Por Rodrigo Hidalgo (*)

I.- El cielo.

Una acuarela sucia, de agua turbia, a las 6 AM del sábado 27 de febrero. Un paño de arreboles siniestros a las 20 hrs. del mismo día. Una mortaja oscura cumplidas las 24 horas del gran estremecimiento.

II. Domingo 28 de febrero. El humor del chileno.

Un amigo que estaba en el Salto del Laja ayer cuando la tierra tembló. Ahora ya está en casa, a salvo. Su padre falleció a principios de febrero. Me cuenta muerto de la risa que lo acaban de llamar de Cementerio Parque del Recuerdo, cliente nuevo, carne fresca, le dicen: hay una oferta interesante para los deudos, con descuentos en nichos y féretros por haber fallecido en el terremoto. El humor del chileno, pienso.

Una amiga, desde NY. Me pide contactar a su familia de acá de Santiago. Llamo, hablo con su mamá, le digo que estoy chateando en este mismo instante con su hija. Me dice: dile que estamos todos bien, que lo único es que su papá sufrió un infarto. Quedo en silencio un par de segundos. Al otro lado del aparato, la oigo reír. Era un broma, me dice. El humor del chileno, pienso.

III. Lunes 1 de marzo. La vida cotidiana.

Ante el temor de que algunas viviendas colapsen, los propietarios se instalan en las calles, en las verdeas, con sus enseres más preciados, montando guardia a la espera de las réplicas sísmicas. Pasan los días y en esa situación de alerta, sin luz ni agua, se ven obligados a un tipo de convivencia extraño. Con torpeza dan tímidos pasos en el hábito olvidado de la conversación, van conociendo a sus vecinos, de pronto descubren cómo han crecido sus hijos y hasta se enteran de sus juegos, peleas, enamoramientos. Y finalmente entran en una sutil desesperación, cuando se reconocen mutilados para estos ritos. Entonces los mayores, sin el salvavidas de la tv, recurren a la ingesta de alcohol. Por su parte, sin poder imitar en el placer-vicio báquico a sus vigilantes progenitores, y desprovistos del reguetón en el equipo de música, los menores desempolvan una guitarra. Pero nadie sabe tocarla.

IV. Miércoles 3 de marzo. Los medios de comunicación.

Twitter. Por la radio están diciendo que un auditor informa por twitter de saqueos en el centro de Santiago. Camino y al pasar por calle San Diego el tráfico está cortado, conos anaranjados desvían a micros y automóviles, más allá decenas de personas corren o caminan rápido con bolsas y paquetes entre los brazos. Por la radio dicen que los saqueos ahora se han extendido a calles Meiggs y Patronato. Carabineros desmiente los hechos. “Son rumores” dicen. En el diario de la tarde, La Segunda, se insiste: la horda de delincuentes está saqueando el comercio en pleno centro de Santiago, Paseo Ahumada. Me dicen ahora que en San Diego estaban demoliendo un edificio dañado, que fui yo mismo víctima del prejuicio, del pánico colectivo. En la televisión, finalmente, hay un despacho donde el alcalde de Santiago pide a la policía que tome medidas para controlar la situación, la policía de nuevo dice que son sólo rumores malintencionados, el alcalde respalda su exigencia exhibiendo el diario. Constanza Santa María defiende como una leona, la profesión. Los periodistas estamos para informar de los acontecimientos. No estamos exagerando ni difundiendo mentiras, estamos in-for-man-do. Al día siguiente Fernanda Hansen va más lejos. En esta sociedad donde muchas veces no somos muy queridos, hoy en día los periodistas merecemos un reconocimiento por la labor que cumplimos incluso a veces poniendo en riesgo nuestras propias vidas, por la ayuda que prestamos para que muchas familias se reencuentren y para que las autoridades sepan dónde acudir. Por la radio piden que los padres controlen a sus niños, que carabineros y ambulancias están recibiendo cada vez más pitanzas telefónicas. Versiones enfrentadas. Medios e ideología. Piden mano dura. Son sólo rumores. Un sicólogo de una universidad privada, explica por la radio que hay un sector de la población que encuentra en esta tragedia una ocasión para dar rienda suelta a sus impulsos de adquirir lo que nunca por otras vías podrán adquirir, y que estos comportamientos son propios de un sistema como el que vivimos, de un capitalismo que trastoca los valores, donde lo material es más importante que lo espiritual. Otra sicóloga profesora también en una universidad privada, entrevistada por Felipe Camiroaga, aporta desde su certificada visión: son gente enferma, con desequilibrios sicológicos. Al llegar a casa, por la noche, noto que sigo sin luz ni agua, y que mis vecinos están premunidos de palos y objetos contundentes, haciendo ronda junto al conserje y los guardias del edificio, uno de los cuales se me acerca y me dice que si quiero puedo formar parte de este improvisado comité de vigilancia. Twitter. Pienso en hacerme un twitter.

