Va a doler, dijo Agustín Squella, y dolió. NO, la película, parece haber molestado menos a los autores intelectuales de la campaña del Sí, la mayor parte alojada nuevamente en La Moneda, que a los que participaron en la gesta que la película celebra y al mismo tiempo diagnostica. Machista, capitalista, mal escrita, filmada o actuada, falsa o demasiado verdadera, hay en la mayor parte de los artículos que he leído algo más que una valoración crítica a una película que tiene la virtud (debido a la impenitente cinefilia del guionista Pedro Peirano) de parecerse más a “Todos los hombres del presidente” o “Network” que a “La Batalla de Chile”. En los juicios a la película subyace la idea de que ésta impide que se haga otra sobre el mismo tema. Permanece la sensación en la izquierda de entonces y la de hoy de haberle sido expropiado por los cuicos, por los jóvenes, por “los otros”, por los del Sí, el sagrado derecho de despotricar contra su propia leyenda.

El hijo de uno de los líderes de la UDI (y del gremialismo original) se permite decir lo que la izquierda más militante lleva años diciendo, que con el NO quedó firmado un contrato con el sistema neoliberal. Ese experimento sin paragón en el mundo que Aylwin convirtió en la “medida de lo posible”, con lo que se permitió incluso saldar a bajo precio hasta la justicia más elemental. Se atreve el niño Larraín a recordarnos que este proceso raro no se dio sólo a través de la fuerza y el dolor sino también a través de la seducción y las ganas. Larraín dice en esta película lo mismo que Mayol en su reciente best seller. Lo mismo que lleva diciendo Garretón, Moulián y Salazar en la mayor parte de sus libros. Lo mismo, exactamente lo mismo, que en boca de Larraín suena completamente distinto.

Porque por más crítico, por más lucido que sea Larraín y su equipo, no puede impedir ser hijo de ese contrato. Le importa que su película funcione, que los malos sean humanos y los buenos, dubitativos. Si se piensa, la misma molestia produjo La Nana, del mismo Pedro Peirano, demasiado leal con su historia para convertirse en la lección de moral y buenas costumbres que se esperaba de ella.

Nutridos en el cine americano, Silva (el director de La Nana), Larraín y Peirano, el western como dice despectivamente Manuel Antonio Garretón que habita esta película, es lo que molesta a una generación que ha aprendido, pero que por suerte no ha logrado enseñarnos del todo que la derrota es más bella que la victoria, o que toda victoria es una derrota al final. A esa generación y sus herederos la película del NO le ha obligado a decir lo que más le cuesta decir: que ganaron. Que el 5 de octubre fue su victoria también. Que los políticos que la película caricaturiza no se parecen en nada a los políticos de entonces, más jóvenes, más bellos y más audaces que los publicistas de esa misma historia.

La película obliga entonces a separar la oposición política a Pinochet, poblada de valientes, de dogmáticos, de aventureros, de dolor y lucha verdadera, de la que hoy está llena de esos carcamales de corbata que salen en la película. ¿No son estos carcamales de hoy hijos de los héroes de ayer? ¿No son en muchos casos los mismos? ¿Qué pasó, qué nos pasó entre medio? Preferimos pensar que nada. Preferimos no contar, no contarnos esta historia.

Lo que duele de la película es justamente ver cómo esta historia concluida, esa transición transitada, no está ni concluida ni transitada. Los que votamos por NO, votaríamos hoy por lo mismo, por las mismas razones que entonces. La democracia, la diversidad, la libertad, la confianza, la alegría, siguen siendo la demanda de la mayor parte de los que se quejan del Chile de hoy. Los mismos que en las encuestas se confiesan alegres pero insatisfechos.

Esa es justamente la película que queda por contar, la que está pasando delante de nuestros ojos. La historia de un sistema que le ofrece a cualquiera, no a todos, a cualquiera, subraya el publicista argentino que asesora a los generales de Pinochet en la película, la posibilidad de ser ricos. Si ganó el NO es en gran parte porque cumplía mejor que Pinochet esa promesa. Si perdió al final es porque dejó de hacer creíble esa misma promesa que Piñera supo encarnar. Su impopularidad tiene que ver con que al poco andar se convirtió en la caricatura de ese “cualquiera”, la prueba viviente de que sólo algunos tienen derecho a todo. La idea de que la elite está compuesta justamente de “cualquier huevón” ignorante, monotemático, sudoroso, cualquier Zalaquett, Longton, el Negro, cualquier monstruo sin talento que le hace la guerra a un joven cualquiera pero talentoso, es justamente el mensaje de “Stefan V/S Kramer”, que le lleva la delantera en la taquilla a NO.

Ante esa decepción, ante esa derrota progresiva, la otra promesa, la que durante años nos hemos callado, la idea de que la tierra prometida no es un lugar sino un espíritu, que cualquiera no es nadie si no somos todos, ha ido resucitando de sus cenizas. Los chilenos aún queremos mercado y meritocracia, aunque estos sean casi siempre contradictorios. Nadie puede sin embargo cantar victoria.

La crisis local del neoliberalismo, una crisis que pide en gran medida más neoliberalismo, coincide a la perfección con una crisis mundial de la economía librada al apetito ciego de la especulación sin freno. La comedia de equivocaciones que ha sido nuestra historia está a punto de engrosar un nuevo capítulo, una crisis completamente chilena que se adelanta a otra mundial que nosotros ya vivimos el 82.

Tarde o temprano esos dos torrentes, la crisis del neoliberalismo real del primer mundo y la crisis del neoliberalismo de fantasía nuestro, están llamados a encontrarse. Los nostálgicos de lo colectivo ya marchan en Chile con los que sienten que no se les ha dado lo suficiente a ellos como individuos. Su desprecio a la política, su nihilismo, los hace hasta ahora tan peligrosos como inoperantes. Camila Vallejo y Giorgio Jackson, engendrados en todos los sentidos en los fragores de la campaña del NO, hijos de la última generación que creyó en la política, sufren el desprecio y la incomprensión de los que nacieron después, los que no conocieron ni en el útero otra cosa que la democracia que desprecian como los chilenos despreciamos y olvidamos todo lo que tenemos en común, el aire, el lenguaje, la historia. La odisea del No empezó justo cuando la oposición se encontró sin ninguna opción de futuro. Unidos porque no tenían otra, ese es el sentido del NO, la señal de su gesto, el triunfo de lo colectivo, de lo político, el sacrificio de las aspiraciones máximas de todos en pos de un mínimo común denominador.

Que una película tan consensual, que una odisea tan positiva como la del NO remueva conciencias e indignaciones es quizás la prueba de que un nuevo round, que otro acto se ha añadido a la obra. Chile en 1988 se reconcilió con su historia. El tiempo de ese abrazo asustado, de ese encuentro necesario, pareció detenerse. Disuelto el abrazo, devuelta la distancia que nos separa pero que también nos permite mirarnos de frente, la historia continúa.