El otro día vi una película que se llama Santa Claus. Debe haber mil películas con ese nombre. Salen varias cada año, y prácticamente todas aluden al así llamado “Espíritu Navideño”. Sus protagonistas son unos niños huérfanos (“los huérfanos” le resultan utilísimos a estos filmes con moraleja) y, por supuesto, Santa Claus, cuya vida peligró nuevamente en esta fábula con animales que hablan, enanos que trabajan en una factoría polar y adultos a los que les cuesta entender dónde radica lo esencial. Son historias que pugnan por despertar, en la mente de los imberbes, la ficción de que durante estos días la vida puede ser diferente y llenarse de sentido.

La versión hollywoodense de esta festividad se ha impuesto arrolladoramente al relato cristiano. Ya ni siquiera se trata del éxito de la versión nórdica y el derrumbe de la mediterránea, sino de la apoteosis de las luces, el mercado y los mensajes dulzones. Los pesebres asoman como una decoración pasada de moda. Importa mucho más el pino. Yo, de verdad, no termino de entender la onda del pino, muchas veces sintético, repleto de carambolas brillantes (antiguamente, San Bonifacio le colgó manzanas para representar las tentaciones), ampolletas que simulan lágrimas sonrientes y tiras de papel que relampaguean con una limpieza imposible para la plata, el oro o cualquier otro metal noble.

Dicen que en un comienzo lo adoraban los druidas (sacerdotes celtas), que de ahí pasó a Alemania y que a fines del siglo XIX una rusa lo introdujo en la corte de los borbones, pero todos estos son datos anecdóticos, porque aquí y ahora, el pino se prende y apaga con una bobería estrambótica. Ni siquiera esta lindura concita demasiada atención por estos días.

Es simplemente la peor época del año. Todo el mundo está cansado, hace calor y lo natural sería dejarse languidecer con poca ropa o pasear relajadamente, pero el ambiente es otro. Las jornadas no alcanzan para cumplir con los requerimientos escolares (representaciones con disfraces, entregas de notas, etc.), convivencias oficinescas, amigos secretos, cierres de contabilidades, trabajo agotador.

La obsesión de los regalos multiplica las preocupaciones. Navidad: momento del año en que deben hacerse muchos presentes, quieras o no hacerlos, y así tengas que improvisar llevándote la primera chuchería que capture tu atención. Por los rincones aparecen almas resistentes al vértigo mercantil que procuran a los desvalidos y abandonados un marco ni tan ilusorio de compañía -dado que no es mucho lo que hacemos para que sea de comunidad-, pero no pasan de ser particularidades admirables.

Entre los niños cunde la duda sobre cuál de todos los viejos pascueros será el verdadero. Yo mismo participo del juego con mis hijos, y nos hemos llevado varias sorpresas. Los Papá Noel están hasta la tusa de que los mocosos les revisen las barbas y los pongan a prueba. Los que son auténticamente viejos no entienden nada los productos que se largan a enumerar las criaturitas, los play station, los wii, tecnologías con siglas raras y específicas, petitorios propios de un laboratorio cibernético que, a oídos de esos ancianos contratados por los negocios que buscan mayor verosimilitud, suenan a trabalenguas. De hecho se aburren mucho al escucharlos, y es frecuente que un minuto después de hacerles un espacio en el trineo, ya los estén interrumpiendo para que se bajen. A las horas pic es comprensible, porque las hordas, mayoritariamente femeninas, hacen un alto frente a ellos y les montan en las rodillas a sus vástagos, así lloren o pataleen, con tal de descansar un momento. Los hombres, mientras tanto, permanecen bastante más ajenos al trajín.

Esta vez el asunto no se explica sólo con la clave machista: es un hecho de la naturaleza que las mujeres están mejor dispuestas que el hombre a la compra. Dejemos las excepciones de lado, pero incluso les gusta. Apostaría que en el consumo de último momento aumenta la presencia masculina. ¡Qué espíritu navideño ni qué nada! Pueden darse situaciones simpáticas a la hora de las fiestas (es una probabilidad escasa, pero en fin), aunque impera la agitación. Muchas casas se vuelven ferias de intercambio al llegar “la noche buena”.

No me interesa, en estos momentos, jugar el rol de un Ayatola anticonsumista: simplemente poner sobre la mesa, junto al pavo, la sensación de que ya ni los niños están para campanitas, de que ojalá lleguen luego las vacaciones y de que bajo tanta excitación cunde un vacío, decorado con carcajadas, como el que reina en los casinos mientras cantan los tragamonedas. Como si fuera poco, hace un calor insoportable, en el parlamento meten bulla, los centros comerciales están hediondos, y los que hacen gárgaras con el respeto a la vida, a continuación escupen sobren las mujeres sufrientes. ¡Qué pase diciembre, por el amor de Dios!