V. Citas.

De Rodrigo Olavarría, tras los saqueos y miedo al caos por todas partes. El artículo se llama “El final, pero de verdad”, y se lee completo acá:

“(En una novela de Cormac McCarthy)… un personaje afirma que el fin de la humanidad empieza cuando se olvidan las buenas costumbres, cuando uno deja de decir gracias o saludar a su vecino, es una exageración, claro, pero McCarthy vuelve a esta idea en The Road. Esta novela está ambientada nueve años después que una especie de cataclismo destruye el mundo y provoca lo que se conoce como Invierno Nuclear, es decir, un invierno permanente en el cual nada puede crecer en la tierra ni en el mar, a consecuencia de esto mueren todos los animales salvajes, todos los peces en el mar y todas las aves en el cielo. Ante esta situación los seres humanos empiezan a alimentarse de lo que dejó la civilización que acaba de desaparecer, es decir, de alimentos enlatados y, cuando estos se acaban, directamente de otros seres humanos.

Del facebook de Elizabeth Neira, también el miércoles 3 de marzo. “¿Pero es que quiénes son los vándalos?:

“Yo no defiendo el crimen en ninguna de sus formas, no me gusta ver a mi madre de casi 80 años desvelada, creyendo que vendrá una horda de energúmenos a robarle todo lo poco que tiene y que le costó una vida de trabajo, pero tampoco me gusta la negligencia, la flojera mental con que se trata invariablemente a un sector de la población que no hace mas que replicar de manera muy visible todo lo que a ellos el sistema les robó, partiendo por la humanidad.”

De Jordi Lloret, para el Clarín argentino, “Marremoto en Chile”, 2 de marzo:

“Me queda la imagen de un médico en bicicleta recorriendo las calles de una ciudad del sur con una linterna gritando: soy médico alguien necesita ayuda? En medio de la noche y el polvo.”

Del facebook de Amanda Durán, el Viernes 5 de marzo. Reporte desde Pelluhue:

“El aporte que traíamos de Santiago lo entregamos a Keka, peluquera y miembro de la junta de vecinos. En su patio cuatro carpas hacían de refugio de unos pocos que perdieron todo. La Iglesia no quiso recibir nuestra carga asumiendo que tendríamos fines políticos, al rato dos buses hacían flamear sus banderas de RN paseándose a modo de caravana por lo que quedaba de pueblo, estacionaron en la parroquia. Por lo que vimos no traían nada.”

VI. Los dueños del país.

Un terremoto no discrimina clases sociales. El lunes siguiente al terremoto, 6 adinerados empresarios y profesionales, todos de la UDI, muchos del Opus Dei, dueños y directivos de la Universidad San Sebastián, caen en su avioneta cuando iban a la zona de la catástrofe para visitar la sede de su negocio. Aunque también es posible creerles que iban cargados de ayuda solidaria. Pero me quedo con la imagen de sus familiares hembras, todas estupendas, corriendo de acá para allá pero perfectas, divinas… ¿cuánto se habrán demorado frente al espejo antes de partir a ver los restos del accidente donde fallecieron los suyos?

