogo de los SS.CC, recién entrevistado por The Clinic, sostuvo que Los Legionarios, “los del Opus Dei y Schoenstatt, son espiritualistas y elitistas, todo lo contrario a la opción por los pobres. Ellos pueden querer beneficiar a los pobres, pero desde arriba para abajo, y hace muchos años que no creo que la sociedad se arregla así”. Aseguró también que las universidades no son hoy para los pobres, sino, cuando mucho, para hacer más generosos a los ricos. Berríos y Muñoz se refieren al mismo problema: el desencuentro en que se hallan las clases sociales en Chile. Estamos en un país de guetos. Habrá quienes resientan violencia marxista cuando se habla de ricos y pobres, pero nada que hacerle, son dos planetas lejanísimos que conviven disparejamente en un mismo sistema solar.

¿Por qué El Mercurio se lanzó en esta cruzada contra el jesuita? ¿Por qué le entretuvo el tema? ¿Por solidaridad de clase con los pijes afectados? ¿Para proteger la red en la que se sustenta su negocio? Para confirmar, quizás, que en la formación consciente de esa red se sostiene su poder y su estrategia de reproducción?

Berríos puso el dedo en la llaga. Dijo lo que todos saben, pero en un sitio donde esas cosas no se dicen, y ahorita mismo debe andar comiéndose las uñas, porque en ese templo de silencio la mudez se paga, y el Hogar de Cristo es desde hace rato uno de sus acreedores. Pero en el cura, felizmente, primó la honestidad ante la página. No creo que estuviera por esta vía promoviendo la Universidad Alberto Hurtado.

Muñoz, por su parte, que fue alumno de Ratzinger, lo resume así: “Mientras los ricos no tengan contacto con las carencias y valores de los pobres no se puede hacer nada. A los ricos se les oculta la realidad con las carreteras hundidas que pasan por Santiago, pero los pobres ven a los autos pasar por ahí”. Un país se luce, mientras el otro lo contempla.

Está volviendo a escucharse, con toda su carga provocadora, la voz de los curas de abajo. Quizás sea el preludio de una vuelta al tema social, tras años de contentamiento. Dios quiera.