POR JUAN PABLO ABALO

…En eso que se llamó “Caupolicanazo”, Denise Malebrán y Quique Neira usaron las canciones de Jara para proclamar al candidato de la Democracia Cristiana, partido por el que Víctor Jara no tenía particular simpatía…

El sábado 5 de diciembre se celebró, en el Cementerio General de Santiago, el funeral de Víctor Jara, nacido en 1932 en San Ignacio, una pequeña localidad sureña. Jara partió a la capital un día sin imaginar que lamentablemente a la edad de 41 años sería cobarde y vilmente asesinado por militares de una dictadura que vio en el cantautor a un enemigo al que había que liquidar sí o sí, por ser los funcionarios de esta dictadura una tropa de idiotas incapaces de reconocer las diferencias más que evidentes que hay entre una guitarra y una metralleta.

Dueño de una creatividad explosiva que se manifestaba en actividades diversas como el teatro y la música, Jara dió con canciones salidas de un equilibrio justo entre la racionalidad y la emoción, tarea doblemente difícil cuando se es, como él lo era, autodidacta. Y es que Jara tuvo una partida musical a edad prudente: escribió su primera canción (“Paloma quiero contarte”) recién a los 29 años, edad en la que hay una mayor madurez, una experiencia más adherida al cuerpo y, sobre todo, una mayor sensatez a la hora de componer, sensatez dada en su caso por la investigación folclórica que hizo previamente y de cuyos resultados se apropió de manera creativa.

“El arado”, “El derecho de vivir en paz”, “Plegaria a un labrador”, “Te recuerdo Amanda” o “Quién mató a Carmencita” hablan por sí mismas de una sensibilidad musical como pocas han habido en Chile, profunda, ingeniosa y visionaria. Pero no menos cierto es que de entre sus muchas canciones, las hay de toda clase; algunas, como “Las casitas del barrio alto”, resultan más bien tragicómicas; otras, como “La luna siempre es muy linda”, son de melodías y lenguaje relamido (“la luna siempre es muy linda/ y el sol muere en cada tarde/ por eso no creo en nada/ sino en el amor de los seres humanos”).

Ahora, lo que pasa con “La partida” resulta particularmente conmovedor. Se trata de una de las pocas canciones de Víctor Jara que son puramente instrumentales. “La partida” es música tallada y pulida como si se tratara de un diamante precioso; por ello, tal vez, es que logra decir incluso más que cualquier manifiesto explícito. Dueña de una melodía delicadamente firme, que se mueve con ligereza y austeridad instrumental, “La partida” se emparenta, por su carácter, con “Las últimas composiciones para guitarra” de Violeta Parra, música también puramente instrumental que muestra la faceta más arriesgada de la compositora.

Con todo, sumando y restando, se merece Víctor Jara -más allá de la suspicacia que legítimamente pueda generar tanta parafernalia- que lo hayan enterrado como Dios manda, aun cuando al recordar los escabrosos sucesos de su muerte lo más natural sería pensar que ese tal Dios verdaderamente no existió, y que tampoco existe hoy, considerando que al funeral, junto con las genuinas muestras de cariño y ternura de miles de personas, llegaron personajes que siguen viendo la posibilidad de sacar algo de provecho político al cantautor, tal como hace poco, en eso que se llamó “Caupolicanazo”, Denise Malebrán y Quique Neira usaron las canciones de Jara para proclamar al candidato de la Democracia Cristiana, partido por el que Víctor Jara no tenía particular simpatía; de hecho compuso una canción que no es un homenaje, sino muy por el contrario, una diatriba contra el padre de Edmundo Perez Yoma.