VII. Los desgraciados, de César Vallejo.

Ya va a venir el día; da
cuerda a tu brazo, búscate debajo
del colchón, vuelve a pararte
en tu cabeza, para andar derecho.
Ya va a venir el día, ponte el saco.

Ya va a venir el día; ten
fuerte en la mano a tu intestino grande, reflexiona,
antes de meditar, pues es horrible
cuando le cae a uno la desgracia
y se le cae a uno a fondo el diente.

Necesitas comer, pero, me digo,
no tengas pena, que no es de pobres
la pena, el sollozar junto a su tumba;
remiéndale, recuerda,
confía en tu hilo blanco, fuma, pasa lista
a tu cadena y guárdala detrás de tu retrato.
Ya va a venir el día, ponte el alma.
Ya va a venir el día; pasan,
han abierto en el hotel un ojo,
azotándolo, dándole con un espejo tuyo…
¿Tiemblas? Es el estado remoto de la frente
y la nación reciente del estómago.
Roncan aún… ¡Qué universo se lleva este ronquido!
¡Cómo quedan tus poros, enjuiciándolo!
¡Con cuántos doses ¡ay! estás tan solo!
Ya va a venir el día, ponte el sueño.

Ya va a venir el día, repito
por el órgano oral de tu silencio
y urge tomar la izquierda con el hambre
y tomar la derecha con la sed; de todos modos,
abstente de ser pobre con los ricos,
atiza
tu frío, porque en él se integra mi calor, amada víctima.
Ya va a venir el día, ponte el cuerpo.

Ya va a venir el día;
la mañana, la mar, el meteoro, van
en pos de tu cansancio, con banderas,
y, por tu orgullo clásico, las hienas
cuentan sus pasos al compás del asno,
la panadera piensa en ti,
el carnicero piensa en ti, palpando
el hacha en que están presos
el acero y el hierro y el metal; jamás olvides
que durante la misa no hay amigos.
Ya va a venir el día, ponte el sol.

Ya viene el día; dobla
el aliento, triplica
tu bondad rencorosa
y da codos al miedo, nexo y énfasis,
pues tú, como se observa en tu entrepierna y siendo
el malo ¡ay! inmortal,
has soñado esta noche que vivías
de nada y morías de todo…

VIII. En la zona de la catástrofe.

Desayuno, no me ducho, no hay agua. Recorro Concepción con un mapa en la mano. Bordeo Laguna Redonda. Personas que se bañan en esa agua estancada. La sacan en bidones, la llevan a sus casas. Ayer noche estuve en una capacitación para aprender a manipular una máquina que filtra y vía rayos UV deja potable el agua. Cruzo la línea del tren a la altura de Estación Lorenzo Arenas. Gente que camina y conversa, una mujer llora, dice: Talcahuano. Avanzo por calle Ejército. Rastros de fogatas y barricadas, negocios cerrados, gente que en la vereda tiene sus carpas, que comienza una segunda semana con la cara pintada de una gran duda: demoler o no su casa. Otros, valientes, van saliendo de inmuebles que evidentemente se sostienen apenas. Me equivoco y doy vueltas en sentidos errados, estoy mirando al revés el mapa. Hay que recomponer más que las casas y edificios: las vidas. Hay que hablar, hay que escuchar. Una y mil veces si es para alguien necesario. Purgar el trauma, superar el shock. 2 réplicas en este rato. Salgo a conversar con los vecinos de una población en el sector de Tucapel Bajo. Carpas en la multicancha. Un pastor evangélico dice: la misma noche del sábado después del terremoto comenzaron los saqueos, había olor a cerveza y asado. Llegan camiones con de militares –deben ser del norte, su camuflaje es como del desierto. Allanan la población en busca de electrodomésticos robados. Se acerca una vecina con muleta, pide prestados toneles y bidones inmensos para juntar agua. No hay con qué lavar la ropa de los cabros chicos. El alcantarillado está colapsando, el olor es infernal. Una nueva palabra en mi léxico: puntera. El mecanismo que sirve para extraer agua de las napas subterráneas. Un pozo y una bomba. Cuánto cuesta adquirir e instalar una puntera, quién y cómo lo hace. Dónde se compra o contacta a quien lo hace. Anoche llovió un poco, todo es barro aún, el sol no ha secado la tierra agrietada. Sigo mi camino, es hora de almuerzo. No me quiero equivocar de nuevo: en Paicaví pregunto a un transeúnte hacia dónde queda el Trébol. Ah, usted es de Santiago, ahí ya están listos, ya volvieron al trabajo, el terremoto ya es pasado. Muchas calles y aceras rotas, arrugas que astillan las cunetas y hacen estallar el pavimento, autos que ahora repletan las calzadas llenas de grietas. Un poste de alumbrado público partido como por un hacha por la mitad, descansa con los cables tensos sobre el techo destruido de una casa. Un cartel dice: “Sin agua, sin electricidad, sin botín de saqueo, sin pánico, aún sin ayuda a 8 días. Vecinos organizados.”. Otro cartel, en un block de edificios, implora: “PAZ, HERMANOS”.

