Por Patricio Fernández
No sería raro que durante el gobierno de Sebastián Piñera, las posiciones políticas se perfilen más nítidamente, y se sinceren. La última campaña fue un ejercicio de confusión permanente. Salvo Arrate, que renunció a competir desde un principio, los otros tres proponían, matices más matices menos, lo que las encuestas exigían. Marco partió atrevido: habló de las drogas que había consumido, de la necesidad de legalizar el aborto y no sé si se refirió a la eutanasia, pero capaz que sí, y asumió la representación de los censurados. Mientras fue la candidatura de las minorías, dijo todo lo que pensaba. Cuando su popularidad comenzó a crecer más allá de lo imaginado y vislumbraron la posibilidad de ganar, sus asesores, intuyo, comenzaron a dirigirlo. Se acababa el juego y comenzaba el cálculo. Rápidamente desdibujó su postura respecto a los temas anteriores. A finales de la primera vuelta, lo echaron a patadas de un sindicato gay.

Entre Frei y Piñera costaba encontrar diferencias realmente significativas. Piñera apelaba al mismo humanismo cristiano del que viene Frei, y se dedicó buena parte del tiempo a insistir en la importancia de la protección social. Sus enfoques valóricos coincidían en gran medida. Piñera puso homosexuales en la franja y Frei habló de la puerta giratoria. Es ridículo lo que dice Vidal cuando culpa de la derrota al manejo económico de Bachelet. La gente lo aplaudió, y no por nada terminó con un 80% de apoyo. Pero no es menos cierto que si la Concertación perdió, en buena parte se debe a que no supo distinguirse bien. Frente a un contrincante que, más allá de sus declaraciones, encarnaba mejor que nadie el neo liberalismo, no se supo perfilar como la dueña de una alternativa diferente. Entre sus huestes existían importantes divergencias acalladas y una falta de acuerdo básico respecto de que país se construiría. No todos estaban dispuestos a jugársela por la educación pública, no era una la voz respecto a la apuesta energética para el país: dentro de la misma coalición, había partidarios y detractores de Hidroaysén. Los Océanos Azules proponían por un lado y los partidos políticos, con sus lógicas anquilosadas, despreciaban sus ideas. La Concertación pulverizó sus sabores, para convertirse en el relleno de una salchicha. La derecha, por su parte, acató la tesis de la mimetización. El “desalojo” de Allamand, la peor idea política jamás vista, dio paso a la propuesta de un gobierno de unidad nacional. Fue la última elección de un período de convergencias. Tras la división total heredada por Pinochet -y que venía creciendo fuerte desde los tiempos de Frei Montalva-, el ciclo que comenzaba tenía como tarea central recuperar los vínculos, desterrar los odios a muerte, resucitar los diálogos sepultados con el fin de la república. Todo eso se cumplió a punta de renuncias de lado y lado, pero durante esta última elección, la representación de este encuentro convertido en amalgama no era necesariamente lo deseado. Por eso no hubo pasión ninguna, ni reinó el entusiasmo, ni se movilizaron gratuitamente los partidarios. Piñera aspira a la unidad nacional, cuando ésta ya está instalada, y el brote de las diversidades posee un terreno fértil para darse sin riesgos a la vista.

Otero dijo exactamente lo que una buena mayoría de la derecha piensa: que a un cierto punto es lícito desconfiar de la democracia. La izquierda también lo sostuvo un día, pero a diferencia de la derecha, renegó con fuerza. En las elecciones de RN que Carlos Larraín ganó por lejos, Miguel Otero fue ovacionado. El piñerismo, si acaso existe, no campea al interior de los partidos que lo apoyan, así como muchos concertacionistas piensan que, obviado el asunto de las pegas perdidas, este cambio de mano no viene mal para ordenar las cosas. Son pocos los que, con lágrimas sinceras, lloran la derrota. Están volviendo a escucharse con personalidad las máximas conservadoras, así como están saliendo a flote las demandas que cierta izquierda, a cambio de conservar el poder, fue transando con sus socios. Habrá que ver ahora, cuando los matrimonios echen fuera sus reclamos, cuán fuerte es el valor de la familia. Hace poco publicaron por ahí que el último año en Chile hubo más divorcios que matrimonios. Vamos viendo cómo se desenvuelve la historia. Por el momento, que siga la terapia.