POR MARCELO MELLADO
El relato es más o menos el siguiente: el 27 de febrero marcaría un antes y un después en la historia político-cultural del Chile que padecemos. Los analistas suelen hacer estas periodizaciones gruesas para marcar el advenimiento de un nuevo régimen o paradigma de lo cultural, necesarias para reestablecer el deseo de continuidad-normalidad del mundo.

El tema es que tengo un amigo que no hace mucho –poco antes del gran sismo– adquirió una afición, levemente obsesiva, que ya nos parecía algo extraña en su momento inicial, y que luego se transformaría en un proyecto vital con rasgos de movimiento de vanguardia. Se trata nada más ni nada menos que del surf, sí, exactamente, de ese deporte que siempre nos pareció de cuicos abacanados. El asunto se complejizó porque el compadre era/es militante activo de la causa cultural y política en nuestro entorno, lo que implicaba no pocas exigencias de justificación.

La gran ventaja comparativa es que estamos muy cerca del borde costero. Nosotros pensábamos que se trataba de una depresión post trauma político telúrico, pero no, como que aquel evento no sólo alteró el territorio físico –que debe ser redibujado por el Instituto Geográfico Militar–, sino también las cabezas de la población. Todo capotó, me confesó mi amigo, cuando los del lado de allá del país (incluida la concertación) experimentamos, en nuestro cuerpo, el fin de un proceso fallido de ampliación del deseo que había comenzado a mediados de los ochenta. El piso se nos había movido antes, incluso antes de la caída del muro, porque cuando se nos cayeron los vibroman la cagada ya estaba.

Y los más radicalizados, insiste nuestro surfista crítico, tampoco supimos llenar el vacío enorme que dejaba la concertación al no satisfacer la Gran Demanda del país Otro, porque se habrían obnubilado con el proyecto neoliberal. No tuvimos mundo propio, agrega, siempre vivimos al alero de lo que hacían ellos; hablábamos su jerga: de desarrollo sustentable, de ciudadanía, de participación, etc., mientras copaban el aparato público con sus profesionales aspiracionales, como verdaderos mandarines. Y no supimos articular un proceso distinto o alternativo, como se le llamaba. Y en ese contexto aparecen en nuestra vida los surfistas con su mensaje de esperanza y de reencantamiento del mundo. Eso dijo.

Y ya no se trataría de niñitos rubios buscando emociones fuertes; en este caso estábamos ante un grupo propositivo que por una causalidad histórico-político-mística, no casualidad, terminó instalado en el borde costero, capeando olas y dando un testimonio de reocupación territorial. Podría, también, decirse, con mucho temor al equívoco, que la escasez de expectativas político culturales posibilitó la irrupción de este nuevo movimiento cultural neosurfista, cuyo objetivo misionero sería la reinstalación ficcional de lejanas utopías. Quizás una especie de nuevo romanticismo.

El surf es un acto libertario, me dice con convicción mi amigo, una experiencia simbólico-territorial que es fundamental como rito sanador. Y es en ese punto que se me hace inolvidable la escena de Apocalipsis Now, cuando Robert Duval quema una porción de selva con napalm, en donde se parapetaban los vietcong, para poder surfear. Un surfista de hoy tiene conciencia ecológica y es un pacifista, aunque el delirio es el mismo. Sabe también que el país debe ser redibujado, porque el borde costero desapareció, “cagó el mapa”, como nos dice mi amigo, es un poeta que a través del capeo adrenalínico de las olas (una conjunción entre mareas, viento y fondo marino) quiere refundar un territorio. Y todo a partir de la embarcación más elemental que existe, una tabla. Será, poh.

Mi amigo hizo cundir el entusiasmo en el barrio y después del terremoto captó-enroló unos cuantos soldados para la causa (incluso más de algún joven sindicalista se interesó), aprovechando que el tsunami embancó una playa de la zona, mejorando sustancialmente la calidad de las olas. El famoso y placentero tubo acuoso al que debe acceder un surfista correría más paralelamente a la playa. En esos días de postsunami mi amigo salió a desafiar las olas e hizo un llamado a sus compañeros para ir a enfrentarlas, y al otro lado del pacífico otros surfistas esperaban el efecto mariposa en las playas de Oceanía. Sin duda se trata de una actitud prometeica que define, claramente, un nuevo orden cultural. Yo, en lo personal, tranquilito en mi casita, con las maderas más nobles, preparo mi tabla de salvación para capear las últimas olitas de la (pos)modernidad.