IX. Texto por encargo. Traumatismos.

Nueva York, marzo de 1908. En un enorme incendio fallecen calcinadas más de 100 trabajadoras textiles, principalmente inmigrantes. El hecho va a quedar para siempre en las efemérides: 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Pero hoy es lunes 8 de marzo del 2010, y acá en Hualpén, ciudad de Concepción, Chile, el calendario parece haberse detenido el 27 de febrero, cuando un terremoto-maremoto devastó gran parte del litoral de las regiones séptima y octava. El amanecer, la hora 6:00 AM, cuando se levanta el toque de queda, sorprende a una fila de mujeres esperando a las puertas de Fundación EPES para obtener agua.

Es uno de los efectos del trauma que implica una tragedia de esta envergadura: la alteración de la noción del tiempo, explican los profesionales de EPES, que trabajan en Hualpén tratando ahora de hacer más llevadera la lenta tarea de reconstruir mucho más que las casas arrasadas por la furia tectónica: la vida misma.

Los testimonios de varias pobladoras corroboran el síntoma antes descrito, y varios otros. “Mi hija me dijo hoy feliz día mamá, y yo no cachaba a qué se refería. ¡Es 8 de marzo! Y claro, si una ya no sabe si es jueves o domingo, y como además los maridos siguen en la casa, tampoco están yendo al trabajo, pero qué van a ir al trabajo, si todos tenemos temor de que venga una réplica más fuerte, que se salga el mar, una se queda cerca de la casa, de los niños…”, señala Cecilia, una de las pobladoras que han sido capacitadas por EPES, y son monitoras de salud en su comunidad.

Hualpén está a 3 km. aprox. del litoral, camino a Talcahuano, la principal zona costera con la que el mar no tuvo compasión. En el horizonte debiera verse el mar, sin embargo en su lugar se recortan las humeantes torres de Petrox, refinería de petróleo que interrumpe la visual de los hualpeninos. “Mi nieto tiene 3 años y medio, bueno acá siempre hemos tenido olor a gas, pero el día del terremoto era mucho más, estábamos mareados, un olor a gas terrible, y con todo esto, el niño está enfermo, nervioso, yo creo que vamos a necesitar más sicólogos en el consultorio, mi nieto tiene cólicos, no se quiere separar de mí, anda muerto de miedo”, relata la sra. Verónica.

Estamos en la casa de la sra. María, otra monitora en salud que ha asistido y se ha capacitado en los cursos y talleres que imparte EPES, al igual que las ya mencionadas Verónica y Cecilia. Comparten sus experiencias, se desahogan, narran sus anteriores terremotos, el del 60, cómo se llenaron de moretones las piernas en medio del desplome de muebles, del cierre de puertas, del antojadizo movimiento de camas, sillas y mesas, lo que vino después, rumores de maremoto, los saqueos. “Yo hoy día iba caminando y de repente el suelo se me movía, pensé que era una réplica pero no”, cuenta Verónica. Es otra de las secuelas clásicas explica Lautaro, director regional de EPES, y se refiere a ese mareo: en el oído se queda la sensación de que el piso se está moviendo, de que está temblando. Es, literalmente, un traumatismo.

El equipo de EPES ha convocado a estas monitoras a esta reunión para resolver 2 o 3 puntos: averiguar qué necesidades tienen tanto ellas como sus comunidades inmediatas, si cabe realizar apoyo precisamente de carácter terapéutico para enfrentar el largo proceso de vuelta a la normalidad, la recuperación luego del trauma psicosocial que supone el terremoto, y solicitarles que medien y organicen la entrega de algunas cajas de víveres que llegarán a EPES para ser distribuidas entre los más necesitados, dada la escasez de locales comerciales abiertos. Se coordinan rápidamente para esto último. Concuerdan también en distribuir algunos impresos, dípticos con información básica para enfrentar de mejor manera los comportamientos emocionales que son consecuencia de la catástrofe: nerviosismo, mutismo, ausencia de apetito, desórdenes en el sueño, y un largo etcétera. Mientras conversan se sienten por lo menos 3 réplicas, se especula: la última fue grado 5.

Ha pasado más de una semana, y las autoridades señalan que las ciudades tienen casi en su totalidad repuestos los servicios de agua y luz. En una radio penquista, una auditora llama para desmentir al alcalde, pero su llamado no sale al aire. Una rápida vuelta a Concepción basta para constatar que por doquier la gente circula provista de botellas, bidones y baldes con agua. Largas filas de gente tratando de conseguir la ayuda que se distribuye en distintos lugares. También se puede ver que en su gran mayoría el comercio sigue cerrado, las grandes tiendas resguardadas por militares con metralletas y uniformes de camuflaje. Se puede oír, en la puerta de un taller de zapatería a 2 personas barriendo escombros y conversando:

– Abramos pos Mario, trabajemos
– ¿Y quién va a venir?
– Puta, ¿cómo sabís?

X. Réplicas. Jueves 11 de marzo.

Las noticias transmiten lo que fue el traspaso de mando más movido de la historia. Un periodista le pregunta a Piñera por las acciones y empresas que aún no ha vendido y que pese al terremoto y la situación hoy de nuevo marcaron una notable alza en la bolsa. El presidente, molesto, replica: no he tenido tiempo. Y da inmediatamente por finalizada la conferencia de prensa.

XI. Ya no quedan lágrimas señorita.

La tierra sigue temblando. Las noticias muestran historias humanas. Héroes y suertudos, sobrevivientes que buscan a sus familiares. Una mujer que busca a su hijito dice: ya no quedan lágrimas señorita; y pienso que le habla a la cámara, pienso en la palabra escrúpulos, en la palabra vergüenza, en la palabra respeto, y recuerdo las clases de ética en la escuela de periodismo. Hasta Leo Sanhueza escribe hoy martes 16, en ese diarucho estupidizante que es Las últimas noticias, una crónica sobre un niño devorado por los medios, convertido en mascota televisiva del desastre: “el Zafrada”. El pasmo y la tristeza, todo muta ahora en rabia, en ganas de agarrar a patadas a la raza humana; pero al caer la noche, réplicas de por medio impidiendo el sueño, las patadas se las quiere uno dar al planeta, como si fuese un niño melindroso, y reprenderlo y zarandearlos para que se calme de una buena vez.

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* Rodrigo Hidalgo es escritor y coordinador literario de Balmaceda 1215.